miércoles, 3 de febrero de 2010

FERIAS, FIESTAS Y FESTIVALES


Hay días a lo largo del año en los que el acontecer festivo, marcado por la diosa Costumbre, hace doblete, o triplete, según, en distintos lugares de la provincia de Guadalajara. Estas fechas que sirven de preludio a los Carnavales son propicias a que esa casualidad suceda. El despertar a la vida tras el invierno se manifiesta desde tiempo inmemorial en acontecimientos populares que, si en alguna época no demasiado lejana se llegaron a olvidar, incluso a desaparecer por diferentes motivos, volvieron a renacer con nuevo ímpetu, también con nuevos matices, por no ser éste en el que ahora vivimos el ambiente natural para su desarrollo. Las fiestas populares -de las que somos tan ricos en los pueblos de Castilla- nacieron como remedio a alguna necesidad, casi siempre relacionada con el quehacer de cada momento, con la agricultura y el pastoreo sobre todo, que hasta no hace tanto fueron casi en exclusiva el medio ordinario de vivir de nuestros abuelos.
Por estas fechas nos encontramos ante dos de esos acontecimientos festivos llegados hasta nosotros por caminos de tradición. Uno de ellos tendrá lugar en una de las villas históricas más conocidas de la Alcarria: Tendilla; el otro en un pueblecito serrano, perdido en aquellos declives violentos del Macizo; un pueblecito tranquilo, saludable, bello como pocos, que en la tarde del sábado anterior a las fiestas de Carnaval se transforma por unas horas, y de los cortes de las montañas rebota de unos a otros el eco de los cencerros sonando a un ritmo marcial: Almiruete, un paraíso solitario, fácil de reconocer extendido en su solana entre robles, pero que la gente suele dejar a un lado sin detenerse en él cuando viaja hacia los Pueblos Negros.

La feria de Tendilla ha sido desde siempre una de las más famosas del reino de Castilla. Si hoy dijéramos que en tiempos de su mayor apogeo solía durar hasta treinta días, seguro que al lector le sonaría a disparate; no obstante, fue así. Los pañeros y tejedores de lienzos que acudían desde Toledo, desde Cuenca, desde Medina del Campo, incluso desde Portugal a paso de caballería; los muleteros, guarnicioneros, plateros, cereros y especieros, venidos así mismo desde tierras lejanas, no lo habrían hecho al menos que la feria gozase de aquella gran importancia y que a los feriantes y compradores se les diese la oportunidad de asistir, por lo menos, en un periodo mucho mayor de fechas en relación con lo que duran ahora. La feria de Tendilla tiene su origen en los años finales de la Edad Media, pues comenzó a celebrarse a mediados del siglo XV, reinando en Castilla Juan II, si bien, serían los Reyes Católicos quienes la confirmaron años después, por real privilegio dado en Sevilla el 6 de diciembre de 1484.
Los años y los siglos han ido transcurriendo desde su fundación, quedando en desuso añosas necesidades, incorporando otras al vivir diario, efecto que en todas aquellas ferias famosas se ha venido acusando tanto en su interés como en su contenido, hasta el punto de haber llegado a desaparecer muchas de ellas, como esta de Tendilla que ahora nos ocupa, durante casi toda la mitad del siglo XX, como bien recuerdan los vecinos de la villa para quienes las ferias de San Matías (24 de febrero, según el calendario) llegó a convertirse durante varias décadas en algo meramente testimonial, cuyo interés pretérito habría que buscarlo en las Relaciones periódicas mandadas por los reyes y en los escritos de los cronistas que se ha tenido la suerte de conservar.
La visión actual de la feria de Tendilla ha quedado reducida en el tiempo a dos jornadas, a un fin de semana en el que acuden multitud de feriantes y curiosos, hasta el punto de convertir al pueblo en un hervidero de personas llegadas de la Capital y de los muchos pueblos de la comarca, con el simple fin de pasar el rato, de ver y comprar. Los puestos y puestecillos se pueden contar por decenas bajo los soportales y en las plazuelas más cercanas, donde se vende de todo: repostería popular, legumbres y otros productos de la tierra, objetos de regalo al uso de nuestros antepasados, ropas y artículos de piel, golosinas, en fin, lo propio de lo que hoy es una feria, pero con mayores posibilidades si cabe en donde elegir. Animan, y distinguen a ésta de otras ferias más o menos afines, las exhibiciones de caballos engalanados, los desfiles de carretas de época, y, desde luego, la ración de migas con un vasito de limonada que pueden conseguir quines tengan la paciencia suficiente como para esperar turno pegados a la cola; platillo de migas y vasito de limonada que se consume después entre la multitud y el murmullo de la gente.
No será tiempo perdido el que se dedique durante unas horas de la mañana a conocer y a vivir la feria de Tendilla. Allí la gente suele ser amable y dadivosa, y el pueblo como tal merece por otros atractivos (más ahora cuando la carretera queda apartada del lugar y de sus calles) una visita de vez en cuando, pues, a pesar de los pesares, sigue siendo una villa señera de nuestro pasado, aun sin penetrar en su historia, de verdad interesante.

