miércoles, 20 de mayo de 2009

LOS COMUNEROS DE GUADALAJARA


La sonada manifestación de protesta conque el pueblo español recibió las primeras acciones de gobierno por parte del heredero de la corona, Carlos I, tras la muerte de sus abuelos los Reyes Católicos, y el cese por edad y por agotamiento del regente, el Cardenal Cisneros, se agravó degenerando en la llamada Guerra de las Comunidades en Castilla y de las Germanías en el reino de Valencia. Salamanca, Toledo, Segovia, Cuenca, Ávila..., son nombres de ciudades sublevadas en contra de los abusos que el nuevo rey y su corte de flamencos intrusos en nuestro suelo, hubieron de imponer a su llegada a España. La derrota de Villalar (23 de abril de 1521) y la ejecución de los tres principales cabecillas castellanos, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, marcaron casi el final de tan encarnizadas guerras, que acabarían por cambiar la actitud del joven rey y abrir, a partir de entonces al lado de su pueblo, un nuevo y definitivo periodo de progreso.
La ciudad de Guadalajara se unió muy pronto a la sublevación castellana, bajo la dirección de un reducido grupo de rebeldes disconformes con la política inicial en el gobierno del que luego sería el Emperador Carlos.
Consta que el día 5 de junio de 1520 se organizó un grupo de gentes, trabajadores y artesanos casi todos ellos, que mezclados entre la masa pública se dirigieron al Palacio del Infantado, pidiendo al duque, don Diego de Mendoza, que se uniera a la causa antiimperial extendida por toda Castilla. Figuraban entre los organizadores y dirigentes de la manifestación el carpintero Pedro de Coca, el albañil Diego Medina, un albardero y buñolero apodado Gigante, el presidente de la Audiencia Ducal don Francisco de Medina y Mendoza, el licenciado Juan de Urbina, el caballero Diego de Esquivel y otros nombres distinguidos de la ciudad entre los que no faltaba el conde de Saldaña, don Iñigo López de Mendoza, heredero del poderío familiar mendocino.
Los manifestantes, descontrolados, incendiaron las viviendas de los procuradores que habían asistido por Guadalajara a las Cortes de La Coruña, donde votaron en favor del nuevo plan de obligaciones e impuestos dictados por el Emperador. El altercado tomó caracteres de brutal violencia.
Para mantener el orden, don Diego de Mendoza mandó encarce­lar a los cabecillas; a su hijo y heredero lo deportó a la villa de Alcocer; al presidente de su audiencia le retiró de sus funciones, y, de los artesanos encarcelados, mandó ejecutar a la mañana siguiente a Pedro de Coca, cuyo cadáver fue expuesto para público escarmiento en la Plaza Mayor.
Llegada días después una relativa calma, la ciudad envió a la convención comunera de Tordesillas a tres procuradores: Francisco de Medina, Juan de Urbina y Diego Esquivel, quienes después de la guerra serían considerados como los únicos comuneros de Guadalajara y castigados con la confiscación de todos sus bienes.

(En la imagen el Emperador Carlos I, joven)

