viernes, 20 de febrero de 2009

LA BATALLA DE GUADALAJARA ( I )




Durante los meses de febrero y marzo de 1983, publiqué en el diario “Nueva Alcarria” un estudio, creo que interesante, acerca de la Batalla de Guadalajara; aquel acontecimiento de la Guerra Civil que costó tantas vidas, que retrasó el final de la guerra, y que el tiempo se está encargando de mandar al campo del olvido.
En la presente, y en otras páginas sucesivas, vuelvo a entregar todo lo que allí escribí, con el fin de informar a los lectores del blog sobre aquellos días terribles, y de influir, si es que fuera posible, para que acontecimientos como aquellos no vuelvan a repetirse.
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Hace tiempo que me pregunto por qué no me informaba a fondo y le clavaba el diente, de una vez por todas, a un asunto que tuvo tanta repercusión mundial, y del que fue el campo de Guadalajara con algunas de sus villas y lugares el escenario en donde los hechos de aquella semana terrible se produjeron. Hechos que quedaron registrados en la Historia Militar del Mundo, y que ahí están, dando el nombre de esta provincia a una batalla, singular por las circunstancias que en ella concurrieron, y que trajo como consecuencia principal que la Guerra de España se prolongase por dos años más, con todo el bagaje de muertes injustas e injustificadas, de odio y de desolación, que una guerra de aquel calibre llevaría consigo.
Van a cumplirse sesenta y seis años de aquellos horribles sucesos que el mundo conoce como la Batalla de Guadalajara. No sé si es mucho o es poco el tiempo transcurrido desde entonces como para que las heridas de la guerra hayan cicatrizado lo suficiente después de dos o de tres generaciones, y que todo lo que entonces sucedió se haya asentado en las páginas de la Historia como una pincelada más del doloroso lienzo que comenzó a pintarse en el Paraíso Terrenal y que sigue sin concluir desde que el mundo es mundo, cada vez de manera más sofisticada, más universal y más cruel.
He leído mucho durante los dos últimos meses acerca de aquella sangrienta batalla. He procurado informarme lo mejor que me ha sido posible. He bebido agua amarga en fuentes de las dos tendencias: simpatizantes con el bando nacional unos, y más afines al bando republicano otros. Bien es cierto que, aparte apreciaciones visiblemente partidistas y simpatías por uno u otro bando, todos coinciden en lo fundamental del hecho bélico: discrepan en cifras, en posturas de unos y de otros, pero están de acuerdo en todo lo demás, es decir en el resultado y en las circunstancias especiales que coincidieron en los combates, en la bravura y el desprecio a la vida de propios y de extraños, que en el campo de Guadalajara rayó a niveles muy altos, lo cual facilita la labor en buena parte cuando tanto tiempo después se toma pluma y papel para contar a los guadalajareños de hoy algo tan importante como que aquí hubo una batalla de la que nadie habla ya, pero que no por eso deja de ser algo fundamental en nuestra Historia, en la de Historia de Guadalajara que por razones obvias la gente debe conocer.
Ni qué decir que pretendo buscar el equilibrio más absoluto al referirme a los hechos, no sólo en lo que cuente hoy que más bien será poco, sino en lo que queda por escribir en este montón de cuartillas dispuestas para rellenar, huyendo de toda visión subjetiva por dos razones principalmente: primero, porque el tiempo transcurrido me parece suficiente como para no herir susceptibilidades, y segundo, porque como autor responsable de lo que aquí se pueda decir, confieso que durante aquella semana del mes de marzo de 1937, y aun por años después, no contaba ni siquiera como proyecto en el mundo de los vivos.
Procuraré incluir como aportación gráfica algunas fotografías de muy baja calidad por cierto, pero tomadas entonces y allí, que he podido extraer de algunos trabajos, italianos varios de ellos, y de las que se conservan en el archivo de imágenes de la Guerra Civil en la Biblioteca Nacional. Supla el interés de las escenas representadas a la deficiente calidad de algunas de las que irán apareciendo, que no sólo han sido un descubrimiento para mí, sino un verdadero tesoro.
En el proceso de la Batalla de Guadalajara, incluso en su resultado, tuvo mucho que ver la condición especial del terreno: campo llano, bosques de encinas, composición arcillosa de las tierras por las que rodaron los tanques, patinaron los cañones y murieron los hombres…, y la lluvia, la lluvia que embarra los campos haciéndolos intransitables, enfría los cuerpos y los espíritus, sin que jamás se la pueda dejar por indiferente.
Dicho todo esto, y sin poder adelantar si serán tres, o cuatro, o más de cuatro las semanas consecutivas que dedicaremos a un tema tan propio y tan interesante, nos disponemos a entrar en materia.

