lunes, 10 de septiembre de 2012

PAISAJE, HISTORIA Y COSTUMBRES DE LA BAJA ALCARRIA


           
 Estamos en una de las comarcas más singulares de toda la geografía regional. Los pequeños pueblos deshabitados como Torronteras, Hontanillas y Villaescusa de Palositos, son el contrapunto con otros focos de población situados en las inmediaciones de la Central de Trillo, cuya presencia trajo a las áridas tierras alcarreñas a gentes y familias de otros rincones de España.
            De no haber sido por el azul de las aguas de sus embalses, encadenados en los cauces del Tajo y del Guadiela: Entrepeñas, Buendía, Bolarque, que ponen su nota coloristas y veraniega delante de los ojos, casi nos atreveríamos a habla de la Alcarria Baja como de una comarca semidesierta, pasto del sol impío en esta Castilla reseca, donde por todo contar las abejas liban en los abrigos y en las ásperas vertientes de las colinas, repta el lagarto, y se crían sin control la maraña, el rebollo y el carrasquillo, al amparo de su propio infortunio.
            Pero no es así, o por lo menos no es todo así. Estas tierras, con mayor o menor fortuna, robaron a la naturaleza y a los siglos una serie de encantos, muchos de ellos insólitos, que arrastran al visitante delicado y al estudioso haciéndoles volver e interesarse por ellas.
            Pocas comarcas naturales de nuestro suelo han sido apetencia de tantos investigadores de la Historia, arqueólogos, artistas de la pluma y del color, como lo es la Alcarria; atraídos muchos de ellos por su pasado, de cuya autenticidad es testimonio el hacha de piedra, la leyenda, la insignia en piedra antigua de familias hidalgas que nacieron y que vivieron por aquí, el arco románico, la cueva horadada o el mosaico de tiempo de los césares, y de los que por razones de espacio nos habremos de ocupar a partir de aquí más o menos someramente.

Monsalud, Alcocer y la Giralda de Escamilla.
Ruinas y más ruinas, memorial de pretéritas maneras de hilar la vida de los pueblos, el Monasterio de Monsalud, como a medio camino entre Sacedón y Alcocer, es reliquia más de siete veces centenaria de uno de los focos en donde la religiosidad y la cultura castellana debieron de florecer con un resplandor mayor.
            Las aportaciones oficiales intentaron durante algunos años salir al paso de la penuria y de la desolación que, en no más de un siglo, consiguieron acabar con uno de los más importantes monasterios cistercienses que desde el siglo XII habían empezado a extenderse por los campos de Castilla. La Alcarria tuvo dos de estos importantes cenobios medievales, a saber: el de Monsalud, cuyo despojo medianamente sostenido al que nos acabamos de referir, vale la pena conocer; y el de Óvila, a la vera del Tajo en tierras de Trillo; aquel que en el año 1030 se fue desmoronando piedra a piedra, con el fin de ser replantado en los Estados Unidos; propósito que no se llegó a cumplir porque la Guerra Civil se puso por medio, y sus venerables sillares se vieron esparcidos por calzadas y por jardines de América y de la propia España.
            El monasterio de Monsalud, que había contado con la protección de Alfonso VIII de Castilla. Terminó su periodo de esplendor a finales del siglo XIII con más de cien monjes bernardos que dedicaron sus vidas a la oración y al trabajo en este lugar de la Alcarria, con la presencia siempre en la memoria de su primer abad, Fortún Donato, discípulo de San Bernardo, a quien sucedieron durante más de un siglo otros abades de origen francés y centroeuropeo.
            La monumental iglesia del siglo XIII, anuncio del inminente arte ojival que ya se había empezado a extender por Europa; su sala capitular gótica, y el claustro del XVI con marcadas afecciones renacentistas, son la complacencia del sorprendido viajero que al llegar a Monsalud suspira por otra joya más que nunca se debió dejar que se perdiera.
            Estrella y meca de añosas devociones populares lo fue la venerada imagen de Nuestra Señora de Monsalud, abogada contra la rabia, la melancolía y el mal del corazón, en torno a la cuál se han contado y escrito leyendas la mar de sugestivas.