jueves, 14 de mayo de 2009

EL "QUIJOTE" DE IGNACIO CALVO


Estar en posesión de un ejemplar completo del famoso "His­toria Domi­ni Quijoti Manchegui" de Ignacio Calvo, fue hasta hoy un privile­gio del que sólo unos pocos pudieron disfru­tar. Quien esto escribe no se contaba entre ellos; tuvo, eso sí, el texto íntegro de la edición de 1922 (editio nova, castigata et alargata) que un alma caritativa -la de Angel Martínez, hor­chano como el autor- le permitió fotocopiar hace media docena de años. Se trata de un clásico en toda regla el "Quijote" de Calvo dentro de la literatu­ra de ingenio, cuyo inmenso valor es justo reconocer.
Quedaba fuera de lugar, el que a estas alturas, desde que se publicó por primera vez en 1905, coinci­diendo con el tercer centenario de la salida al mundo de la primera parte de la inmortal obra de Cervantes, fuera imposi­ble adquirir un ejem­plar en el mercado. Tengo idea de que se hicieron después dos ediciones más, tan restringidas, que no permitieron se viese cubier­to el deseo de sus paisanos y de los que no lo son, de disponer de uno de esos libros y poder disfrutar de su lectura.
Casi cien años después de su aparición por primera vez en el escaparate de unas cuantas librerías de la época, lo tene­mos, por fin, al alcance de nuestras manos y de nuestros bolsillos, en una edición magnífica de Aache, la prestigiosa editorial guadalajareña, que en el corto espacio de una década ha consegui­do entrar por la puerta grande en el complicado mundo de la edición de libros. La magnífica portada de la cuarta edición, recien aparecida, es toda una obra de arte, y de ingenio también, debida a Rafael Pedrós.
El Quijote de Calvo es un trabajo único. Su autor, natu­ral y vecino de la villa de Horche, fue cuando joven estudian­te de Filosofía, de Teología y de Latines en el Seminario de Toledo. Luego "curam misae et ollae", cura de misa y olla, como el se define en la sobrecubierta de su obra ahora reeditada.
Hablando de la génesis del libro, el autor nos pone al corriente de cómo fue. Lo escribió, dice, como castigo para conmutar una pena impuesta, con pérdida de beca incluída, a causa de "una muy celebrada travesura, que no es del caso referir". Concluído el laborioso quehacer, y puesto el fajo de cuartillas en manos del Rector, éste respondió "chascando de risa" apenas acabar de leer el primero de los capítulos: "Sufficit, Calve, jam habes garbanzum aseguratum".
El libro de Ignacio Calvo no se atiene rigurosamente en su distribución de capítulos a lo que es en sí la obra de Cer­vantes, pues si aquellla se compone de 126 capítulos entre las dos partes, ésta nos lo sirve todo en 47, repartidos como al autor le pareció más oportuno entre estas dos frases: "In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos" con la que igual que en el auténtico "Quijote" se comienza, hasta aquella otra: "propter quod ponamus una sillam et sedea­mus cum tranquili­tate, usque diem in quo videamus carnis resurreccionem et vitam eternam. Amén", bastante menos ajusta­da a la versión original que todos conocemos, pero que ahí está, poniendo a su manera el broche definitivo al capítulo con el que acaba.
Resulta un gozo para el lector entretener la vista por cualquiera de las párginas que componen la obra. Aquí el detalle de refinado ingenio, allá la carcajada irreprimible ante tal o cuál situación que, en la pluma desenfadada y astuta del horchano, toma una dimensión novísima. Pasada la aventura -por poner un ejemplo- de los molinos de viento, que el autor coloca en el capítulo ocho de su libro, el doliente caballero de la Mancha se recuesta sobre el santo suelo, encima de unas ramas, a soñar con Dulcinea; Sancho, en tanto, su fiel escudero, "non imitavit eum, qui quidem quomodo habe­bat estómagum repletum en non aquae achico­riae, pasavit totam noctem in aliento suae botae, id est durmien­do, de quo sonno non removerunt nec rayi solis, qui pegabantur in rostro, nec cantum avium, que valdé bulliciosae, salutabat cum amorosis pitorreis adventum novi diei. Dóminus Quijotus habuit necesi­tatem cogendi estiratam piernam Sanchi et dícere: "surge, surge". Sed Panza, per totam contestacionem, dedit unum salva­jem desperezum, agarravit botam et metivit inter pechum et espaldam tragum morrocotudum".
En el capítulo 23, por echar mano al azar a otra situa­ción y a otro momento, se habla de cómo el Caballero de la Triste Figura se internó en el corazón de Sierra Morena para hacer penitencia, deber muy al uso de los caballeros andantes. Ya desde el principio, el capítulo nos deja al señor y al escudero perdidos entre el bosque espeso y los tenebrosos recovecos de la sierra en la oscuridad de la noche, con el hidalgo manchego clavado de rodillas, casi en estado de tran­ce:
"Caballerus derrengatus levavit se de terra et exclama­vit:
- Sanche! Sanche! Quid fecis?
- Rasco me -Contestavit Sanchus- verdugones quod facerunt mihi illi gentes.
- Acasu tu estás malè feritus et sufres acerbos dolores?
- Ego sum in pelota et sufro unum frium tercianerum de patre et señore meo."
Ya casi al final de la obra, satisfecho Don Quijote de la estupenda impresión que le produjo Dorotea, a la que él había considerado como una mujer de mundo, debido a los pésimos informes que por parte de Sancho había recibido acerca de su condición: "audiens verba Dorotea volvit se Quijotus ad San­chum, et cum rostro fiero et imponente, dixit illi:
- ¡Sanchuelo indecente! nunc dico tibi, quòd eres mayor bellacuelus qui existit in Hispania. Dic mihi: quòmodo menti­visti àntea diciendo, quod esta princesa conversa fuit in una muchacha vulgari, quae llamabatur Dorotea? Quòmodo calentavis­ti meam cabezam afirmando etiam, quod gigans degollatus à me erat putuela quae te parivit? Voto a tal! quòd tentatus sum pisandi tuas tripas, et sic fáceret definitivum escarmientum pro ómnibus escuderis mentirosis."

