miércoles, 14 de marzo de 2012

SOBRE "LA AFRENTA DE CORPES"

            Hemos entrado en tiempos -bienvenidos sean- en los que parecen importar las reliquias del pasado, tan olvidadas por años y por siglos. Los escenarios por los que en la España interior sucedieron cosas notables, bien como acontecimientos reales registrados por la Historia, o bien como fruto de la imaginación donados a perpetuidad por juglares y novelistas, según la época, comienzan a perfilarse como posibles rutas turísticas, válido complemento a ese despertar del llamado turismo rural que, poco a poco, parece que se va consolidando como un presumible soplo de esperanza tan necesario para el sostenimiento de la mayor parte de nuestros pueblos. En Guadalajara, y en general en toda Castilla, van surgiendo las llamadas “casas rurales”, preparadas para satisfacer la necesidad de contacto con la naturaleza del que, por imposición de la vida moderna, carecen tantos miles de semejantes nuestros condenados a vivir en esos hormigueros sin horizontes en los que a veces se convierten las grandes ciudades.
            Pues bien, una de esas rutas turísticas en las que los expertos se han puesto a trabajar, ignoro sin con mucha o con poca fortuna, es en la conocida como “Ruta del Cid”, que comprende los parajes y lugares de la de la geografía española que conocieron de las hazañas y de las desdichas del héroe castellano que, un poco la historia y un mucho la leyenda, han convertido en señera de nuestra mitología particular.

            Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, fue en su tiempo, y desde luego muchos siglos después, una rareza de la Historia, más un mito que un héroe -que también lo fue, y de los de más talla-. La ristra de virtudes humanas que el pueblo le ha venido atribuyendo a lo largo de casi diez siglos, han hecho de él un ser de ficción, un personaje de leyenda, hasta el punto de haberse llegado a deshumanizar su figura por capricho de la imaginación. La literatura nos ha dibujado una imagen irreal del Campeador, hasta el punto de ponernos a veces en la tesitura de no saber si elegir la Historia o inclinarse por la Literatura para saber de él. La mayor parte de la gente que tiene una idea de su figura, la ha adquirido a través de los textos que se recogen en el famoso “Poema de Mío Cid”, producto de un juglar, de nombre desconocido para más inri, cuya copia ha llegado por fortuna hasta nosotros, y figura hoy merecidamente como el principal monumento de nuestra literatura naciente, si bien prevalece en él, como es fácil imaginarse, la leyenda al uso, la exaltación al héroe, por encima del rigor histórico. Con todo ello tiene relación lo que hoy comentamos en este trabajo.

            Según el “Poema de Mío Cid”, don Rodrigo de Vivar atravesó a todo lo largo nuestras sierras del norte de la provincia, y de su viaje al destierro por aquellos caminos se dan en el libro datos más que suficientes; se habla de lugares, y se vuelve a insistir en ellos en el viaje de regreso. El tercer cantar del Poema se titula “La afrenta de Corpes”, y en él se da cuenta del vil comportamiento de los Infantes de Carrión, sus propios yernos, apaleando y dejando malheridas a sus mujeres en el Robledal de Corpes.

Posición A
            Tengo delante de mí bastante documentación acerca de este hecho que da lugar a la tercera parte del Poema; datos contradictorios que no consigo encajar. La tradición va por un lado, la toponimia por otro, la literatura por un tercero, y la historia por otro bien distinto, que como las vacas flacas del relato bíblico se come a las demás razones, pero siempre dejando en la mente y en la conciencia la chispa fatal de la duda.
            La toponimia y la tradición oral están a favor de Robledo de Corpes, pueblecito de nuestra provincia en la sierra de Atienza, como posible escenario donde aquellos lamentables hechos tuvieron lugar. Hace algunos años, un hombre sensato y muy en su sano juicio, natural y vecino de Robledo de Corpes, me aseguró que el apaleamiento de las hijas del Cid por sus maridos tuvo lugar en los declives fragosos de una dehesa cercana al pueblo a la que llaman la Lanza; añadiendo el recto informador que unos pastores que andaban por aquellos contornos las intentaron reanimar dándoles a beber agua fresca tomada de una fuente en sus propios sombreros.
            No hace mucho anduve por aquel lugar, convertido hoy en saludable merendero, con una fuente, en efecto, de agua fresca, que han conducido para que mane desde un pequeño muro de piedra.
Posición B
            Una revista interesantísima, que años atrás publicaba la Diputación de Soria, en su número 22 dedicó varias páginas al paso del Cid Campeador por tierras de aquella provincia. En relación con el asunto que nos ocupa -la fuerza de la tradición vuelve a tener su sitio, con el aval de la lógica en su favor conocido el itinerario- transcribo lo que en el citado trabajo se dice, y que presentan con la fotografía de una piedra recordatoria, muy antigua, incrustada en el muro, a ras de suelo frente al ábside románico de su iglesia en el pueblo soriano de Castillejo de Robledo: “La afrenta de Corpes, según una tradición medieval premostratense de la Vid, se sitúa en el entorno de la ermita de la Virgen del Monte, en Castillejo de Robledo, con camino de ida y vuelta desde San Esteban de Gormaz, bien por el Soto de San Esteban, bien por Aldea de San Esteban, Miño de San Esteban y Valdanzo”.
          Como consecuencia de haber leído aquel trabajo busqué la ocasión de visitar el pueblo soriano de Castillejo de Robledo y, efectivamente, di con la piedra recordatoria del hecho, y le hice unas fotografías que ofrezco también aquí a los lectores.
 
Posición C
            Pero al margen de toda visión literaria ¿Qué es lo que dice la Historia como documento válido?, ¿Cuál es la opinión de los estudiosos?, ¿Cuál la verdad limpia como contrapunto a esa visión fantástica que bajo toda sospecha nos ofrece el Poema?
            Hace tiempo cayó en mis manos un texto interesantísimo en relación con este asunto; una opinión razonable, un comentario más acorde con la verdad histórica que deseo servir en transcripción literal con la confianza, cuando menos, de que a nadie le pueda resultar descabellado. Lo escribió Víctor de la Serna Espina en Carrión de los Condes, y apareció publicado en “ABC” en mayo de 1953. Éste es el fragmento que entresaco de aquel añejo artículo y que dice así:
            Porque esto es, por lo menos, frontera, lector. Así como Tierra de Campos es Castilla, esto suena a León. Y si nos llegamos a Carrión, más. Porque parece que ya se puede afirmar, conforme a la crítica histórica más severa (en esta materia se habla o de Sánchez Albornoz o de Menéndez Pidal, o de nadie), que lo de la afrenta Corpes es un “bulo” de los castellanos por piques con los leoneses. (Que también los castellanos hacemos las nuestras.) Basta con ver en Carrión de los Condes el sepulcro de uno de los calumniados infantes (hijos o sobrinos de Per Ansúrez, el poblador de Valladolid) para comprender que aquel caballero con la mano en el galón del brial era incapaz, como su hermano tampoco lo era, de cometer la felonía de azotar a unas mujeres desnudas, indefensas, y además bellas y blancas, que eran sus esposas. Total, que por leoneses han sido difamados dos caballeros cuyos sepulcros están en el monasterio de San Zoilo, de Carrión de los Condes, junto al famoso vado donde se decidió la soberanía de Castilla…”