Y mientras tanto, quiero pensar que al menos por este año será, pocas horas después de que esto suceda, cuando en un rincón muy concreto de las sierras del norte de nuestra Provincia, por cerros, valles y barrancos, llegue a los oídos del visitante el continuo sonar de los cencerros, anunciando una fiesta antigua, singular, íntima, la de los Botargas y Mascaritas del pueblo de Almiruete, también una de las más auténticas de puro ambiente pastoril que el paso de los siglos ha permitido llegar hasta nosotros.
Los “botargas” de Almiruete son mozos, y las mozas son las “mascaritas”, digamos que la versión del clásico botarga aplicada a las féminas. Suelen ser alrededor de diez o doce los que salen a la calle de cada género en esta interesantísima fiesta anual. Los mozos que habrán de salir vestidos de botargas desaparecen del pueblo poco antes del medio día. Se van a un lugar indeterminado de las montañas, que en teoría nadie en el pueblo debe conocer, y comienzan a hacerse ver en la lejanía, sonando los cencerros que llevan colgados de la cintura, casi con puntualidad, a las cuatro de la tarde. Vienen vestidos de blanco, el pecho y la cintura cruzados con unas tiras negras, las polainas son de un negro riguroso también, y sobre la cabeza llevan una especie de mitra de colorines adornada con flores del campo; el rostro se lo cubren con una careta horrible que ellos mismos se fabrican, unas veces con el forro de la cabeza de algún animal: de un cerdo, de un macho cabrío con la cornamenta propia del animal, otras veces elaboradas de cartón y de trapos.
Los botargas entran al pueblo en fila de a uno, luego recorren el pueblo en orden de a dos, haciendo sonar los cencerros ruidosamente ayudados por una peculiar manera de echar el paso. Al instante salen por otra calle las mascaritas, que se unen a los botargas formando parejas mixtas para seguir dando vueltas y más vueltas por calles y plazuelas, invitando a vino de una bota o arrojando puñados de pelusa a los espectadores.
Durante los últimos años se ha ido popularizando la fiesta. Hubo un tiempo en el que, como otras más, estuvo prohibida por orden gubernativa, si bien el pueblo la volvió a sacar a la luz apenas tuvo ocasión. Cuando la tarde del sábado apunta soleada, las orillas del pueblo se llenan de vehículos, algunos de ellos son de los propios festeros que en su mayoría viven fuera de allí, y otros de los que acuden como espectadores. La fiesta de “Botargas y Mascaritas” de Almiruete es una de las más coloristas y auténticas que se puedan conocer, también de las más sorprendentes si se tiene en cuenta el paraje y el paisaje natural el que se desarrolla. Vivir esta experiencia, como antes apuntamos en la feria de Tendilla, nunca será tiempo perdido. Por lo pronto es una muestra fiel de nuestra cultura autóctona conservada con un más que exquisito decoro.
(La fotografía nos muestra un desfile de carrujes de época en la feria de Tendilla)

domingo, 24 de enero de 2010

GUADALAJARA EN LA LITERATURA ( y I I I )


