jueves, 19 de enero de 2012

LOS SIETE PARAÍSOS PERDIDOS ( I )


            Anda una frase por ahí según la cual la provincia de Guadalajara muestra al visitante que la atraviesa de Este a Oeste por las dos principales vías de comunicación los parajes más ruines, hoscos y desangelados de todo su espacio. Es una afirmación bastante manida, pero que con algunas matizaciones tiene mucho de verdad. El gran público, la gente de paso que viene o que va por la autovía o por ferrocarril de un extremo al otro de la provincia, se debe llevar una impresión penosamente inexacta, muy pobre de lo que esta tierra es a la vista del paisaje que se deja ver desde el observatorio de una ventanilla. Demostrar lo contrario es tarea de todos, de todos los que vivimos aquí, naturalmente. Uno sabe muy bien que ocupamos una tierra hermosa, singular y sorprendentemente variada; pero que todos nuestros encantos naturales los tenemos escondidos, muy lejos del tráfago mundano, lo que en cierto sentido los favorece, si bien los perjudica en otros muchos. Lo que el buen paño en el arca se vende, refiriéndose al paisaje de Guadalajara, perjudica a esta provincia, a mi modo de ver, de manera sensible, más si se tiene en cuenta ese despertar de la sociedad media del siglo XXI por conocer y disfrutar de los espacios naturales.
            En estos dos trabajos sucesivos que publicará nuestro periódico, nos vamos a referir como botón de muestra a siete de los parajes ´-sólo a siete, de los setenta que podríamos encontrar- más destacados de nuestra geografía provincial. Siete lugares distintos que ahí están, bajo los cielos azul cristal de las tierras de Guadalajara, alumbrando con el encanto infinito de cientos y de miles de siglos algunas de las comarcas naturales más características de esta tierra nuestra. No hará falta decir que en cada uno de ellos ha sido la Madre Naturaleza la que lo ha puesto todo; el hombre por su parte ha podido contribuir a mantener las tales maravillas con su pasividad, respetándolas, cuidándolas dentro de lo posible, y poniendo medios para tenerlas más a nuestro alcance.
            Uno por uno, tal como van saliendo del sutil taleguillo de los afectos, ahí van siete de los rincones naturales de los que Guadalajara se puede sentir honrada. Lugares todos ellos a los que es preciso acercarse ex profeso para conocerlos. El orden por el que irán apareciendo será, como en tantas cosas, cuestión de preferencias, lo que queda al exclusivo criterio del lector.

El Barranco de la Hoz en el río Gallo.
            Se trata del más celebrado de los rincones molineses. También uno de los más conocidos y más populares de nuestra tierra. Bajo el soberbio cañón de formaciones pétreas por cuyo fondo discurre el río, queda medio agazapado en el mismo lugar donde lo fijó la historia y le leyenda el santuario de la Virgen de la Hoz, Señora y Reina del Señorío. Todo en el Barranco de la Hoz, las altivas peñas, las agujas gigantescas que se sostienen erguidas en el ribazo, la cinta del río que corre entre la arboleda, viene a ser un espectáculo provocador, regalo de la Naturaleza, en donde el hombre y la obra del hombre cumplió su papel manifestando a ojos vista su limitación, su extraordinaria pequeñez frente a la naturaleza creada.
            Es muy fácil llegar al Barranco de la Hoz. Apenas se encuentra a cinco minutos de automóvil desde la ciudad de Molina, tomando las carreteras de Ventosa o de Corduente, según el punto exacto desde el que se quiera ir. La visión más impresionante del Barranco queda no desde la orilla del río ni desde las puertas del santuario, sino desde lo alto de los picachos, adonde es posible subir, con cierta dificultad, por senderillos que se abren desde la base, o dando la vuelta por Corduente hasta el mismo mirador de la cima.
            La ermita horadada en la peña, generalmente abierta al visitante, es un remanso de bienestar, con varios siglos de existencia, que como complemento al paisaje convierten al Barranco en un rincón de lujo. 

Las cumbres alpinas del río Jaramilla
            Con ello me quiero referir a toda una plataforma de cerrucos y de barranqueras que dan lugar al techo de la provincia allá por las abruptas sierras del noroeste. Debido al difícil acceso que tuvo hasta hace tan sólo una década, es sin duda la comarca menos conocida de la provincia de Guadalajara, y una de las más sorprendentemente aleccionadoras. Allí, al pie de las ariscas laderas de sus montes, van tomando cuerpo y forma algunos de los ríos serranos cuyas aguas gozan de singular preferencia para el consumo humano. Por aquellas vertientes de piedra laminada surgen a la luz del día y a la oscuridad de la noche, las primeras fuentes que darán lugar poco más abajo al mítico Jarama, al Sorbe y al Lozoya, valiéndose de otros muchos arroyuelos subsidiarios que son parte irremplazable y principal del paisaje serrano: el Lillas, el río de la Hoz, el Jaramilla y el Berbellido, son algunos de ellos. Los pueblos, deshabitados casi en su totalidad durante el invierno, son mero pretexto como para justificar con la presencia del hombre y de sus ganados la variedad de la sierra: Bocígano, Cabida, El Cardoso, Colmenar, Peñalba, Corralejo… Por la cumbre de sus términos, se podrían contemplar a vista de águila las cúpulas de Castilla, a más de 2.200 metros de altura sobre el nivel del mar algunas de ellas.