            Hasta aquí, diríamos, el estado de cuestión. Ahora toca decidirse por una o por otra de las tres posturas expuestas. Del poder de la literatura en la mente y en el corazón de los hombres, habla aquella anécdota que me tocó vivir hace algún tiempo, cuando un acérrimo e incondicional caballero de la Mancha, no solo insistía, sino que apostaba doble contra sencillo, defendiendo el inútil argumento de que Don Quijote había nacido en Argamasilla de Alba, y que él en persona había llegado a conocer y a tratar en aquel pueblo a gentes de la misma familia del famoso hidalgo; no de un posible personaje en el que se pudo inspirar Cervantes, sino del mismo Don Quijote en carne y hueso. Esto, como también lo otro, permíteme amable lector, suena un poco a disparate. La literatura de creación se alimenta de la fantasía; la historia, cuando se es fiel a ella, es otra cosa, aunque por desgracia y para mal nuestro, cuenta, contó y contará en todo tiempo con desaprensivos manipuladores.            
(Las fotografías muestran aspectos de Robledo de Corpes (sitio de la Lanza) y de Castillejo de Robledo  en la provincia de Soria)

viernes, 2 de marzo de 2012

QUIENES FUERON LOS BORLAF EN LA SIERRA NORTE


             “El Origen de los Borlaf” es el título de un libro extraño que habla de algunos pueblos de nuestra Sierra Norte; de un libro que en varios detalles se sale de la línea más o menos habitual en que se publican la inmensa mayoría de los de su especie, los libros que habitualmente manejamos. Me ha parecido excepcional por cuanto a su forma, por cuanto a su contenido, y hasta quiero pensar que también por cuanto a la idea inicial que condujo al autor a su publicación. Un libro, en fin, al que he creído conveniente dedicar mi acostumbrado espacio semanal de nuestro diario, por lo que tiene -aunque no sea su primera finalidad- de reconocimiento y promoción indirecta de cuatro de ellos, entre algunos más que se mencionan dentro de su denso contenido, y que no son, salvo uno de ellos, Tamajón, de los que más presencia suelen tener en los medios de información, incluidos los provinciales. Cardoso de la sierra, Colmenar de la Sierra, Valdepeñas de la Sierra y Tamajón, son esos pueblos.
            Un libro original por cuanto a su tamaño en Din-A4, es decir, en el tamaño corriente que puede tener folio de uso ordinario, con 253 páginas de bien trabajado texto. Extraño también por cuanto a su contenido, pues se trata de un trabajo de investigación en torno a un apellido nada común: Borlaf, sobre cuyo origen y todo lo que pueda existir referente al mismo: lugares, personas, cifras, le ha interesado, y de qué manera, a un incipiente escritor manchego (es su primer libro) Diplomado en Derecho Tributario y Asesoría Fiscal, residente en la villa toledana de Quintanar de la Orden, de nombre Pablo Agustín Mota Moreno Bustos Borlaf, quien con no poco esfuerzo ha preparado un trabajo meritorio, que nos presenta acabado de salir de la imprenta y que ha tenido la gentileza de enviarme como testimonio de gratitud, ya que entre sus páginas figuran íntegros algunos de mis escritos sobre esos mismos pueblos, que en la década de los años ochenta fueron apareciendo en “Nueva Alcarria” dentro de la sección Plaza Mayor, tan popular en su tiempo, y no menos hoy en la Red, donde el número de visitas se aproxima a las doscientas mil.
 

El libro           

            Pues bien, abrir este libro es perderse en una selva de información, muy variada, donde abundan las referencias históricas, geográficas, costumbristas, etnológicas, nociones de genealogía y heráldica, medicina, un todo, en fin, y sobre ese todo, el brillo de una estrella movediza: el apellido Borlaf, que el autor sigue de un lugar a otro, como los Magos de Oriente siguieron la estrella hasta el final, con parada en la comarca serrana de Guadalajara, para contarnos, por ejemplo, que en Colmenar de la Sierra nació en 1902 su abuela materna, doña Lucía Borlaf Buchó -cuya estupenda fotografía al uso de la época aparece en la portada del libro-, entre una serie de firmas de otros tantos familiares nacido en diferentes pueblos de aquella sierra, dos de las cuales pertenecen a sus antepasado más directos, don Ventura Borlaf Álvarez, nacido en Colmenar de la Sierra en 1873, y don Emeterio Borlaf Merino, nacido en el mismo lugar, bisabuelo y tatarabuelo del autor respectivamente. Su madre, doña Nieves Moreno Borlaf, y sus tías, Cecilia y Natividad, habían nacido en Tamajón, pueblo al que se menciona con frecuencia a lo largo del libro y por el que su autor parece sentir un especial interés, al cabo es por una parte el lugar de sus raíces.
            Las anécdotas y curiosidades con referencia a los miembros de esta familia durante los tres últimos siglos, se suceden sin interrupción en la primera parte del libro. Así hemos podido saber que la atleta olímpica Isabel Mozun Borlaf, es hija de Paula Borlaf, nacida en Colmenar de la Sierra; que un famoso químico, don Calixto Borlaf Vázquez, nació en el propio Colmenar en 1885; que don Cándido Borlaf Merino, maestro y corresponsal de prensa en la primera década del siglo XX, nació en La Huerce; que don Mariano Borlaf Herrera, licenciado en farmacia, hijo del cirujano don Vicente Borlaf, nació en Valdepeñas de la Sierra en 1870; y como dato más actual, aparece el nombre de Pilar Borlaf González, una de los 1.824 heridos que se registraron en el terrible atentado de los trenes de Madrid el 11 de marzo de 2004. Aunque no parece que el apellido se encuentre en periodo de extinción, los Borlaf en España son 126, y con las variantes Borlaz y Borlaff, su número sólo es de 248 personas.
            Se compone este libro de tres apartados en una primera oferta: Nociones básicas (de Genealogía y Heráldica), Los Borlaf en España y Los Borlaf en el mundo. En la segunda, esos apartados son dos: Ayer y hoy de los pueblos de los Borlaf, y Los árboles de los Borlaf. Los títulos de cada uno de estos apartados nos dan idea de cuál es su temática, destacando por su extensión el titulado:

Ayer y hoy de los pueblos de los Borlaf

            Aquí se incluye, prácticamente en su totalidad, información del pasado de los cuatro pueblos principales relacionados con este apellido, partiendo de la segunda mitad del siglo XVIII; pues en él aparece la copia literal del conocido “Catastro del Marqués de la Ensenada”, en el que cada pueblo, villa o ciudad de España, respondieron a una serie de preguntas relativas al momento actual de cada uno de ellos, por cuanto a posesiones, actividades económicas, monumentos, actividades profesionales, y todo cuanto sirviese para llevar un control riguroso de cada lugar, y su consiguiente repercusión en las arcas reales.
            Otra referencia posterior al pasado de estos pueblos, la del “Diccionario Madoz”, figura íntegra en el libro. De la “Guía Arqueológica y de Turismo de la Provincia de Guadalajara”, publicada en el Taller Tipográfico de la Casa de Misericordia en 1919, se incluye lo referente a Tamajón y a Colmenar de la Sierra; y como final, en representación del pasado reciente, la copia literal de los reportajes que durante la década de los años ochenta del pasado siglo, publiqué en “Nueva Alcarria”, bajo el título de Plaza Mayor, a los que antes se ha hecho referencia.