Días antes las cuentas no le habían salido bien al ejército franquista en los valles del Jarama; costó muchas vidas sin que con aquel duro enfrentamiento se hubiese resuelto nada a favor de un bando ni del otro. Sería éste el tercer intento de tomar Madrid con un anillo de fuerzas alrededor hasta que se rindiera obligado por el hambre y la miseria. No obstante, las fuerzas nacionales conservaban aún parte el optimismo que les produjo la toma fácil de la ciudad de Málaga en fechas todavía recientes y el avance, sin demasiadas complicaciones, de la División Soria mandada por el general Moscardó, que se aproximaba por el ala derecha tomando pueblos y ocupando importantes espacios de la Alcarria Alta.
Era el día 8 de marzo del 37. Los odios por una y otra parte habían venido tomando cuerpo desde hacía ya ocho meses que estalló la guerra, siendo el balance hasta aquel momento la muerte de cientos de miles de víctimas inocentes y más de media España asolada y baldía, sin demasiadas esperanzas de que el conflicto entre españoles pudiera terminar en un espacio de tiempo más o menos corto. Eran los desmanes de una guerra en la que, como siempre, fueron muchos los que perdieron y muy pocos los que ganaron a costa del sufrimiento de los demás. En España, entre los tres años del conflicto y los que cayeron después en las cárceles una vez terminada la guerra, se aproximo bastante la matanza al millón de compatriotas, muchos de ellos religiosos o idealistas, campesinos y gentes de bien, que muy poco tenían que ver con los intereses que allí se dilucidaban. Las guerras son desde tiempos muy antiguos la peor de las plagas que un país puede sufrir, y la que padeció el nuestro fue un ejemplo demasiado sangrante que conviene olvidar, pero que deberá servirnos de lección a perpetuidad -confiamos en que sí- para que no se repita en nuestro suelo nada semejante, ni siquiera tampoco su sombra. En el caso concreto al que aquí nos referimos, los muertos también se contaron por millares, si bien españoles fueron los menos e italianos los más, lo que en modo alguno nos puede servir de consuelo.
Los ejércitos nacionales contaban con que todo se resolvería con una victoria rápida, y no fue, por ello, la discreción su mejor aporte al duro enfrentamiento que tendría lugar precisamente aquí, en parajes tan próximos a nosotros que años después ponemos delante de los ojos, sin pararnos a pensar que tiempo atrás aquellas tierras fueron insaciables esponjas empapadoras de sangre.
El general Miaja, jefe del estado Mayor Republicano, supo muy bien de los preparativos del adversario por noticias que le llegaban de todas partes, y tomó las medidas oportunas desde Madrid ordenando que se hiciesen obras de fortificación entre las vegas del Henares y del Tajuña, con nidos de ametralladoras protegidos para consolidar sus líneas. Por su parte el ejército franquista, ya en aquel momento, había situado su fuerza en puntos estratégicos de la Alcarria y del Valle del Henares.
Los efectivos con los que contaba el ejército nacional al iniciarse aquella trágica semana estaban formados por:
- La división Soria al mando del general Moscardó, cuya misión en un principio no era otra que la de forzar, siguiendo más o menos la dirección de la vega del Henares y la vía del ferrocarril, los duros pasos de Jadraque, romper con ímpetu el flanco izquierdo del enemigo, y facilitar la marcha del Cuerpo de Tropas Voluntarias (El CTV italiano) a lo largo de la carretera de Francia (Ahora autovía).
- La Segunda División Voluntaria “Fiame Nere” o Llamas Negras, enviada por Mussolini al mando del general Coppi. Situada en las inmediaciones de Torremocha del Campo y pueblos adyacentes. Ante la posterior dificultad para el avance por la carretera general, sería reforzada con dos grupos más de batallones, el 4º y el 5º, mas dos compañías de tanques ligeros y tres grupos de artillería ligera.
- La Tercera División Voluntaria “Penne Nere” o Plumas Negras, que se situó algo más allá, entre las comarcas de Aguilar de Anguita y de Medinaceli; reforzada luego con dos compañías más de carros blindados, una de moto-ametralladoras, cuatro grupos de artillería y dos baterías de 20 mm. Su misión era seguir a la división Segunda y sustituirla en el ataque una vez que se hubiera conseguido la ruptura del frente enemigo, ocupar la carretera que va desde Almadrones a Brihuega, y ocupar aquella importante villa de la Alcarria.
- Las Divisiones Littorio, al mando del general Anibale Bergonzoli y Primera Dio lo vuole” del general Rossi, quedaban de momento como reserva, a disposición del Mando nacional del Cuerpo del Ejército.
(Continuará)