El Puente de San Pedro en el Alto Tajo
            Allá por los entornos de Zaorejas y de el Villar de Cobeta, es éste otro de los lugares comunes que afloran con más frecuencia  a los labios y al pensamiento de los coleccionistas de paisajes, gustadores, desde luego, de los rincones más afortunados que adornan nuestra tierra. El paisaje en el Puente de San Pedro tiene, además, la particularidad de grabarse fácilmente en la memoria de quienes lo conocen. En la conjunción del río Gallo con el padre Tajo, justo en el lugar que la gente conoce como el Puente de San Pedro, la naturaleza se vuelve coqueta. Allí se escalonan rumorosas las aguas del río; allí juegan a sostenerse en equilibrio por encima de las peñas los pinos que viven de milagro; allí acude de buena mañana la trucha juguetona a probar la paciencia del pescador de caña; allí, en fin, se confunden entre la luz y el delirio el azul del cielo serrano y el verde de las aguas que tiñó el pinar, el barbo de las profundidades con el ave rapaz, el hombre con el medio. Lástima que muchos de los que pasan por allí y sientan sus reales, no sepan corresponder a menudo con su infinita generosidad.
            Aguas abajo, siguiendo la vista que sigue hasta El Villar, son los enhiestos picachos, los violentos barrancos por los que encaja el río, los verdaderos protagonistas. Todo alrededor parece insignificante, el hombre también. Al final el Tajo, dominador absoluto de la situación como señor de aquellas tierras y de su paisaje, lo abraza todo, doblándose en una soberbia herradura de aguas y de espumas que brillan con el sol, para demostrar que es la creación, y no la mano ni el ingenio del hombre, la primera escuela de surrealismo.

(La fotografía nos muestra un detalle del río Tajo a su paso por el Puente de San Pedro)

miércoles, 11 de enero de 2012

EN EL X ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE C.J.C.


La relación de la comarca alcarreña con Camilo José Cela es bien conocida. En cualquier tiempo y lugar, siempre que se hable o se escriba de la obra de nuestro Premio Nobel, habrá que hacer referencia a la Alcarria como escenario que fue de una de sus obras más celebradas con la que, de la mano del “Pascual Duarte”, aquel ilustre gallego entró con buen pie en el Olimpo de los triunfadores.

            Ignoro si a su muerte -doloroso acontecimiento para las letras españolas, cuyo X aniversario se cumple el próximo día 17- don Camilo dejó pendiente alguna cuenta sin saldar con Guadalajara, aunque sospecho que no; pero de lo que tengo absoluta certeza es de que la Alcarria, y Guadalajara toda, tienen contraído con él un compromiso de gratitud sin límites. Una buena parte de la notoriedad que estas tierras puedan tener más allá de nuestras fronteras, se debe a su “Viaje a la Alcarria”. Que nadie lo dude.

            Estamos a escasas fechas de la efeméride. Camilo José Cela, que entró en esta provincia impulsado por la sospecha de que la Alcarria sería la comarca ideal para su proyecto literario en una época difícil de nuestra historia (junio de 1946), vivió con nosotros en calidad de vecino durante varios años, cuando su nombre ya era conocido dentro y fuera de nuestro país y había escrito la mayor parte de la obra que nos dejó en herencia. Aquí vivió, y residiendo en la urbanización “El Clavín” recibió la noticia de haberle distinguido la Academia Sueca con el más alto galardón con que el mundo premia a sólo unos pocos; aquí sentó plaza como un vecino más, habitando en su propia casa extramuros de la ciudad, al lado del Henares, y de aquí se marchó cuando su estado de salud aconsejó que lo hiciese.

            Han pasado diez años y la popularidad del autor se ha ido desvaneciendo de manera rápida e injustificada. También entre nosotros. Apenas se habla y se escribe de él. “Sic transit gloria mundi” -la más cruel de todas las leyes a las que estamos sujetos los mortales. La admiración por aquellos que anduvieron en vida bajo el signo de un destacado valor es efímera, queda por fortuna la huella que dejaron al partir, que en el caso de Cela es profunda, y como tal, universal y perpetua.

            Por cuanto al legado impresionante de nuestro autor, aunque no le faltan detractores, somos más los que nos sentimos honrados de ser sus contemporáneos; también de su personalidad y de su condición humana los que le tratamos alguna vez. Todos hemos aprendido algo de él, incluidos los que no se consideraron sus amigos; por lo que, justo es corresponderle como a él le gustaría: leyendo o releyendo algo de su obra. A nuestros lectores de acá les recomiendo el “Viaje a la Alcarria”, naturalmente, el primero de los dos. Es una joyita como de oro envejecido, producto de una pluma memorable y siempre actual.

(Con C.J.C. en "El Clavín" meses antes de recibir el Premio Nobel)

domingo, 18 de diciembre de 2011

HOMENAJE A JUAN PABLO II


Con asistencia de más de doscientas personas al acto, pese a las bajas temperaturas en la mañana del pasado día 10, la ciudad de Guadalajara inauguró en la glorieta de la avenida que lleva su nombre, una estatua en bronce a tamaño natural del recordado pontífice Juan Pablo II, hoy beato de la Iglesia. De esta manera, la capital de provincia se une al homenaje universal que el mundo católico dedica al personaje tal vez más influyente del siglo XX.