De fiestas, usos y costumbres
            Y más allá Alcocer, otra perla olvidada del pasado, a quien lamen los pies en permanente fricción las aguas del pantano de Buendía. Se discute si es éste o aquel otro ya desparecido del valle del Jalón el Alcocer que cuenta en la vida y en la muerte de Rodrigo de Vivar. Hace muchos años se dejó perder de su acervo costumbrista una tradición de siglos, La fiesta de las Mayordomas, vuelta a recuperar con nuevos brios en un esfuerzo por parte de todos, hecho con resultado feliz en el que algo tuve que ver, creo que bastante. Mujeres ataviadas con trajes de época, espejos, medallas, y llamativas cintas de colores, en memoria de aquellas otras que según la tradición burlaron a las huestes musulmanas que seguían por tierras de Castilla los restos del Campeador, desde Levante a su definitiva morada burgalesa en donde se guardan.
            Allí, en la antigua villa que fuera cabecera de la Hoya del Infantado, queda el recuerdo de su primera señora, bellísima dicen, y amante de reyes, doña Mayor Guillén, recluida en Alcocer a petición propia hasta el día de su fallecimiento en 1267. El principal monumento de Alcocer es su iglesia parroquial, de gótica  hechura, con detalles románicos, góticos y renacentistas, que la convierten en un verdadero muestrario de las más notables corrientes arquitectónicas del pasado. Aparte de su singular campanario, es un detalle insólito que la iglesia cuente asimismo con una girola catedralicia tras el presbiterio.

    Muy cerca de Alcocer queda la villa de Millana, notable por sus recias casonas nobiliarias de tiempo de los calatravos, su monumental escudo heráldico de la familia Astudillo, y el tambor románico de la portada de su iglesia. Y Escamilla, rincón mesetario de trigos y encinares, que absorbe el interés de quienes lo visitan atraídos por el alarde neoclásico del campanario de la torre. Cuatro cuerpos se suceden en vanos, cornisas, balaustradas y otras filigranas de piedra, para concluir sobre lo más alto con su famosa Giralda, original en madera de corazón de sabina, que un rayo destrozó, y que ha sido sustituida, creo que con poca fortuna, por una figurilla bailarina de metal que brilla con el sol. Entre la Giralda de Escamilla y el también malogrado Mambrú de Arbeteta, corren en el decir de las gentes de la comarca enternecedoras historias de amor.
            El término municipal de El Recuenco se interna a manera de dentellón en la provincia de Cuenca. Su extensa vega corre pueblo abajo dejando en retaguardia los voluminosos peñascos de caliza que dan nombre a esta villa rayana.
            El Recuenco cuenta en su particular historia con la página, siempre recordada, de sus desaparecidos hornos de vidrio, elegante menaje palaciego de cristal moldeado en diversidad de tonos, del que todavía se conservan algunos ejemplares en salones que ahora visitan los turistas y que son, dicen, piezas únicas de considerable valor, tanto artístico como testimonial.
            Y nos vamos a quedar aquí en esta primera salida. Continuaremos la semana próxima colándonos por pasillos serranos, con sabor a Alcarria, para situarnos de nuevo en esta tierra sin par, y emprender una nueva ruta. La Alcarria de Guadalajara en su conjunto ocupa la mitad aproximadamente de la superficie total de la provincia. Una tierra que todo el mundo ha oído decir, sobre todo por la obra de Cela que la inmortalizó y la extendió por los cinco continentes; pero que todavía, como escribió nuestro Nobel, sigue siendo, aunque no tanto como en su tiempo, “un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir”, por lo menos en la medida de sus merecimientos.

(En las fotografías: Una calle de Alcocer; El campanario de La Giralda de Escamilla; y la La Plaza Mayor de Millana)

jueves, 23 de agosto de 2012

MONUMENTOS RELIGIOSOS DE SOLANILLOS DEL EXTREMO


No es tarea fácil, a veces demasiado difícil, ponerse delante del folio en blanco con intención de convertir en letra y en palabra legible lo que se tiene escondido en los rincones del pensamiento, y más aún cuando la fuente es lo más parecido a un sequedal por falta de conocimientos. Es éste uno de esos momentos tan poco gratificantes para el que escribe, habida cuenta de que la verdad preconcebida, descubierta por sí mismo o estudiada en los papeles -que siempre conviene llevar como equipaje en los archivos de la memoria- no se corresponde con la realidad de las cosas que se comprobarán después a través de los ojos.
Digo todo esto pensando en el asunto que me ha de ocupar hoy en relación con los lectores del periódico, y que no es otro que el de informar acerca de los monumentos religiosos que hay en el pueblo de Solanillos, de su iglesia sobre todo, que hasta el último viaje tan sólo conocía de haberla visto desde la plaza del pueblo a la que sirve como motivo principal al tenerla de fondo, y de lo muy poco que pude conseguir con relación a ella escrito por estudiosos que nos precedieron, años o siglos atrás.
El aspecto exterior de la iglesia y lo que veremos dentro son un puro contraste. Ni lo uno ni lo otro se ajustan a la realidad de lo que hoy es la iglesia de Santiago en aquel pueblo importante de la Alcarria de Cifuentes. La sólida presencia exterior decepciona un poco cuando se atraviesa el umbral desde la plaza y uno se encuentra con la nave única, no demasiado grande, de una iglesia desnuda de todo motivo ornamental, muy en contradicción, por cierto, de las notas que de ella poseía, sacadas del magnífico trabajo que sobre éste, y sobre otros muchos monumentos de la provincia de Guadalajara, nos dejó a su muerte como legado común don Juan Catalina García, aquel investigador ilustre que cien años atrás dedicó una buena parte de su vida a tan delicado menester.

