viernes, 5 de junio de 2015

GENTE DE PRIMERA: TOMÁS BARRA


Nuestro hombre es el octavo varón de una serie de generaciones consecutivas en una misma familia que han venido manteniendo el mismo nombre y el mismo apellido desde tiempo inmemorial: Tomás Barra. Este Tomás de nuestros días es un hombre joven, natural de Guadalajara como el resto de sus antecesores que, llegado el momento de casarse, decidió irse a vivir a Cabanillas en los años de expansión de nuestros pueblos del Corredor del Henares; y allí reside, a cuatro pasos de la capital, no más allá de una decena de años.
            Desde hace una temporada larga conozco a Tomás Barra y me he comunicado con él en muchas ocasiones por medio de las redes sociales. Debo confesar que desde el primer momento me llamó la atención su interés por el hecho cultural en su conjunto, y en particular por el arte en sus más diversas manifestaciones. Después descubrí que no sólo era un apasionado por la pintura, sino un magnífico ejecutante además, admirador de los viejos monumentos de la ciudad -muchos de ellos desaparecidos- a los que se ha propuesto devolver a los guadalajareños de hoy, dándoles forma y color en un renacer de sus habilidades que le vienen desde niño, pero que ha tenido adormiladas durante más de veinte años, hasta que un día optó a la casualidad por inscribirse en uno de los cursos de pintura del Palacio de la Cotilla, lo que le llevó a despertar de aquel prolongado letargo y ponerse manos a la obra.
            Mas no todo quedó ahí; pues consciente de que cualquier cosa contemplada con visión de artista puede contener, previo su correcto tratamiento, un algo bello dentro de sí, debió pensar -como hace más de cinco siglos lo hiciera el gran Miguel Ángel-, que dentro de un bloque de piedra había un “Moisés”, y que todo era cuestión de quitar lo que sobraba hasta sacarlo a la luz, por lo que intentó vivir la misma experiencia valiéndose de una pesada piedra de alabastro que un día encontró tirada en las afueras de Jadraque -tal vez en el sobrante de algún taller de artesanos-, y que se trajo a casa con toda ilusión poniéndose enseguida a laborar sobre ella, a quitar lo que sobraba, hasta que apareció la preciosa imagen de una Virgen en posición sedente, con el Niño sobre sus rodillas, cuya fotografía no hace mucho colgó en su página de Factbook causando una extraordinaria sensación, y que a mí me impresionó sobremanera, por lo que me propuse ponerme en contacto con él, visitar su estudio e informarme no sólo de la obra, sino también del artista, un joven con intereses y destrezas fuera de lo común, que merecía cuando menos ocupar un espacio en la prensa provincial; deseo que le propuse, que él acepto de mil amores, y que hoy se ve cumplido en esta página especial de “Nueva Alcarria” que tú, amigo lector, ahora tienes en tus manos. 

            Cabanillas del Campo, pueblo de agricultores por tradición, y ahora residencia de miles de trabajadores ocupados en los más diversos oficios, casi todos relacionados con la industria,  fue en su origen una especie de caserío o aldea dependiente de la capital a cuyo Común de Tierra perteneció durante mucho tiempo; conseguida su libertad por compra, el rey Felipe IV le otorgó el título de villa en el año 1628. Hoy es una de las ciudades emergentes del Valle del Henares, a cinco kilómetros de distancia de Guadalajara, con una población en torno a los doce o catorce mil habitantes.
            Hacía años que no había vuelto a Cabanillas, tantos como que en éste mi último viaje tuve que preguntar dónde estaba el ayuntamiento, en donde Tomás y yo habíamos acordado reunirnos. Pese a la impresionante transformación a la que se ha visto sometido el pueblo, conseguí llegar en un primer intento a la puerta del ayuntamiento, donde no encontré a Tomás ni a las oficinas de la corporación. Un señor me contó que el ayuntamiento estaba en otro lugar desde hacía varios años. Se trata de un nuevo edificio como fondo a una plaza impresionante en la que hay un templete cubierto para la música, similar al de nuestro parque de la Concordia, dos fuente monumentales con abundante correr de aguas, y un ancho espacio de recreo para niños y para gente mayor, que en estas tardes preludio del verano, suele contar con nutrida asistencia de unos y de otros.
             Era la hora convenida. Mi interlocutor me esperaba sentado en una sombra. Me vio, nos conocimos, nos saludamos, y enseguida me llevó a su casa, donde nos recogimos en una media hora de conversación que aproveché para conocer al artista, tomar algunas fotografías de las cosas que me parecieron interesar de la amplia buhardilla donde él trabaja, se inspira y trasnocha hasta altas horas de la noche o primeras de la madrugada, en completo silencio, sin que nada ni nadie le pueda ahuyentar el soplo de las musas que, como sabido es, son las hadas buenas que sirven la inspiración en bandejas de oro a los artistas, siempre con la soledad y el silencio como elementos indispensables, y allí los hay.