Como asistentes, varias autoridades civiles y religiosas, entre las que se encontraba el obispo de la diócesis, Mons. Atilano Rodríguez, que bendijo el nuevo monumento, y el alcalde de la ciudad, don Antonio Román, quien en su breve parlamento destacó la aportación de Juan Pablo II a la historia reciente. La magnífica estatua es obra del escultor Oscar Alvariño.  

martes, 13 de diciembre de 2011

DOS NOVELISTAS OLVIDADOS

            Revolviendo hace unos días varios legajos, folletos y libros antiguos, de los que todos tenemos guardados en alguna parte como curiosas piezas de colección, pero que no utilizamos nunca después de haberlos leído hace tiempo por primera vez, me encontré con dos publicaciones curiosísimas, con dos ejemplares escritos por autores de esta tierra. Creo que vale la pena sacarlos del fondo del arca donde duermen el sueño del olvido, y dedicarles por una vez este espacio semanal de reconocimiento y de homenaje a sus autores respectivos en el diario de su provincia, dejando al margen los años que han pasado desde que aquellas imprentas de los años veinte del pasado siglo, y aun anteriores, trajeron al mundo la novedad editorial de dos paisanos nuestros que, por una u otra razón, seguro que muy diferentes, se arriesgaron a publicar sendas historias, pese a los muchos inconvenientes que suponemos encontrarían para conseguirlo en aquellos tiempos, las cuales hemos tenido la suerte de que a través de un siglo hayan podido llegar hasta nosotros.
            En Literatura, lo mismo que en cualquier otra rama del Arte, es muy difícil poder conseguir un puesto sobre el podium de los excelsos; son infinitos los factores que intervienen para conseguirlo, y tantos los que lo logran al fin, tal vez sin haberlo pretendido, en su mayoría después de su muerte, cuando el público lector reconoce sus valores como aportación personal a la Literatura, un arte en el que los menos buenos arguyen que ya está todo descubierto, cosa que no es verdad.
            Los libros no tienen fecha de caducidad; ahí está para comprobarlo cómo se suceden a través de los siglos las grandes obras de los autores clásicos, casi desde los inicios de la civilización en los distintos continentes. Lo que sí ocurre es que los libros pierden interés con el pasar del tiempo, que su contenido quizás merezca la estima de un grupo más o menos reducido de personas, lo que lo lleva inevitablemente a morir, o lo que es lo mismo, a ocupar un sitio “in aeternum” en las cárceles del olvido.
            Algunos autores acaban sus días en el anonimato más estricto, tal vez porque las circunstancias le vinieron adversas, porque fueron inconstantes, o porque el manantial de la inspiración carecía de contenido. Son esos personajes incógnitos que ahí están, autores que optaron por no exprimir hasta la última gota el limón de sus posibilidades, y ahí nos quedó enterrado con ellos su trabajo impreso, atravesando el túnel de los siglos con el nombre en bandolera de su autor sobreviviendo a sus contemporáneos gracias a la huella, difícil de borrar, de la palabra impresa. A estos últimos, cada cuál con sus matizaciones y diferencias, podrían pertenecer nuestros dos personajes de hoy, de cuya obra y de una manera fugaz pasamos a ocuparnos.


“La flor de la Alcarria”

            La primera de las obras que hoy traemos a nuestro escaparate se titula “La flor de la Alcarria”,  impresa en el año 1890 y publicada por la librería de Fernando de Fe, Carrera de San Jerónimo 2, de la capital de España. Sus autores son dos adelantados de la villa de Horche: Tomás Bravo Lucas e Ignacio Calvo y Sánchez, el segundo de ellos no es otro que el autor del famoso Quijote, escrito en latín macarrónico, que tradujo y escribió muy a su modo, siendo seminarista en la ciudad de Toledo. La flor de la Alcarria lleva por subtítulo el de “Silueta de una predestinada”, y en él se recoge una historia de la vida real, ocurrida en la villa de Horche, en la que Margarita, su primer personaje, era hija única de una familia de campesinos, agraciada en su porte y bellísima de presencia, que abandonó la casa paterna siendo muy joven, para dedicarse en la ciudad a menesteres nada acordes con la educación que había recibido de sus honrados padres.
            Siendo bailarina, Margarita envenenó en la habitación del hotel al marqués Octavio Lallana, hecho que puso en guardia a los grandes del país y alertó a la policía hasta que fueron capaces de descubrir a la autora del crimen, a Margarita, la bella horchana de la que estaban enamorados los hombres de medio mundo, pues el suceso que dio argumento a la novela tuvo lugar en una de las grandes ciudades de Sudamérica.        El juicio constituyó en su tiempo uno de los acontecimientos que hoy hubiera llenado miles de páginas en las revistas del corazón. Pero es el caso, que el fiscal, enamorado de la muchacha como todos los hombres que la conocieron, admitió a pie juntillas los argumentos del abogado defensor, quien intentó demostrar que el crimen se había perpetrado en legítima defensa -lo que no pareció ser cierto-, y el juez, en medio del regocijo general de los asistentes que llenaban la sala, la declaró libre de toda culpa. La narración termina así:

            Sin embargo, la absuelta no se hacía participar de la satisfacción general. Aprovechando la confusión y sin que nadie lo notara, Margarita apuró el contenido de un frasquito.
            Cuando en la sala del Colegio de Abogados se reunieron defensor y defendida, ésta no pudo pronunciar más que estas palabras:
            -Cuando los jueces se equivocan, los reos se hacen justicia...
            Nuestra protagonista caía al suelo y poco después moría entre violentas convulsiones.”