Entre don Juan Catalina y nosotros hay un punto negro en el tiempo que conviene considerar, pues lo disloca todo: la Guerra Civil, incivil que también se ha dicho, que entre muchos desastres más que trajo para nuestro país en general y para la provincia de Guadalajara en particular, se debe contar con la brutal tragedia de habernos dejado sin una parte más que considerable de nuestro arte religioso, tan maltrecho y expoliado en ocasiones anteriores, desdicha que en la iglesia de Solanillos se palpa setenta años después.
El citado cronista habla en su Catálogo monumental de Guadalajara al referirse a esta iglesia alcarreña “del retablo mayor churrigueresco” y de que “además hay en él las estatuas de San Pedro y de San Pablo, cinco lienzos de muy flojo pincel de autor no conocido, y en la parte de arriba tres no mejores”. Todo eso, además de la imagen de Santiago Apóstol que ocupaba el sitio preferente del retablo, es decir, la hornacina central. Habla así mismo de otros “seis retablos del siglo XVI y principios del siguiente”. Pues bien, nada de eso existe después de la contienda. Los volúmenes de la nave están vacíos, y en pequeñas repisas vemos sobre los muros algunas imágenes posteriores que, mal que bien, fueron adueñándose con el tiempo de la devoción popular de las buenas gentes de Solanillos durante todos estos años.

Me sirvió de guía un hombre del pueblo, don José Cortijo, quien por razones de edad y por sus años de servicio al municipio, incluso desde el puesto de alcalde en otro tiempo, bien puede considerarse una compañía autorizada como para poder cubrir, llegada la ocasión, cualquier servicio extra.
- Supongo que celebrarán como fiesta mayor la de Santiago Apóstol; pues lo veo muy presente en la vida del pueblo, y seguramente que también en su pasado –le pregunto.
- No; aquí celebramos como fiesta mayor la del Santo Cristo, que es en el mes de septiembre. Hace años sí que se celebraba como fiesta mayor la de Santiago, pero hubo que cambiarla a otra fecha porque siempre nos pillaba en plena recolección. El día de Santiago se celebra como titular de la parroquia, pero solo ese día como una fiesta cualquiera.
La imagen del Santo Cristo, cuyas fiestas se celebran con gran pompa en el mes de septiembre, según me acaba de explicar mi acompañante, es una escultura bellísima que guardan y veneran en una capillita lateral que hay por los bajos del coro, al lado de la estupenda pila bautismal de piedra antigua, que para mí es con mucho la pieza más interesante a considerar en la iglesia de Solanillos.
-Las imágenes son nuevas. Aquí no quedó nada. Aparte de la iglesia tenemos en el pueblo dos ermitas, una dedicada a la Virgen de la Soledad y la otra a Santa Bárbara. Si quiere nos podemos acercar a verlas.

Por el camino hacia las ermitas, una en cada extremo del pueblo, tuvimos tiempo suficiente de hablar largo rato del pasado y del presente de Solanillos. Del pasado por cuanto al pueblo como antigua posesión del Común de Atienza, ya en el extremo de sus pertenencias tantos siglos atrás, de donde le viene al pueblo el curioso apelativo de “del Extremo” que tanto llama la atención a quienes desconocen el motivo; y del presente hablamos de las últimas realizaciones en beneficio del vecindario: del polideportivo con piscina, de la plaza de toros, y del hostal rural inaugurado recientemente, hace tan solo unos meses, que ha dado al pueblo cuando menos un respiro de novedad, y esperamos que algo también de vida.
-Ahora, cuando volvamos a la plaza -me dice José Cortijo- podemos pasar a verlo. Es el mejor restaurante y el mejor hotel que hay en toda la comarca. Tiene doce habitaciones y funciona muy bien, con televisión y cuarto de baño en cada una.
-Eso siempre es un buen regalo para los pueblos. Yo creo que el único futuro que tienen es el saber explotar su tranquilidad y la pureza de ambiente que regala el campo. Desde hace algún tiempo se está viendo cierto interés por lo rural de cara al turismo. La gente se va hartando de las playas y de los problemas de masificación que llevan consigo; por eso es una prueba de sentido común que los pueblos, tan saludables y tan tranquilos como éste, sepan aprovechar el paso de la ola. La mayor parte de las casas rurales que hay por la provincia están dando bastante buen resultado.
-Sí, yo creo que algo sí que nos ayudará de ahora en adelante. Cuando esto se vaya conociendo un poco más, la gente no dejará de venir. El restaurante es un éxito.