            - Sí, cuando tengo que hacer algo me subo aquí por las noches y las horas se me van sin darme cuenta.
            Fotografías sobre la pared, a manera de venerable retablo en el que aparecen retratados algunos de sus antepasados en varias generaciones; un caballete con la última pintura, ya acabada, que representa la antigua Puerta de Madrid que servía de paso al Alcázar.
            - Los dos monumentos que aparecen corresponden al convento de Los Remedios, a la izquierda, y el de la derecha es la torre del Peso de la Harina. Lo he tomado de un boceto a lápiz de Pérez Villamil.
            - Y ese teatro de guiñol ¿Lo has preparado tú?
            - Todavía lo tengo sin terminar. Lo estoy haciendo para que jueguen mis hijas.
            Las hijas de Tomás son Irene, de seis años, e Itziar, la pequeña, de sólo tres. La esposa de Tomás se llama Ana y es de Segovia. En aquel momento ninguna de ellas estaba en casa. Encuentro al joven padre muy volcado sobre su familia, otra más de las notas a su favor.
            - Como proyecto inmediato ¿Qué te ronda por la cabeza?
            - Así como más inmediato quiero acabar la serie de cuatro monumentos antiguos de Guadalajara, de los que éste de la Puerta de Madrid es sólo el primero.
            Los trabajos que tenía preparados para que los pudiera observar y fotografiar a mi gusto los había colocado sobre una mesa, junto a la ventana que daba a la calle. Eran tres de temática diferente: la imagen de la Virgen en alabastro a la que antes me referí; un Crucifijo, muy a su estilo, que él talló con motivo del fallecimiento de su padre; y con su imagen yacente sobre historiado túmulo todavía sin concluir, la figura de doña Mayor Guillén de Guzmán, señora de Alcocer y amante que fue del Rey Sabio. Figuras que he querido presentar al lector, tal como preferimos que estuvieran situadas, pero que bien hubiese merecido la pena recogerlas en visión personal de cada una; pues son todo un derroche de paciencia y de trabajo bien hecho.
            Y nada más. El tiempo y el espacio del que dispongo ha dado de sí todo lo que podía dar. Tomás Barra es un hombre joven, metido aún en esa segunda juventud de los treintañeros. Tiene mucho tiempo por delante, y de él esperamos que con tesón, espíritu de trabajo, y talento que no le falta, nos siga admirando aunque sea de tarde en tarde.  
                 (En "Nueva Alcarria" hoy,  5-6-2015)


lunes, 2 de marzo de 2015

D. JESÚS PLÁ EN PROCESO DE CANONIZACIÓN


         Fue una de las más gratificantes noticias con las que se abrió el nuevo año la diócesis de Sigüenza-Guadalajara y, por qué no, también de la provincia en su conjunto. Uno de nuestro últimos obispos, don Jesús Plá Gandía, quien rigió los destinos de la diócesis durante la década comprendida entre los años 1981 y 1991, había sido propuesto para ser santo de altar a instancia de la archidiócesis de Valencia -su tierra natal- y de la diócesis seguntina en cuya catedral descansan sus venerables restos. El proceso de canonización ha quedado abierto, lo que supone un motivo de gozo excepcional para millares de fieles, muchos, centenares de miles, de católicos valencianos y alcarreños. También “Nuevas Alcarria” se felicita como asiduo lector que fue durante los años que vivió entre nosotros, y aún después, hasta muy cercana la hora de su muerte, que desde la Ciudad del Turia nos seguía como cosa propia.


         Hace unos días, el canónigo archivero de la catedral, don Felipe Peces, me envió un libro que trata sobre la vida y la personalidad de don Jesús Pla; un librito de cuidada presentación, enriquecido con un conjunto importante de fotografías en color, escrito por el Abad Mitrado de la colegiata de Játiva, don Arturo Climent Bonafé. Desconocía esta publicación que celebro sinceramente; pues después de haber conocido a don Jesús, de haber tratado con él en distintos momentos y por diferentes causas, el testimonio escrito de su autor me ha ayudado poderosamente a considerarlo en su media justa, como es obligado considerar a un hombre de Dios, a un santo. “Don Jesús Plá Gandía, un regalo para la Iglesia” es el título del libro, donde se concentra el total íntegro de su contenido.
         De su paso como prelado de nuestra diócesis no me resisto a transcribir, cuando menos, un párrafo del libro, en el que tras su muerte es justo se vayan sacando a la luz detalles
de alta humanidad como éste, uno más de la exquisita calidad humana de nuestro recordado obispo, y que ahora no sólo nos complace conocer sino también sacarlos a la luz para que sean conocidos:
 «En una de estas visitas a la parroquia de un pueblo bastante grande de la diócesis –nos cuenta el autor- don Jesús discutió con el párroco, se enfadó por algunos asuntos que no le gustaron. La visita acabó mal. Volviendo al obispado, ya a mitad de camino hizo parar el coche, que en este caso conducía el secretario de la Visita -don Jesús conducía siempre su coche- y le mandó volver a ese pueblo. Llegó a la parroquia y dijo al párroco: “Independientemente que tengas tú razón o la tenga yo -se arrodilló a los pies del cura- te pido perdón por lo que te he dicho, yo no puedo volver a casa sabiendo que uno de mis sacerdotes está disgustado por mi culpa”. Esto me lo ha contado un canónigo de Sigüenza en mi estancia el pasado verano recogiendo información sobre los diez años de obispo en aquella diócesis.»

         Al margen de mi amistad con él -pues fueron varias las noches en las que me solía llamar por teléfono desde Valencia, comentando algún escrito mío o de nuestro periódico en general que le hubiese llamado la atención-, estamos, tanto yo como mi esposa, en permanente gratitud con él; pues fue don Jesús, aquel buen obispo, quien ordenó de diacono a nuestro hijo Fernando (momento que recoge la fotografía), y de ahí que cuente entre nosotros como algo muy cercano a la familia, lo cuál nos hace compartir con un especial deleite la noticia de haberse abierto en la Iglesia el proceso de su canonización. Confiamos en que, más pronto que tarde, podamos ver consumado todo el proceso.

domingo, 1 de febrero de 2015

TRAS LA ROMA IMPERIAL DE PIEDRA EN PIEDRA

      