            Un drama tremendo, real y muy al gusto de la época; un tiempo en el que imperaban los aires del realismo en la literatura, con algo de poso todavía de un romanticismo que parecía resistirse a desaparecer.


“La reina de los Cantones”

            La otra novela de autor guadalajareño a la que deseo referirme se titula “La reina de los Cantones”. La escribió Pedro Gamo en 1925, y fue publicada en los talleres coruñeses de tipografía El Noroeste.
            Pedro Gamo nació en Congostrina en 1898, fue ante todo poeta y autor de un libreto de zarzuela titulado “Los maletas”. Pedro Gamo tiene una placa conmemorativa en las calles de su pueblo natal. El autor de esta novela estudió en el Seminario de Sigüenza, y luego de una preparación adecuada ejerció como empleado e inspector de Hacienda en las ciudades de La Coruña, Barcelona y Madrid. La reina de los Cantones es un reflejo del acontecer diario en la ciudad gallega allá por los años veinte del pasado siglo, la vida ciudadana en torno a un personaje singular, Lucía Daveiga, una vampiresa de la belle epoque que durante algún tiempo fue la sensación en los paseos coruñeses de Los Cantones, un monumento en vivo con figura de mujer, sobre el que convergían cada tarde las miradas ávidas de los jóvenes y de la mayor parte de los caballeros de la ciudad.
            De esta manera relata López -uno de los personajes de la novela- a Rodrigo de Mendoza la aparición de la sirena en los bulevares coruñeses:

            “Hombre, al decir su historia quise decir lo que de ella se susurra. Lleva en La Coruña dos años, Se ignora de adonde vino. De la noche a la mañana hizo su aparición en el paseo; primero en compañía de una viejecita, luego en la de esas señoritas que ahora viste, cautivando desde el primer momento la atención y las miradas de todos. Ha tenido pretendientes a millares... Ha destrozado corazones sin ton ni son... A todos sonríe y a todos calabacea... Debe de ser un diablillo en forma de ángel y, sin embargo, ahí la ves, se pasea triunfal. ¿Quién será, quién no será? Misterio sobre misterio... ¡Pero bonita ya es la condenada!”

            La historia, bien escrita y de pura creación, sirve de pretexto al autor para contar fielmente, paso a paso, las formas de vivir, los tipos de gentes y de personajes tan distintos; las estampas diarias de la ciudad porteña, donde con frecuencia regresan a su tierra de origen hombres y mujeres que proceden de Cuba; las costumbres locales de la época desfilando a distancia por las cien páginas del libro, y siempre, en un primerísimo plano, los amores difíciles, tiernos a veces, a veces odiosos, entre Lucía Daveiga y Rodrigo de Mendoza, muy al gusto, por cierto, del carácter sentimental y chispeante de nuestros abuelos.
            A uno, que ha creído conveniente detenerse ante la personalidad y la obra escrita de estos eruditos de nuestra tierra, que se esforzaron por inmortalizar su nombre, dejando de paso como herencia un retazo del ambiente que les tocó vivir, bien le gustaría que de ello quedase constancia. Tres nombres sacados del olvido para la lista de guadalajareños en la literatura: Tomás Bravo Lecea, natural de la villa de Horche, que gustó colaborar con el más ilustre de sus paisanos, Ignacio Calvo, y Pedro Gamo Ortega, nacido en Congostrina -pueblo en el que años atrás tuve ocasión de conocer y de  charlar durante largo rato con su hermano Dionisio, que me regaló un ejemplar de la novela-, hombre inquieto, personaje destacado a quien los vientos de la casualidad anduvieron zarandeando de un lado para otro, pero que dejó una meritoria obra escrita, envuelta tal vez en el costoso hatillo de los sacrificios y que ha servido para volverse a hacer presente entre sus paisanos, así como sesenta años después de su muerte en Madrid. 