Y así, de principio a fin, siguiendo siem­pre a su manera la inmortal novela de cervantes, sin faltar con ello a lo fundamen­tal, y mucho menos al mensaje que con ella quiso dejar al mundo el laurado autor alcalaíno, lo que acre­cienta el mérito de todo el trabajo -pienso que injustificada­mente olvidado- de nuestro admirable Calvo, horchano por nacimiento, y presbítero por voca­ción y por estudios, pues ha de quedar constancia de que entrelí­neas en su original versión de "El Quijote", se adivina un firme soporte cultural sobre el que se apoya el armazón de la obra.
"Historia Dómini Quijoti Manchegui", rareza editorial de extraordinario interés hoy a nuestro alcance. Autor, editor, ilustrador, en fin, de la edición última, todos ellos al debido nivel. Una obra con alma, y con corazón, pues uno nota cómo se le siente latir cuando el libro se tiene sobre las manos.
(Artículo publicado en “Nueva Alcarria” en el mes de enero del año 2000)

domingo, 10 de mayo de 2009

EN EL MONASTERIO DE BUENAFUENTE


Siguiendo el propio instinto, uno sintió hace no mucho la necesidad de visitar Buenafuente, el antiguo monasterio cisterciense de a orillas del Tajo, allá por las más pintorescas serrezuelas del Bajo Señorío Molinés. Conocía con anterioridad el solitario paraíso de Buenafuente por haber estado allí en alguna otra ocasión por diverso motivo.

En este monasterio suelo encontrar para mi uso, concentrada y espiritualizada entre sus muros, la imagen viva, por encima del tiempo y de las mil circunstan­cias que lo condicionan, del viejo Señorío de los Laras. En la soledad del vallejuelo en donde asienta, es fácil adivinar desde las encrespadas atalayas del Villar de Cobeta, los ires y venires de los primeros "grandes" de Molina; la hierática y solemne compostura de sus mujeres, cuyos nombres por todos conocidos, destellan en el lejano oropel del pasado; los sones acerados de las espuelas y de las corazas, con fondo de maitines a las del alba, en el remoto despertar de los canónigos de San Agustín, aquellos que vinieron desde Francia; las voces blancas durmiendo el crepúsculo de las primeras monjitas de Casbas, las mismas sobre las que cayeron en oportuna lluvia de estrellas un numero infinito de donaciones, de limosnas y de regalos sin cuento, por parte de reyes y de señores, hasta convertir el monasterio en un rico y poderoso feudo. Es la Historia de Molina y de las tierras de Molina convertida en piedra labrada de viejo cenobio, en legajo inmaterial donde palpita, a poco que uno se de cuenta, el corazón y el alma molinesa.

