jueves, 28 de octubre de 2010

CON LA SIERRA AL ALCANCE DE LA MANO


La villa de Cogolludo marca la divisoria entre las tierras de la Campiña y la comarca serrana del norte de la provincia. Los accidentes hidrográficos, orográficos y paisajísticos, se van sucediendo a cada paso a partir de allí: un pantano, un arroyo, un crestón roquedo, un bosque de pinos…, y pueblos, muchos pueblos en los que apenas vive gente, a derecha e izquierda del camino. Paraísos de verano y valles de silencio y soledad cuando asoman los primeros fríos del otoño.
Hace algunas fechas di una vuelta por allí y me detuve en dos de estos pequeños lugares que sirven de preludio al macizo. La tarde era serena, el sol aparecía a cada instante y volvía a ocultarse de nuevo tras el oscuro nubarrón. El termómetro del coche marcaba al exterior seis grados de temperatura. Una tarde cualquiera de un día cualquiera de los que poco a poco nos van acercando a la Navidad. Sin llegar a la presa de Alcorlo, el pueblo que se tragó el pantano, queda a giro de rotonda, con sus casas blancas extendido en la vertiente, el pueblo de Veguillas, el primero de los dos que tengo intención de visitar antes de que comience a cerrar la noche.

Veguillas aparece al término de un corto ramal de asfalto. “Bienvenidos a Veguillas”, se lee sobre el ocre del barro en la panza de una tinaja que hay colocada a la entrada del pueblo. Enseguida la nostálgica fuente, con sus sonoro manar sobre el pilón de piedra; un agua clarísima que nadie bebe y que se perderá en el barranco después de haber pasado por las dos albercas del lavadero, junto al centro social y el edificio de la vieja escuela.
No conseguí ver a nadie en la hora escasa que estuve en Veguillas. El cerro Cabezuelo, el alto de Cabeza Redonda, la Vega, el Prao, y mucho más en la distancia las cumbres serranas del Alto Rey, arropan el impresionante silencio de Veguillas, que se adormece en la media tarde con el rumor de la fuente a la espera de tiempos mejores, del florido mayo en que las casas cerradas volverán a abrir sus puertas, cuando los hijos de los veraneantes corran en bicicleta y griten por las calles, y los mayores salgan a pasear por la carretera aprovechando la bonanza de las tardes serranas.
Veguillas ha contado siempre con una población exigua, muy escasa, pero suficiente como para mantener en funcionamiento el latido de su corazón de pueblo, sobre todo en tiempos ya lejanos, cuando en los primeros avisos del invierno celebraban con júbilo su fiesta patronal de San Martín, el santo que compartió su capa con un mendigo, trasladada hoy al mes de agosto por razones fáciles de adivinar.

Poco más arriba, al cabo de algunos kilómetros en dirección norte, van apareciendo indicadores de carretera en los que se da cuenta de pueblos que con mayor o menor fortuna todavía existen. Dejado atrás Veguillas en su solana, emprendo viaje hacia Semillas, uno de esos pueblecitos que se anuncian junto a la carretera con su correspondiente indicador. Semillas es uno de los tres lugares, con Las Cabezadas y Robredarcas, que compusieron cincuenta años atrás aquel engendro administrativo al que las autoridades competentes pusieron el nombre de Secarro, que como todo cuerpo extraño fue rechazado por el vecindario y vuelto de nuevo a su nombre de origen. Tan sólo Semillas sigue vivo de los tres que fueron. De los otros dos, apenas quedan en Las Cabezadas algunos muros de su iglesia en ruinas, y otro tanto o poco más puede verse en Robredarcas, el compañero de terna.
Entro en Semillas, por segunda vez en mi vida, y lo hago por un ramalillo estrecho de asfalto que cruza entre los arcos de triunfo amarillos a que dan lugar las ramas de los robles con su traje de otoño. A la llegada, el pueblo me es desconocido. Creo que ninguno de los chalés, y mucho menos el flamante edificio del ayuntamiento, existían en mi anterior viaje. La calle de arriba, a la que rotulan con el nombre de “Calle del treinta y uno de mayo” sería cuando mi primera visita un trozo de dehesa o de pradera. Hoy es una saludable avenida en la que concurren el ayuntamiento y alguna de las cómodas viviendas que han venido construyendo durante los últimos años; todas con espacio suficiente alrededor para huerto o jardín, en uno de los parajes más sanos y más cómodos de la sierra.
Al margen de las formas que nos han traído los nuevos tiempos, todavía se pueden ver en Semillas por el barrio de abajo algunas de las viviendas del pueblo antiguo, con sus tejados pesados y herméticos de lajas de pizarra; son los menos, pero todavía posibles de ver aunque no podamos saber por cuanto tiempo. Los alrededores del pueblo son montañas roquedas de color gris y campo abierto donde se da el roble, el peral, las nogueras, y el rebrote de los olmos que murieron cuando la enfermedad.