      Son piedras nada más, algunas monedas, un puñado de textos escritos por sus filósofos y literatos de dos mil años atrás, es lo que ha llegado hasta nosotros del más importante imperio de la antigüedad en Occidente, y del cual nuestro país fue provincia destacada. Es de Roma y de su imperio a quien nos referimos aquí.
            Deseo que mi trabajo de hoy sea a manera de invitación a nuestros lectores para que visiten cualquiera de las tres ciudades romanas que una provincia vecina, la de Cuenca, guarda como preciosas reliquias incrustadas en su piel, naturalmente que en estado de ruina, o de hallazgo por mejor decir. Segóbriga, Valeria y Ercávica, son cada una de ellas. Todas, sin distinciones ni preferencias, merecen especial tratamiento por lo que son, y sobre todo por lo que fueron. Cualquiera de las tres posee mérito bastante para ser contada y descrita en cientos de páginas como ésta; pero no se trata de un estudio profundo sobre esas ciudades lo que estoy dispuesto a ofrecer al lector –tampoco contaría con datos suficientes para hacerlo-, ni siquiera somero; sólo se pretende llevar al conocimiento de quien leyere una visión ligera y muy escueta acerca de la huella que la Roma dominadora dejó muy cerca de nosotros, a manera de detonante o motivo remoto que les ponga en condiciones de pasarse por aquellos históricos lugares cuando los días duren más y el tiempo lo haga posible. Todavía falta mucho para que esas condiciones se cumplan, pero no está nada mal el ir hilvanando proyectos pensando en la primavera cada vez más cercana.
            No sé a cuál de las tres debiera aconsejar la visita primeramente; quizás a Segóbriga por considerar que es la que ofrece de cara al visitante  una mayor cantidad de motivos de interés. No es nada difícil llegar a Segóbriga. Se encuentra a poco más de un kilómetro de distancia de la antigua Nacional III, ahora Autovía de Levante, junto al pueblo de Saelices. Desde Tarancón queda a cuatro pasos.

            Un anfiteatro, un circo y unas termas, pueden verse ya al descubierto en aquella histórica ciudad perdida en los más escondidos rincones de la Historia, y a la que Plinio llamó Caput Celtiberiae (Cabeza de la Celtiberia). Monumentos perfectamente reconocibles, cuyas piedras todo hace pensar que salieron de unas canteras próximas que hay al otro lado del río Gigüela, proveedoras a la vez de los materiales que fueron necesarios para la construcción de un templo dedicado a la diosa Diana, personaje mitológico en unas tierras donde la caza siempre debió de contar como apoyo de gran importancia para la supervivencia. Por la ciudad de Segóbriga pasó la calzada romana que iba desde Complutum (Alcalá de Henares) a Cartagonova (Caretagena), y allí, junto a sus ruinas, oculto por tierra de muchos siglos, apareció el único ejemplar de Dea Roma (la diosa Roma) encontrado en España, y que ahora puede verse en el Museo Arqueológico de Cuenca. Una lección y un recuerdo: Segóbriga, para ser vista y estudiada; también, como en todas las demás, para ser descubierta hasta la última piedra, hasta que el postrero poso de su contenido en piezas de arte o en utensilios procedentes de la Hispania romana salgan a la luz. No debemos olvidar que en esas viejas piezas de museo se esconde en una gran parte el origen de nuestra civilización.
            Desde la ciudad de Cuenca, pasando por las villas de Arcas y Tórtola, o desde la propia Segóbriga si es que se desea aprovechar el mismo viaje para las dos visitas, pasando por Cervera del Llano, Olivares y Valverde de Júcar, se llega en menos de una hora a las ruinas de Valeria, otra de nuestras importantes ciudades romanas, situada en un altozano por encima de la hoz del río llamado Gritos. La abundancia de agua y el carácter autóctono de sus habitantes, resistentes a la romanización, son con las piedras y los enseres descubiertos en las excavaciones, lo que hoy se conoce como la Gran Valeria, donde, igual que en las otras dos ciudades romanas a las que en este trabajo nos referimos, sería sede episcopal en los primeros siglos del Cristianismo. En lo que queda del foro se han encontrado importantes restos del Ninfeo, es decir, de una fuente grandiosa adornada en su tiempo con todo lujo. Un acueducto surtía los aljibes de extraordinaria capacidad ahora a la vista. Varias de sus casas, algunas de ellas con los cimientos pegados a la vertical que se asoma a la hoz del Gritos, debieron de estar medio suspendidas entre la roca y el abismo, lo que nos lleva a pensar que Valeria pudo ser una ciudad estéticamente hermosa.
            Y Ercávica para concluir. La ciudad de Ercávica se encontró por fin en tierras de la Alcarria, no lejos de la actual villa de Alcocer, pero enclavada en el término municipal del pueblecito conquense de Cañaveruelas, paraje próximo a los últimos remansos (cuando tiene agua) del embalse de Buendía.

            A medida que se avanza en la presentación de este trabajo, uno se da cuenta de que casi todo lo referente a estas ciudades romanas quedará sin decir por falta de espacio. En Ercávica uno puede encontrarse con baños y termas como en las anteriores, situados al sur de la ciudad; con la llamada por sus descubridores “casa del médico”, debido a que su último dueño, cirujano seguramente, disponía de una interesante bolsa de material clínico que veinte siglos después ha vuelto a salir a la luz. Todo lo que se sabe con respecto a esta importante ciudad del Imperio, hace pensar que fue Valerius Flacuus, pretor de la provincia Citerior de Hispania, el fundador de la ciudad de Ercávica adscrita al Conventus Caesaraugustanus, en tanto que las de Segóbriga y Valeria pertenecieron al Carthaginense. De entre los restos aparecidos en las excavaciones de esta histórica ciudad, se debe contar con un busto mediocre de Cesar; otro de Agripina, la madre de Nerón y mujer de Claudio; y, sobre todo, con un tercero, el más perfecto en su ejecución y el más bello de todos, cuya antigüedad se cifra en el siglo I y representa a Lucio Cesar niño, sobrino de Octavio Augusto, ahora expuesto al público en el Museo de Cuenca, como verdadera estrella de aquella importante exposición.