Metidos ya en nuestra propia época, es el académico gallego y premio Nobel de Literatura don Camilo José Cela quien acapara con sus Viajes a la Alcarria, uno en 1946 y otro en 1985, casi todo el laurel literario de la provincia de Guadalajara a niveles internacionales.
A pesar de todo, sin que sea tan notorio a escala popu­lar, ahí queda el incomparable relato que Sánchez Ferlosio titula "Industrias y andanzas de Alfanhuí", un cuento fantásti­co cuya primera parte transcurre en otra Guadalajara fantásti­ca también: «Las viejitas de Guadalajara -dice- tienen los huesos de alambre y mueren después de los hombres y después de los álamos. Se ahogan en los vados del Henares y se las lleva la corriente, flotando como trapos negros». El mismo autor tiene también pre­sente esta tierra en varios pasajes de "El Jarama".
Seguramente que es de mayor actualidad "El río que nos lleva", del académico José Luis Sampedro. Novela escrita en 1960 que ha sido trasladada al cine, en la que se cuentan las pendencias y aconteceres de la vida de los antiguos gancheros por los pueblos y vericuetos ribereños del Alto Tajo. En el siguiente fragmento el Seco, uno de los gancheros que protagonizan la novela, habla así del balneario de Mantiel, desaparecido bajo las aguas del pantano de Entrepeñas: «...estas son las mejores aguas del mundo pa el reuma. Pero no puede, aquí no hay médico, ni luz, ni postín, ni na. Mejor: así está barato pa los pobres y áspero pa los ricos, que tienen que irse al médico. Bien que les escuece a los de los baños de La Isabela, siempre con denuncias porque éste les quita gente. Pero allí cobran un dineral y aquí, por un duro por barba, te metes en un cuarto y te dan hasta un jergón de paja y tu cabezal. Lo demás que quieras tú te lo traes y tan ricamente.»
Un autor molinés, natural de Labros, Andrés Berlanga, ha dejado un hermoso documento sobre la vida y costumbres del Alto Señorío durante los años de la posguerra en su novela "La Gaznápira", publicada en 1984, y que constituye otro título puntero dentro de las mejores obras que tienen como tema las tierras de Guadalaja­ra: «El pobre sacristán se marchó cariacontecido de la Casa Lugar porque ni el Cristóbal ni ninguno se ha dirigido a la Liboria. Los mozos se meten en el bar de la Pitona y se la echan a ver quién come más huevos fritos o quién parte más nueces y almendrucos con las muelas o, si el porrón mana generoso, acaban por apostarse con el Caguetas un cuartillo de vino o una lata de anchoas a que no es capaz de romper de un cabezazo la pared de adobes del corral del Manquillo».
Otro destacado periodista y escritor de nuestro tiempo afincado en la Alcarria, Manuel Leguineche, publicó en 1999 un libro de muy grato leer que titula "La felicidad de la tierra"; relatos y vivencias de su estancia en la finca de su propiedad “El Tejar de la Mata”, junto a Cañizar, y que, sin duda, se trata de uno de los libros más bellos de los que han elegido como asunto aquel u otros lugares cualquiera de la Provincia, su naturaleza particular, sus cosas y sus gentes: «Almuerzo de todo el pueblo en la plaza del Ayuntamiento, en homenaje a Manolo, el médico que se despide. Se va a Mondéjar. Le echarán de menos. Son los sólidos lazos que se establecen entre él, médico rural, y el pueblo. Este Manolo, aragonés de Maella, está hecho de rabos de lagartija. Se pagó la carrera cantando con la tuna por las rutas de Europa. Es un tipo espigado, muy filarmónico, andarín, más del campo que las amapolas. Cobra un par de zorzales, los despluma, los tuesta al fuego, añade la sal que siempre lleva consigo en el zurrón y se los merienda debajo de un olivo. Causa asombro verle brincar por el paisaje. Su padre, guardia forestal, le puso al tanto de los secretos del campo. Tuvo un buen maestro porque Manolo, con precisión clínica, adivina los cambios del tiempo, conoce la querencia de la perdiz, las zigzagueantes trayectorias del zorzal, los caprichos de la liebre.» Todo lo dicho sin contar en ningún momento con la labor meritoria de tantos autores que nacieron o viven en la Provincia, cuyos nom­bres, en entradas monográficas dedicadas a cada uno de ellos, pueden aparecer en trabajos monográficos dentro de este blog.

jueves, 21 de enero de 2010

GUADALAJARA EN LA LITERATURA ( I I )