Pudimos ver de cerca las dos ermitas. La de la Soledad, más antigua y con ábside semicircular de muchos siglos, se atiene al modelo tardorrománico de tantas más como podemos encontrar en cualquiera de nuestras comarcas; y la de Santa Bárbara, más al gusto popular de las ermitas castellanas del siglo XVII, con su tejadillo previo y sus columnas para sostenerlo, está a la entrada del pueblo, junto a la carretera, frente al polideportivo y a los tiernos jardinillos que hay al lado del frontón y de la piscina, que para mí, como ya expliqué en otro de mis viajes todavía recientes, son la verdadera novedad de Solanillos.
Alrededor del pueblo, a un lado y a otro, el paisaje más auténtico del campo de la Alcarria, con sus particularidades, sus asperezas y sus encantos.

(En las fotografías: “Detalle de la plaza de Solanillos con la iglesia de Santiago al fondo e Interior de la ermita de la Soledad)



miércoles, 8 de agosto de 2012

LAS SIETE MARAVILLAS DE GUADALAJARA (y III)


(Continuación)

La Casa de Piedra de Alcolea del Pinar es el resultado del tesón sin límites y del trabajo de un campesino humilde, don Lino Bueno, que se vio en la necesidad apremiante de buscar cobijo para su numerosa familia, y no tuvo otra mejor idea que la de ahuecar, dejar vacía por dentro, una enorme peña de arenisca que le donó el ayuntamiento y habilitar vivienda en su interior. Concluyó su obra este buen hombre, trabajando con la ayuda de su mujer durante los ratos libres que le dejaban las faenas del campo, que solían ser las horas de la noche sin fronteras, alumbrándose con velones de cera y candiles de aceite. Veintiún años de duro trabajar le llevó el conseguirlo; pero al final, pudo ver su insólita proeza concluida. El resultado -cualquiera se lo puede imaginar- una vivienda incómoda e insuficiente, apretada para los quince hijos que hubo en el matrimonio, para la burra y para las gallinas que, lo mismo que las personas, también pudieron vivir bajo techo. Dos plantas, con escalera en la roca para subir y bajar, cocina, pasillo de entrada, comedor, despensa con vasares -todo de piedra-, dormitorio en el piso de arriba con amplio ventanal y balcón a la calle… Ahí está todavía la Casa de Piedra, tal como la dejó al morir aquel héroe de la mitología guadalajareña, del que algunos hijos, muy ancianos, siguieron viviendo dentro, al arrullo del buen nombre y del recuerdo de sus padres.


Dos reyes de España, con un intervalo de medio siglos, pasaron por la Casa de Piedra para conocer aquella obra increíble: Alfonso XIII en el año 1928, y Juan Carlos I con la reina doña Sofía, en la primavera de 1978. Uno piensa que, sabida por todos esta maravillosa historia de trabajo, la Casa de Lino Bueno sigue siendo uno de los principales motivos de interés que tiene la provincia, y que por ello merece estar aquí.


Los Jardines de Brihuega dan un sentido especial a la ciudad donde se instalaron y a toda la Alcarria también. Si algún día llegasen a faltar del altillo de la Real Fábrica en donde se encuentran, la Alcarria sería diferente, menos hermosa.

Los datos que acerca de los Jardines de Brihuega me ha sido posible recoger, aportan como ideas básicas que los terrenos fueron adquiridos hacia el año 1840, después de la Desamortización, por el ilustre brihuego don Justo Hernández Pareja, quien, a instancias de su esposa doña Ana, accedió a convertir todo aquello en jardín, desde donde se dejara ver la maravilla de la vega del Tajuña con todos sus contrastes. Un lugar que rezuma la calma y las esencias todas del campo de la Alcarria en cada puesta de sol; algo duradero que legar a las generaciones futuras, y un bello rinconcito sin parangón donde vivir en soledad las románticas noches de Brihuega.


Hay noticia de que su fundador consultó, antes de emprender los trabajos de acondicionamiento, con expertos jardineros italianos y con otros de la Francia de los Luises, a fin de convertir aquellas tierras altas extramuros en algo sublime, en algo que escapara por mucho de las sendas de la mediocridad. El resultado fue óptimo, no pudo ser mejor. Pasado el tiempo, los Jardines se fueron convirtiendo en un símbolo imperecedero de Brihuega y de toda la comarca alcarreña.