            Son esos pueblos, en primer lugar Tamajón, que como todos los demás muy poco tiene que ver en la actualidad con lo que fue antes, sobre todo en número de habitantes. No obstante se trata del pueblo más importante de toda aquella sierra en una extensión más que considerable. Durante los últimos años el cambio habido en Tamajón ha sido importante, sobre todo por cuanto se refiere a restaurantes, casas rurales y otros servicios pensando en el turismo, como puerta de entrada que es a una de las comarcas más características de la provincia: los Pueblos Negros.
            El segundo de ellos es Colmenar de la Sierra, uno de los pueblos de la provincia incluidos en ese grupo que no hace mucho carecían de entrada con vehículo a motor desde dentro del territorio provincial, había que llegar hasta él desde Montejo de la Sierra en la provincia de Madrid. Ya hace años que se construyó el puente sobre el río Jaramilla y hay paso, por carretera medianamente aceptable, desde Campillo de Ranas. El espectáculo visual por cuanto al paisaje es grandioso en sus entornos. Formó parte del señorío de los Mendoza, y fue muy deseado por su importante cabaña ganadera y riqueza forestal. Pueblo ideal para el veraneo.
            De El Cardoso de la Sierra, debemos decir que se encuentra en ese mismo grupo de pequeños municipios de difícil acceso desde el resto de la provincia, por la misma razón ya apuntada en cuanto a Colmenar. A su ayuntamiento pertenecen gran parte de los pueblos vecinos. Se encuentra en los límites con la provincia de Madrid, muy cerca del nacimiento del río Jarama. Su altura sobre el nivel del mar es de 1275 metros., Se encuentra rodeado de las mayores elevaciones de la provincia y por extensión también de la comunidad autónoma.
            Valdepeñas de la Sierra está situado más al sur de la sierra que acoge a los anteriores, digamos que en los límites con la Campiña guadalajareña, también próximo a la provincia de Madrid, en tierras de Uceda muy cerca del Jarama ya en su curso medio. En urbanismo, comodidades y servicios, ha cambiado mucho durante los últimos veinte o treinta años. Lugar de veraneo, como los anteriores. Como su homónimo de la llanura manchega, salvando las distancias, fue pueblo que en otros tiempos se distinguió por sus viñedos desaparecidos por la filoxera -creo que  en el año 1917-, de los que no queda nada, salvo alguna tinaja de barro, con más de un siglo de antigüedad, abandonada extramuros. La portada protogótica de la iglesia, nos da idea de su antigüedad.
            Es posible que a algunos de nuestros lectores, de dentro o de fuera de la provincia, les pueda interesar esta publicación reciente. En ese caso pueden dirigirse al autor en la dirección siguiente: borlaf@castillalamancha.es

(Las fotografías nos muestran: indicadores en el cruce de caminos, la portada del libro, y una calle de Tamajón)

martes, 28 de febrero de 2012

"EL TAPÓN DE ENCANTAMIENTO"


            Hay sucesos a centenares y acontecimientos en la viada de los pueblos que la tradición oral conserva casi de manera milagrosa por encina de los siglos, ya que ni las viejas crónicas de su tiempo ni la Historia se han querido responsabilizar de su presumible o dudosa veracidad. Son las leyendas, relatos pintorescos extendidos por toda Castilla, casi todos de origen medieval, donde la penumbra de la España mora convertida en lugar común, las envuelve en un valle inaccesible de misterios, que en cualquier caso supone siempre un verdadero gozo el simple hecho de pretender entrar en él. Guadalajara toda, y muy en especial la agreste serranía del Alto Tajo, aparece plagada de hermosos relatos a punto de desaparecer para siempre, como éste, que de una manera sucinta intentaré contar, empleando los mismos datos y distinto lenguaje a como a mí me la contaron hace algunos años, paseando plácidamente por los caminos en sombra una tarde gris por los alrededores de Ocentejo, junto al lugar donde dicen que ocurrieron los hechos.

            El rey Alfonso VIII de Castilla, veinteañero a la sazón por aquellas fechas, había organizado una gira por las sierras sureste de la actual provincia de Guadalajara, reclutando personal para la reconquista de la ciudad de Cuenca, que llevaría a efecto con éxito poco tiempo después, en la madrugada del día de San Mateo del año 1177. Como pago  la lealtad y al buen servicio prestado por sus gentes, solía otorgar a los pueblos amigos alguna que otra merced, consistente por lo general en ordenanzas o fueros, títulos de nobleza o territorios en propiedad, cundo no la construcción de alguna fortaleza, iglesia o monasterio, según el estilo arquitectónico al uso que era el románico. Toda Castilla aparece salpicada de pruebas de gratitud de este tipo, otorgadas como reconocimiento en nombre del rey, tantas de ellas desaparecidas, cuando no maltrechas o en estado de ruina. Ese fue el caso de la pequeña fortaleza, ya desaparecida, de Ocentejo, puesta sobre la pétrea prominencia que hay junto al pueblo, a la que todavía los vecinos del lugar conocen por “El Castillo”, y de la iglesia aneja, ambas voladas por los ejércitos franceses cuando la invasión napoleónica; fatalidad a la que habría que unir la quema de pergaminos y de archivos del ayuntamiento poco tiempo después, cuando las llamadas Guerras Carlistas.
            Parece ser que los Carrillo de Albornoz ocuparon durante más de un siglo el castillo de Ocentejo, y entronizaron en la primitiva iglesia una imagen de Nuestra Señora del Rosario, que muy pronto gozaría del fervor popular entre las buenas gentes de aquella comarca.
            Varios miembros de los Carrillo de Albornoz, noble familia conquense con una importante rama en la villa de Beteta, de la que fueron  señores, eran de un natural violento, hasta el punto de registrarse en su brillante historia algún lamentable caso de fratricidio, como bien se hace constar en los anales dela villa cuando hablan de don Pedro a manos de su hermano don Álvaro, cuyos restos mortales recibieron sepultura en su propia capilla de la fortaleza familiar. Pese a todo, el pueblo de Ocentejo y las aldeas de su contorno, solían beneficiarse de la generosa condición de algunas de las señoras de los Albornoz, a las que acudían ante cualquier aprieto con la seguridad de ser atendidas con prontitud y con largueza.
            La vida hasta aquí había transcurrido como una balsa de aceite en el pequeño castillo alzado sobre la roca; una estampa feliz de la vida social entre las familias distinguidas de la Baja Edad Media, de la que tanto sabemos como aportación a los siglos venideros por la literatura de la época.