            Y aquí ponemos el punto final. Conocer estas ciudades romanas en estado de ruina, tan interesantes y tan próximas a nosotros, es una manera útil y muy instructiva de emplear el tiempo libre de cualquier fin de semana. La idea queda puesta sobre el papel, ahora es el lector quien debe madurarla y decidirse a ponerla en práctica cuando llegue el momento. 

(En las fotografías y por éste orden aparecen detalles de las ciudades de Segóbriga, Valeria y Ercávica) 

lunes, 26 de enero de 2015

UN INTERESANTE HALLAZGO EDITORIAL


            Durante los últimos días me ha sorprendido gratamente la aparición de un libro interesantísimo titulado SANTUARIOS DEL OBISPADO DE CUENCA, escrito en el siglo XVII por el sacerdote Baltasar Porreño, y publicado en Madrid en 1630. Para tantos de nosotros un libro y un autor desconocido, que nació en Cuenca probablemente en el año 1569, miembro de una destacada familia de aquella ciudad, entre los que nos encontramos con los famosos arquitectos renacentistas Francisco de Mora y Juan Gómez de Mora, autores de monumentos tan importantes como el Palacio de los Duques de Lerma, la Plaza Mayor de Madrid o el trazado del Panteón de Reyes de El Escorial, entre otros muchos. En “El laurel de Apolo”, Lope de Vega recuerda a nuestro autor con esto versos:

            Gloria de Cuenca, Baltasar Porreño,
            en el verso latino y castellano
            de tanta erudición se muestra lleno,
            cuanta puede alcanzar límite humano,
            Tulio Español, Demóstenes cristiano.

            En relación con la provincia de Guadalajara, debo decir que Bartolomé Porreño fue en su día cura de Sacedón y de Córcoles. No olvidemos que hasta el año 1955 un número importante de parroquias de la provincia de Guadalajara pertenecían al Obispado de Cuenca.

            SANTUARIOS DEL OBISPADO DE CUENCA, publicado en formato electrónico (DVD) por Ediciones Aache de Guadalajara, contiene íntegra dicha obra, con la introducción, estudio detallado y notas, de Pilar Huarte Pascual, quien además es la editora de la obra. Pilar Hualde es oriunda de la villa alcarreña de Salmerón, autora de varios trabajos sobre aquella comarca, y profesora titular de Lengua Griega de la Universidad Autónoma de Madrid. Una obra estupenda y de un importante valor histórico y documental, con interés especial para los lectores que gustan conocer en profundidad detalles de la vida religiosa de aquel señalado tiempo al que por algo se le ha dado en llamar el Siglo de Oro, precisamente en el que vivió el autor. Por acoger en su contenido santuarios de tres provincias: Cuenca, Guadalajara y Valencia, sobre las que se extendió durante varios siglos la diócesis conquense, considero de gran interés para los lectores de estas tierras el contenido informativo de este trabajo que nos presenta la profesora Huarte Pascual. 
            El título completo del libro es “Santuarios del Obispado de Cuenca y personas ilustres en santidad que en él ha habido”. Por cuanto a su extensión ocupa más de cuatrocientas páginas, en las que se recoge el estudio histórico y particularidades de los santuarios coquenses de Garaballa, “Nuestra Señora de Tejeda”, donde cada año se suelen dar cita centenares de romeros de toda la provincia cuando llega su fiesta; “de Valdeolivas, “Nuestra Señora del Socorro”; de Garcinarro, “Nuestra Señora del Sagrario”; de San Pedro Palmiches, “Nuestra Señora de los Llanos”; de Carboneras de Guadazaón, “La Santa Cruz”; de Cuenca “Nuestra Señora de los Remedios”; el santuario guadalajareño de “Nuestra Señora del Puerto”, de Salmerón; y el santuario de “Nuestra Señora del Soterraño” de la ciudad valenciana de Requena. Todo ello además de la parte final del libro que está dedicada a las personas ilustres en santidad que hasta entonces había dado la diócesis.


            La edición del libro de Bartolomé Porreño se debe a que en su momento la titular de la edición se encontró con un ejemplar del mismo, tal vez de aquella primera edición de 1630, como uno más de los muchos que deben dormir el sueño de los justos en las bibliotecas de las universidades, en este caso de la Universidad de Salamanca. Sin duda se trata de un verdadero tesoro al alcance de todo el mundo, pues al habla con la casa editorial se me dice que su precio al público es de 9,90 euros. De momento, que yo sepa, se puede adquirir en Aache Ediciones, Tfno. 949 220 438; espero que alguna de las buenas librerías de la ciudad de Cuenca -la de cualquiera de mis amigos de la familia Evangelio, por ejemplo- les pueda interesar su distribución y venta, aunque reconozco es un asunto en el que no me debo meter. Es sólo una idea. Os lo recomiendo.  