viernes, 2 de diciembre de 2011

UN CRUCERO EN AGUAS DE LA ALCARRIA


            Apenas ha transcurrido un mes de aquella memorable experiencia, cuando imponderables de salud ya vencidos me permiten llevar al papel escrito el relato de tan singular viaje. Entretanto dos acontecimientos cuando menos reseñables: una intervención quirúrgica de cierta importancia, de la que me recupero con éxito, y un hecho trascendente en la vida española, como lo han sido las elecciones generales ya resueltas. Lo uno y lo otro, porque la vida sigue a un ritmo imparable, han pasado a ser historia. Confiamos en que todo haya sido para bien.
            Fue un compromiso de amistad que deberíamos cumplir, producto de la generosidad de un matrimonio amigo, el de Carlos Tamayo, miembro activísimo de la Real Liga Naval Española, presidente de la delegación “Mares de Castilla” y editor de la revista “Lago y Montaña” -una de las pocas en su genero que realmente vale la pena leer-, y de su esposa Elisa, quien junto a mi mujer, Paquita, y a mí, naturalmente, teníamos proyectado desde antes de verano vivir unas horas de navegación tierra adentro por uno de nuestros pantanos; deseo que por motivos particulares de disponibilidad, tuvimos que aplazar hasta bien avanzado el mes de octubre.
            Carlos y Elisa pasan una buena parte del año en su chalet de la Sierra de Altomira, y como gentes de la mar tienen su barca motora varada de forma permanente en el Club Náutico del pantano de Bolarque. Digamos que en uno de los parajes menos conocidos para el común de los mortales, incluidos los de la propia Alcarria, y más espectaculares a considerar dentro de una provincia, como es la de Guadalajara, afortunada en bellezas naturales como saben muy bien nuestros lectores.
            Ahora, cuando parecen estar muy a la orden del día los cruceros marítimos por el Mediterráneo, o por algunas de las costas más selectas del norte de Europa, me atrevo a considerar como tal el recorrido, de sólo unas horas, por el pantano de Bolarque en toda su longitud y anchura, donde no faltan motivos importantes que conocer, y que admirar desde la corta distancia, con una perspectiva nada habitual, la misma que ofrece la costa vista desde el mar, la que ofrecen algunos rincones de la Alcarria contemplados desde las tranquilas aguas del pantano. Toda una experiencia que recomiendo a nuestros lectores, y que desearía que el tiempo y las circunstancias se encargaran de popularizar como uno de los atractivos más interesantes que Guadalajara, y en concreto los pueblos ribereños de la sierra de Altomira (Albalate, Almonacid y algunos otros) tomasen como proyecto de futuro a medio plazo y de manera reglada, contando con que está casi todo dispuesto para madurar la idea, y que durante cinco o seis meses cada años -de primeros mayo a finales octubre- ocasionaría a la comarca importantes ganancias, con algunos que otros puestos de trabajo por añadidura. Es posible que llevarlo a término no sea tan fácil como a mí me lo parece, o tal vez sí. La idea queda ahí mientras paso a dar cuenta de lo que fue nuestro particular “crucero”, nombre que le corresponde según la definición número seis que da el Diccionario de la Real Academia de la Lengua para esta palabra.

El viaje
            Nuestros amigos lo tenían todo preparado para el viaje: ligera ropa de abrigo, refrescos y viandas, y, por supuesto, su potente barca de motor con suficiente carburante para la travesía. La mañana nos regalo una temperatura agradable, el cielo con algunas nubes, y las aguas tranquilas. No nos cruzamos con otra embarcación durante el recorrido, el pantano, pues, fue todo para nosotros.
            A una y otra orilla los declives a trechos violentos de la sierra -peñascos y maleza, algunos troncos quemados por el voraz incendio de años atrás, cuya cicatriz como recuerdo queda a la vista a lo largo de casi todo el trayecto-, y de trecho en trecho algo interesante que ver o que comentar, a cuya altura se hacía obligado desacelerar la potencia del motor.
            Cuatro escalas se pueden considerar las más interesantes de extremo a extremo del embalse, desde el embarcadero del Club Náutico hasta los límites con el pantano de Buendía, que marcó el final de nuestra aventura: A saber: la presa de Bolarque, las ruinas del famoso Desierto, el Castillo de Anguix alzado sobre las peñas, y la ermita patronal de la Virgen de los Desamparados de Buendía.          

Motivos de interés
            Minutos después de zarpar en el embarcadero pasamos frente a la Presa del pantano. Es una larga historia la de la construcción de esta presa, iniciada en 1567 por empeño del entonces comendador de Zorita don Fernando Ortiz, quien ya pensó en la posibilidad disponer de las aguas embalsadas, con el fin de convertir en productivas las tierras de toda la comarca. Inundaciones, crecidas del río Guadiela, todo tipo de inconvenientes en cadena, dieron al traste repetidas veces con las obras obligando a empezar de nuevo; pero pudo más el tesón del comendador por conseguir su propósito, de manera que veinte años después, en 1587, la presa se dio por concluida. En junio de 1910, el rey Alfonso XIII inauguró la central hidráulica que tiene al pie.
            Junto a una pequeña cala lateral nos explica Carlos cómo en uno de los momentos más comprometidos del incendio, la Patrulla Auxiliar Marítima tuvo que rescatar en aquel mismo sitio a catorce bomberos, rodeados por el fuego con grave peligro de sus vidas.
            - Fue algo espantoso. El fuego consiguió cruzar de una orilla a la otra del pantano. 
             Y poco más adelante, las venerables ruinas del famoso Desierto de Bolarque con algunas de las pequeñas ermitas u oratorios repartidas por sus inmediaciones. Este convento fue fundado hacia el año 1512, llegando a su final definitivo en el 1835, con la expulsión de los monjes y el edificio requisado tras la llamada Ley de Desamortización. En la colegiata de Pastrana se conservan algunos enseres, cuadros e imágenes, y varios recuerdos procedentes del extinto cenobio, cuyas ruinas situadas en la solana entre la vegetación, esperan su total desaparición al paso de los años, y de los siglos.
            Y al fondo, dibujando un paisaje extraordinariamente único, el Castillo de Anguix, encaramado sobre el soberbio roquedal que, aprovechando la tranquilidad de la mañana,  vemos cómo se refleja en las aguas del embalse. Lo único que queda del castillo son unos cuantos muros con la torre del homenaje adornando la adusta silueta de la sierra. Se trata en su origen de una construcción medieval, del siglo XII, vuelto a reedificar prácticamente en su totalidad cuatro siglos después, cuando estas tierras estaban integradas en el concejo de Huete. Después pasaría a pertenecer al rey Enrique IV de Castilla; más tarde fue propiedad del primer conde de Tendilla, y finalmente posesión de los marqueses de Mondéjar. En la actualidad es parte de una finca particular de propiedad privada.
            Con el característico ruido del motor batiendo las aguas y dejando tras de nosotros una larga estela, que dividía la superficie del pantano en dos mitades a todo lo largo, entramos en la provincia de Cuenca. El pantano de Buendía debe de estar muy cerca de donde en este momento nos encontramos. Medio oculta bajo las peñas, algo similar a lo que ocurre en tierras de Molina con la ermita de la Virgen de la Hoz, tenemos junto a nosotros el pequeño santuario de la Patrona de Buendía, Nuestra Señora de los Desamparados. Venerable rincón de devociones al que ahora, con los nuevos sistemas de acceso -se llega en coche-, y la conveniente adaptación de su entorno junto al embalse, las autoridades y el pueblo de Buendía lo han convertido en uno de los lugares de recreo más estimables de toda la Alcarria. Naturalmente que recomendamos a nuestros lectores que lo conozcan, y que lo disfruten. Desde Guadalajara, o desde cualquier otro punto de la provincia, son todo facilidades para llegar aquí por vía terrestre.
            Y justamente allí, junto a los solemnes cortes rocosos que cubren el santuario, dimos por concluido el viaje. Pienso que dedicamos el mismo tiempo en el viaje de regreso que en el de ida. Los motivos eran los mismos; pero con diferente orientación iban tomando un interés distinto.
            Otra más de las maravillas naturales de la Alcarria que enriquecen el acervo provincial, donde la naturaleza, en colaboración con la mano del hombre, ha regalado para gozo y disfrute al hombre de hoy.