Por aquellos mismos años, coincidiendo con la Semana Santa de 1891, la condesa de Pardo Bazán viajó en tren desde Madrid hasta Sigüenza, pasando por Guadalajara. En su libro "Por la España pintoresca", dejó escrito doña Emilia, entre muchas cosas más: «Hacía luna durante nuestro viaje de Guada­la­jara a Sigüenza, y el país, conforme nos acercábamos a tierras de Aragón, aparecía abrupto y montañoso. El alcalde, persona muy cortés, nos esperaba en la estación.»
Leopoldo Alas, "Clarín", escribe en 1892 una novela corta a la que tituló "Superchería"; en ella se puede adivinar la contradic­ción en la que el autor se debate por aquellos años. Clarín sitúa en esta obra a Nicolás Serrano, el protagonista, aposentado en una fonda que debió haber frente a la Academia de Ingenieros, otro monumento emblemático que hace tiempo desapare­ció del paisaje urbano de Guadalajara. Así lo refiere el propio Leopoldo Alas. «Llegó a la triste ciudad del Henares al empezar la noche, entre los pliegues de una nube que descarga­ba en hilos muy delgados y fríos el agua, que parecía caer ya sucia, que corría sobre la tierra pegajosa. Un ómnibus con los cristales de las ventanillas rotos le llevó a trompicones por una cuesta arriba, a la puerta de un mesón que había que tomar por fonda. Estaba frente al edificio de la Academia vieja, a la entrada del pueblo. La oscuridad y la cerrazón no permitían distinguir bien el famoso palacio del Infantado, que estaba allí cerca, a la izquierda; pero Serrano se acordó en seguida de su fachada suntuosa que adornan, en simétricas filas, pirámides que parecen descomunales cabezas de clavos de piedra».
Amado Nervo, el ilustre poeta mejicano, primer exponente de la literatura hispanoamericana de la época del Modernismo, pasó por Guadalajara en visita relámpago el año 1913. Se llevó una serie de notas escritas en su libreta de apuntes, que luego le sirvieron como cañamazo donde apoyarse para dar luz a un bello trabajo sobre la capital de la provincia. De ese trabajo son estas líneas en las que el autor hace referencia a una costumbre ya perdida, la de "Las Mayas". Dice así:
«Al salir de nuevo a la Calle Mayor, un tropel de niños me rodea:
-¿Caballero, un cuarto para la Maya!
Y me tienden minúsculas bandejas...
Las Mayas son niñas a las cuales, en algunos pueblos de España, visten graciosamente, lo más majas posibles, el día de la Cruz de Mayo. Siéntanlas en una especie de trono, y los chicue­los del barrio piden cuartos para ellas, con los cuales ofrecen después una merienda suculenta.
Tengo la fortuna de ver a dos Mayas en dos portales oscuros. Son las dos criaturas monísimas. Están allí muy adornadas, inmóvi­les, hieráticas (la Maya no debe hablar ni reírse), rígidas y graves como vírgenes españolas. Doy mi óbolo para cada una, y cumplido este deber con nuestra dama la Tradición -¡Muy señora mía!-, me encamino, por la cinta de plata de la carretera hacia la estación».
Allá por los inicios de los años veinte del pasado siglo, don José Ortega y Gasset nos cuenta en "El Espectador" cómo echó algunas jornadas a recorrer las tierras de Sigüenza a lomos de una mula torda. La primera impresión que la Ciudad Mitrada produjo en el insigne pensador fue :«Es una alborada limpia sobre los tonos rosa y cárdeno del poblado de Sigüenza. Quedan en el cielo unos restos de luna que pronto el sol absorberá. Sigüenza, la viejísima ciudad episcopal aparece rampando por una ancha ladera, a poca distancia del talud que cierra por el lado frontero del valle. En lo más alto el castillo lleno de heridas, con sus paredones blancos y unas torrecillas cuadradas, cubiertas con airoso casquete. En el centro del case­río se incorpora la catedral, del siglo XII».

(Continuará)

miércoles, 13 de enero de 2010

GUADALAJARA EN LA LITERATURA ( I )