Si se considera la influencia francesa en la España del XVIII, y aun en momentos posteriores, no debe de extrañar al visitante el gusto versallesco -salvadas las distancias- del sitio, en donde han crecido al amparo de sus cuidadores, las plantas del boj y del aligustre, los laureles, los cipreses y las palmeras de abanico, dibujando románticos pasadizos contorneados de flores, y arcadas vegetales hasta las que asciende, limpia y vitalizadota, la brisa de la vega, el soplo de la historia, y se vislumbra a sus pies el antojo orográfico de aquellas tierras cambiantes según las horas del día.

No sé. Hubiéramos seguido más. La lista de pequeñas y de grandes maravillas resulta infinita en esta Guadalajara de nuestros pecados; pero fue mi propósito de partida el señalar únicamente siete, cifra tópica en esta clase de medidas, y ahí están, reclamando la atención de quienes tienen la responsabilidad de cuidarlas, y de los posibles viajeros que las ignoren y que a partir de ahora las deseen conocer. Mi misión de sacarlas a la luz, creo que con lo dicho se puede dar por terminada.



martes, 24 de julio de 2012

LAS SIETE MARAVILLAS DE GUADALAJARA (I I)


(CONTINUACIÓN)

La estatua de El Doncel en la Catedral de Sigüenza. La tenemos ahí, en la capilla familiar de los Arce, recostada sobre su propio sepulcro, la figura del joven santiaguista don Martín, muerto en octubre de 1486 mientras peleaba contra los moros en la Acequia Gorda de Granada. Piedra espiritualizada hasta lo sublime, que muy bien hubiese llegado a inspirar, de haberla conocido, alguna de las famosas leyendas del gran Gustavo Adolfo, y que el poeta sevillano se dejó sin escribir. Uno piensa que al Doncel de Sigüenza sólo le hubiera faltado eso.

La estatua descansa y medita, con su cuerpo y su corazón de alabastro, en las realidades que se abren a las luces del alma más allá de la muerte. Toda un a lección de sosiego, de serena paz, que atraviesa impasible los umbrales del tiempo. No tiene autor conocido la estatua de El Doncel. Nadie pudo dar a la piedra la trascendencia, casi sobrenatural, que posee aquella escultura, capaz de inmortaliza todo cuanto con ella se relaciona: al propio don Martín Vázquez de Arce, que hubiera quedado en el olvido, como otros tantos caballeros de su tiempo, de no haber mediado la maravilla de su enterramiento; Sigüenza, que fue su cuna, y es y lo seguirá siendo su mausoleo; a Guadalajara, en fin, que gusta tomarla por símbolo. Se apuntan como artífices de la famosa estatua al propio Juan Guas, así como al maestro Sebastián de Toledo; ambas opiniones sin demasiado rigor: El hecho de ser anónima acrecienta todavía más el misterio y ensalza la belleza de la imagen del Doncel.

Las figuras rupestres de Los Casares. La cueva de Los Casares se encuentra a tres o cuatro kilómetros de distancia del pueblo de Riba de Saelices. No lejos del cauce del río Salado. Se trata de la muestra más importante de grabados paleolíticos que existe en toda la Región Centro de la Península. Fue descubierta en el año 1928 por dos maestros, hijos de ese pueblo, don Rufo Ramírez Medina y su hermano don Claudio. En el año 1934 la dio a conocer el investigador don Juan Cabré, el que en un primer momento llegó a distinguir veintisiete grupos distintos de figuras marcadas en las paredes. Posteriormente se han ido descubriendo otras ciento cincuenta más, principalmente de animales de clima frío y figuras humanas.

Una vea en su interior el acceso resulta difícil, por lo que se hace preciso el empleo de algún instrumento especial de iluminación para poderla observar debidamente. Son muchos los pasadizos y oquedades, algunos de ellos con agua estancada, que existen en el interior de la cueva a lo largo de todo su recorrido. Los lugareños aseguran que no tiene fin. Dentro de ella se han encontrado restos de animales con más de 35.000 años de antigüedad (periodo Musteriense), en tanto que los grabados que aparecen sobre los muros oscilan entre los 22.000 y los 12.000 años antes de Cristo. Su importancia para la investigación prehistórica y para la aventura del hombre sobre la tierra es tan grande, que bien merece colocarla sobre la cumbre de nuestras principales pertenencias, pese al enorme olvido en que se la ha tenido hasta hoy.