(La fotografía de cabecera pertenece al Santuario de Nuestra Señora de Tejeda, en Garaballa, y las otras dos a la editora del libro y a la carátula del mismo)

lunes, 29 de diciembre de 2014

UNA VILLA CASTELLANO-MANCHEGA: Chinchilla de Montearagón


            "Chinchilla es un pueblo ruin, como todos los manchegos, agobiado como por una honda pena, gris y macilento como todos los poblados donde la gente no asoma los hocicos al tiempo, y en ella no estuve sino el tiempo justo que necesité para tomar el tren que me había de devolver al pueblo, a mi casa, a mi familia" (C.J.C. "La familia de Pascual Duarte")

            La opinión de Pascual Duarte sobre Chinchilla, y en general sobre los pueblos manchegos, no es otra que la de un preso recién salido de la cárcel en la que acaba de pasar tres años, sin que tuviera los ojos ni el corazón como para ternezas y mucho menos como para deleites paisajísticos. Por supuesto que el párrafo es fruto de la imaginación de un joven gallego hasta entonces desconocido, Camilo José Cela, quien puso su primera pica en Flandes con la publica­ción de aquella novela, revolucio­nando en plena posguerra el arte de la narrativa que no es un mérito menor, pero que nada tiene que ver con la realidad de las cosas puestas sobre el terreno, y menos aún con lo que en la novela se dice acerca de Chinchilla, considerado hoy como uno de los pueblos más bellos de España.
            Si nos ponemos a considerar la enorme diferencia que existe entre los pueblos más meridionales de nuestra región y los de las sierras del norte en la provincia de Guadalajara, nos daremos cuenta de que Castilla-La Mancha es una tierra de contrastes, quizás la más variada por cuanto a tipos y paisajes de todas las comunidades autónomas de nuestro país.
            Es verdad que mi estancia en Chinchilla de Montearagón fue breve, unas cuantas horas tan sólo de una tarde plácida de otoño. Digamos que una escapadilla a los confines casi de la región por las comarcas más alejadas de las nuestras.
            Chinchilla es un pueblo antiguo. De las diversas opiniones acerca de su origen, me quedo con la más romántica e increíble de todas, con aquella que asegura que fue fundada por Hércules en el siglo séptimo antes de Cristo. Sus nombres: Cincilia, Teichea, Saltigis y Sintila, entre algunos más que se le atribuyeron en el pasado, sólo nos dan idea de una antigüedad que se advierte enseguida, cuando uno se pone en contacto con el núcleo urbano, incluso antes de haber entrado en él.
            Las construcciones añosas, la inclinación de sus calles, la estampa férrea del castillo colocado en el extremo poniente de la colina sobre la que asienta el pueblo, todo nos habla -en el más libre y el más espontáneo de los lenguajes, que es el de la imaginación- de una ciudad medieval adaptada a las modernas maneras de vivir, pero sobre la que flota el espíritu de pasados siglos en su eterna condición de pueblo vigía, cima de roca y tierra sobre el altiplano desde el que Chinchilla domina, como desde los viejos faros de los puertos se domina el mar, el espectáculo indescriptible de la gran llanura manchega. Monteara­gón, Monte Arrago, que en el hablar de los griegos que anduvieron por allí, no significaba otra cosa que monte de esparto, en referen­cia a la planta textil que tanto abunda en las laderas del Castillo y en los baldíos de toda la comarca.

            El castillo de Chinchilla se nos antoja desangelado en la distancia; le falta la torre del homenaje que desapareció en uno de los momentos aciagos de la Historia. En la torre, que ya no está, del castillo, dicen que pasó una larga temporada en calidad de preso el célebre cardenal, luego clérigo y guerrero, Cesar Borgia, acusado culpable de la muerte del duque de Gandía.
            Pueblo y mirador, atalaya sobre el horizonte infinito, que con acierto supremo describe la seguidilla que todavía cantan las gentes del lugar, y bailan en los aconteceres festivos los grupos folclóricos de aquel rincón sin par de las tierras manchegas:

                           Desde el alto Chinchilla
                          se ve La Roda,
                          se ve La Roda,
                          Albacete y Almansa,
                          la Mancha toda.

            Pero démonos una vuelta (ligera y a nuestro modo, como cuando advertimos momentos antes que la noche se nos echa encima) por las calles más céntricas y más antiguas de la vieja Cincilia. En la Plaza Mayor está el Ayuntamiento, que se timbra con un elegante medallón de piedra en altorrelieve desde el que se asoma en efigie Carlos III bajo una corona real. Junto al Ayuntamiento, obra del siglo XVI, bello por cuanto a fachada y rico por su interior en salas capitulares, queda la iglesia de Santa María del Salvador, trabajo modélico del siglo XV que, dicho sea como fue, se construyó sobre otro templo cristiano de finales del siglo XIII. La mandó levantar el marqués de Villena, don Juan Pacheco, señor de una porción inmensa de tierras y villas manchegas en tiempos de Enrique IV. En la iglesia se advierte variedad de estilos: portada gótica, cabecera renacentista, e interior barroco. Dentro de la iglesia, además de la bellísima reja de la capilla mayor, debemos referirnos a la imagen en alabastro de la Virgen de las Nieves, del siglo XV, que el pueblo de Chinchilla venera como Patrona.
            En la calle que dicen Obra Pía hay un palacio del que se deben destacar los escudos de armas que sostienen sus muros y la formidable rejería de los balcones. No lejos, como residuo musulmán de tiempos de reconquista, existen unos baños árabes a los que no pude entrar por falta de tiempo. Calle de Diablos y Tiradores, del Hondón, Baja Despacio y calle del Infierno, son algunos de los nombres que anoté en mi cartera al andar por el casco viejo de Chinchilla.