He tenido ocasión de volver a contemplar en solitario, gozando a un tiempo todos los sentidos por el impacto medieval del recinto, la iglesia monasterial de severo románico francés, en donde la penumbra y el silencio de las piedras y de las imágenes del retablo musitan a gritos en los oídos del alma, teniendo por detrás como un continuo casi desde que el mundo es mundo, el soniquete estremecedor de la fuente milagrosa, de la Buena Fuente que mana en la oscuridad por debajo del coro.
En una hornacina oculta entre rejas, se advierte al cabo de un rato de silencio y de penumbra, el severo cofre en el que desde hace solo unos años, se conservan -así me lo han contado- los escasos restos que todavía deben quedar de dos de las Señoras de Molina, madre e hija, doña Sancha Gómez y doña Mafalda Pérez de Lara, esta ultima cuñada a la sazón del rey Fernando III el Santo de Castilla. Las dos enterradas bajo las baldosas de la iglesia en el siglo XIII, cambiadas de lugar en 1765, y ­vueltos a recuperar sus despojos en la anterior década para ocupar, según mandan los tiempos, un sitio mas acorde en el interior de un nicho, mínimo y discreto, en el muro lateral izquierdo, por detrás de la puerta de entrada.

Finalmente, al margen su incalificable servicio a los hombres de hoy a través de su misión rural, es toda una reliquia del pasado digna de ser más visitada, más conocida, más querida. Con ocasión de un viaje todavía reciente a otras tierras de España, alguien me hablo con entusiasmo y con sorprendente documentación acerca de Buenafuente, de este valioso rincón molinés tan rico en significados, y comprobé como aquel foráneo anónimo, lo conocía con detalle mucho mejor que el guadalajareño medio, mejor inc1uso que los propios molineses, y eso pudiera ser en este tiempo nuestro materia de un apremiante examen de conciencia, de noble autocrítica, de sincera y profunda medita­ción.

martes, 28 de abril de 2009

GALERÍA DE NOTABLES ( I ): FERMÍN SANTOS


Estamos muy próximos en el tiempo a que se cumpla el primer centenario del nacimiento de este notable pintor alcarreño, nacido en Gualda el 18 de agosto de 1909 y fallecido en Sigüenza el 29 de noviembre de 1997. Padre de los pintores Raúl y Antonio Santos Viana.
Fermín Santos Alcalde hizo "oficio" siendo niño en el Madrid de sus nueve años. Lo pintó todo, ofrecien­do luego sus dibujos a los clientes de los bares. Eran sus temas habituales estampas noctur­nas del Madrid de la calle Carretas y de la Puerta del Sol.
Fue alumno de algunos de los grandes pintores de su tiempo, entre ellos de Vázquez Díaz. Su temática se aproxima a la del Goya trágico de "Los horrores de la guerra", si bien en Fermín Santos se diversifica, con cierta predilección por los aquelarres, interio­res de iglesias en pleno ceremonial, costumbres populares y estampas vivas de la tierra y gentes de Guadalajara.
En plena madurez pictórica descubrió Sigüen­za, ciudad en la que se quedó a vivir y a componer en temporadas largas durante el resto de su vida. Tiene obras en colecciones tan importantes como el Museo Vaticano, Museo de Arte Contemporáneo, Funda­ción Camón Aznar y otras particulares.
Como amigo que fui del insigne pintor, y de toda la saga de los Santos Viana, me siento honrado al elegir como tema que encabece esta página el óleo de mi propiedad “Caminos de Sigüenza”, pintado por el maestro Fermín Santos en 1985.