Por las Callejuelas, justo al final de la calle de la Fuente, cuida de una docena de vacas el señor Francisco, una de las cinco o seis personas que todavía viven en el pueblo de manera continua. Por el señor Francisco supe que han traído al pueblo el agua de la Sierra, y que de un hilillo débil que les ha venido cayendo en la fuente durante todo el verano, ahora son dos chorros abundantes de los que los usuarios se pueden servir. Las maquinarias han estado trabajando durante dos o tres meses, y por fin parece que se ha encontrado una solución al más urgente de los problemas que tenían en el pueblo. Una deficiencia que para el vecindario, sobre todo en verano, resultaba vital.
La temperatura comienza a bajar a medida que avanza la tarde. A pesar de todo, y por indicación de la señora Eugenia que pasaba por allí en aquel momento, bebo un trago de agua nueva del caño de la fuente. Agua riquísima y fresca, qué decir, si estamos en una de las zonas más afortunadas de la provincia en ese sentido. El agua llena en su totalidad la salida del caño, y vierte sobre el pilón limpio y transparente.
- ¿A qué ha venido usted por aquí?
- A ver el pueblo ¿Le parece mal?
- No señor; pero como vienen tantas gentes que no conocemos.
La megafonía del nuevo reloj del ayuntamiento lanza sobre el pueblo y sobre sus alrededores las campanadas justas, las cinco de la tarde, cuando las manillas marcan las diez. Una señora me aclara que no van de acuerdo las campanadas del reloj con la hora que señalan las manillas.
- Con los aparatos, aunque sean nuevos, ocurren a veces esas cosas –le digo.
- Sí señor; pero creo yo que tendrán que venir a componerlo.
Uno agradece la tranquilidad de la tarde en estos pueblos, la claridad amarillenta del último sol y, sobre todo, la amabilidad de las buenas gentes que viven por aquí al margen de los problemas y de las tensiones a que nos someten de continuo los medios de información; pero urge escapar a mediada que pasan los minutos. Las bajas temperaturas se encargan de meter a las gentes en sus casas y de poner los pies en polvorosa a quienes van de camino. A pesar de todo, una visita a estos pueblecitos, aun en el momento menos indicado, no es tiempo perdido. Por el Arroyo Hondo, la Solana, la Casita del Santo y los Costillares, van cundiendo las sombras. Son las seis de la tarde y la anochecida comienza a hacerse notar.

(En la fotografía el señor Francisco cuidando las vacas en las afueras de Semillas)