            Sucedió que cuando las guerras de Granada, los señores del castillo fueron requeridos por la autoridad real con sus pequeñas mesnadas para tomar parte en la que habría de ser la última batalla de la Reconquista, que traería como consecuencia la expulsión definitiva de los moros y con  ella la unidad nacional. Al punto de partir, los señores desearon poner a salvo a su familia antes de abandonar el castillo por miedo al posible ataque imprevisto por parte de ciertos grupos de insurrectos musulmanes, escondidos según se sabía por las cuevas y ocultos vericuetos de aquella sierra. Decidieron pues trasladar a sus mujeres e hijos al castillo de Torralba, más seguro y protegido que la peña de Ocentejo, en tanto que ellos acudían a la apremiante llamada de los Reyes Católicos, dispuestos a librar la última y definitiva batalla después de casi ochocientos años de pelea contra los invasores de la media luna.
            No todo salió como los señores habían  previsto. Una adolescente llamada Beatriz, adorable pimpollo de la familia Albornoz, nacida en aquellas sierras y enamorada desde muy niña de su paz y del incomparable paisaje que había sido testigo de sus juegos de infancia, se negó a abandonar el solar de sus mayores acompañada de su aya, la fiel Aldonza, a la que amaba tanto como a su propia madre. Señora y aya quedaron pues como únicas residentes en el castillo, aparentemente inexpugnable, como desafío a cualquier peligro en el que en un principio no cabía pensar.
            Mas sucedió. Una tarde de otoño, tranquila y fría por aquellas sierras, el pueblo de Ocentejo sintió por las inmediaciones de sus huertas el relincho de los caballos y el cruzar vertiginoso de los hombres de la media luna, por entre el tupido juego de arbustos y de maleza que rodeaba al pueblo. Alguien se apresuró a subir entre dos luces y a llevar a las solitarias habitantes del castillo la alarmante noticia. No había por donde escapar. Beatriz, y su haya la fiel Aldonza, bajaron enseguida la escalinata de piedras sillar que separaba el mínimo patio de armas de la iglesia del Rosario. Rezaron un instante, se encomendaron a la Virgen, y salieron a punto de cerrar la noche con intención de esconderse en cualquiera de los recovecos abiertos en las peñas más próximas en un intento desesperado de salvar sus vidas. No les fue posible. La astucia mahometana y las referencias que algunos insurrectos tenían acerca de la belleza de Beatriz, les había motivado para tomar el castillo a toda costa y sin ningún tipo de impedimento. Cuando salieron de la iglesia, los moros habían alcanzado ya las almenas del castillo y algunos bajaban apresuradamente hacia donde ellas estaban, dejando brillar a la luz de la luna las hojas de sus alfanjes. Beatriz, delicada y tierna como flor silvestre nacida en las vegas del Tajo, se volvió de manera instintiva hacia la Señora y Patrona del castillo, cuya imagen todavía se podía distinguir por la puerta entreabierta, a la luz pobre de un velón de cera.
            -¡Madre! -gritó asustada la infeliz con sus escasas fuerzas- Concédenos la dicha de que la tierra nos haga desaparecer; de que las peñas nos traguen antes que nuestros cuerpos se vean profanados por los enemigos de nuestra fe.
            Dicen que se abrieron las rocas, y que encerraron en sus entrañas a la adolescente Beatriz y a la fiel Aldonza, de las que jamás nadie supo nada. Las buenas gentes de Ocentejo aseguran que en determinadas noches de otoño, cuando el viento de la sierra rompe el silencio y sube a chocar contra las duras esquinas de la peña, se pueden escuchar los lamentos de las dos desdichadas que todavía penan allí, nadie sabe con qué suerte de tormentos, en el lugar preciso en donde hace siglos sucedieron estas cosas, y que en el pueblo conocen por “El Tapón de Encantamiento”.

(La fotografía nos muestra la peña sobre la que estuvo el pequeño castillo de Ocentejo)

jueves, 16 de febrero de 2012

CRONISTAS PROVINCIALES


            Desde el año 1813 en que, terminada la guerra contra Napoleón y puestas a rodar las conclusiones de las Cortes de Cádiz, se empezaron a constituir las primeras diputaciones y con ellas el sentido de provincia como territorio delimitado y concreto comenzó a tomar en la conciencia de los españoles una importancia que hasta entonces no había tenido, una importan­cia que fue creciendo de manera paulatina y que se habría de consolidar definitivamente pasados los años. El concepto de territorio delimitado y concreto, con todo su bagaje de inte­reses huma­nos, económicos, paisajísticos y culturales de cada provin­cia, se fue consolidando como tal y calando en el espí­ritu de los ciudadanos como algo, no sólo aceptable, sino deseable y defendible.
            Como unidad real, aun dentro del todo común de las tie­rras de España, la provincia se ha sentido consciente de su identidad y ha creído preciso indagar, extraer conocimientos sujetos al estudio y a la investigación donde los hubiere, para hacerlos públicos después desde la responsabilidad de alguna persona preparada y competente según cada época. Así surgiría no mucho más tarde la figura del cronista provincial, como una consecuen­cia de ese sentimiento antedicho y como una necesidad que con el paso del tiempo ha ido aumentando en interés.

            No todas las provincias son capaces de reconocerse sobre el mismo soporte documental; no todas han hurgado con el mismo empeño y con el mismo acierto en su propio ser; no todas son capaces de aportar a la gran crónica nacional el mismo número de datos reconocidos y contrastados, entre otras cosas porque sus cronistas o no los tuvo o no fueron lo suficientemente efectivos. Por fortuna no es ese, ni mucho menos, el caso de Guadalajara, pues es mucho lo que de ella se sabe, lo que de ella se ha hecho público para el general conocimiento, y en gran parte como fruto del trabajo de sus cronistas oficia­les a lo largo y ancho del último siglo.
            A la hora de hacer un repaso brevísimo de la obra y de la personalidad de estos hombres ilustres, uno siente la tenta­ción de renunciar a ello por la falta de espacio según los merecimien­tos de cada uno, y del que al tratarlos en conjunto habrá que prescindir. Pese a todo, pienso a priori que el presentar a todos ellos en un texto común también tiene sus ventajas, sobre todo la de la brevedad, que muchos de nuestros lecto­res seguro que agradecen; así que, sin otra razón que imponga un orden y que no sea la de su antigüedad en el cargo, vamos allá con la reseña especial que en este momento nos sugiere cada uno de ellos.