domingo, 19 de abril de 2009

LA ALCARRIA DEL POETA LEÓN FELIPE


La sombra del poeta León Felipe se mece sobre Los campos de la Alcarria que avecinan por el cono sur las aguas del Tajo. Acabo de atravesar, sin detenerme siquiera a pisar sus calles, el pueblo de Almonacid de Zorita, una de las villas con mayor contenido histórico, monumental y humano, de todas cuantas asientan a lo largo y a lo ancho en el mapa provincial de Guadalajara.
Aun contando con la tópica diafanidad de las tierras de la Alcarria, cuando estoy lejos de él siempre me imagino a este pueblo bajo un cielo neblinoso y acerado, como un sedimento del destino anclado en los fondos de una dilatada hoya de olivar, de campos de mies, de tierras color limón que tiñen las flores gigantes de los girasoles. Hoy, no obstante, la estampa de Almonacid y la de sus tierras colindantes se muestra diferente; todo es luz por dentro y por fuera de sus históricas puertas de piedra; el cielo se nota acristalado y de un azul purísimo; a uno y a otro lado del camino el orden lo domina todo, es la calma y el endémico bienestar de la Alcarria quienes todavía, y gracias a Dios sean dadas, andan presentes por aquí. Tal vez el sol, a estas horas de la media mañana, resulte molesto; pienso que, si por un momento dejase de funcionar el motor del automóvil, se oiría el sonar de los grillos en la cuneta, el cantar de las chicharras en las copas de los árboles.
Hace muchos años -tres cuartos de siglo ya- anduvo por estos lugares, respirando los mismos aires que yo respiro y contemplando con sus ojos los mismos panoramas que alcanzan a ver los míos, un hombre simpar, el poeta León Felipe. Pocos lugares, pocos ambientes, pocos paisajes le hubieran acogido mejor de lo que lo hizo Almonacid, un pueblo donde jamás faltó un amable rincón para un poeta:

Sin embargo...
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.

Años antes al 1919 en que anduvo por aquí había sido cómico ambulante y presidiario por motivos económicos, y boticario de profesión a partir de entonces, que fue lo que le trajo por estos horizontes planos de nivel, al pie de la suave serrezuela de Altomira en la que no habría pensado nunca. Y aquí, con muchas horas por demás y sosiego de espíritu por demenos, afloraron los primeros versos de su vida, los latidos que dieron inicio a una existencia larga y fructífera vivida, para mal suyo y mal nuestro, fuera de España.

Nadie fue ayer
ni va hoy
ni irá mañana hacia Dios
por este camino que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol
y un camino virgen
Dios.

Metido en la ancianidad, cuando Versos y oraciones del caminante, su primer poemario, se había perdido entre la espesa nube de un olimpo remoto y olvidado; cuando la hora de Almonacid apenas si debiera contar en los más escondidos rincones de su cerebro, el poeta en tierras de México donde pasó la mitad de su vida y le llegó la muerte, aún dejaría escrito y se publicarían después en alguna parte frases como éstas, jirones del recuerdo que a pesar de los años -casi medio siglo- quiso arrancar de las más secretas profundidades de su alma en vísperas de la hora suprema, de aquel 18 de septiembre de 1968 en que discretamente se apartó del mundo: Un pueblo claro y hospita­lario. Las gentes generosas y amables...¡Y tenía un sol! Ese sol de España que no he vuelto a encontrar en ninguna parte del mundo y que ya no veré nunca. Me hospedaron unas gentes muy buenas, con las que yo no me porté muy bien. Y ahora quiero dejarles aquí, a ellas y a aquel pueblo de Almonacid de Zorita... a toda España, éste mi último poema. La última piedra de mi zurrón de viejo pastor trashumante.
De nuevo Almonacid, sus monumentos, sus recuerdos, sus gentes, su farmacia todavía en pie que sigue siendo memoria viva del poeta. Ignoro si aún existe la ventana aquella por la que el solitario farmacéutico solía ver:

...ese pastor que va detrás de las cabras
con su enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen
arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela
de tan mala gana.

La niña -sigue el poema- que cada mañana aplastaba su naricilla chata contra el cristal, y que meses después...

en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja muy blanca...

Hoy paso de largo extramuros de Almonacid. El pueblo queda adentro. Tiempo habrá de referirse a otros aspectos de la pequeña ciudadela de esta Alcarria del Tajo, tan renovada, tan distinta, tan acogedora como escribió el poeta muchos años antes. Un poco por razones de estricta justicia, y no menos porque el verano y la casualidad me han invitado a ello, la visión de Almonacid en estas líneas se ha hecho a través del prisma humano del poeta León Felipe; un nombre para recordar, una pluma de oro dentro de la lírica española de nuestro siglo, que encontró los caminos del arte por esta Alcarria en los que aún se adivina su sombra.