lunes, 18 de octubre de 2010

LA ORDEN JERÓNIMA Y GUADALAJARA


Casi todos los datos que se conocen referentes al inicio de la Orden de Jerónimos en España proceden del Padre Sigüenza, otro compatriota ilustre, religioso de dicha comunidad y autor entre otros libros de una Historia de la Orden Jerónima. Por él sabemos que el fundador de la Orden en España fue un noble guadalajareño del siglo XIV, don Pedro Fernández Pecha, a quien se le conocería después por Fray Pedro de Guadalajara y al que acompañaron en aquellos primeros pasos su hermano don Alonso y don Fernando Yáñez, éste último de distinguida cuna extremeña.
Llegaron los fundadores desde Villaexcusa, junto al río Tajuña, hasta los altos de Lupiana, por aquel tiempo aldea de Guadalajara, donde un tío del fundador, don Diego Martínez de la Cámara, había levantado años antes una ermita en honor de San Bartolomé Apóstol. Allí se instalaron, y en muy poco tiempo comenzaron a levantarse en los alrededores una serie de pequeñas celdas en las que se fueron aposentando los ermitaños, hombres que dedicaban su tiempo a la contemplación, a la oración y a la penitencia. La carta fundacional de la Orden la concedió el papa Gregorio XI el día 18 de octubre de 1373.
La Orden de Jerónimos cundió con extraordinaria rapidez por toda España, pues, luego de muchas vicisitudes que con tanta claridad y abundancia de datos refiere el Padre Sigüenza, ya había monasterios de la Orden en Guadalupe, El Parral de Segovia, Yuste y San Jerónimo de Madrid, con otros veinte o veinticinco más en sólo medio siglo; para culminar su expansión en el monasterio de El Escorial, morada y panteón de los reyes de España.
Durante varios siglos el monasterio de San Bartolomé de Lupiana fue cabecera de la Orden Jerónima y, aunque no fue mucha su influencia en la provincia, se ha de reseñar como obra suya la fundación del colegio de San Antonio de Portaceli, que tanta importancia habría de tener más tarde como predecesor de la Universidad de Sigüenza.
(En la fotografía, un aspecto del patio interior del Monasterio Jerónimo de San Bartolomé en Lupiana)

viernes, 8 de octubre de 2010

"CASTILLOS DE GUADALAJARA"


Ésta de “Castillos de Guadalajara” es una de las obras que el Dr. Layna Serrano nos dejó como herencia después de una vida dedicada en buena parte al estudio de la provincia, a su historia y a los muchos monumentos con lo que contamos de las más diversas épocas, desde los primeros pobladores de estas tierras hasta bien avanzado el siglo XX, y que en mejores o peores condiciones, existen en la amplia geografía guadalajareña.
Como es fácil advertir por su título, en “Castillos de Guadalajara” está escrito, y magníficamente documentado, todo cuanto se refiere a las antiguas fortalezas que aparecen en la provincia a todo su largo y ancho.
Castilla es tierra de castillos, obvio es decirlo, y Guadalajara una de las provincias castellanas más afortunadas en este tipo de monumentos, como podemos comprobar a poco que viajemos por los caminos y carreteras en cualquiera de sus cuatro comarcas. Alcarria, Sierras, Campiña y Señorío Molinés, toda es tierra de castillos. Auténticos documentos en piedra noble, donde descansa una gran parte de la historia de la provincia y, por extensión, también de Castilla y de España.
La primera edición de este magnífico volumen se publicó en Madrid en el año 1933, y otra segunda, también en la capital de España, en 1959; dos publicaciones, tanto la de una como la de la otra edición, que causaron sensación en aquel momento y que supuso toda una fortuna para los estudiosos el poderlas consultar, y mucho mas el poderlas poseer como propias. Un inconveniente que ya no existe; pues en el año 1993, coincidiendo con el primer centenario del nacimiento de su autor, la editorial Aache -muy joven por entonces- que regenta el Dr. Herrera Casado, emprendió la aventura de publicar en edición de lujo la obra completa de don Francisco Layna Serrano, su antecesor como Cronista Oficial de la Provincia; y así, comenzando por los cuatro tomos de la “Historia de Guadalajara y sus Mendozas”, fueron apareciendo uno tras otro todos los volúmenes que completan la obra del eminente historiador desaparecido, siendo éste de los “Castillos de Guadalajara” uno de ellos, para mí el más interesante después de la obra colosal de los Mendozas. Desde entonces, la obra de Layna Serrano, completa o en volúmenes, se encuentra en Aache al alcance de todos.

El libro está publicado en papel de excelente calidad, medidas 19,5 x 27,5, con 494 páginas de denso contenido, pastas duras forradas en tela, y un sinfín de fotografías en color y en blanco y negro, dibujos, planos, en superior calidad; siendo hasta cuarenta, si no recuerdo mal, el número de fortalezas que en él se estudian con meticulosidad, presentadas por riguroso orden, según las distintas cuencas o comarcas geográficas de la provincia.
La fotografía de la portada del libro que reproducimos, corresponde a la torre del homenaje del castillo de Zafra, situado en la sierra molinesa de Caldereros.