            Don Juan Catalina García López nació en Salmeroncillos de Abajo (Cuenca) en el año 1845. Colaboró en los principales periódicos de su tiempo como hombre versado en Arte y en Arqueología. En 1894 fue nombrado académico de número de la Real de la Historia, leyendo en su toma de posesión el trabajo La Alcarria en los dos primeros siglos de su reconquista. De la nutrida producción de don Juan Catalina García, fruto del estudio incansable y de las muchas horas dedicadas a la inves­tigación, se puede hacer referencia a los trabajos titulados Biblioteca de escritores de la Provincia de Guadalajara, con un extenso contenido documental, Elogio del Padre Sigüenza, Aumentos a las Relaciones Topográficas de España, y El libro de la Provincia de Guadalajara, aparte de diversos artículos sobre Prehistoria y Mariología Alcarreña, que aparecieron en diferentes revistas. Murió en Madrid en 1911 y fue enterrado en la iglesia Sacramental de San Isidro.

            Don Antonio Pareja Serrada nació en Brihuega hacia el año 1842. Le caracterizó un profundo amor a su tierra. Fue profe­sor de Sociología y de Historia en Madrid, y colaborador asiduo en los principales periódicos de su tiempo. En 1880 llegó a ser redactor jefe de El Debate. Ejerció como cronista provincial desde 1911 hasta su muerte, acaecida en 1925. La razón de un centenario fue una obrita curiosa en la que don Antonio Pareja se refiere a los dos siglos transcurridos (1710-1910) desde la batalla de Villaviciosa hasta sus días. Más tarde emprendió la publicación por partidos judiciales de una extensa Guía de Guadalajara, que no llegó a publicarse completa. De gran interés es su Diplomática Arriacense.

            De don Manuel Serrano Sanz dice Azorín en uno de sus artículos más celebrados cosas estupendas. Nació en Ruguilla el 1 de junio de 1866. Doctor en Derecho y en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Académico correspondiente de la Real de la Lengua  numerario de la de Academia de la Historia. La muerte, el 6 de noviembre de 1931, le sorprendió cuando prepa­raba su discurso de ingreso. Don Manuel Serrano dominaba diez lenguas, entre actuales y lenguas muertas. Se distinguió por sus trabajos de investigación en torno a la América Hispana. Son buena muestra de ello sus Relaciones Históricas y Geográ­ficas de América Central, Historiadores de Indias y Compendio de Historia de América. Por cuanto a su aportación a la cultu­ra alcarreña, son de extraordinario interés algunos estudios monográficos acerca de personajes de esta tierra durante la dominación española en el Nuevo Continente: Vida y escritos de Fray Diego de Landa y Pedro Ruiz de Alcaraz, entre otros. A don Manuel Serrano Sanz se debe el reconocimiento, con pruebas y argumentos contundentes, de Fernando de Rojas como autor de La Celestina.

            Don Francisco Layna Serrano ha sido quizás el más profun­do, el más intenso y el más prolífico de nuestros cronistas provin­ciales. En 1993, con motivo de cumplirse el primer centenario de su nacimiento, la provincia de Guadalajara se alzó en homenajes de reconocimiento a su labor. Nació en el pueblo de Luzón el 27 de junio de 1893, y era sobrino por línea materna de don Manuel Serrano Sanz. Escribió algunas obras breves, ensayos y comunicaciones en congresos, acerca de su especialidad médica, la Otorrinolaringología; pero se distinguió, sobre todo, por su inmensa producción en cuanto a la Historia y al Arte en Guadalajara, en libros generalmente extensos cuya relación sería aquí imposible de detallar. Ahí quedan títulos tan sonoros y bien documentados como esa monumental Historia de Guadalajara y sus Mendozas en cuatro gruesos volúmenes, Castillos de Guadalajara, Historia de la villa de Atienza, La Arquitectura Románica en la Provin­cia de Guadalajara, Historia de Cifuentes, entre las más representativas y con una documentación cumplida y segura. Pocos lugares, monumentos, tradiciones y otras manifestaciones historicoartísticas escaparon de su pluma. Falleció en 1971.

           Don Antonio Herrera Casado es el cronista actual. A la muerte de su antecesor, el Dr.Layna, se temió que no hubiese otra persona capaz de sucederle en misión de tan alta respon­sabilidad y con el mismo acierto que él lo había hecho. No fue así. Con sólo 26 años tomó el testigo el Dr.Herrera, médico otorrinolarin­gólogo lo mismo que él, misión que desem­peña como muy digno sucesor de don Francisco al que suele considerar su maestro, hasta el punto de haber emprendi­do con éxito la reedición de las obras de su antecesor como importan­te aportación al saber autóctono. En 1987 fue nombrado acadé­mico correspondiente de la Real de la Historia.
            Es muy difícil informar acerca de un personaje como el Dr.Herrera, contemporáneo, amigo y vecino de página en la prensa provincial desde hace tantos años. Ahí está su obra grandiosa como testimonio, sólo el principio, pues a los amantes del saber de esta tierra nos produce cierto gozo pensar en su juventud y en los mucho que todavía esperamos de él. Quiero destacar su Crónica y Guía de la Provincia de Guadala­jara, Monasterios y conventos de la Provincia de Guada­lajara, Humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI, aparte de toda una serie de traba­jos monográficos sobre Herál­dica, lugares, monumentos y perso­najes que bien vale la pena se conozcan.

martes, 7 de febrero de 2012

ESTATUAS PUEBLERINAS


            No se trata sólo de bustos erigidos en piedra o bronce de los que solemos descubrir con frecuencia en algunos pueblos de la provincia, y sobre todo en la capital, ni de imágenes fabricadas en serie, de esas que adornan los parques y las fuentes con una función simplemente estética. Los bustos, aquí como en todas partes, se levantan sobre un pedestal como testimonio de reconocimiento o de gratitud, en honor de algún personaje que pasó por la vida haciéndose notar. Personajes del mundo de las letras, de las artes, de la política, de la milicia, o simples benefactores de un pueblo o de una ciudad, son los que con mayor frecuencia aparecen sus efigies “in memoria” por plazas y jardines, como público homenaje a personas que de alguna manera se han hecho merecedores, tras la estela de su vida en favor del prójimo, de ese recuerdo permanente. Desde la Roma Imperial hasta nuestros días, las ciudades se convierten en libro abierto mostrando por doquier la imagen de sus personalidades más notables, o de sus héroes si es que los tuvo, como exquisito fruto del árbol de su propio pasado.
            Pienso que no son pocos los pequeños monumentos de esta clase que se han ido levantando en nuestra provincia, como para dedicarles por ellos mismos, también desde aquí, nuestro homenaje sobre papel impreso.
            Dejamos a un lado el urbanismo capitalino, donde ya se cuentan por decenas los bustos en bronce dedicados en su mayor parte a individuos muy concretos, a hijos ilustres de la ciudad a través de los tiempos, o a personajes que, sin ser de aquí, hicieron algo importante para su honra o engrandecimiento. Preferimos salir a los pueblos de la provincia, por lo que ello tiene de novedad, donde de unos años a hoy nos vienen sorprendiendo hermosas estatuas como reconocimiento a personas de manera genérica, a esas buenas gentes de las que el medio rural ha dado tantas, y que a lo largo de los años y de los siglos han ido desapareciendo en el más estricto anonimato dejándonos aquí el producto de su trabajo. Un detalle de manifiesta gratitud que, por lo que tiene de significado en un momento en el que los grandes valores están de baja, bien vale la pena los expongamos a la atención de nuestros lectores, no sólo como mera información, que ya sería interesante, sino también como justa correspondencia.