(En la fotografía la farmacia de Almonacid que regentó el poeta)

domingo, 12 de abril de 2009

EL ROMÁNICO GUADALAJAREÑO


Tomando como referencia el arte medieval, es sin duda el Románico el punto de interés más destacable de toda la provincia de Guadalajara, como recuerdo en piedra noble de la piedad cris­tiana de las gentes que, durante los siglos XII y XIII, ocuparon estas tierras.
Basta recorrer de pasada los distintos lugares y villas, importantes o no, incluso los deshabitados, para encontrarse con una portada, un rosetón, un arco, un ventanal o un atrio porticado característico del estilo cluniacense que privó por casi toda Europa en aquellos tiempos. Las formas en arcada de medio punto, con su peculiar juego de archivoltas apoyadas sobre capiteles foliados o geométricos, son algo tan característico de los pueblos guadalajareños que, en su variedad rural sobre todo, parecen parte connatural con el entorno geográfico y con su primitiva manera de ser y de vivir. Sin duda es la de Guadalajara una de las provincias castellanas más afortunadas en reminiscencias del arte medieval en este estilo, por cuanto a maneras arquitectónicas se refiere.
Haciendo referencia sólo a una mínima parte de los cincuenta o más monumentos en los que queda clara señal del arte Románico, justo es enumerar los siguientes:
La Catedral de Sigüenza, comenzada en 1150, se enseñorea de su estilo octocentenario en la cabecera y crucero, sin contar las tres portadas en bocina que evocan la severa personalidad del obispo don Bernardo de Agén; Campisábalos, con doble portada románica en su iglesia y un singular mensario del mismo estilo a lo largo del muro sur en la llamada Capilla de Sangalin­do; Villacadima, pueblo ruinoso y solitario, posee una de las portadas más bellas del siglo XII que se conserva milagro­samente; Albendiego, el pueblecito anclado entre álamos en el Valle del Bornova, donde se lucen las bellas celosías del Románico ornamen­tal en los ventanales de la ermita de Santa Coloma; Atien­za, muestrario perpetuo de estas formas arquitectónicas en porta­das como la de Santa María del Rey, o la todavía más antigua de Santa María del Val fechada en 1147, y ventanales de finas colum­natas y capiteles foliados en las de San Gil y La Trinidad, así como el incompa­rable pórtico arqueado de la iglesia de San Bartolomé hoy en funciones de museo.
Llegaríamos después a Sauca, para contemplar su pórtico reciente­mente restaurado; la singular iglesia de Carabias, que aparece en la fotografía que encabeza esta página; o la de Pinilla de Jadraque, con bellas escenas bíbli­cas esculpidas sobre los capiteles del atrio; o la modesta doble arcada de la iglesia de Cubillas, para acabar en Beleña de Sorbe y admirar, durante el tiempo que fuera preciso, el original mensario que adorna, como motivo de especial interés, el arco de su iglesia restaurada.
La Alcarria se torna románica en Aldeanueva de Guadalajara, con su severa iglesia parroquial de oscuro interior de ladrillo; en Cifuentes -portada Oeste de la parroquia- con multitud de figurillas en relieve recorriendo las distintas arcadas; en Henche, con bella portada del siglo XIII que anuncia la transi­ción; en Brihuega, iglesias de San Felipe y San Miguel; en Córco­les; en el ahora cementerio de Albalate de Zorita, herencia de los caballeros Templarios; en los despojos del monasterio de Óvila; en La Puerta, Abánades, Escopete, Millana, Alcocer...
Por tierras de Molina se abre ante los ojos el monasterio de Santa Clara con su magnífica portada, el de Buenafuente del Sistal, las iglesias de Poveda de la Sierra, de Rueda, de Labros; la antiquísima ermita de Santa Catalina en Hinojosa, etc.
Mientras que en la Campiña, para no desmerecer, se acentúa el interés por el gusto Románico en la iglesia de El Cubillo; en el cementerio de Uceda, antigua iglesia de La Varga, y lo poco que pervive del monasterio de Bonaval, en las proximidades de Retiendas, apuntando ya las nuevas maneras del estilo ojival que llegaría más tarde.
Por su excepcional importancia, el arte Románico en Guadala­jara merecería, aún dentro de los límites de lo breve, una exten­sión de la que aquí no se dispone. En cualquier caso, pueden estudiarse los valiosos trabajos de investigación y catálogo sobre este particular que en su día elaboró el doctor Layna Serrano, así como otros sobre el particular que se han ido publicando en años posteriores. Si bien, lo más aconsejable es conocer in situ los monumentos con una documentación previa.
(En la fotografía una muestra general de la iglesia de Carabias)