domingo, 3 de octubre de 2010

LA CIUDAD DONDE VIVIMOS



Guadalajara es la capital de la provincia de su mismo nombre; situada al Suroeste de la misma, a sólo 18 kilómetros por carretera de la provincia de Madrid. Su número de habitantes, inclui­dos los de los pueblos anexionados, de Iriepal, Taracena, Usanos y Valdenoches, es de 80.500 aproximadamente. La altura sobre el nivel del mar es de 707 metros, ocupando como asiento la margen izquierda del río Henares y dando vista a su fértil vega.
Es incierto el origen de Guadalajara. Parece ser que los carpetanos fundaron la primera Arriaca antes de la dominación romana, a escasa distancia de la Guadalajara actual, en el Valle del Henares al otro lado del río. Por ella pasaría más tarde la gran vía romana que unió las ciudades de Mérida y Zaragoza.
Los árabes la conquistaron en los primeros años de la inva­sión, siglo VIII, y cambiaron su nombre celtíbero por el de Wad-al-hayara o Wadi-l-hiyara, que viene a significar "río de las piedras" o "valle de las fortalezas" según la acepción por la que uno se incline. La reconquistó, según dice leyenda, Alvar Fáñez de Minaya, pariente del Cid, en la noche de San Juan del año 1085, sin que los moros hubieran ofrecido la menor resistencia para evitarlo. La Historia por su parte no está del todo de acuerdo con la leyenda, cuya escena en abier­ta noche de luna recoge el escudo de la ciudad. Durante sus reinados, Alfonso VII y Fernando III le concedieron fueros propios, y algunos privile­gios más otros reyes de Castilla. En 1460 el rey Enrique IV le otorgó el título de ciudad, tiempo aquel en el que ya había aparecido sobre el cielo arriacense la estrella familiar de los Mendoza, quienes la impulsaron, la engrandecieron sobremanera, trayendo a Guadalajara las primi­cias del arte renacentista, de lo que el flamante Palacio de los Duques del Infantado es una luminosa muestra.
La marcha de los Mendoza a Madrid en el siglo XVII, y los saqueos del ejército austriaco de 1706 y 1710, durante la Guerra de Sucesión, llevaron a la ciudad al estado de ruina y a una población tan exigua en número de habitantes que apenas superaba los 2.000. En 1813 los franceses destruyeron algunos de los edificios más notables, a los que habría que añadir los que quedaron en estado ruinoso o desaparecieron durante la Guerra Civil de 1936.
De sus aconteceres festivos a lo largo del año cabe señalar en Guadalajara la jornada matinal del día del Corpus Christi, en la que una buena parte de la población recorre las calles princi­pales de la zona centro acompañando al Santí­simo Sacramen­to, y a la que tiñe de tradición y de singu­lar colori­do la cofradía multicentenaria de Los Apóstoles. La fiesta en honor de la Virgen de la Antigua, patrona de la ciudad, del 8 de septiem­bre, así como las inmediatas ferias a mediados del mismo mes, acarrean a la capital varios miles de visitantes cada año procedentes del resto de la provincia.