El Panteón de la Duquesa de Sevillano, o de la Vega del Pozo, ha cumplido ya el primer año de su existencia. Se trata del monumento funerario particular más importante de todos cuantos se levantaron en España a lo largo del siglo XIX. Fue su autor el arquitecto burgalés don Ricardo Velázquez Bosco, y su promotora y dueña doña Diega Desmaisseres y Sevillano, cuyos restos mortales reposan bajo un importante grupo escultórico de Ángel García Díez, en el centro mismo de la cripta subterránea que hay debajo de la iglesia, a través de cuyo pavimento de vidrio pasa la luz hasta el lugar de los enterramientos. No existe en toda la provincia otro monumento similar en donde se luzcan con tal suntuosidad los mármoles y los bronces como en este panteón.

El aspecto exterior del edificio regala a la ciudad de Guadalajara una nota de interés ornamental destacadísima. A distancia refulge con cualquier sol su luminosa cúpula bizantina, que concluye en corona ducal y una cruz como remate. El estilo románico lombardo presenta en este singular monumento una muestra verdaderamente antológica, impensable, de sus posibilidades: un capricho de la arquitectura ornamental aparecido en el periodo Modernista de nuestra cultura. Dentro es todo grandiosidad y perfección de líneas. Como fondo al altar de la iglesia hay un óleo sobre tabla realmente admirable; representa la escena del Calvario y es obra de Alejandro Ferrant. La bóveda en hemisferio es alta, muy alta; simula pintura al fresco, cuando en realidad son escenas de azulejería. Los restantes edificios de la Fundación le son anexos, dentro del único estilo.

Guadalajara, por aquello de la fortuna y porque las cosas le vinieron así, se vio favorecida con estos magníficos edificios, producto de una mujer rica y del genio de un arquitecto insigne.


Los Tapices de Pastrana pertenecen a la colección del rey Alfonso V de Portugal. Se asegura que dentro del estilo gótico se trata de la mejor colección del mundo. Fueron tejidos en Flandes por encargo de la Casa Real portuguesa. Tomados como botín, según unos, en la batalla de Toro; como obsequio personal, según otros, del rey portugués al Cardenal Mendoza, como detalle de gratitud por su postura a favor de los prisioneros lusos. Lo cierto es que pasaron en propiedad a la familia Mendoza, y de ella a Pastrana en el siglo XVII, por matrimonio de doña Catalina de Mendoza y Sandoval con el cuarto duque don Rodrigo de Silva, el cual, al no disponer de espacio suficiente en su palacio para recogerlos, los dejó en la Colegiata de Pastrana con la condición de que se sacasen cada año a las calles, para embellecer la villa con motivo de la procesión del Corpus Christi.

Son un total de seis los tapices que componen la colección, aunque fueron más, y sus medidas aproximadas de diez metros de largo por seis de ancho cada uno. Tienen como tema exclusivo la gesta del rey Alfonso V de Portugal en las campañas de África, durante la segunda mitad del siglo XV. Los cartones que sirvieron de modelo, parece claro que se deben al pintor de la corte portuguesa Nuño Gonçalves, y los motivos tratados en cada uno de ellos, con asombrosa riqueza en iconografía, ornamentos de la época, estandartes y material de guerra son, por el orden cronológico en que ocurrieron los hechos, los siguientes: “El desembarco de Arzila”, “Cerco de Arzila”, “Asalto de Arzila”, “Entrada en Tánger”, “Cerco de Alcazarquivir” y “Entrada en Alcazarquivir”. De extraordinaria obra de arte pueden considerarse las figuras del Rey Alfonso V y de su hijo el Príncipe Juan, que aparecen con armadura y colores vivos en el primero de ellos. Los tapices se tejieron en el taller de Paschier Granier, de Tournai (Bélgica), hacia el año 1473.

(Continuará)

jueves, 12 de julio de 2012

LAS SIETE MARAVILLAS DE GUADALAJARA ( I )



No hace mucho, y de manera puramente casual, leí en una publicación desacertada y sin pies ni cabeza, que en la provincia de Guadalajara hay pocas cosas y lugares que valga la pena conocer. Pienso que el autor de aquel trabajo, al que no conozco ni siquiera sé su nombre, tiene la poca fortuna de desconocer, aun en lo más elemental, la realidad palpitante de estas tierras de la vieja Castilla. Se ve que ha pateado poco, que ha leído menos, que no ha sido espectador de paisajes, de costumbres y fiestas, de vivencias de corazón a corazón; que no ha llegado a escudriñar en los rincones donde se guarda lo mucho que por aquí tenemos de singular y de indiscutible valor. No conoce Guadalajara, ¡vaya!, y en esas condiciones es muy arriesgado ponerse delante del ordenador y ponerse a escribir, sólo por el morbo de colgarse en la solapa la vana medalla de la erudición. En ello he pensado muchas veces, y me ha dado pie para confeccionar mi lista personal de encantos, de los que el guadalajareño amante de la tierra donde nació, puede sacar fundados motivos para sentirse orgulloso.