Peñalver
            La primera de estas magníficas obras de arte de las que pretendemos hablar, tal vez sea la más antigua y la más popular de todas. Tiene una réplica en uno de los nuevos barrios de la capital. Hace ya años que la encontré sobre su pedestal de roca en la plaza de Peñalver. Se trata del monumento al “melero alcarreño”, durante mucho tiempo uno de los personajes más significativos de esta provincia, que con su alforja al hombre y sus recipientes con el divino elixir en ambas manos, recorrió durante largas temporadas del pasado las calles de Madrid al grito de ¡A la rica miel de la Alcarria! Eran honrados trabajadores de nuestros pueblos, expertos en el arte de la Apicultura, que con tesón y buen hacer consiguieron convertir en famoso el más representativo -y el más dulce también- de nuestro productos autóctonos. Peñalver ha sido quizás la meca, y la Alcarria en su conjunto el país de la miel. La Literatura del siglo XIX y aun de tiempos posteriores, se encargó de popularizarla, y los meleros alcarreños, en especial los de Peñalver, de hacerla saborear allá donde hizo falta.

Fuentes de la Alcarria
            Aquel porte elegante de nuestras abuelas, de la juventud de nuestras abuelas, que marcaron una época, digamos que cien años atrás, es el que ha preferido materializar en mármol bien pulido el pueblo de Fuentes de la Alcarria en homenaje a las mujeres de esta tierra. Una obra fina, exquisitamente real, digna como pocas, preside un pequeño jardín en este bello pueblo de nuestra provincia, famoso por su paisaje de alrededor, que abraza al poco de nacer el río Ungría y que tiene por Patrona, sólo él, a la Virgen de la Alcarria. “Homenaje a la mujer alcarreña. Fuentes de la Alcarria. 15-6-1996”, dice al pie de esta bella escultura, distinta a las demás y bella como pocas.


Anquela del Ducado
            Aunque hace más tiempo que las estatuas de Anquela del Ducado presiden los respectivos espacios en donde las instalaron, yo las he conocido hace sólo unos meses. Un pueblo pequeño éste de Anquela, que no se ha dado por conforme en homenajear como merecen al hombre y a la mujer del campo con una estatua, sino que lo ha hecho con dos: una dedicada al hombre, y otra a la mujer en lugar distinto. Al pie de la primera de ellas, colocada al fondo de un paseo que hay junto al río Mesa en las orillas del pueblo, se puede leer: “En el año 1998 se construyó este paseo. El pueblo de Anquela del Ducado erige esta escultura en homenaje al trabajador, siendo alcaldesa María Isabel Galán Villa”. Se trata de la figura de un hombre del campo en tamaño natural; está apoyado sobre el mástil del azadón de trabajo y mira fijamente al cielo; bajo sus piernas, con la mirada atenta hacia adonde lo hace su amo, un perrillo completa la ternura de la escena.
            El monumento a la mujer queda en lugar más visible. Fue levantado en el año 2002, y representa a una de aquellas admirables mujeres de los pueblos, vestida con el humilde atavío de diario, y portando sobre su cabeza erguida un balde de ropa. Una figura bellísima, expresiva, increíblemente natural, alzada sobre elegante pilastra inscrita en tres de sus cuatro caras, donde se dice que fue erigida siendo alcaldesa María Isabel Galán Villa, y se incluye un párrafo de la poetisa argentina Alejandra Pisarnik, una de las voces más inspiradas de la poesía castellana del siglo XX, y es éste: “Soy mujer y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea, es el calor de las otras mujeres, de aquellas que no conocí, pero que forjaron un suelo común”.
            Si alguna vez pasas por allí, amigo lector, no dudes detenerte a contemplar esta pareja de obras de arte que honran a tanta gente anónima, y en este caso también a una alcaldesa y a un pueblo con corazón sensible.

Bujalaro
            La última de estas esculturas que he descubierto al andar por la provincia, ha sido en Bujalaro hace tan sólo un para de meses. Pienso que al instalarla sobre el santo suelo se ha querido quitar esa impresión de lo solemne que siempre lleva consigo este tipo de monumentos colocados sobre un pedestal. Está dedicada al emigrante español de los años sesenta, así al menos me lleva a suponer el aspecto y el ligero preparativo del personaje representado en ella: un joven en tamaño natural, vestido de traje, y portando la clásica maleta de viaje en una de sus manos. Al pie de este bello monumento, está inscrito en placa de metal: “Al emigrante. El más entrañable recuerdo de todos los que quisieron ser. Bujalaro, octubre 07”.

            No es la primera estatua que veo colocada a pie de calle, como uno más de los ciudadanos que pasan por allí en aquel momento; pero, ¡qué decir!, las prefiero encima de su peana aunque sea humilde, ensalzar más su significado, que es de lo que se trata en asuntos como éste.  

            Es posible que en algún otro lugar de la provincia exista una escultura más, que cumpla con los requisitos de las que aquí aparecen y que, por tanto, debiera ocupar su espacio en este trabajo. Es un dato que desconozco. Si es así, asumo el compromiso de darla a conocer en otro momento