Reliquia monumental de lo que fue Guadalajara en tiempo pasado está patente en palacios, iglesias y conventos, repar­tidos por el casco antiguo, de entre los que cabe señalar el Puente Romano sobre el río Henares, por donde pasó la vía augusta de Mérida a Zaragoza, y que mandó reparar en 1757 el rey Carlos III; los restos de muralla y torreones del Alamín y de Alvar Fáñez, por donde se dice fue reconquistada la ciudad; la iglesia gotico-mudéjar de Santiago, del siglo XV, antiguo convento de Santa Clara; la iglesia concatedral de Santa María de la Fuente, del siglo XIII, antigua mezquita de estilo mudéjar; la Ermita de Nuestra Señora de la Antigua, antes iglesia de Santo Tomé, obra mudéjar del siglo XIII; el Convento de San Francisco, en origen casa de los caballeros Templarios, engrandecido durante varias generaciones por los Mendoza, lugar de enterramiento de aquella linajuda familia, saqueado y profanado por los franceses en 1813; el Palacio de los Duques del Infantado, de finales del siglo XV, máximo exponente de los monumentos civiles guadalajareños y muestra sin igual de la arquitectura renacentista española; el Palacio de don Antonio de Mendoza, del siglo XV, y la Capilla de La Piedad, adosada al mismo, obra de Covarrubias; la Capilla de Luis de Lucena, del siglo XVI, pieza romanico-mudéjar pertene­ciente a la desaparecida iglesia de San Miguel del Monte; la Iglesia de San Ginés, antiguo convento de Santo Domingo de la Cruz, del siglo XVI; la recién restaurada iglesia de Los Remedios, mandada edificar en el siglo XVI por don Pedro González de Mendo­za, obispo de Salamanca; el Convento de Carmelitas de San José, de principios del XVII; la Iglesia de San Nicolás el Real, anti­guo convento de jesuitas, siglo XVII, de extraordinaria orna­mentación barroca; el Panteón de la Duquesa de Sevillano, en estilo románico-lombardo de finales del siglo XIX; los palacios de la Diputación Provincial y del Ayunta­miento, también de finales del XIX y principios del XX respectiva­mente, aparte de algunos palacetes más y capillas a los que habría que añadir varias de las construc­ciones modernas más representati­vas.
Como lugares de recreo en Guadalajara merecen especial referencia el frondoso Parque de la Concordia, el de San Roque y el Zoológico Municipal.
Los deportes cuentan asimismo en la capital con modernas instalaciones, pues, además de la Plaza de Toros de "Las Cru­ces", cuenta con el campo de fútbol "Pedro Escartín" en el Polígono del Balconcillo, los pabellones polideportivos cu­biertos de "San José" y "Municipal", el estadio municipal de atletismo al aire libre de "La Fuente de la Niña", el moderno "Palacio Multiusos", las pisci­nas municipales y otras instalaciones de recreo especiales para la infancia en distintos barrios.
La ola de expansión industrial del cinturón de Madrid ha convertido a Guadalajara durante las dos últimas décadas en un importante foco fabril, siendo los centros principales de indus­tria en la capital los polígonos del Balconcillo y del Henares, lo cual ha traído como consecuencia una ciudad moder­na que sirve de marco a la Guadalajara histórica y monumental. El número de habitantes aumentó de manera sensible con fami­lias llegadas de otros lugares de la provincia, así como del resto de España, reclamadas por los puestos de trabajo que en algún tiempo se dieron en las recién creadas industrias de los dos polígonos.
El crecimiento en población ha hecho necesario que se crearan nuevas barriadas en la periferia, siendo quizá las más conocidas las de Aguas Vivas y Las Lomas, al otro lado del Barranco del alamín, aproximándose al término de Taracena. La llegada del AVE (Tren de Alta Velocidad) ha supuesto un aumento considerable de la población en las cercanías a la Capital.