(En la foto: "Y al fondo el castillo de Anguix")
Nueva Alcarria, 2-XII-2011

lunes, 21 de noviembre de 2011

CON ORTEGA Y GASSET POR LOS PUEBLOS DEL ALTO HENARES


            Hoy habrás de otorgarme, amigo lector, la licencia de andar por una comarca muy concreta de nuestra geografía de la mano de uno de los más grandes de la literatura y del pensamiento que ha dado nuestro país en los últimos siglos, el maestro Ortega y Gasset, eminente viajero por la piel de España, que nos dejó unas páginas memorables como consecuencia de su andar a lomos de una mula blanca por “por tierras de Castilla”, como así es el título de su trabajo, y que forma parte de la obra en varios tomos que el autor publicó bajo la portada genérica  de “El Espectador”. Maestro del pensamiento y divo del mejor trato en el manejo de nuestro idioma, don José nos otorgó en herencia el resultado de su periplo que de nuevo, tras haberlo vuelto a leer por vez enésima, me dispongo a recorrer a la par de su palabra ajustada y magistral:

            «Los pueblos de esta tierra, salvo curiosos casos -escribe el maestro-, son súbitas apariciones que aguardan al viandante puestos en sus barrancos o celadas tras una ladera. No se los ve hasta que se está muy próximo. De lejos se los confunde con la tierra ocre labrada por las aguas en las batientes de los cerros.» Recuerdo ahora cómo la duquesa de Pardo Bazán, en otra crónica viajera bastante similar a la del ilustre filósofo madrileño, plasmó en su cuaderno de apuntes una visión lóbrega, lastimosamente real, de estas vegas ahora semidesiertas en las que tan sólo cuando llega el otoño, rompe el silencio de sus atardeceres el silbato del ferrocarril y el azote de los vientos sobre las espadañas de sus iglesias y sobre las esquinas de sillar de sus viejas torres.  
            Horna, Guijosa, Mojares, Alcuneza, Cubillas, son algunos de esos lugares que reposan adormecidos y mermados desde hace más de un cuarto de siglo por aquellos pagos. Todos ellos, con un censo inferior a las doscientas almas en su conjunto, están acogidos en lo administrativo como barrios anejos al ayuntamiento de Sigüenza, y con esa ciudad forman, de manera conveniente pero hasta cierto punto antinatural, el todo absoluto del moderno municipio seguntino.