La provincia de Guadalajara ha tenido, desde los orígenes de nuestra lengua, un atractivo especial para los escritores de todas las épocas. Se ve, y así lo podemos asegurar ante la evidencia de los hechos, que es una tierra que se presta a ser cantada, contada o descrita. También en ella nacieron o han vivido personas que dejaron huella a lo largo de la Historia en el quehacer literario, manejando como instrumento de extraordina­ria cali­dad la Lengua Castellana que, dicho sea de paso, en Guadala­jara se suele emplear de manera correcta, incluso a nivel popular, en su modali­dad coloquial como medio de expresión oral al uso y servicio de todos.
Ya en las primeras manifestaciones de la naciente Lengua Castellana, aparece Guadalajara en algunas de las más popula­res jarchas, cuando no toman­do parte de los grandes monumen­tos de la literatura medieval, como el Poema de Mío Cid o en la obra del Arcipreste de Hita. Allá por el año 1040 el autor, o autores del Poema, daban detalles geográficos bastante preci­sos de las villas de Atienza, Miedes, Castejón, Hita, las Alcarrias, Angui­ta, como se lee en varios de sus versos. El Libro de Buen Amor, sitúa muy veladamen­te muchas de sus andanzas y relatos en campos presumiblemente guada­lajareños, campiñeses y serranos sobre todo, también en la capi­tal. «Mur de Guadalfajara entró en su forado/ el huesped acá e allá fuía deserrado/ non tenía lugar çierto do fuese anparado/ estovo a lo escuro, a la pared arrimado». Era para nuestro uso el siglo XIV.
Metidos en pleno Siglo de Oro, será Santa Teresa de Jesús quien en su libro de Las Fundaciones dedique todo un capítulo a contar los inicios de la Orden Carmelita en la provincia, dando cumplida referencia acerca de la fundación de los dos conventos de Pastrana, allá por el año de 1569.
Los años de la Ilustración tuvieron como punto de interés muy especial la provincia de Guadalajara, en la que fijaron su residencia temporal algunos de los nombres más sonoros de aquel siglo. Tal es el caso de Moratín, que pasó temporadas enteras en su casa de Pastrana; de Jovellanos, huésped ilustre de Jadraque durante el verano de 1808, quien también conoció en 1798 los baños de Trillo y las posadas del Pozo y de Aranzueque, como así dejó escrito en sus Diarios.
En 1781 viajó a la Alcarria Tomás de Iriarte. De los recuer­dos que dejó, fruto de su deambular alcarreño, hay notas referen­tes a su paso por Aranzueque y Tendilla; pernoctó en el convento que los Franciscanos tenían en La Salceda. Los frai­les le debie­ron servir bien, más no todo pareció ser a su gusto, pues así lo dejó escrito:«Ya he dicho lo bien que me hospedaron y me dieron de cenar los Padres; pero como los gustos de esta vida no son dura­bles, quiso mi mala suerte que cargasen sobre mí aquella noche tantas pulgas que no me deja­sen dormir».
El final del siglo XIX, período del Realismo en la nove­la, lo ocupa en buena parte don Benito Pérez Galdós. Son muchas las citas, alusiones con nombres incluidos, que de la provincia de Guada­lajara suelen figurar en su extensa obra; La Fontana de Oro, Juan Martín "El Empecinado" y El Caballero encantado" son una buena muestra en donde comprobar; pero es quizás Narváez, una de las más conoci­das de las nove­las que se inclu­yen dentro de los Episo­dios Naciona­les, la que dedica mayor extensión a las tierras de Guadalaja­ra, concreta­mente a la villa de Atienza con sus viejas calles, sus costum­bres, sus monumentos, sus gentes y sus leyendas: «Adiós, Atienza, ruina gloriosa, hospita­laria; adiós, santa madre mía; adiós, Noble Hermandad de los Remedios, que me hicis­teis vuestro "Prioste"; adiós, amigos míos, curas de San Juan, San Gil y la Trinidad; adiós Ursula, Prisca, José, servidores fieles». Dice Pepillo Fajardo, el protagonista, al despedirse de la villa con profundo dolor en su alma.

(Continuará)

jueves, 7 de enero de 2010

LA CRUZ DEL PERRO


Preciosa joya del siglo XIII en bronce dorado, con la imagen de Cristo Crucificado en el centro y cuatro gemas de cristal de roca, una en cada brazo, que la villa de Albalate de Zorita venera como patrona cada 27 del mes de septiembre, fecha aniversario de su milagrosa aparición en ese mismo día del año 1514.
Según cuentan antiquísimas tradiciones, apareció enterra­da al pie de unas peñas junto al río Tajo en el paraje que en pueblo conocen por Cabanillas. Fue descubierta por el perro de unos campesinos que a la sazón andaban arando por aquel lugar. El perro se puso a escarbar insistentemente debajo de las peñas como si buscase oculta alguna pieza de caza. El dueño intentó retirarlo de aquel sitio, pero el perro volvió de inmediato y reemprendió la tarea hasta sacar a la luz la valiosa pieza que en Albalate conservan y veneran con un especial cariño.
Años más tarde, ya en 1542, se fundó en su honor la Cofradía de la Santa Cruz Aparecida, a fin de mante­ner a perpetuidad el culto a la sagrada imagen, a la que todo el mundo reconoce como la Cruz del Perro.
Como la más importante enseña del lugar que es, la Cruz del Perro a parece por tema exclusivo en el escudo municipal de Albalate, así como tallada en piedra sobre el frontis mural de su famosa fuente, tal como se muestra en la fotografía.