(En la imagen, la fachada del Palacio de los Duques del Infantado)

miércoles, 22 de septiembre de 2010

NUESTROS RÍOS: EL BORNOVA



Supongo que, como casi todos los ríos que corren por el mundo, el Bornova tendrá un nacimiento preciso y reconocido, aunque para mí esta aparente nimiedad constituyó siempre un misterio. En cualquier caso, la fuente primera de la que se alimenta el río Bornova anda por allí arriba, a poco más de un tiro de piedra de la sorprendente laguna de Somolinos en las sierras de Atienza, por otra parte uno de los caprichos de la Naturaleza más curiosos y admirables por la condición y calidad de sus aguas.
Desconozco el porqué, pero es lo cierto que al río Bornova en sus primeros tramos, la gente de aquellos pueblos lo reconoce como río Manadero, incluso con ese nombre aparece anunciado al borde de la carretera en algún indicador oficial. No importa, para nosotros su verdadero nombre fue el de Bornova, escrito con la ortografía en la que aquí aparece, y, salvo mejor opinión si es que la hubiere, seguiremos llamándolo así a lo largo de todo su recorrido de principio a fin, desde la laguna de Somolinos hasta su desembocadura en el Henares, cerca de Miralrío.
El primer accidente a considerar en el breve recorrido del río Bornova, siempre por tierras serranas, es la ya dicha laguna de Somolinos, una extrañeza natural avistada por impresionantes roquedales de caliza que sobrevuelan las aves rapaces, a no menos de 1260 metros de altura sobre el nivel del mar, y que, según los geólogos, es de origen glacial. En la laguna de Somolinos el agua está fría, y la pesca se limita a pequeñísimos ejemplares de una especie fluvial que a menudo se dejan ver desde las orillas. En sus proximidades hay espacios de alto interés, tanto para el recreo como pata la vista, debido a las condiciones especiales del terreno. Y poco más abajo Somolinos, extendido en la solana al pie de un cerro enorme al que le roen la falda por un lateral los buscadores de arena para refractarios, dicen que de calidad excelente. Aguas abajo las albercas de una piscifactoría aprovechando la sana corriente de las aguas, antes de pasar por Albendiego, el pueblo vecino y rival, harto conocido en los medios culturales por aquella joyita del arte medieval que conserva en sus orillas, la pequeña iglesia de Santa Coloma, con su ábside de calados en formas geométricas único en su especie, muestrario incomparable del estilo románico, tan abundante y tan meritorio por todas aquellas sierras.
El Bornova, mientras tanto, se cuela silencioso entre los espinos y las marañas, cortando llanos y praderas, dejando a su paso de trecho en trecho cómodos merenderos y otras estancias de recreo al aire libre, montadas por el hombre durante los últimos años para gozo y disfrute en las saludables tardes del verano junto a cualquier fuente.
Los pueblos por los que ronda el Bornova, media docena de ellos o quizá más, se han ido despoblando poco a poco: Prádena, Gascueña, Villares, Zarzuela, Hiendelaencina, San Andrés y Membrillera, saben mucho de las gracias y desgracias de esta tierra difícil que en cuestión de dos o tres décadas han visto ponerse en mínimos su censo de población. Alcorlo, menos afortunado aún que sus pueblos vecinos, murió bajo las aguas del embalse acabando sus días en aras del progreso, digamos que en holocausto al servicio de las nuevas maneras de vivir. Algunos de los que fueron sus vecinos se suelen reunir una vez cada año en una especie de bosquecillo que hay arriba, junto a la carretera, creo que cada veinticuatro del mes de agosto, para celebrar, más con nostalgia que con júbilo, la que debió de ser en otros tiempos la fiesta de su santo patrón, San Bartolomé Apóstol.
La limpia superficie del pantano brilla como un espejo en la tarde serrana. En el pantano de Alcorlo los peces saltan por aquí o por allá al lado de la presa. Hace ya años que cortaron el cauce del río algo más arriba del pueblo de San Andrés, en la salida del congosto dando ya vistas al pueblo desaparecido. El breve cañón se ve desde la presa flanqueado por tremendos roquedales entre los que baja el reguerillo de agua que escapa del pantano. Aquel vuelve a ser el de nuevo el río Bornova, después de haber salvado el segundo de los accidentes mayores con los que se debía de encontrar a lo largo de todo su recorrido. El primero, lo recordamos, fue la laguna de Somolinos al poco de nacer.
No tenemos espacio material para dejar una constancia más completa de los pueblos de aquella serranía cuyos términos municipales atraviesa el cauce del Bornova. Prádena entre montañas, escondido y escandalosamente bello, con sus casonas negras del más puro estilo rural, mate de pizarra y verde intenso reflejo de las huertas, en donde el agua también toma papeles de protagonista. Y Gascueña magnífico, residencial, siempre al gusto y favor del viajero. Y Villares, restaurado con exquisito gusto y una buena dosis de sentido común, que, sin duda, es el menos común de todos los sentidos, por lo menos en lo que atañe a la puesta al día de muchos de los pueblos. Y Zarzuela, entre la Sierra Gorda y el Santo Alto Rey, olvidado reducto de su famosa alfarería popular, hoy tan sólo en el recuerdo de los mayores de edad. Y Hiendelaencina, en fin, el pueblo con más brillo de todas aquellas sierras, el de las minas de plata, tan importantes en la vida del pueblo que hasta su nombre de pila le robaron; pues para las buenas gentes de la comarca ha sido, es y seguirá siendo Las Minas, así como suena. La fuerza de la costumbre, según la importancia del motivo, acaba a veces hasta con algo tan sagrado como el nombre de las cosas, por muy antiguo y sonoro que sea.
Por Membrillera el Bornova se abre al llano campiñés, busca su final en tierras diferentes. Las choperas tupidas, las huertas de sanísimo producto tratadas sabiamente por campesinos expertos, son el nuevo escenario por el que atraviesa el río en su tramo último; pues poco más abajo, y siguiendo la misma suerte que su otro hermano menor, el Cañamares que también baja de la sierra, acabará uniéndose al Henares poco más allá, cerca de Miralrío, soberbio mirador hacia la vega desde las Eras del Rostro, donde es hasta posible extasiarse en las tardes de verano mirando simplemente el milagro natural de una puesta de sol.