martes, 10 de febrero de 2009

DE VUELTA AL ALTO JARAMA



Salir. Después de un otoño y de un largo invierno de lluvias y nieves, como en aquellos años que de tan lejos nos obligan a echar mano a las estadísticas, la mañana invita a salir, a tirarse al campo, bajo este sol y sin una sola nube que manche el cielo, y con una dirección imprecisa, sin un rumbo previsto a sabiendas de lo mucho que conocemos como escenario de placer en esta bendita tierra nuestra.
Al fin decido tomar el Pico Ocejón como punto de referencia que marque mi dirección hacia la sierra. Hace muchos meses que no ando por allí y el ánimo se hace deseo. La sierra al otro lado. No queda ni una sola brizna de nieve en la cara de las montañas que mira hacia nosotros, tal vez en los ribazos que dan al norte haya todavía ventisqueros de nieve apelmazada a los que la hora del deshielo les llegará más tarde. El Ocejón resplandece al fondo de todas las miradas con su característico color plomizo, como la inmensa joroba de un mamut ciclópeo inamovible, sobre cuya áspera piel crecieron las jaras y las estepas que, ya a mi paso y en ambas márgenes del camino, comienzo a observar naciendo de la tierra oscura.
Puebla de Beleña, chiquito y coquetón, se solaza al descubierto con sus calles en cuesta, con el ocre de los tejados y el blanco de las paredes enfrentándose al sol de la media mañana. La carretera a estas alturas es estupenda para viajar; el verde intenso de la sementera invita al optimismo; el azul de la mañana garantiza esas horas de regocijo con las que soñaron los habitantes de los pueblos desde hace meses y meses. No me extraña que el bueno de Juan Ruiz, el mítico Arcipreste, mostrase hace siglos verdadera pasión por estas serrezuelas, por estos valles fecundos de junto al Jarama, por aquellas mozuelas serranas que pastoreaban en mañanas de abril como la nuestra por estos inmensos prados y de las que sólo queda el recuerdo en páginas de literatura rancia.
Desciendo, al fin, por una carretera estrecha que se pierde entre las encinas, hasta el pueblecito de Retiendas. No significa para mí novedad alguna este sencillo lugar, después de las tres o cuatro veces que en ocasiones precedentes pasé por él. Retiendas, con su puente sobre el arroyo a la entrada, con el canal de hormigón que parte en dos la ancha calle que sube, con su iglesita de mínimas proporciones en aquel color ocre rojizo de los viejos templos de la comarca, es para mí uno de los pueblos más bonitos de toda la sierra, un pueblo al que, sin detenerme a pensarlo, elegiría como motivo para una estampa de calendario.
La temperatura resulta agradable en la media mañana, un poco fresca quizás. Un indicador pone al corriente al recién llegado de que a mano izquierda está el camino del Vado, el mismo que hay que tomar en principio para bajar hasta Bonaval, el monasterio en Ruinas de las riberas altas del Jarama, al que, debido al mal estado del camino, se recomienda llegarse a pie: «Monasterio de Bonaval, bien de interés cultural, en beneficio de la conserva­ción del lugar se recomienda la bajada sin vehículos». El consejo es acertado, pues, a partir del letrerito que lo advierte, el camino no es apto para vehículos, salvo para aquello todoterreno que estén adaptados para andar por el campo.
En el viaje de vuelta, al final de otra carretera estrecha que se pierde entre pinos de repoblación y algunos olivos, queda extendido en la solana y al fondo de otra vega, el lugar de Puebla de Valles. Sería como de pecado grave pasar por allí y no bajar a Puebla, donde uno es siempre tan bien recibido por su amigo Manolo Sanz, el inquieto y celoso alcalde del pueblo, que a lo largo del año me llama o me escribe sin que, unas veces por hache y otras por be, nunca llega el momento oportuno de pasar a verlo.
Puebla de Valles es todo él como un paisaje estupendo -de casas y de cerros, de regatos y de terreras sanguinas, de calles bien pavimentadas que suben y bajan marcando la inclinación de la vertiente- plasmado sobre el lienzo natural de su propio campo, y que puede contemplarse a placer desde cualquiera de las curvas de la carretera que baja hasta el fondo del valle. En un día cualquiera, como el de hoy, apenas permanecen fieles al terruño tres docenas de almas viviendo en sus hogares; las demás son viviendas y chalés de temporada o de fin de semana a lo sumo, igual que en tantos y tantos pueblos de nuestro entorno perdidos en el medio rural. A partir del mes de mayo, y más aún cuando llega el verano, la población se triplica, o se multiplica por diez como en otros lugares de esta misma sierra.
Manolo Sanz, el alcalde de Puebla de Valles, se siente feliz con el nuevo edificio del ayuntamiento, levantado sobre la antigua fragua con materiales modernos y voluminosas guijarras de río al gusto campiñés. El edificio del ayuntamiento fue inaugurado en fechas todavía cercanas. No se siente lo mismo de feliz el alcalde de Puebla por cuanto se refiere a su iglesia; importante, entre otros motivos por los nueve enterramientos con epitafio que se alinean a lo largo del presbiterio, y que, sin duda, pertenecen a familias distinguidas del pasado que debieron vivir por aquellos pueblos. Las obras de acondicionamiento están paralizadas, sin que se vea luz al final del túnel que pudiera llevar en corto espacio de tiempo a una restauración medianamente digna, para que las imágenes de los santos tengan mejor cobijo que la hornacina de tierra y escombros en donde están, y las sillas de los fieles gocen de mejor asiento que la blanda tierra. Uno piensa que, incumba a quien incumba, la Casa de Dios merece un trato diferente, una delicadeza muy por encima de todo aquello.
Manolo Sanz se edificó su casa en una almazara de fabricar aceite, dejando en su interior la tosca maquinaria de la molienda. Uno no sabe si es casa, si es museo, si es capricho simplemente la casa de Manolo. Contando con que tenga algo de los tres supuestos, la casa de Manolo Sanz es una rareza envidiable que vale la pena conocer y que él, el dueño, enseña amablemente a quienes desean pasar a verla.
En Puebla de Valles se reza a San Miguel. Algunas de las casas adornan sus fachadas con un azulejo en el que aparece la imagen del Arcángel patrón del pueblo. Calle del Pilar, Calle de la Fuente, El Calicanto, Plaza del Olivo... La Plaza del Olivo, junto a la iglesia, tiene plantado en mitad un enorme ejemplar milenario de la especie, procedente de cierto sitio del término y trasplanta­do allí hace media docena de años. Desde que el corpulento olivo ocupa el centro de la plaza, se ha hecho merecedor de una importante fiesta local que en el pueblo celebran con solemnidad y entusiasmo a mediados del mes de marzo cada año.
A la salida la opción es doble: media hora de camino para volver a casa o tomar las de Villadiego: Tamajón, Campillo de Ranas, Majaelrayo, o los pueblos más apartados de aquella sierra al otro lado del Jaramilla, para lo que tenemos aún a nuestra disposición parte de la mañana y toda la tarde por delante.
(En la imagen una vista del pueblo de Retiendas)