No sé el tiempo que esta breve glosa me puede ocupar; pero vamos allá con el empeño de dejar claro que Guadalajara es un provincia afortunada, en donde hay mucho que ver y poco que quitar, infinitos detalles de valor que conviene sacudir del arcón de la ignorancia, armatoste de desván que cada cual llevamos dentro y que suele hallar acomodo más en la mente que en el corazón.
Guadalajara, esta tierra de paso que nos sostiene y nos alimenta, donde creo que todos nos encontramos más o menos bien, es un joyero sin destapar, es todavía el buen paño que en el arca se vende. Pienso a veces si no sería mejor dejarla sin sacar del escaparate, y ello por dos razones, la primera porque la popularidad y el excesivo manoseo, queman y desgastan, sin que exista la posibilidad de devolverla a su primer estado; la segunda, porque no todo el mundo está dispuesto a tratar las cosas, incluidos el campo y el paisaje, con el respeto que merecen.
Guadalajara no tiene sólo siete maravillas como el mundo, tiene más, muchas más. A pesar de todo, llegada la hora de colocar en su debido orden algunas de ellas, las que en este caso -en mi caso- son las más llamativas, valiosas e interesantes, ahí van siete de ellas. No sé si en el orden correcto por aquello de ser cuestión de gustos; lo que sin embargo es cierto, es que atendiendo a las particulares circunstancias a favor de cada una de ellas, pudieran muy bien ser éstas, y no otras “Las siete maravillas de la provincia de Guadalajara”. A saber:


El Palacio de los Duques del Infantado se encuentra en la capital de provincia. Su fachada principal y el llamado “Patio de los leones”, son una muestra magistral del arte plateresco español, y un ejemplo palpable del mejor hacer arquitectónico ornamental del largo siglo del Renacimiento. Es, sin duda, el monumento de la provincia más conocido dentro y fuera de España, y nuestro mejor embajador en los libros de Arte.

Su construcción se inició en el año 1480, por mandato del segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, si bien, casi un siglo más tarde, el quinto duque realizó en él ciertas reformas que añadían a lo ya existente muchos de los detalles que tendría después. Varios de los salones, sobre todo los artesonados de los mismos, fueron imposibles de recuperar después de los graves destrozos que sufrió en los bombardeos de 1936, si bien, todavía pueden admirarse en algunas de sus salas las magníficas pinturas murales de Rómulo Cincinato.
Trazó los planos del Palacio y dirigió las obras el arquitecto Juan Guas, autor del famoso monasterio toledano de San Juan de los Reyes y del castillo mendocino de Manzanares el Real.
Como hechos históricos más destacados que ocurrieron dentro de sus muros, conviene reseñar que fue celda y hospedaje en 1525 del rey Francisco I de Francia; marco de bodas reales, donde Felipe II contrajo matrimonio con su tercera esposa, Isabel de Valois. Testigo del abandono y de la muerte, en el verano de 1740, de una reina de España, la última de los Austrias, doña María Ana de Neuburg, viuda durante una gran parte de su vida del infortunado Carlos II. Así mismo se cuenta entre sus moradores al ilustre romántico francés Víctor Hugo, quien pasó en sus dependencias alguna temporada de su infancia acompañando a su padre, el general Hugo, que durante la guerra de la Independencia ejerció de gobernador militar de Guadalajara.


Ahí queda pues, con algo de su piedra enferma, la primera de nuestras maravillas, para quien la quiera observar; no cuesta nada. Las gentes de aquí, es verdad, apenas si la estimamos en su justo valor, de tanto conocida; pero sí que podemos observar cómo los que vienen de fuera se deshacen nen elogios con sola su presencia, la admiran y veneran.
(CONTINUARÁ)
(En las fotografías: Fachada del Palacio del Infantado, y un detalle del Patio de los Leones)

jueves, 28 de junio de 2012

EL ALTO REY, LA MONTAÑA SAGRADA


            Su verdadero nombre es el de Santo Alto Rey de la Majestad, y se trata de una importante masa montañosa situada entre los pueblos serranos de Bustares y de Aldeanueva de Atienza, cuya altitud alcanza en la cumbre los 1852 metros. Las gentes de aquella comarca celebran cada año en los primeros días del mes de septiembre una tradicio­nal romería a la ermita votiva de Santa María Reina de los Ángeles que se levanta sobre la cima, muy cerca de las  instalaciones militares de seguimiento y orientación para aviones dependiente del Minis­terio del Aire, fuera de uso y en completo abandono desde hace varios años. Las antenas del Alto Rey y los radares del Ejército son, no obstante, desde la ya lejana fecha de su instalación, una parte del paisaje general de aquellas sierras, mirador a la vez sobre una inmensa superficie de las dos Castillas.  