            De compras y recuerdos, el pueblo es un verdadero zoco en donde adquirir todo lo que se desee. Las piezas de cerámica y las alfombras urdidas al modo musulmán, deben de ser las estrellas del artesanado local. Allí se ven cuerveras expuestas a la admiración y a la venta, morteros para la salsa y el atascabu­rras, jarrones de ordeño, jarras comunes en diferentes modelos para servir en fondas y mesones el rico vino manchego, y no sé cuántos tipos de objetos más, todos ellos al gusto de nuestros antepasados, al hilo de la tradición, evocadores de usos y de costumbres ya idos.
            Y queda para final del relato la visión fantástica de las casas-cueva que hay en el barrio del Hondón, cuando se sale de Chinchilla con el sol puesto. Es la sorpresa final que ofrece al visitante la ciudad antigua, y que aunque sólo sea por ello, bien vale la pena darse una vuelta por allí en el tiempo y en la hora oportunos. El otoño es para mi gusto el momento recomen­dable, aunque quienes no conocen Chinchilla suelen pasearse por él en temporada turística, es decir, en pleno verano, cuando el misterio que siempre esconden las ciudades de corte medieval, se aminora de un modo sensible. Las casas-cuevas, minadas en la roca, fueron en otro tiempo habitáculo de mendigos y de familias pobres. Alguien tuvo la idea feliz de pintar de cal las fachadas y las chimeneas de las cuevas, lo que dio como resultado en su conjunto un espec­táculo increíble, cuya imagen, remarcada por la luz tenue de las farolas que iluminan los toscos muros de enjalbegue cuando la penumbra apenas permite distin­guir las almenas del castillo, la visión se torna confusa entre lo real, lo fantástico, y el complicado mundo de los sueños. Hoy son artistas y poetas los que las habitan.

            El campo de la Mancha se pierde en la oscuridad poco más tarde. La ciudad de Albacete deslumbra al viajero con reflejos diamantinos cuando, cerrada la noche, la pasa de largo por una de sus orillas. Aún queda mucha Mancha y mucha noche para caminar. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

A VUELTAS CON CERVANTES




            Que uno se sienta entusiasta del autor de “El Quijote” es una razón de justicia fácilmente comprensible. Nadie hasta el momento, ni antes ni después, ha dado tanta categoría nuestro idioma como él le dio, y muy pocos han viajado por los caminos de la literatura con la profundidad y con el señorío que él lo hizo. Cervantes, amigo lector, es uno de esos personajes que aparecen de forma casual en las páginas del tiempo, en un lugar determinado y en unas circunstancias muy especiales, y que después vuelven a desaparecer dejando a sus semejantes una huella contra la que no puede el pasar de los siglos, a no ser para reavivar su esplendor, para poner más de manifiesto en el juego de las generaciones su condición de divo.
            Muy poco, pero es posible que algo sí, toque para la azarosa biografía de Cervantes como escenario estas tierras de Guadalajara. Consta que las conoció medianamente bien, que fue amigo personal de uno de los ilustres de su siglo, el poeta Luis Gálvez de Montalvo, cuya obra ensalza en “El Quijote”; que sirvió en Lepanto a las órdenes de un capitán de Guadalajara, don Diego de Urbina, en la galera Marquesa, y que muy probablemente anduvo por aquí siendo niño debido al oficio de su padre don Rodrigo de Cervantes, el zurujano (entre médico y curandero) quien recorrió varias ciudades de España, entre ellas Guadalajara, ejerciendo su quehacer oficial, como así consta en todas sus biografías.
            Pues bien, poco a poco, y sin base alguna de apoyatura dotada de rigor, de hace tiempo a hoy viene cundiendo la idea de que don Miguel de Cervantes, el alcalaíno autor de la más celebrada pieza de nuestra Literatura Castellana, no fue natural de la vecina ciudad del Henares, ni hijo del zurujano don Rodrigo de Cervantes ni nada que se le parezca, en contraposición de lo bien documentado de tantos testimonios de su tiempo, tales como el de su propia partida de bautismo, a la que más adelante nos tendremos que referir, o al acta de su liberación como cautivo de Argel, a la que pertenece la siguiente transcripción: «El 19 de Septiembre de 1580 se rescató a Miguel de Cervantes, natural de Alcalá, de edad de 31 años, hijo de don Rodrigo Cervantes  y de doña Leonor de Cortinas, vecino e la villa de Madrid, mediano de cuerpo, bien barbado, estropeado del brazo y mano izquierda.» Creo que existen varios documentos más en los que apoyarse, y que, dada la evidencia de su origen, ni siquiera vale la pena hurgar en, pues antes muchos otros lo hicieron para llegar a la definida y única verdad acerca de su origen.