lunes, 2 de febrero de 2009

ELEGÍA A LAS PIEDRAS DE ÓVILA


La provincia de Guadalaja­ra, toda ella, entera o por comarcas, tiene infinidad de motivos como para sentirse ver­dadera­mente honrada. Quien esto dice, que la conoce por razones de trato un poco más que en su mera superficie, sabe muy bien que el guadalajareño debiera unir de forma inseparable a su propia personalidad el sano orgullo de haber nacido en una tierra admirable, capaz de enno­blecer por sí sola a todo cuanto en ella por primera vez viese la luz. El comportamiento de la provincia en cualquier periodo de la Historia; la variedad incomparable de sus cuatro co­marcas características, y el paisaje, sobre todo, tan hetero­géneo y desigual, son razones que obligan en justicia a pensar así.
No siempre llueve a gusto de todos, esa es la verdad. Como rama del tronco común de la raza ibera, tan propensa a infrava­lorar lo que es suyo, suele ser frecuente entre los hijos de esta tierra el no acusar dema­siado el impacto que pudiera suponer un acto de reconocimien­to a la patria chica, tan acusa­do entre los habitantes de otras latitudes, cuya posición al respecto uno no tiene más reme­dio que elogiar.
Guadalajara, entidad per­fectamente definida tanto en lo geográfico como en lo humano, late, a pesar de los pesares, bajo su propia piel repleta de vida. Alma castellana avezada a soles de justicia y a heladas insufribles, a sentir en sus entrañas el vacío que dejaron tantos hijos que se fueron en busca de fortuna hasta amenazar casi con un práctico despobla­miento de sus campos, a páginas gloriosas de mil anales en las que directa o indirecta­mente contó con un singular protago­nismo, y a duras dentelladas del destino, ¡faltaría más!, de aquellas que marcan para siempre con el sello del dolor, en el que toda esta tierra, sus gentes también, es maestra por oficio.
Abundando en lo dicho, uno piensa que son muy pocos los tragos amargos que Guadalajara ha tenido que soportar con el correr de los siglos que puedan compararse a lo que allá por el año 1930 mermó impunemente, inevitablemente, un trocito de lo mejor de su patrimonio; lo que vino a suceder en extrañas circunstancias con uno de nues­tros más valiosos monumentos medievales, cuya desaparición supuso, y sigue suponiendo, una pérdida irreparable: la enajena­ción y posterior traslado a las Américas de una buena parte del monasterio cisterciense de Santa María de Óvila, en pleno corazón de la Alcarria, muy cerca de la villa ribereña del Trillo a la vera del Tajo.
Sin abundar en detalles los hechos debieron suceder de la forma siguiente:
Cuando la desamortización de Mendizábal, de tan nefastas consecuencias para el patrimonio artístico español, el monasterio de Óvila, fundado al parecer por el rey Alfonso VIII de Castilla hacia el año 1181, pasó a depen­der del Estado, que en febrero de 1928 vendería por la exigua cantidad de 3.130 pesetas a don Francisco Beloso Ruiz, vecino de Madrid, persona que se comprome­tió ha hacer efectivo el total de su importe en cuatro plazos anuales, como así vino cumplien­do según consta en la cancela­ción de hipoteca efectuada en Cifuentes el 6 de marzo de 1931, cuyo asiento en el registro de esta villa aparece con fecha 17 del mismo mes y año.
En 1930, un caprichoso y desaprensivo multimillonario estadounidense, que ya había adquirido y trasladado a su país algún otro monasterio castellano con el fin de volverlo a recons­truir en su rancho de Califor­nia, tuvo noticia del interés artístico y de las condiciones de semiabandono en que se encon­tra­ba el referido cenobio alca­rreño. A Mr. Hearts, que así se llamaba el adinerado en cues­tión, debió gustarle esta pieza capital de la arquitectura del siglo XIII para completar los planes, que en su mente habían ido tomando forma, de recons­truir en la finca de San Simeón una ciudad artística que perpe­tuara su nombre, sin ninguna clase de escrúpulos y aprove­chando, tanto él como sus cola­boradores e intermediarios, las circunstancias especiales en cada caso que se prestasen al juego sucio.
Lo cierto, y lo triste al mismo tiempo, es que W.R.Hearts compró el monasterio de Óvila a su dueño, procediendo de inme­diato a su demolición, piedra a piedra, con intención, como queda dicho, de volverlo a re­construir al otro lado del At­lántico. En el verano de 1931 el expolio del monasterio estaba concluido.
No obstante, las circuns­tancias muy especiales del mo­mento hicieron que el proyecto no resultara al final como esta­ba previsto. Por un lado la escasez de medios económicos disponibles por parte del magna­te, y por otra la situación política, tampoco demasiado a su favor, hicieron que los venera­bles sillares de Óvila encontra­sen acomodo definitivo, luego de mil vicisitudes en las que mu­chas de ellas se fueron perdien­do, cinco incendios y otros tantos cambios de lugar, en un almacén de San Francisco, si no demolidas pavimentando calles, o amontonadas entre la hojarasca del Golden Gate Park califor­nia­no, añorando -pienso que como la misma alcarria- aquellos siglos últimos de la Edad Media, en los que fueron gala de Trillo e importante centro de devoción para los habitantes de las vegas altas del Tajo.
La sinrazón humana acabó con todo. Hoy, cuando un poco como peregrino acudo a nuestro particular muro de las lamenta­ciones, apenas si me encuentro como reliquia en el soberbio valle del río unos cuantos pare­dones en pie, inicios de bóveda y algunos ventanales apuntados en ojiva, restos de lo que fuera la iglesia del monasterio, de la bodega, del claustro con doble arquería en ruinas construido seguramente a mediados del siglo XVII, y la maltrecha espadaña de la iglesia también de la misma época. A su alrededor uno de los rincones más escondidos y bellos de la Alcarria, al que el Tajo se encarga de añadir el toque preciso del que nunca suelen carecer los parajes que llegan más allá de los ojos.
Hace casi cuarenta años se consiguió reconstruir en el interior del Young Museum de San Francisco (Patio Hearts) la portada principal del monaste­rio, obra al parecer de la es­cuela de Covarrubias con in­fluencia de Jamete, la cual, pese a su elevado coste, queda muy lejos de ser lo que fue cuando asida a sus verdaderos muros y en el propio lugar de origen, admitía cada temporada bajo su arco a los cientos de peregrinos y de romeros que solían acudir con frecuencia hasta Óvila para descansar y para alimentar su fe en la paz de la alcarria.
A la vista del interesante trabajo publicado en su día por el profesor Merino de Cáceres, en el que se dan a conocer fe­chas y toda suerte de detalles precisos acerca de este lamenta­ble atentado contra nuestra riqueza monumental, uno se sien­te dolorosamente impotente, incapaz de sacar otro propósito que no sea aquel que produce en su ánimo la personal indignación que, al fin y al cabo, para nada sirve, si no se traduce de algu­na forma en cuidar mejor lo que todavía nos queda. Las institu­ciones, por supuesto, tienen el deber legal y moral de hacer frente con seriedad a esos reta­zos del pasado, pero también tú y yo, amigo lector, y el que se acerca no demasiado respetuosa­mente a contemplarlos en esta época fatal de pérdida de valo­res, también todos nosotros.
(Nueva Alcarria, febrero de 1995)