            La leyenda se volcó sobre la Montaña sagrada, y es muy conocida entre los serranos de todo su entorno aquella por la cual se asegura que, en tiempo muy difíciles de precisar, una madre tenía tres hijos que andaban a la gresca casi a diario. Los quiso separar para evitar mayores males, de manera que pudieran verse de continuo, pero que no se pudieran juntar nunca. Los tres quedaron convertidos en montañas, cuyas cumbres se alcanzan a ver en los días de nítida transparencia; son el Alto Rey, el Ocejón y el Moncayo. También era de fe entre los lugareños hasta hace poco tiempo, porque también las leyendas pasan al olvido, la creencia de que la ermita estaba durante la noche guar­dada por un gato, el cual se solía ocultar de día entre los escom­bros de unas ruinas cercanas, donde había una calavera cubier­ta con la piel de un hombre muerto.

            Parece más acorde con la verdad lo que se lee en viejas crónicas, por cuanto se afirma que en los meses cálidos del verano, solían subirse a la cima del Alto Rey los canónigos regulares de San Agustín que habitaban en los llanos del Bornova, por donde todavía se encuentra la ermita de Santa Coloma en las afueras de Albendiego.

viernes, 22 de junio de 2012

Un lugar y un nombre: PRÁDENA DE ATIENZA


Prádena de Atienza, ahora y aquí, metidos y bien metidos en el tercer milenio, sigue siendo para quien esto dice un pueblo entrañable, una reserva rural, un sitio diferente a los demás sitios contando, incluso, a los de su misma sierra. Todo debe de ser por haber llegado tarde a tomar asiento en el tren de la modernidad, como tiempo atrás lo hicieron sus pueblos vecinos, Villares y Gascueña, por ejemplo, situados como él en las faldas de la Montaña Sagrada, del Santo Alto Rey de la Majestad, padre y señor de todas aquellas sierras.
Hasta el año 1965 -solamente treinta y cinco años atrás- los vecinos de Prádena no tuvieron carretera, buena o mal, para salir de su pueblo. La que hay desde Gascueña la hicieron ellos mismos a prestación personal (setenta y dos horas de trabajo cada uno) hasta que pudo entrar en el pueblo el primer coche. Las buenas gentes del lugar, escondidas generación tras generación por aquellos barrancos, eran todos miembros de una misma familia, mezcladas las sangres y vueltas a mezclar en un cóctel, al parecer, con sólo tres ingredientes: los Cerradas, los Somolinos, y algún García. Varios de los habitantes del pueblo eran Cerrada en sus cuatro primeros apellidos.
Prádena de Atienza, amigo lector, con muy pequeñas modificaciones, sigue siendo un pueblo empinado, de paredes negras, de calles negras tiradas cerro abajo como huyendo de la verticalidad impuesta por el paisaje, de viejitas de negro sayal como aquellas que nos pintó Pereda, pero trasladadas un siglo después a esta nueva Tablanca que acorralan las cumbres pizarrosas del Mediodía, de la Ventana, de Peñalarga, del Pico del Gato, de la Peña de la Iglesia, del Cuento del Mojón...; y abajo las aguas vírgenes del arroyo Pelagallinas, perdidas a pies del robledal y de los cerezos antes de su maridaje con el Bornova en la cercana junta.


La Calle Real sube, casi desde el puente del barranco en la espesura, pueblo arriba. De tramo en tramo se ensancha un poquito la Calle Real y aparece una plazuela con una fuente. Tres plazuelas, tres fuentes. Una de ellas, la más alta de las tres, es para uso de los vecinos la plaza del pueblo, donde hay un poquito de bar y sale un camino muletero que empalma algo más adelante con la pista nueva que conduce a Cañamares. Sobre un lateral del primera plazuela se distingue la pequeña iglesia, con escaloncillo donde a veces se reúne la gente del barrio.
La fruta, las hortalizas, el producto del rebaño, y un poco la miel -una miel oscura y espesa, miel de estepa y de las florecillas que salen por los huertos-, es lo que el pueblo de Prádena tiene hoy para ofrecer al mundo. Antes vivieron de las vacas, de las cuatro cabras, y de la leña que llevaban en cargas para vender en Atienza.
Celebran como fiesta mayor la de San Antonio, ahora el primer domingo de agosto, y tienen por costumbre subastar flores (¿no es bonito?) después de la procesión, para cubrir en lo posible los gastos de la fiesta.
Conviene perderse alguna vez por este bellísimo lugar. Ahora es fácil. Todavía se llega a tiempo de comprobar en su propio escenario unas maneras de vivir que desaparecen, pero aún próximas a nosotros.