(En las fotografías: "Homenaje al trabajador", en Anquela del Ducado, y "Monumento al emigrante", en Bujalaro)

miércoles, 1 de febrero de 2012

EN RUTA DE CASTILLOS


            A nuestra tierra, también a la de más al norte y a la de más al sur, se le llama Castilla por eso precisamente, por la gran cantidad de fortificaciones que en ella se edificaron en tiempos del Medievo, y que en malo o en peor estado se mantie­nen todavía en pie a lo largo y a lo ancho de toda ella; en la mayor parte de los casos como recordatorio de un pasado que a buen seguro no sólo se limitó a dejar unos cuantos muros en pie sobre la colina, la muela o el pedestal de roca, sino que marcó honda huella en nuestras costumbres, en nuestra forma de ser, en el particular carácter que arrastramos los castellanos y que surge a flor de piel apenas se hurga en los entresijos de nuestra personalidad avalada por la misma Historia. No somos mejores ni peores que los demás, somos gente de tierra adentro acostumbrada a encontrar entre el polvo de los siglos que envuelve los legajos de una vieja sacristía, o entre las piedras de un castillo en ruinas, toda una serie de añosas virtudes, y de viejos defectos también, que no sólo asumimos, sino que hacemos nuestros como algo connatural.
            Por circunstancias que en este momento no vienen al caso, anduve durante dos o más años embutido en un periodo de nuestra historia bastante alejado del siglo en que vivimos. La Castilla del siglo XV -por la que volun­ta­riamente anduve enredado durante todo ese tiempo, con las tierras de Guadalajara colocadas siempre en lugar preferente, como así lo testifican nuestros castillos-, fue en aquellos tiempos el ombligo de toda la Historia de Occidente. Luego lo sería todavía más, una vez descubierto el Nuevo Mundo.
            Resulta un gozo volver la vista atrás y darse un paseo, a través de los libros y de la imaginación, por aquellos escogidos lugares de asiento donde se celebraron fastuosos festines, se derramó sangre, se encerraron prisioneros en las mazmorras, y se urdieron leyendas sobre las que de vez en cuando conviene volver.

            El Dr. Herrera Casado, don Antonio, vecino de página en el diario Nueva Alcarria desde hace más de seis lustros, coautor de algunas publicaciones, editor de mis libros, y amigo sobre todo lo demás, me envió hace ya tiempo el último de los volúmenes escritos por él, número 24 de la colección "Tierras de Guadalajara" al que titula Guía de Campo de los Castillos de Guadalajara, que hoy, años después, he vuelto a ojear. Dejando a un lado su magnífica presentación (que se da por supuesta) y el acierto y buen orden al mostrar los contenidos (que también se da), sería justo calificar la obra como de utilidad pública, aunque la manida frase  pueda sonar a visión subjetiva producto de la amistad. No, no es así.
            Uno reconoce haber sentido desde siempre cierto interés por este tipo de publicaciones, y no ha desaprovechado la ocasión de adquirir cuando le ha sido posible, y de conocer a fondo todo lo mejor que sobre el particular cayó en sus manos, y ahí incluye el "Castillos de España" de don Carlos Sarthou Carreres, al que por muy poco no llegó a conocer en su casa de Játiva, pero sí a su hija Lidia y al inmenso tesoro de su biblioteca; y el "Castillos de Guadalajara" de don Francisco Layna, padre y señor por excelencia de nuestra historia y de nuestro arte provincial; y algunos otros menos señeros, más de andar por casa, que durante los últimos años se han dejado ver en los escaparates de las librerías con mayor o menor fortuna.

            El libro del Dr. Herrera tiene poco que ver con los antes referidos; se trata de una guía útil, bien documentada, libro de bolsillo o de guantera de automóvil, para llegarse al sitio valiéndose de él y documentarse in situ a través de su lectu­ra. Su autor conoce el tema con profundidad, ha paseado las ruinas, ha fotografiado las piedras, ha buscado después en los libros de Historia y en otros documentos quiénes fueron los que ocuparon aquellas fortificaciones, quiénes las ocuparon, cuando y por qué, que acontecimientos más destacables ocurrie­ron allí; y si todo era poco, también nos indica en su libro el camino por donde ir y a veces hasta el lugar más próximo en que aparcar el coche. Ni qué decir que sobre tipos de casti­llos, estructura y partes de que constan, castillos desapare­cidos, castillos de los moros, castillos mendocinos, y tantas curiosidades más en torno al tema, figuran en el libro a manera de curso rápido sobre todo lo que se debe saber para estar al día.
            Hasta cincuenta y un castillos de la Provincia he podido contar en el índice a los que, con un estupendo servicio de fotografías, planos y dibujos, se hace referencia en esta publicación. Castillos famosos, restaurados, puestos hoy en servicio con funciones bastante diferentes a las que tuvieron en otro tiempo, como pudieran ser el de Sigüenza, ahora para­dor de turismos, o el de Torija, museo del "Viaje a la Alca­rria" de Cela, primero que sepamos dedicado a un libro y posteriormente, además, a muestrario de esta tierra a expensas de la Diputación Provincial. Casti­llos, por el contrario, de difícil localización y de muy escasa nombradía, pero que figuran en la historia particular de Guadalajara y de los cuales apenas queda algún muro en pie como testimonio, tales como el de Inesque en el término de Pálma­ces, el de Diempures en Cantalojas, el de Hita sobre su pulido cerro, o el de Alpetea en el Alto Tajo, que si lo fue o no lo fue, de él queda la fortísima peña con el nombre y la leyenda del caballero Montesinos, una de las más conocidas y con más profunda raíz en todos los puevblos de su entorno.

            El Castillo, el Castillejo, el Castellar... Las tierras de Guadalajara están plagadas de topónimos que se repiten una y otra vez por casi todos los pueblos y en todas las comarcas. Cualquier altillo en las afueras del lugar se reconoce por alguno de esos nombres, aunque no aparezca rastro alguno de lo que el nombre nos da a entender. Valga el caso del Castillo de Motos para explicar­lo. Aquel castillo, del que no queda una sola piedra, lo mandó construir junto al pueblo un personaje nefasto, para desde allí dirigir el pillaje contra las personas y los bienes de los campesinos de la comarca. Lo mandaron destruir los Reyes Católicos y no dejaron de él señal alguna. Otros fueron desa­pareciendo poco a poco, en tanto que los lugareños se llevaban sus piedras para construir corralizas, viviendas, tainas o parideras de ganado, quedando solamente el nombre como recuerdo para la posteridad.
            Soñamos con que el turismo cultural acabará por ponerse de moda. Los castillos, los pueblos, los lugares en fin donde la Historia tuvo a bien detenerse, comienzan a ser motivos de especial interés para los viajeros. Muy cerca de nosotros tenemos un apretado filón de estos motivos de interés, añosas piedras portadoras de mensaje que de alguna manera nos obligan a que las conozcamos y a que sepamos algo del porqué de su existen­cia. El libro que aquí se comenta pudiera ser el mejor compa­ñero de viaje.

(En la fotografía, aspecto actual del castillo de Pioz) 

domingo, 22 de enero de 2012

LOS SIETE PARAÍSOS PERDIDOS ( I I )


            Continuamos hoy con el relato iniciado la semana pasada en el que nos propusimos dar cuenta, un poco en visión rápida, de los siete espacios naturales más importantes de esta provincia que, a nuestro parecer, todavía cuenta entre las menos conocidas de España, y bien que tiene motivos para ser vista y admirada, en primer lugar por los más próximos, por nosotros mismos, que los tenemos ahí, a un paso, para gozar de ellos.    