domingo, 5 de abril de 2009

"LOS JUDÍOS" DE MONDÉJAR


Las fechas y la ocasión se ofrecen oportunas para sacar a la luz, de su escondite subterráneo, a ese simpático grupo de imágenes que desde hace varios siglos la villa de Mondéjar guarda escondidos en los bajos de la ermita de San Sebastián. Según se dice en la nota de presentación a un curioso folleto que anduvo por ahí dedicado a los “Judíos” de Mondéjar, son tres los motivos más interesantes que la próspera villa alcarreña tiene para ofrecer a los viajeros que algún día decidieran perderse por allí, a saber: las venerables ruinas del convento de Franciscanos, la iglesia parroquial con su impresionante retablo mayor elaborado en Horche con pinturas de Pedrós, y las múltiples escenas de la Pasión conocidas “los Judíos”. Uno piensa que a las tres razones aludidas habría que añadir una cuarta, no menos importante que las demás aunque de muy distinto cariz, y que podría ser la visita a cualquiera de las modernas instalaciones que existen en el pueblo para la elaboración del vino, tan conocidas y tan justamente elogiadas.
Mondéjar es uno de los pocos pueblos prósperos con los que cuenta en la actualidad la provincia de Guadalajara. La excepcional condición de sus tierras de labranza para esa clase de cultivos, así como el carácter abierto y laborioso de sus pobladores, han venido a salvar a Mondéjar de muchos de los graves problemas, sobre todo de tipo económico, que aquejan a una buena parte de la sociedad, y, por no salir de la norma, también a estas tierras de la Baja Alcarria.
El mondejano de clase, el mondejano de Mondéjar, tiene un carácter distinto a lo que es frecuente por su entorno geográfico en varios kilómetros a la redonda. Se me ocurre pensar en un mestizaje entre el alcarreño de pro y el manchego extramuros, pues, a decir verdad, aires de ambas comarcas soplan de madrugada y al caer la tarde por los viñedos de Mondéjar. Como resultado ahí está una raza trabajadora, honesta, emprendedora e inteligente, muy amante de lo suyo, religiosa por tradición, y -cómo lo diría yo- un poco tosca en sus formas y modales, con las consabidas excepciones, claro está, que en cualquier caso nos sirven para confirmar la regla.
Aparte de cuanto se dice en la presentación del folleto al que antes me referí, acerca de los tres motivos que aconsejar visitar Mondéjar, debo agregar que a cualquier persona amante de lo insólito serán “los Judíos” el primer gancho que, de un modo u otro, le aten en lo sucesivo a la villa guadalajareña de los vinateros.
Por las afueras del pueblo está la ermita de San Sebastián, o del Cristo, pues allí se guarda también la venerada imagen del Patrón de la villa. La recuerdo blanca como las ermitas cordobesas a las que cantó Góngora. La verdad es que por parte de los mondejanos las devociones populares en la ermita de San Sebastián van dirigidas exclusivamente hacia la imagen del Cristo del Calvario. No obstante es allí, en una galería a manera de cripta, donde se suceden una detrás de otra las misteriosas celdas en las que se exponen -quiero recordar que en número de doce- esos pasos o escenas de la Pasión, a los que popularmente y con una antigüedad de siglos, la gente reconoce con el apelativo de Los Judíos.