(La fotografía nos muestra la laguna de Somolinos, junto al posible nacimiento del río Bornova)

jueves, 16 de septiembre de 2010

FIESTAS POPULARES DE LA PROVINCIA



Resultaría interminable un estudio detallado acerca de las fiestas tradicionales que se celebran en la provincia de Guadala­jara a lo largo del año, y de hecho existen algunos tratados más o menos completos sobre este tema que, a manera de esbozo, no dejan de ser interesantes.
Guadalajara es tierra variada en climatología, en paisa­je, en carácter de sus habitantes, y, desde luego, en maneras de vivir y en costumbres heredadas. Como tierra unida de raíz a sus ances­tros, conserva infinidad de tradiciones populares, muchas de ellas relacionadas con las que en otro tiempo fueron fiestas mayores, y hoy documentos valiosos de un pasado rico en colorido y en rasgos etnológicos, aportación valiosa para el estudio de viejas culturas.
Las fiestas populares de Guadalajara se abren a lo largo del año con la "Fiesta Niño Perdido" de Valdenuño Fernández; en ella es la botarga su protagonista, a la que acompañan ocho danzantes que pasan varias horas de la mañana pidiendo dinero por todas las casas del pueblo, y luego intervienen en la Misa Mayor bailando algunas de sus tradicionales danzas de paloteo. Tiene lugar el domingo siguiente a la festividad de Reyes.
"Las Hogueras de San Vicente" se celebran en Sigüenza la noche del 22 de enero, fecha en la que parece ser fue recon­quistada la ciudad a los moros por el obispo don Bernardo. Ante la casa de El Doncel se enciende una monumental hoguera.
"La Soldadesca de Mazuecos", en honor de Nuestra Señora de la Paz, se celebra durante y después de la Misa Mayor del día de su patrona, el 24 de enero. Una escuadrilla de muchachos, ataviados al uso de los soldados españoles de los Tercios de Flandes, escoltan al sacerdote oferente y corren la bandera en la procesión por las calles del pueblo.
En los pueblos de Aleas, Arbancón, Beleña y Retiendas, sale a la calle la botarga el día 2 de febrero, fiesta de la Candela­ria. Los actos en cada lugar son de lo más variado. Ese mismo día tiene lugar en El Casar la fiesta popular de la "Carta de Candelas" a la que nos referimos con mayor detalle en otro apartado de este mismo trabajo; en tanto que al día siguiente, es Albalate de Zorita quien se viste de fiesta para honrar con diversos actos y dichos al obispo San Blas, con su botarga y danzantes corres­pondientes.
En Cogolludo y en Espinosa de Henares son famosas durante el día 5 de febrero sus fiestas bajo el mandato de las muje­res, en honor de Santa Águeda. Las féminas -dicen- son las protago­nis­tas y las dueñas del pueblo en esa jornada.
El sábado anterior a la fiesta de Carnaval, salen en Almirue­te las llamadas "Botargas y mascaritas". Es posible que se trate, esta de Almiruete, de una de las fiestas tradiciona­les más autén­ticas de cuantas se celebran en la provincia. Los cencerros que cuelgan de la cintura de los botargas, rompen durante toda la tarde el silencio hermético de aquellas serra­nías.
El domingo de Pentecostés sale en Atienza "La Caballada", fiesta a la que hemos dado en diferente sitio un tratamiento especial. El mismo día se celebra en Ventosa -Barranco de la Hoz- la llamada "Loa del Gallego" con auto sacramental y bailes de paloteo.
La festividad del "Corpus Christi en Guadalajara", tiene desde el siglo XV un carácter muy singular, pues en la proce­sión del Santísimo sale a la calle la llamada Cofradía de los Apóstoles.
Valverde de los Arroyos. "Octava del Corpus". Los elevados montes de aquella sierra son testigos en ese día de una de las más bellas fiestas populares de la provincia, en donde las rondas, los autos sacramentales, y la procesión solemne con el Santísimo Sacramento por los campos acompañado de los danzan­tes, dan una nota insólita a la celebración, colorista y de grato recuerdo para los asistentes que cada año acuden hasta el pueblo en mayor cantidad.
Los danzantes y botarga de la "Fiesta de San Acacio", actúan en Utande la penúltima semana del mes de junio. La danza más conocida de todo su repertorio es la de "Los peludi­llos".
A la Cofradía militar de Nuestra Señora del Carmen la conocen en Molina de Aragón por el apelativo de "Los Cangre­jos", debido, sin duda, a la indumentaria roja con la que se visten los cofrades. También se llama "Compañía de Caballeros de doña Blan­ca". Sale en procesión, con gran colorido, aires marciales y visibles connotaciones milita­res, el 16 de julio de cada año.
"La Machada" de Bocígano es una fiesta eminentemente pasto­ril. Los mozos se disfrazan de zagales, de mayorales y de machos. Realizan bruscos movimientos a los que llaman "quie­bros y requie­bros"; luego comen migas de pastor en la plaza del pueblo. Suele celebrarse el penúltimo fin de semana del mes de agosto.
La última de las fiestas mayores tiene lugar en el pueblo serrano de Majaelrayo. Es la de los "Danzantes del Santo Niño". El atalaje que visten los botargas y los danzantes es similar al que lucen en Valverde de los Arroyos durante la Octava del Corpus; también las danzas que se ejecutan tienen en el fondo un cierto parecido. Se vienen celebrando durante la mañana del primer domingo del mes de septiembre.