jueves, 17 de diciembre de 2009

"LA TIERRA DE GUADALAJARA", TODO UN LUJO



Con todos los honores, y asistencia de autoridades provinciales, autonómicas, y otras muchas personas relacionadas con la cultura provincial, se presentó en el hotel Intercontinental de Madrid el pasado mes de febrero, coincidiendo con las octavas Jornadas de Gastronomía Guadalajareña que organiza y patrocina la Diputación Provincial en la Capital de España, la voluminosa obra en dos tomos que, con el título general de “La Tierra de Guadalajara”, han escrito -hemos escrito- una serie de autores expertos y buenos conocedores de esta interesante provincia castellana. La editó la empresa Mediterráneo de Madrid, y en ella se recogen en un todo los once trabajos que por separad había venido publicando la referida editorial anteriormente.
“La Tierra de Guadalajara” puede considerarse como la publicación más completa y cuidada que, hasta el momento, se ha escrito sobre Guadalajara. Los temas que en la obra se presentan con amplitud de texto y con la más alta calidad en fotografías (cerca de setecientas páginas en total, de gran formato), son los siguientes, con el nombre anexo de sus respectivos autores:

TOMO I
GuadalajaraPedro José Pradillo
SigüenzaAntonio Herrera Casado
Molina de AragónAntonio Herrera Casado
PastranaEsther Alegre
AtienzaJosé Serrano Belinchón

TOMO II
La AlcarriaRaúl Conde
La Comarca de ZoritaAntonio Herrera Casado
Los Pueblos NegrosRaúl Conde
El Barranco del Río DulceJosé Serrano Belinchón
El Río GalloCarlos Sanz Establés
El Valle del MesaTeodoro Alonso Concha

Las magníficas fotografías que sirven de apoyo al texto, son obra de los siguientes fotógrafos profesionales de la Editorial Mediterráneo:

Álvaro Viloria
Juan José Pascual
Paco Gracia Abril

La presentación de "La Tierra de Guadalajara" que aparece en el tomo primero, es un interesante trabajo sobre la provincia escrito por don Antonio Herrera Casado, Cronista Provincial.
El acto de presentación de ambos tomos en el hotel Intercontinental de Madrid, contó con la presencia de la Consejera de Cultura y Turismo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, doña Soledad Herrero, y de doña María Antonio Pérez León, Presidenta de la Diputación de Guadalajara, que patrocinó la edición y escribió el prólogo de la obra.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

GALERÍA DE NOTABLES ( V ): FRAY JOSÉ DE SIGÜENZA


Su verdadero nombre fue el de José Martínez Espinosa; nacido en Sigüenza el año 1545. Era hijo natural del sochantre de la catedral don Asensio Martínez de Sigüenza y de una mujer viuda llamada Francisca de Espinosa. Estudió durante dos años en la Universi­dad Seguntina, licen­ciándose en Arte y Teología durante los tres siguien­tes. En 1567 marchó al monasterio segoviano de Santa María de El Parral para vestir los hábitos de la Orden Jerónima. Más tarde pasó a ser catedrático de la Universidad de Sigüenza y prior del monasterio de El Parral. En El Escorial, años después, fue rector, bibliotecario mayor y catedrático de Sagradas Escrituras.
De su obra literaria -uno de nuestros mejores autores clási­cos- merece se destaque la Historia de la Orden Jerónima, Vida de San Jerónimo, Historia del Rey de Reyes, Instrucción de maes­tros y escuela de novicios, Poesías, todo ello en un estilo severo y elegante como corresponde a los genios más represen­tativos de su época. Describió y criticó todo el arte recogido en El Esco­rial, en especial algunas pinturas de Tiziano y el entonces polémico San Mauricio y compañeros mártires del Greco, forma de hacer con la que no estaba de acuerdo, ya que "Los santos -decía- se han de pintar de manera que no quiten la gana de rezar en ellos, antes pongan devoción".
Es, sin duda, el hijo más preclaro de la Ciudad de los Obispos. El Padre Sigüenza murió el 22 de mayo de 1606 a conse­cuencia de un ataque de apoplejía.