            Horna, el más alejado de todos, rayano ya con los campos de Medinaceli por Sierra Ministra, es tal vez, si no el más importante, sí el más carismático y el más representativo de los pueblos situados en el valle. En el término de Horna, no lejos de las últimas casas del lugar clavadas en la umbría, en medio de una praderilla pedregosa al pie de robustos nogales y de románticas acacias, brota a borbotones del santísimo suelo, en la llamada Fuente del Jardín, el río Henares, el que durante varios siglos tajó por sus vegas un carril que alguien llamó de la civilización, como así testifican con su pasado y presente las viejas ciudades universitarias de Sigüenza y Alcalá, y la propia capital de Guadalajara, cuyas orillas lame, foco de esplendores culturales y de mecenazgos de altura en tiempo de los Mendoza.
            El pueblecito de Horna ofrece hoy al visitante, dentro de su poquedad, un curioso torreón del siglo XVIII para el reloj municipal, una espectacular espadaña de sillería sobre el antiguo edificio de su iglesia, y un paraje acogedor cercano al pueblo, en el que se encuentra la ermita patronal de la Virgen de Quintanares, con multitudinaria romería en aquella pradera donde refiere la tradición que la Madre de Dios se apareció a una distinguida mujer de la villa de nombre Violante.
            Con referencia al Horna que tiempo atrás conociera el maestro Ortega durante su viaje por aquellas tierras en pleno mes de agosto, dijo que «es un pueblecillo cuyo caserío es empleado para arrebujarse por un cerrete cónico: las construcciones forman como los pliegues ascendentes de un capote de paño duro que ciñera un cuerpo. Las proximidades abundan en huertos donde se cultivan patatas, judías y cáñamo» . Son ochenta años los que han debido transcurrir desde entonces. Horna, sus casas y sus calles ofrecen un aspecto diferente, más acorde con los nuevos tiempos y con las nuevas maneras de vivir, pero se encuentra sin manos jóvenes, sin gente que sea capaz de sacar adelante su vega fértil.

            Alcuneza es tal vez el segundo pueblo en importancia, aunque el número de habitantes que todavía sostiene pudiera ser ligeramente mayor al de cualquier otro. Se tiene noticia de su existencia desde tiempos muy antiguos, por los menos desde los años del rey ancho IV el Bravo de Castilla, del que todavía existe un documento fechado en 1288, en el que se hace referencia a esa heredad. El nombre parece provenir del Al-kunaysa de los árabes, que quiere decir “la iglesia”, seguramente por ser éste el edificio más antiguo y el que más destaca del pueblo por su situación. Nuestro autor escribe, refiriéndose a él y a su situación sobre la costra del suelo mesetario: «El valle se estrecha anunciando un recodo, donde va a desembocar en otro valle. En el vértice de este recodo, del otro lado de las aguas y vigilando ambos valles, aparece agarrado a una cuesta el caserío de Alcuneza, un pueblo alerta».
            Se ve que no llegó a entrar en Alcuneza el ilustre pensador. De haberlo hecho, hubiese tocado su curiosidad la Peña de la Torre, una roca descomunal en cuyas oquedades abiertas por el exclusivo arte de la Naturaleza, aparecen cuevas oscuras y muy profundas que las gentes del pueblo solían utilizar como almacén de aperos, de establo o de porqueriza. La iglesia es un bello ejemplar de origen románico, procedente quizás de las primeras décadas del siglo XIII. El arquillo de entrada ataja el paso al jardín con una verja de hierro, y dos campanas cuelgan mudas en sus respectivos de la espadaña mirando al poniente. La iglesia de Alcuneza está dedicada a la Cátedra de San Pedro en Antioquia, y en ella se venera la imagen de un Cristo que las gentes del lugar tienen por muy milagroso.

           Cubillas y Mojares duermen el largo sueño de su soledad uno sobre el alto y otro en los fondos del valle del Henares, uno a la derecha y otro a la izquierda del río, de la carretera que lleva hasta Medinaceli y de las vías del ferrocarril. Son los dos lugares más despoblados de aquella comarca, reservas de calma y de silencio que apenas se rompe durante el verano y en los fines de semana de otoño y primavera. Según acabo de comprobar, con en datos de diferentes épocas, apenas si Cubillas superó en algún momento el medio centenar de habitantes, pese a sus muchos siglos de antigüedad, como bien atestigua su iglesia de San Juan Bautista, con todo merecimiento entre nuestras estampas más señeras del arte románico rural. Y mojares, tal para cual, despoblado y escondido junto a una fértil ribera que dio de todo y que en buena parte abasteció durante siglos al mercado de Sigüenza.

            No me resisto a incluir, aunque separado de contexto, este manojo de frases, fruto de reflexión, del maestro Ortega; resumen de cuanto vio y escribió durante aquel viaje, y que pasado el tiempo se nos antoja ajustado, distinto pero ajustado, en homenaje a aquella tierra, pura esencia de la literaria Castilla:

            «¡Esta pobre tierra de Guadalajara y Soria, esta meseta superior de Castilla!... ¿Habrá algo más pobre en el mundo? Yo la he visto en tiempo de la recolección, cuando el anillo dorado de las eras apretaba los mínimos pueblos en un ademán alucinado de riqueza y esplendor. Y, sin embargo, la miseria, la sordidez triunfaba sobre las campiñas y sobre los rostros como un dios adusto y famélico atado por otro dios más fuerte a las entrañas de esta comarca.
            Pero esta tierra que hoy podría comprarse por treinta dineros como el evangélico “azeldama”, ha producido un poema -el Myo Cid- que allá en el fin de los tiempos, cuando venga la liquidación del planeta, no podrá pagarse con todo el oro del mundo.»