            No obstante, la pequeña bola de nieve sigue rodando. Al principio fue sólo un decir, a la vista de una partida de bautismo correspondiente a otro Miguel de Cervantes, hijo de Blas Cervantes Sabedra y de Catalina López, encontrada en la iglesia de Santa María la Mayor de Alcazar de San Juan. Luego -aunque no tomase parte en el pleito dialéctico con opinión personal alguna-, Azorín dejo en boca de los miguelistas de El Toboso, frases como ésta: «¡Pero no será lo que dicen los Académicos, señor Azorín! ¡No lo será! Miguel era de Alcazar, aunque diga lo contrario todo el mundo. Blas también era de allí y el abuelo era de El Toboso.» Expresión rotunda y terminante, pero vacía en absoluto de razón y de argumento sobre el que apoyarse. Son ahora los autores de algunos libros de texto los que omiten el lugar de nacimiento de Cervantes, temerosos, creo yo, de que en tierras de la Mancha se puedan tomar represalias y lo acuse la venta de su producto, al tomar partido en una controversia carente de toda razón de ser, lo que va en perjuicio de la correcta formación de los estudiantes. La Mancha toda, a la que por vocación y por naturaleza me siento vinculado, debe mostrarse satisfecha más que nada con la obra del autor, y por su repercusión universal en favor de aquella tierra incomparable, como aquí lo procuramos, salvando las distancias, con la obra viajera de C.J.Cela; pero de ahí, a regatear algo tan sagrado como la naturaleza de Cervantes, hay una distancia, un trecho que cuando sobre él se hurga, se comete un acto de desconsideración, de ingratitud con la persona hacia la que todos los que hablamos su idioma, todavía más las gentes de la Mancha, deberíamos sentirnos en deuda.
            Tengo sobre la mesa de mi escritorio la fotografía de ambas partidas de bautismo: la de Alcalá (Parroquia de santa María), y la de Alcazar de San Juan, documento que me ha sido de utilidad máxima para disipar cualquier duda en lo que pudiera referirse al lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes.
            En la partida alcalaína de la iglesia de Santa María, dice lo siguiente: «Domingo nueve días del mes de octubre año del Señor de 1547, año que fue bautizado Miguel, hijo de Rodrigo de Cervantes y su mujer doña Leonor, fueron sus padrinos Juan Pardo, bautizole el reverendo señor bachiller Serrano, cura de Nuestra Señora siendo Baltasar Vázquez sacristán y yo que le bauticé y firmé de mi nombre el bachiller Serrano.» Aseguran algunos de sus biógrafos que el suyo fue un bautizo sin fiesta ni derroche, un bautismo de niño pobre.
            La partida de Alcazar de San Juan, se conserva en el archivo parroquial de la iglesia de Santa María la Mayor en aquella ciudad manchega. Dice, con letra algo más clara que la anterior, lo siguiente: «En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos cincuenta y ocho, bautizó el licenciado señor Alonso Díaz Pajares un hijo de blas Cervantes Sabedra y de Catalina López, que le puso nombre Miguel. Fue su padrino de pila Sánchez de Ortega acompañando Julián de Quirós y Francisco Almendros y las mujeres de dichos.» Al margen del acta lleva una anotación, manuscrita con otro tipo de letra, en la que se lee: «Este fue el autor de la Historia de Dn. Quixote.» Un añadido tal vez de otra época, escrito por mano diferente.

            Teniendo delante de los ojos las fotografías correspondientes a las dos actas de bautismo, enseguida se llega  al conclusión de que el Miguel de Cervantes nacido en Alcalá de Henares y el de su homónimo de la ciudad manchega son personas diferentes, y que el autor de “El Quijote” es el primero de ellos, el que la ciudad de Alcalá Viene honrando desde hace más de cuatro siglos como su hijo preclaro; y el Miguel de Cervantes de Alcazar de San Juan no pasa de ser una pura coincidencia, como posiblemente habrían podido aparecer varios más con el mismo nombre y apellido en otros lugares de España. Si comprobamos las fechas de nacimiento de ambos, el Cervantes de Alcalá contaba con 24 años recién cumplidos en 1571, fecha de la batalla de Lepanto, en la que participó y perdió uno de sus brazos. El de Alcazar de San Juan, según su propia acta de bautismo que tantos manchegos dan por buena, tenía 13 todavía sin cumplir en tan memorable fecha para la Historia; edad impropia como para tomar parte como soldado en los ejércitos de Felipe II, rey de las Españas.

            Como ampliación a ese cúmulo de datos relacionados con el nacimiento de Cervantes, baste decir que la casa de la calle de Imagen número 2, en la que vino al mundo el 29 de abril de 1527, según el calendario antiguo, fue localizada en el año 1941 por el reconocido cervantista conquense don Luis Astrana Marín, y destruida después por orden de la Diputación Provincial de Madrid. En el mismo solar se ha edificado otra que pretende guardar el mismo estilo. De la vivienda original sólo se conserva el pozo.  
(En las fotografías: Fachada de la Casa de Cervantes en Alcalá de Henares; litografía de Miguel de Cervantes; Monumento al "Quijote" en Alcazar de San Juan.    

viernes, 7 de noviembre de 2014

RECORDANDO AL PINTOR RAFAEL PEDRÓS


De los artistas vivos -refiriéndome al arte de la Pintura, naturalmente-, y casi, casi, de los pintores de todos los tiempos, me atrevería a decir que el madrileño Rafael Pedrós, es el que cuenta con el mayor número de cuados repartidos por toda la provincia de Guadalajara. Los nuevos retablos de casi el cien por cien de las iglesias, que durante las últimas décadas han renovado o restaurado sus antiguos monumentos en madera y óleo, que preside los impresionantes presbiterios de tantas de ellas, son obra de Pedrós; aparte, claro está de los muchos más que existen en otras provincias de España, y aun del extranjero. Sin contar con sus pinturas de ambiente no religioso. De esto hablamos hoy.  