miércoles, 28 de enero de 2009

TAMAJÓN, BREVE RESEÑA


Cuando el tiempo de verano se empieza a sentir, las sierras del norte en la provincia de Guadalajara revienten en esplendor. La primavera en aquellos parajes llega hasta muy lejos, resulta demasiado prolongada, demasiado tardía. La hierba no crece en marzo o en abril como en otros sitios, sino en mayo y en junio que es cuando se corta el heno, y la hoja de los árboles no cierra hasta bien iniciado el verano. Es precisamente en esos días cuando gusta andar por allí a cualquier hora. Unas cuantas semanas después la fuerza del sol comienza a hacerse insoportable durante las horas centrales del día, y el canto de las chicharras invita al adormecimiento; de ahí que el viejo dicho de las buenas gentes de la sierra se confirme irremisiblemente en cada ciclo anual: “nueve meses de invierno y tres de infierno”.
Bien, pues entre un tiempo y otro de los dos únicos que recoge el dicho, hay una temporada intermedia, muy breve, un par de semanas de junio y otras dos, no más, del mes de septiembre, en las que andar por aquellas llanuras y por aquellos vallejuelos que avistan al Ocejón, resultan para el visitante una verdadera delicia.
El escritor, de tanto andar por allí en todo tiempo, conoce con precisión aquellas tierras, lo que quiere decir que no necesita tirarse al camino una vez más para cumplir su compromiso semanal con los lectores, posee datos más que suficientes para evitar la salida; pero no lo hace por simples razones de sentido común, porque ponerse en contacto con la naturaleza a campo abierto es un momento único que conviene aprovechar, y el viaje en sí es parte de esa dicha que supone el encontrarse por quinta o por décima vez no sólo con un entorno natural, que ya sería bastante, sino con una villa señera, cuya evolución durante los últimos veinte años ha venido siguiendo minuciosamente, siendo testigo de su progreso admirable en todo lo que supone bienestar y mejor imagen, aunque su número de habitantes de hecho y de derecho se haya reducido sensiblemente, mal endémico que de manera muy especial viene afectando a toda aquella comarca en el corto espacio de dos o tres décadas. La villa a la que me refiero es Tamajón, lugar emblemático de aquella serranía, un mito histórico al que sería conveniente despertar en el saber de las gentes y otorgarle -que es mucha- la consideración que merece.
Se llamó Tamalla en la antigüedad, después Tamaja (no Tamaya como he visto escrito en varias publicaciones). La “elle” latina es la que evolucionó en “jota”, de “fillo” se castellanizó “hijo”, y de “palla”, “paja”, palabras que todavía se emplean en ciertas lenguas románicas. Naturalmente que siempre salvo mejor opinión, que admitiría de buen grado; y su origen como lugar ocupado por el hombre nos llevaría a pensar en la Prehistoria. Su situación en aquel llano y con los montes para la caza alrededor convierten esa opinión en razonable, y más todavía si se cuenta con los hallazgos descubiertos en sus tierras próximas.
Pero no es su historia en esencia lo que en este último viaje nos ha llevado a Tamajón, aunque bien valdría la pena hurgar en su pasado, en lo que fue, en las familias nobles que lo habitaron como demuestran varios de los escudos que aparecen sellando la fachada de algunas de sus casas, en las celebridades de otro momento que vivieron allí y que a título, cuando menos anecdótico, cuentan en el libro de la Historia de España, como el célebre Cura de Tamajón, de nombre Matías Vinuesa, guerrillero a causa de la libertad, que después de torturado y muerto, su cadáver fue profanado y arrastrado cobardemente por las calles de Madrid un 4 de abril de 1821.
El influjo de la piedra multicentenaria me ha llevado a caer en la trampa. Es difícil escapar sin referirse a su pasado en un pueblo tan característico como éste, en donde pesa más lo que fue que lo que ahora es, aunque como ya se ha dicho, apunta a levantar cabeza pensando un poco en el turismo cultural de tierra adentro, donde no sólo Tamajón, sino toda Castilla, tiene una salida a la vista que se debe aprovechar pensando inteligentemente, y en esta villa serrana me consta que viene siendo así.
El urbanismo de Tamajón es, aunque antiguo, de lo más sencillo. Aun tratándose de un pueblo de montaña, la ancha caldera donde se diseño hizo posible un trazado casi geométricamente perfecto: tres calles paralelas a todo lo largo, y unas cuantas transversales que las cruzan cortando en perpendicular. En los puntos más convenientes, bien en mitad o bien en los extremos de las tres calles mayores, se abren sobre espacios reducidos algunas plazas y plazuelas, como la porticada o Plaza Mayor a mitad de la Calle de Enmedio, o la del Coso al final de la misma. Las tres rúas mayores son la Calle Nueva, que coincide con la carretera que sigue hacia la sierra, la Calle de en medio y la de la Picota, que sería la última de las tres. No hay duda de que la Calle de la Picota debe su nombre al rollo o picota que debió tener como enseña de villazgo que Tamajón viene ostentado desde hace seis siglos. En la Calle de en medio queda, muy cerca de la Plaza, la Casa Ayuntamiento, ocupando lo que en tiempos ya lejanos fuera palacio mendocino, cuyo escudo de familia sella la fachada.
Las mansiones de familias distinguidas, legado de otro tiempo, comparten espacio con las humildes viviendas de honrados campesinos y pastores que vivieron en ellas hasta épocas muy cercanas a la nuestra, y con los nuevos establecimientos de servicios que, pensando en el turismo y en la afluencia de veraneantes por toda aquella sierra, se han ido instalando durante las dos últimas décadas.
Por los alrededores de Tamajón se centra el interés del visitante en lo poco que todavía queda de una antigua fábrica de cristal; en las ruinas de un convento de Padres Franciscanos; en la iglesia porticada sobre un ligero altozano; y en la ermita de Nuestra Señora de los Enebrales, Patrona de la villa, situada como a un kilómetro de distancia desde las últimas casas, sobre un paraje rodeado de enebros, con vistas a la sierra y muy cerca del curioso juego de piedras desgastadas por la erosión, que, salvando las distancias con aquella otra magnífica de la Serranía Conquense, se le ha dado en llamar la Pequeña Ciudad Encantada.
Por lo demás, son la leyenda y la tradición lo que priva entre los rescoldos de esta importante villa serrana. Tamajón es lugar de leyendas, siendo quizá la más conocida de todas ellas la que da cuenta del porqué las puertas de la ermita han de permanecer siempre abiertas, como así siguen; si bien ha sido necesario echar mano a una fuerte verja de hierro a modo de cancela, para evitar profanaciones y estancia como dormitorio de personas y grupos de personas que a menudo la solían ocupar durante la noche, no con fines piadosos precisamente.
De la excelente calidad de la piedra caliza que se arrancó en su término, son buena muestra edificios de renombre, como el Palacio de los Duques del Infantado en Guadalajara o la famosa fachada renacentista de la Universidad de Alcalá. Tan importantes fueron en su día las canteras de caliza de Tamajón, que el rey Felipe II pensó construir allí esa maravilla del Real Monasterio de San Lorenzo para evitar gastos y otras complicaciones de acarreo, pero por razones la mar de pintorescas parece ser que se inclinó porque fuera la Sierra de Madrid su escenario definitivo.
Da para mucho más que esta breve reseña una visita a Tamajón. Cualquier momento es bueno para pasar por allí, incluso en pleno invierno; pues si los riesgos del frío y de la nieve son datos con los que habría que contar, la esencia más auténtica del pueblo de montaña se muestra en ese tiempo con mayor autenticidad. Otro buen momento sería durante esos días en los que el pueblo da pasos atrás en las páginas de la historia y celebra con fiestas y folclores adecuados, su Mercado medieval, un momento en el que los castellanos tenemos la oportunidad de sentirnos embebidos por unas horas en el mundo de nuestros ancestros.