La historia de esta rareza escultórica de la que Mondéjar es depositaria desde mediados del siglo XVI, resulta bastante pobre en datos sobre los que uno pueda apoyarse y, por supuesto, confiar. Parece ser que ya existían algunas de estas imágenes, sin que se sepa cuántas, en el año 1581, puesto que en un documento fechado en ese año se daba cuenta al rey Felipe II de la existencia de “los pasos” en la ermita de San Sebastián, a los que se calificaban de “obra curiosa y de especial devoción por las capillas subterráneas que están muy contemplativas”. Pero la ejecución completa de la obra tendría lugar siglo y medio más tarde, en el año 1719, debida a un fraile jerónimo del convento de Lupiana aficionado al noble arte de la imaginería, no muy ducho, esa es la verdad a la vista del resultado de su obra, de nombre Fray Francisco de San Pedro. Acerca de la personalidad de su primer artista, quisiera apuntar como posibles predecesores del anónimo autor, a Juan de Artiaga y Gabriel Pinedo, maestros del manierismo castellano de los siglos XVI y XVII, cuyos trabajos de imaginería, de concepción y trazado tan elemental como éstas, adornan los retablos de varias iglesia rurales en la diócesis de Osma. En cualquier caso se sabe que los gastos corrieron a cuenta de un piadoso adinerado de la localidad llamado Alonso López Soldado.
Son once en total, o doce si se tiene en cuenta la Dormición de la Virgen, las escenas que van llenando las diferentes capillas del subterráneo. El número total de figuras quizá supere las setenta, siendo la más repetida la que representa a Cristo en varios momentos de su Pasión y Muerte: El lavatorio de pies a los Apóstoles, La oración en el Huerto, la Santa Cena, la flagelación, la Verónica, Cristo en el sepulcro, la Resurrección, entre algunas otras.
Las figuras vienen a ser de tamaño natural, o quizá algo mayores. Oscilan entre los tres y los doce personajes por paso. Algunas de las figuras se presentan con cierto corte infantil, desproporcionadas en formas y tamaños, como es el caso de una en la que aparece la Virgen recostada y con un libro delante, donde la cabeza y las manos no están de acuerdo en proporción con el tamaño del resto del cuerpo, sino que se ven mucho más grandes de lo que les corresponde.
Tras el último retoque, llevado a cabo en el año 1973 -con la aportación popular del vecindario y Cofradía del Cristo-, como restauración de los serios desperfectos sufridos durante la Guerra Civil, el hecho de su contemplación resulta interesante y pintoresco a la vez. La capa policroma que recubre a cada uno de los personajes va perfectamente de acuerdo con el resto de la figura, lo que da como resultado una visión singularmente extraña, entre la velada sátira que suponen las figuras de escayola y el tremendo drama que representan, de la que las salva el simple hecho de su originalidad, razón suficiente para convertirlo en un legado digno de admiración y de ser cuidado y conservado a toda costa.
Todavía guardo con excepcional afecto el recuerdo del señor Fidel Hernández, el amable cicerone de la ermita de San Sebastián, ya fallecido, que una mañana tranquila de invierno del año 1983 me fue enseñando, con la voz grabada en un pequeño magnetofón de pilas, las diferentes escenas en cada celda. El aparato, no sé por que razón, no funcionaba aquel día, y el señor Fidel me tuvo que hacer los comentarios a viva voz, improvisados y sobre la marcha, lo que añadía a la visita un encanto y una originalidad todavía mayor.
He vuelto a visitar después en distintas ocasiones la cripta de Los Judíos. Debo decir que no me ha impresionado tanto como en aquella ocasión por faltar en este caso el factor sorpresa, tan necesario para valorar debidamente los sitios y las cosas que se desean conocer. Vale la pena viajar hasta Mondéjar y dedicar unos minutos a la cripta. No sé cuáles serán los trámites a seguir en estos momentos para visitarla. Acaso tenga un horario previsto que desconozco. Aconsejo, ante la duda, llamar por teléfono a la parroquia, de la que depende, que es la de Santa María Magdalena, y concretar el momento en el que se puede visitar, dato importante del que lamento no disponer.