Momentos antes de ponerme a este trabajo, dedicado a él y a su obra un poco de manera sucinta, hemos mantenido una amigable conversación telefónica. Hacía tiempo que no lo veía, ni tenía noticias suyas desde las pasadas fiestas de Navidad que, como en él es costumbre, casi todos los años se me adelanta con la acostumbrada e ilustrada felicitación. La última vez que estuvo en casa lo encontré un poco desmejorado, aunque suponía que con los atentos cuidados de Pilar, su esposa, haya podido hacer frente  a los achaques que la edad -Rafael ya ha pasado el umbral de los ochenta-nos viene a recordar que no somos eternos, aunque él sí que lo será en el perpetuo legado de su obra. Lo he encontrado bien, por cuanto a su voz, por cuanto a la vista es otra cosa, según me ha dicho, hasta el punto de no poder conducir el coche, lo que le priva de venir al pueblo, como en ellos era costumbre, muchos de los fines de semana. Buena parte del verano lo han pasado en el pueblo, eso sí, con su hija Marina como conductora y compañera de viaje.
            Rafael Pedrós es pintor, un excelente pintor nacido en Madrid, quien desde la década de los años setenta se afincó en el pueblo alcarreño de Yálamos de Abajo, ribera del río San Andrés, donde a temporadas comparte estancia con la Capital de España. Por su carácter, y porque se siente feliz entre nosotros, a Rafael Pedrós podemos considerarlo como un producto de nuestra tierra, en la que, por otra parte, ya ha dejado para la posteridad una buena muestra de su obra distribuida en diferentes iglesias, ermitas y oratorios, repartidos por toda la provincia, además de en colecciones particulares como se puede ver en algunas de las fotografías que dan categoría y prestigio a este trabajo.
            Datos acerca de su personalidad y de su obra los encontramos en diversos medios, tanto escritos como gráficos, además de la Red, de la que digamos no es demasiado entusiasta, pero que está llena de referencias a su persona, como corresponde a uno de los artistas más distinguidos del último medio siglo. Pedrós figura en muchas publicaciones sobre  arte y sobre artistas de nuestro tiempo, en los Diccionarios de Madrid y de Guadalajara, con referencias y comentarios al hombre y al artista, en tanto que su obra, variadísima por cuanto a temática se refiere, ha encontrado digno acomodo en museos y en colecciones no sólo de España, sino de otros muchos países del mundo, dígase en Francia, Méjico, Japón, Siria o Estados Unidos, entre otros más, a los que llegó en diferentes momentos y por distintas causas  el regalo de su arte.
            No conozco toda su obra; pues los creadores tan fecundos como él lo ha sido,  llevan consigo ese inconveniente a la hora de juzgar con total precisión el valor de su trabajo. No obstante, me atrevería a decir que mucho de lo mejor que ha hecho, de lo más inspirado y de lo más ortodoxo que salió de su paleta por cuanto a técnica y perfección, se encuentra en nuestro país, y de un modo muy particular en Guadalajara y su provincia, de lo que podría servirnos como muestra admirable su famoso “Cristo de la Miel”, en el que se recoge no sólo la escena del Gólgota según los Evangelios, sino por añadidura un algo de la Historia Provincial, con varios de los personajes más importantes que ha dado esta tierra a través de los siglos, representando a aquellos del primer Viernes Santo en Jerusalén, con del campo de Guadalajara como fondo, en una recreación oportuna donde figuran los más destacados detalles paisajísticos que le dan carácter.

            Una inspirada alegoría a la familia de los Mendoza cuenta así mismo entre sus mejores trabajos, tema de carácter histórico-social tan ligado a nuestro pasado, con referencia a la más importante de las familias que pasaron por aquí a lo largo de todos los tiempos, que tendrá su culmen en la recientemente aparecida “Baraja Mendocina”, todo un alarde que en música se podría llamar divertimento, y en pintura sencillamente genialidad, exclusiva de los grandes maestros; y Rafael Pedrós es uno de ellos.
            Durante sus estancias en Yélamos nuestro pintor se dedicó a disfrutar de la vida como él sabe hacerlo: pintando, gozando de la naturaleza, tocando el armonium que guarda en la quietud de su estudio, donde si no recuerdo mal, aparecen toda clase de piezas recogidas y clocadas convenientemente por él a modo de museo. Allí podemos ver varios instrumentos de cuerda, estatuillas de diferentes tamaños y estilos, libros antiguos, pequeños arcones, cuadros de su propia producción e infinidad de objetos, a la vista de los cuales nos resulta fácil adivinar no sólo su exquisita personalidad, sino también los caminos por los que le ha gustado transitar a lo largo de su vida.


            Dentro de la diversidad de motivos que integran la extensa obra de Pedrós, destacan en número los de carácter religioso, sobre todo tomando parte de la estructura final de importantes retablos de iglesias repartidas por pueblos y ciudades de España, entre los que es justo destacar como modelo por su grandiosidad el de la iglesia de Santa María Magdalena de Mondéjar, construido sobre madera policromada en los talleres Artemartínez de Horche, donde aparecen catorce lienzos de nuestro pintor sobre escenas de la Vida, Muerte y Pasión de Cristo, admirable monumento que por sí mismo vale la pena ser conocido. Lo demás de la obra de Pedrós se reparte entre los diferentes géneros relacionados con el Bello Arte: paisajes, bodegones, estampas urbanas, alegorías, retratos, de los que sirvo como muestra algunos ejemplos.
            Una vida dedicada a la pintura casi al cien por cien. Me ha hablado de hasta mil retratos, o tal vez más, de personalidades que ha pintado a lo largo de su vida, y no menos de setenta retablos para iglesias. De su biografía podemos sacar ciertos datos de juventud en los que se habla de su formación en la Escuela Superior de Artes y Oficios de Madrid, del Casón del Buen Retiro, de los museos de Arte Moderno y del Prado, donde pintó y se formó durante diez años como copista, de la italiana Escuela de Siena, en donde se versó en la pintura del Renacimiento, y en fin, lo que unido a su vocación y amor al trabajo, hacen de él un personaje de los que ha de quedar para la posteridad firme memoria. Más en esta Guadalajara en la que él siente como suya y Guadalajara -no dada a mostrarse excesivamente abierta en reconocimientos- también se honra con él.