miércoles, 21 de enero de 2009

EL CRIMEN DEL ERMITAÑO


Hace ya tiempo apareció en “Nueva Alcarria” un trabajo con motivo de mi última visita al paraje y caserío cifontino que conocemos por la Cueva del Beato. Un buen amigo del periódico, maestro de periodistas, al que admiramos y del que siempre procuramos aprender, don Luis Monje Ciruelo, me dijo días después que, a su modo de ver, había incurrido en una omisión importante a la hora de dar cuerpo al referido escrito, pues no tuve en cuenta, ni siquiera había hecho velada referencia al famoso "crimen del ermitaño", cometido por aquellos alrededores, y que tanto dio que hablar y que escribir en los periódicos españoles, ya va para cien años. Se lo agradecí infinitamente al veterano maestro, y me prometí tapar esa laguna por cuanto se refiere al conocimiento de la Provincia lo antes que me fuera posible. Creo que ya estoy en condiciones de hacerlo. Lo dejó escrito el doctor Layna Serrano en la generosa fuente de su producción, donde me he acercado a beber, precisa­mente por el caño que tituló "Historia de la villa de Cifuentes" y que no ha mucho reeditó magníficamente la editorial Aache, bajo la dirección y control del doctor Herrera, quien, a su vez, abordó el tema con amplitud en su libro de 1993 dedicado a la villa de Cifuentes.
Ocurrió por aquellos años (hablamos de 1904) que atendía como ermitaño los servicios del santuario un vecino del pueblo al que llamaban El Pastor. El sitio, bien por tratarse de un rincón apacible de viejas piedades, o por la excelencia del paraje en la solana, dando vista a las variopintas veguillas alcarreñas que desde allí se divisan, contaba con el pláceme de los comarcanos, que a menudo acudían hasta él en cualquier época del año.
Es razón de fe para los cifontinos que un buen día se presentó ante el párroco de la villa y arcipreste de la comarca un hombre de extraño porte, de mediana edad y estatura, ataviado con todos los cordones, hábito y capucha, propios de la Orden de San Francisco, y que iba provisto de un documento extendido por el obispo Minguella, en el que se autorizaba al extraño persona­je, de nombre Bibiano Gil, a residir en el santuario como ermitaño, a cuidar de las instalaciones y a recoger limosna destinada al sostenimiento del mismo. Ello significaba el cese del Pastor en su oficio de santero, usurpado por aquel desconoci­do; si bien, el nuevo inquilino le ofrecía la oportunidad de seguir ocupando la vivienda, y de poderlo sustituir como ermitaño siempre que decidiera marchar a lejanas tierras a pedir limosna, lo que, como luego se vio, solía poner en práctica con bastante frecuencia.
Dicen que a partir de entonces la limpieza y el orden en el santuario mejoraron de manera increíble; que la iglesia comenzó a verse limpia y las imágenes sin polvo como no lo habían estado nunca. Revistió los altares con sabanillas y llenó los cajones de la sacristía de modestos ornamentos. Todo, fruto de las limosnas que el bueno de Bibiano Gil iba recogiendo en pueblos y villas de provincias lejanas, a las que solía caminar a golpe de cayado apenas la bonanza del tiempo lo hacía aconsejable.
Luego serían los bancales abandonados de alrededor los que se favorecerían del trabajo personal del nuevo ermitaño: recogió el agua de los diferentes canalillos que brotaban en la ladera para formar un estanque, trazó pasadizos, allanó tablares para poder cultivar un huerto, incluso colocó algunos bancos, al sol o a la sombra de los árboles, para que la gente se pudiera sentar. Bibiano Gil salía a los pueblos próximos solamente para ayudar a quienes necesitaran de él, nunca a pedir limosna, a oír misa y ayudar al párroco tanto en la iglesia del Salvador como en el convento de monjas. Si algún día le sobraba tiempo, lo empleaba en visitar o acompañar junto al lecho a los ancianos y a los enfermos.
Nadie supo jamás quién era ni de dónde había venido aquel personaje tan singular, que en tan sólo unos meses se había ganado la amistad y el afecto de las gentes de la comarca. Su educación esmerada, y la más que supuesta buena relación con personas distinguidas en tantos lugares de España, dieron pie a pensar que su origen no andaría muy lejos de ser, como entonces se decía, de los de alta alcurnia. Se indagó mucho para saber algo de él, se le vigiló y hasta se le siguieron los pasos para conocer algo de su vida en tiempo anterior al de su llegada a Cifuentes; pero todo fue inútil, nadie pudo averiguar detalle alguno de su pasado, y cuando se le preguntaba de modo discreto cambiaba de conversación dejando madurar la incógnita y haciendo crecer el misterio entre la gente en torno a su persona, hasta dar lugar a suposiciones de lo más extrañas y pintorescas, tales como que era hijo de un acaudalado señor que no quiso reconocerlo hasta la hora de su muerte en que le dejó en herencia todos sus bienes, hecho inesperado que movilizó a los supuestos herederos y lo buscaban para darle muerte, razón por la cuál vino a refugiarse, disfrazado de monje, al tranquilo rincón de la Alcarria en donde transcurre nuestra historia.
Los cifontinos y las buenas gentes de aquellos pueblos se extrañaron cuando, después de haber regresado de una larga gira pidiendo limosna, dejaron de ver al ermitaño ayudar a misa cada mañana como en él era costumbre y no aparecer por el santuario cada tarde ni en el resto del día. Cundió la opinión de que había sido asesinado a causa de la herencia, si bien, eran más los que pensaban que, efectivamente, había sido asesinado, pero no por personaje desconocido alguno, sino por El Pastor, el ermitaño anterior a él, que como todos sabían nunca le perdonó que el quitara el puesto.
El pueblo denunció al Pastor como asesino ante la autoridad judicial. La acusación, sin otras pruebas mas que el simple decir, dio con él y con su mujer en la cárcel. Ambos se negaron de manera tajante a reconocer los hechos de los que se les inculpaba. Varios vecinos acudieron al juez manifestando que el cadáver pudo haber sido arrojado al fondo de un pozo profundo que queda a quince minutos de camino del santuario. Pasaron los días, y sin prueba alguna que siguiera manteniendo la acusación, el juez pensó poner en libertad a los detenidos. La noticia había tomado sitio en la prensa diaria de todo el país y era seguida por los lectores con interés. Las rondas de mozos cantaban coplas basadas en el suceso. El pueblo insistía un día y otro en que se explorase la sima donde suponían podría encontrarse el cadáver de Bibiano.
Por fin se dio orden de explorar el fondo de la sima valiéndose de un cabrestante que llevaron desde las minas de plata de Hiendelaencina, a cuyo extremo se ató por la cintura convenientemente al albañil Perfecto García. La expectación por parte de los vecinos de cifuentes, de los periodistas y de las autoridades que asistieron al comprometido espectáculo, fue grande. Durante varios minutos el silencio fue total entre la gente. Al rato, oyeron como salida de ultratumba, la voz trémula de Perfecto García pidiendo que lo volvieran a subir, porque había dado con el cadáver a más de cuarenta metros de profundi­dad.
El cuerpo destrozado de Bibiano Gil, envuelto en su hábito franciscano y con la cabeza aplastada a golpes de piedra, venía sujeto, casi podrido, en la punta del cabrestante. El suceso había concluido al fin. Cuando la multitud que presenció el hallazgo regresaba de nuevo a Cifuentes, se encontró con algunos hombres del pueblo que venían hasta ellos, para anunciar a las autoridades que El Pastor había dicho la verdad, acababa de confesar su crimen en la cárcel.
Desde entonces (año 1905, según consta), ante el altar mayor de la ermita en la Cueva del Beato, donde fue enterrado su cuerpo, se lució una lápida de piedra ofrecida como muestra de gratitud por "El pueblo de Cifuentes a su ermitaño". El origen, no obstante, de Bibiano Gil, sigue siendo un misterio.