NOTA: Recientemente sus oriundos han restaurado y reconstruido el pueblecito de Mojares. Algunas de sus viviendas son nuevas, posee un magnífico restaurante y una casa rural modélicos. Se encuentra ocupado durante una buena parte del año.
(En la fotografía: aspecto actual de la iglesia románica de Cubillas)

sábado, 12 de noviembre de 2011

LA CANTIGA 142

            Acorde con el tiempo y con el lugar, se me ocurre traer a esta página una muestra de la literatura añeja relacionada directamente con esta tierra nuestra. Añeja, porque se trata de una de las más conocidas y de las más cantadas de aquella obritas en verso del rey Alfonso X, sus famosas Cantigas, escritas en galaicoportugués a mediados del siglo XII; y  en el presente ejemplo relacionada con esta tierra nuestra, pues el hecho al que se refiere ocurrió precisamente aquí, en aguas del Henares a su paso por Guadalajara:
          
            Esto foi en o río, que chamar

            soen Fenares, u el Rey caçar

            fora, et un seu falcón foi matar

            en el hua garça muit´en desdén.
 
            Las "Cantigas de Santa María" son 420 composiciones escritas en ricas y variadas formas métricas, en las que se narran otras tantas leyendas relacionadas con la intervención de la Virgen como protectora en el quehacer de los hombres. Se pueden dividir en dos grupos distintos según su contenido: ejemplos puramente líricos y de alabanza, o narra­tivos, que son los más, y en ellos se cuenta la actuación sobrenatural de la Señora en algunos asuntos humanos, por lo general acontecimientos en caso límite. A este último grupo corresponde la Cantiga 142, la famosa cantiga de la garza, modelo en su estructura y como tal una de las más conocidas de nuestra literatura medieval.

            Ocurrió, como dice la primera estrofa, en las corrientes del río Henares, adonde el rey Alfonso había venido a cazar; uno de sus halcones alcanzó y llegó a matar una garza; pues, con­fiando en su clara superioridad, el halcón se hizo ense­guida con su víctima en las alturas, se lanzó sobre ella, y de un golpe duro consiguió quebrarle un ala. La garza cayó al agua, pero era tal la corriente del río, que los perros no pudieron entrar a recogerla, de manera que, impuesto por fuerza mayor, se habría de dar la pieza por perdida. Mas el Rey no se conformó con ello, gritó en medio de la concurrencia pi­diendo que algún osado hiciera frente a las aguas del río, alcanzara la garza y la trajera hasta él:
          
            Mas el Rey deu voces. «Quen sera, quen

            que entre pola garça e a mi

            a traga logu´e aduga aqui?»

            E un d´Aguadalffajara assi

            disse: «Sennor, eu adurey aquen

            do río».

            «Señor, yo se la traeré a este lado del río», le dijo uno de Guadalajara. Y se metió al Henares con su botas, que no se las quitó, dice así la Cantiga, y se llegó hasta la garza, y la cogió por la cabeza e intentó volver porque se sentía muy honrado en dar la garza al Rey; pero el ímpetu el agua le hizo perder el equilibrio y dar vueltas alrededor, lo sumergió varias veces hasta que perdió el sentido. Acudió a la Virgen:
           
            Ca a força d´agua assi o pres

            que o mergeu duas veces ou tres;

            mas el chamou a Virgen muy cortes,

            que pariu Jesu-Crist´en Belleen.

            Y todos al mismo tiempo se unieron a la súplica del desafortunado; también el Rey, que en medio de la zozobra de todos, que daban por perdida tanto a la garza como a la vida del atrevido rescatador, levantó su voz para anunciar que no le pasaría mal alguno, que no lo habría de consentir la Madre espiritual que nos guarda y nos tiene bajo su poder:

             E todos a chamaron outro tal,

            mas el rei disse: «Non averá mal;

            ca non querrá a Madr´ espirital

            que nos guarda e nos en poder ten.»

             A pesar de la voz en grito del monarca, que era palabra de rey, todos allí daban por muerto al leal servidor. «No está muerto, a fe mía -les dijo el Rey-; porque no lo querrá aque­lla que está siempre con Dios y que no nos abandona.» Y se cumplió al momento lo predicho por el rey castellano, que como premio a su confianza pudo tomar al instante la garza que le trajo hasta la orilla el fiel vasallo.
 
            E assi foi; ca logo sen mentir

            o fez a Virgen do río sayr

            vivo e sao e al Rey vir

            con ssa garça que trouxe ben dalen.

            E foy-a dar log´al Rey manaman,

            que beizeu muit´a do bon talan

            por este miragre que fez tan gran,

            e todos responderon log´: "Amen."
         
            La historia que se cuenta es sencilla y harto elemental; tampoco podemos saber si tiene como base un hecho cierto o se trata de mera literatura, de ficción, que por haber llegado hasta nosotros desde tiempos que escapan de la memoria, volviendo a emparejar a esta tierra con los prime­ros vagidos de nuestro idioma convertido en arte, pueda ser­vir, cuando menos, para afianzar en aquellos que todavía lo duden, la excelente posición de nuestros lugares dentro de la cultura española desde sus orígenes, unas veces como escenario de acontecimientos dignos de permanecer escritos (éste es el caso), otras como cuna o residencia por vida de personajes notables, mecenas y artífices de la peana sobre la que se apoya casi todo lo que ahora somos. De ello dan fe los múlti­ples monumentos que todavía lucen su piedra vieja en las orillas de nuestros pueblos, bien en forma de castillo en ruinas, de monasterio, de ermita o de catedral; bien en mano­jos de versos rancios como las jarchas, las cantigas, los poemas épicos, los romances viejos, o la poesía lírica del Arcipres­te, en donde aún se respiran los aires puros de la tierra de Guadalajara.

(En la fotografía: el río Henares a su paso por Guadalajara)