Los Hayedos de Cantalojas
            Este paraje natural ha venido tomando justa fama durante los últimos años debido a la variedad de vegetación nórdica (el haya) que, precisamente allí, como especie su línea más meridional, no sólo de la Península Ibérica, sino de toda Europa, una singularidad que comparte con otro hayedo, el de Montejo de la Sierra en la provincia de Madrid, que no es sino una prolongación de aquel dentro de la misma masa boscosa.
            Pero en este caso, y al considerar aquellas tierras como un retazo de paraíso, no es solamente la curiosidad por cuanto a la especie arbórea que le da nombre lo que nos interesa, sino más bien el solemne espectáculo natural que ofrecen aquellas alturas ante la mirada atónita de quienes se desplazan hasta allí para conocerlo. Me paro a recordar en este instante, sentado a la mesa de mi escritorio adonde llegan con absoluta claridad los ruidos de la calle, las frecuentes visitas que a lo largo de las dos últimas décadas, e incluso en periodos anteriores, hice a los Hayedos -los Haydos, les llamaban por allí- porque son muchos los pa­rajes en donde se da el haya y, en consecuencia, sus nombres también son diferentes.
            Sobre la piel de las tremendas masas montunas que van a tocar por el poniente los altos de Somosierra, se desarrolla a su aire, en admirable anarquía, la vegetación. Ahora una laderucha de piedras oscurecidas; más allá un apretado verdizal de pinos nuevos, de robles, de marojos, de envejecidos troncos de haya. Atravesando el barranco allá en el fondo, lejos, muy lejos, el agua acabada de nacer de los arroyos que irán más adelante juntando su caudal hasta formar el Lillas, que cruza las sierras hasta los cauces del Sorbe con cate­goría de río. Apenas si se advierte la figura del hombre. Los pastores no suelen llegar tan lejos. Las reses del vacuno que pastan y crían libremente por los cuarteles de Sonsaz las hemos ido dejando algo apartadas de nosotros, a nuestra mano iz­quierda. Por las corrientes impolutas de los arroyos corren como flechas las finas truchas serranas cuyas madres se llevó el furtivo; hoza el jabalí en las tronqueras del rebollo; vuelan, ojo avizor, los buitres y los quebrantahuesos al acecho de la res enferma, solitaria o herida de muerte. Por debajo de las hayas, disimulada entre los jarales y las varillas de brezo, ondula su cuerpo dañino la víbora, fatal huésped de aquellas latitudes. Todo un retazo de la Castilla agreste que tapan sobre la altura los cielos de nuestra Sierra Norte.

El Valle del río Dulce en tierras de Sigüenza
            Es otro de los lugares con fortuna que bien merecen figurar en esta breve relación de espacios naturales más significativos de la provincia de Guadalajara. Avecina este valle por el levante y por el poniente al pueblo de Pelegrina, uno de los más pintorescos e interesantes de nuestro entorno. A quien esto escribe le impresionó sobremanera la primera vez que llegó a él, y le sigue impresionando cada vez que pasa por sus inmediaciones camino de Sigüenza. El doctor Rodríguez de la Fuente lo eligió como escenario de una buena parte de sus aventuras a campo abierto para la televisión, y uno piensa que aquello sería por algo. Ahí está, a la vista de quienes quieran acercarse hasta él para comprobar­lo y para gozar de sus maravillas desde cualquiera de las atalayas o miradores que existen en su entorno: el mirador Félix Rodríguez de la Fuente, por ejemplo, en la carretera de Torremocha, o la peana del castillo de los obispos, coronando al pueblo, desde donde el espectáculo visual resulta animado e irrepetible.
            En muy contadas ocasiones tiene la provincia de Guadalajara la oportunidad de poner ante los ojos del visitante panoramas tan violentos y aparatosamente bellos como estos a los que da lugar el río Dulce a su paso por Pelegrina. Las cárcavas excavadas en la roca y en las tierras de junto al río, el simple canal por el que corre el agua encajado en mitad de la chopera, el limpio celaje por donde planean a menudo las aves rapaces, son razones más que justificadas para rete­nerlo en la memoria.

El Barranco de Montesinos

            A mitad de camino entre los pueblos molineses de Torremocha del Pinar y de Cobeta, cumple como ningún otro paraje las prerrogativas con las que debe contar cualquier paraíso: belleza natu­ral fuera de lo ordinario, distancia suficiente del tráfago y del mundanal ruido, y leyenda.
            En este apacible lugar se ofrece al viajero, cada uno en su debida propor­ción y colocados en el sitio justo que le corresponde, el agua del arroyo Aran­dilla que corre por mitad serpenteante y graciosa; el bosque espontáneo de pinar en las laderas, y la maleza que ha ido creciendo a su antojo a lo largo del cauce, además de los farallones y crestas de los riscos que cortan a tajo la monumental garganta, en cuyo fondo se adormece en la solana la ermita de la Virgen con sus, ahora olvidadas, dependencias anexas.
            Queda este rincón escondido prudentemente. Desde Cobeta se llega hasta él por una carreterilla local complicada. Desde Torremocha tal vez sea menor la distancia, pero se hace preciso cubrir casi todo el trayecto por pista forestal, con el serio riesgo de perderse por falta de señalización en las encrucijadas de caminos.
            Todavía pervive en aquel misterioso rincón de las sierras molinesas el recuerdo de la pastorcilla que, según cuenta la tradición, hace siglos curó de su mano seca por intercesión de la Virgen, y el de la conversión a la cristiana fe del jefe moro Montesinos, quien pasaría luego el resto de su vida morando en la soledad y en la penuria por aquellas cuevas. Fue lugar, y todavía lo sigue siendo, de romerías y de fervores a la Madre de Dios que desde entonces se venera en la comarca bajo la advocación de Nuestra Señora de Montesinos.

El Hundido de Armallones
            Representa en nuestra geografía natural uno de los lugares de mayor nombradía paisajística, sin que le falten razones para que así sea. Es uno más de los imponentes recovecos de la sierra del Alto Tajo, en donde juegan a un tiempo su papel los breñales y el bosque en anarquía casi selvática, la disposición violenta de las rocas, y el río, con su consabido efecto de siglos, que es, sin duda, el verdadero artífice y protagonista de aquellos parajes.
            Se trata sólo de una parte de la garganta rocosa que sobre los cauces del Tajo produjo en el siglo XVI una especie de cataclismo que desvió el paso del río, dejando como señal para la posteridad una visión sencillamente grandiosa. La historia de los últimos siglos registra, por aquellas estrecheces de la corrien­te, gran número de bajas entre los gancheros que conducían las famosas maderadas de los bosques serranos aguas abajo.
            Huertapelayo, Armallones y Ocentejo, tres nombres sonoros en la relación de pueblos pintorescos de la provincia, son los vértices de un triángulo en cuyo interior se sitúa este bello paraje al que, con los actuales medios de locomoción, no resulta demasiado difícil llegar. Pues a cualquiera de ellos bien vale la pena dedicarle un día o unas horas de nuestro tiempo.

(La fotografía muestra la entrada al hayedo de Tejeranegra en Cantalojas)