martes, 13 de enero de 2009

LAS BODEGAS DE LA ALCARRIA



«En las cuevas no caben todos los que van pero, con buena voluntad y paciencia, acaban por acomodarse. El viajero y su tropa se ponen morados, esto es, se tupen de jamón, de embutido de la tierra y de chuletas asadas, y no se levantan hasta que el benevolente pasto les sale ya por las orejas, dicho sea sin ánimo alguno de exageración.» (C.J.C. "Nuevo viaje a la Alcarria")

Se ha escrito poco acerca de esta curiosidad tan extendida en el medio rural: las bodegas. Tampoco ha de ser mucho lo que uno, simple observador en este campo, pueda aportar con relación al tema. Sí una sencilla referencia a manera de memorial, sabida su profusión por las tierras de Guadalajara en general y en particular por la Alcarria.
Las bodegas subterráneas ocupan en esta provincia muchos kilómetros de galería en el interior de los oteros y desniveles más inmediatos a las viviendas de los pueblos. Importante diferencia con las cuevas manchegas, cuya oquedad coincide con los bajos mismos de las casas de labranza y tienen salida a alguna de las dependencias interiores, casi siempre al zaguán o al portalón de entrada.
Cuando por mera curiosidad uno se ha propuesto hurgar, buscando el origen de estas bodegas pueblerinas, tan importantes para el modo de vivir de nuestros antepasados, la respuesta es casi siempre la misma: «Las hicieron los moros»; una razón no del todo convincente, pues muchas de ellas no pasan de los dos o tres siglos de antigüedad, y todavía hoy, en algunas de las modernas casas de campo, es de buen gusto habilitar un trozo de subsuelo para cumplir con el mismo cometido de las viejas bodegas, consiguiendo una temperatura ambiente que oscila entre los trece y los quince grados durante todo el año, con las ventajas para la conservación de alimentos que ello supone.
Las bodegas de la Alcarria vienen cumpliendo desde antiguo su múltiple papel, principal, casi exclusivo, el de la fermenta­ción y conservación del vino, lo que en principio también hace poner en duda su origen árabe; también se usaron como fresquera, refrigerador, almacén de patatas para el gasto del año, de frutas que conviene guardar, y de refugio en caso de guerra.
-Sí, señor; y que lo diga. Buen papel que nos hicieron las dichosas cuevas cuando la aviación.
Por lo general, las bodegas de la Alcarria, y las de todas partes, se muestran abiertas a la umbría, con una profundidad que suele oscilar entre los diez y los cincuenta metros unas con otras. Tienen casi en todos los casos ramificaciones laterales, donde se sitúan los estantes húmedos en que están colocados los garrafones de vidrio que sustituyen a las clásicas tinajas de barro o a los toneles de madera. Existen bodegas centenarias que son verdadero palacetes por dentro, salas de fiesta o aposentos de leyenda más propios de "Las mil y una noches" que de lo que en realidad son, o uno piensa que deberían ser. Los juegos de luces artificiales, la música ambiental, los mostradores bien surtidos de otras bebidas de las que allí no se cuecen, las cocinas de guisar y las mesas confortables de comedor, todo bajo la tierra, son modernamente la nota característica en muchas bodegas de la Alcarria.
El jaraiz, próximo por lo general a la puerta de entrada, comunica con el exterior por un tunelillo a modo de chimenea taladrada en la roca, que permite a la uva caer por su propio peso desde los serones de los vendimiadores para ser pisada. Cuando ese conducto no existe, la uva se pasa a mano por la puerta alzando de las canastas o de los cuévanos que la contie­nen. El jaraiz es una especie de troje, cavado en la peña, con en leve canal en el fondo por el que discurre el mosto hacia una pilastra en la que se va recogiendo. El acto de pisar la uva en otoño, con la matanza y el esquileo en algunas comarcas de Guadalajara, es uno de los quehaceres con categoría de rito más destacados del medio rural. Lástima que todos ellos tiendan a desaparecer, o hayan desaparecido ya de hecho.