(En la fotografía: un aspecto de la Calle Mayor de Guadalajara durante la Procesión del Corpus Christi)

jueves, 9 de septiembre de 2010

FUENTES DE GUADALAJARA


Los manantiales, por una u otra razón, fueron siempre pieza de mayor importancia en la vida rural guadalajareña. La provincia de Guadalajara es tierra de fuentes. Los topónimos de sus campos, muchos de los nombres que aún conservan algunos de sus pueblos en las distintas comarcas se derivan de "fuente", de "fontana" o de "hontanar", que en definitiva son variantes de un único término: la palabra "fuente".
Como manantiales de la provincia que se distingan por la enorme cantidad de agua que arrojan a cada instante, conviene tener en cuenta en primer lugar a los cien que, como su nombre indica, se abren a los pies del Cerro del Castillo en Cifuentes, dando lugar de inmediato a la Fuente de la Balsa, y ésta a su vez al río Cifuentes que, a poca distancia de allí, desagua en el Tajo por Trillo. En Abánades, llaman el Canalón a una fuente que surge con gruesos chorros a orillas del pueblo. A dos o tres kilómetros de Horna, surge el agua a borbotones desde el santo suelo, dando lugar, nada menos, que al río Henares.
La fuente de Sopetrán, en los bajos de Torre del Burgo, merece estar aquí por su condición de fuente milagrosa; pues de sus aguas -cuenta la leyenda- se sirvió la Virgen María para bautizar en la fe cristiana al príncipe moro Aly-Maymón.


Al hablar de fuentes artísticas, o espectaculares por la distribu­ción de sus chorros, hay que referirse forzosamente a la Fuente Pública de Albalate de Zorita, con ocho, diez o doce chorros incesantes que vierten sobre un pilón a ras de suelo junto a la carretera; la Fuente Blanquina de Brihuega, cargada de historias y de leyen­das, es pieza clave en la única realidad de la villa alcarreña; la Fuente del Perro, en El Sotillo, o la de Bochones en la Sierra de Pela, se cuentan entre las fuentes anónimas que son en sí todo un espectáculo en el que se ven implicados por igual la Naturaleza y la mano del hombre. En Pastrana, la Fuente de los Cuatro Caños viene a ser como la enseña romántica de la villa, algo así ocurre con las municipales de Arbancón, de Ledanca, de Jadraque, de Atienza, de Valdearenas, de Miedes... Hay otras fuentes camineras, fuentes al servicio de los viajeros de este y de pasados siglos, que le sirven sin pedir nada a cambio un trago largo de sus aguas en las mañanas y en las tardes calurosas del verano, todo un sueño para el sediento: la de la Canaleja en Anquela, la de Fuentelviejo en la carretera de Pastrana, la de extramuros en Yebes, la de las cuestas de Jadraque, podrían contarse entre ellas.

(En la fotografía, la abundosa fuente de Albalate de Zorita)