Hay lugares concretos de la Alcarria -Morillejo y Trillo, sobre todo- en donde todavía se llega más lejos. La transforma­ción de los racimos maduros en vino de la mejor clase, pasa allí de los límites de lo ordinario, incluso de lo artesanal, para convertirse en una especialidad auténtica, en verdadero arte. El aguardiente alcarreño, animador de tantas fiestas y tertulias a través de los tiempos, y el desconocido "churú", bebida mítica de reyes y de brujos en la Alcarria, son prueba más que justifi­cada de esa afirmación. Una riqueza autóctona injustamente olvidada, que podría desaparecer con más pena que gloria si antes no se le presta la atención que merece. Los viejos alambiques de destilar orujo fueron manejados sabiamente por los antepasados de aquellas tierras, sacando de los desperdicios de la vid un producto sin competencia, cuya pérdida nos limitaríamos a lamentar cuando su falta, sea por la razón que fuere, no tenga remedio.
Quien esto dice no es un aficionado en exceso al elixir bíblico que alegra el corazón del hombre, no obstante, reconoce que su estancia casual en algunas bodegas de Gárgoles, de Henche, de Cifuentes, de Budia, de Balconete, de Morillejo, de Oter, de Trillo, de Horche, de San Andrés del Rey, de Cendejas de Enmedio o de Torrebeleña, por referir tan solo las que en este momento uno recuerda de bote pronto, significan en cada uno de los casos instantes de grata evocación.
Aconsejaría a nuestros lectores, si es que tienen ocasión y todavía no lo han hecho, que visitasen una cualquiera de estas típicas cuevas alcarreñas. Si el guía es por añadidura hombre curtido en esa clase de menesteres, pisador y catador de vinos, ducho en chupar de la goma sin que llegue a la boca una sola gota, y capaz de cargar el vaso hasta los bordes, sin quedarse corto ni derramar lo que se dice nada, mejor que mejor. La humedad de la bodega, el grado del producto, un remoto sabor a clarete gasificado, nunca el mismo en los diferentes botello­nes ni en las distintas cuevas, les harán vivir minutos para el recuerdo con algún vallejo escabroso como fondo y las casas y las corralizas detrás, siempre a prudencial distancia, lo que por lo general hasta permite una cierta discreción.
El acompañamiento, que siempre debiera de haberlo, suelen ser taquitos de jamón, rodajas de embutido, pinchos de queso, aceitunas curadas y aderezadas en la misma cueva..., cuando no chuletas asadas junto a la puerta o tajadillas de fritanga, a las que el frescor natural del líquido da un encanto imposible de referir con este lenguaje humano que siempre tiene sus limitacio­nes.
Es la cara oculta de la vida diaria en el medio rural. Uno más de los puntos de apoyatura que, unidos al paisaje y a las costumbres, convierten en algo real aquello tan aparentemente imposible de comprender: el apego al terruño en medio de un mundo acostumbrado a no sonreír y a no hallar motivo de gozo en lo que, del pueblo hacia afuera, suele ofrecer la vida moderna.

jueves, 8 de enero de 2009

EL HÉROE DE CASCORRO


Su verdadero nombre fue el de Eloy Gonzalo García. Se le supone hijo natural de un ricachón incontrolable y calavera vecino de Malaguilla, más conocido en los pueblos de la Campiña Guadalajareña por “el Tío Gonzalillo”, quien jamás lo quiso reconocer como hijo, y de una mujer vende­dora de melones y otros artículos de huerta, natural y residente en el vecino lugar de Cabanillas del Campo. Al poco de nacer, el niño fue llevado a una inclusa de la capital de España.
El "Héroe de Cascorro" escribió en la Guerra de Cuba una página de alto riesgo siendo muy consciente de lo que le podría venir como consecuencia si no moría en el intento. No obstante, tuvo la suerte de salir salvo después de incendiar, valiéndose de una lata de petróleo, la guarnición de insurrectos cubanos que tenían cercado y a su merced al destacamento militar español.
Eloy Gonzalo murió poco después en Matanzos, en julio de 1897, tal vez a causa de las secuelas del acto de valor que le haría famoso. Su cuerpo fue repatriado, y enterrado junto al de otros combatientes de la Guerra de Cuba, en un mausoleo del cementerio madrileño de la Almudena.
La ciudad de Madrid le dedicó una calle y una de las plazas más conocidas y más castizas de su casco antiguo, así como en el año 1902 el popular monumento en bronce, obra del segoviano Aniceto Marinas, que en su memoria se alza en el Rastro, cuya imagen encabeza esta breve información