domingo, 27 de junio de 2010

CON ORTEGA Y GASSET POR EL ALTO HENARES



Hoy habrás de otorgarme, amigo lector, la licencia de andar por una comarca muy concreta de nuestra geografía de la mano de uno de los más grandes de la literatura y del pensamiento que ha dado nuestro país en los últimos siglos, el maestro Ortega y Gasset, eminente viajero por la piel de España, que nos dejó unas páginas memorables como consecuencia de su andar a lomos de una mula blanca por “por tierras de Castilla”, como así es el título de su trabajo, y que forma parte de la obra en varios tomos que el autor publicó bajo la portada genérica de “El Espectador”. Maestro del pensamiento y divo del mejor trato en el manejo de nuestro idioma, don José nos otorgó en herencia el resultado de su periplo que de nuevo, tras haberlo vuelto a leer por vez enésima, me dispongo a recorrer a la par de su palabra ajustada y magistral:
«Los pueblos de esta tierra, salvo curiosos casos -escribe el maestro-, son súbitas apariciones que aguardan al viandante puestos en sus barrancos o celadas tras una ladera. No se los ve hasta que se está muy próximo. De lejos se los confunde con la tierra ocre labrada por las aguas en las batientes de los cerros.» Recuerdo ahora cómo la duquesa de Pardo Bazán, en otra crónica viajera bastante similar a la del ilustre filósofo madrileño, plasmó en su cuaderno de apuntes una visión lóbrega, lastimosamente real, de estas vegas ahora semidesiertas en las que tan sólo cuando llega el otoño, rompe el silencio de sus atardeceres el silbato del ferrocarril y el azote de los vientos sobre las espadañas de sus iglesias y sobre las esquinas de sillar de sus viejas torres.
Horna, Guijosa, Mojares, Alcuneza, Cubillas, son algunos de esos lugares que reposan adormecidos y mermados desde hace más de un cuarto de siglo por aquellos pagos. Todos ellos, con un censo inferior a las doscientas almas en su conjunto, están acogidos en lo administrativo como barrios anejos al ayuntamiento de Sigüenza, y con esa ciudad forman, de manera conveniente pero hasta cierto punto antinatural, el todo absoluto del moderno municipio seguntino.
Horna, el más alejado de todos, rayano ya con los campos de Medinaceli por Sierra Ministra, es tal vez, si no el más importante, sí el más carismático y el más representativo de los pueblos situados en el valle. En el término de Horna, no lejos de las últimas casas del lugar clavadas en la umbría, en medio de una praderilla pedregosa al pie de robustos nogales y de románticas acacias, brota a borbotones del santísimo suelo, en la llamada Fuente del Jardín, el río Henares, el que durante varios siglos tajó por sus vegas un carril que alguien llamó de la civilización, como así testifican con su pasado y presente las viejas ciudades universitarias de Sigüenza y Alcalá, y la propia capital de Guadalajara, cuyas orillas lame, foco de esplendores culturales y de mecenazgos de altura en tiempo de los Mendoza.
El pueblecito de Horna ofrece hoy al visitante, dentro de su poquedad, un curioso torreón del siglo XVIII para el reloj municipal, una espectacular espadaña de sillería sobre el antiguo edificio de su iglesia, y un paraje acogedor cercano al pueblo, en el que se encuentra la ermita patronal de la Virgen de Quintanares, con multitudinaria romería en aquella pradera donde refiere la tradición que la Madre de Dios se apareció a una distinguida mujer de la villa de nombre Violante.
Con referencia al Horna que tiempo atrás conociera el maestro Ortega durante su viaje por aquellas tierras en pleno mes de agosto, dijo que «es un pueblecillo cuyo caserío es empleado para arrebujarse por un cerrete cónico: las construcciones forman como los pliegues ascendentes de un capote de paño duro que ciñera un cuerpo. Las proximidades abundan en huertos donde se cultivan patatas, judías y cáñamo» . Son ochenta años los que han debido transcurrir desde entonces. Horna, sus casas y sus calles ofrecen un aspecto diferente, más acorde con los nuevos tiempos y con las nuevas maneras de vivir, pero se encuentra sin manos jóvenes, sin gente que sea capaz de sacar adelante su vega fértil.
Alcuneza es tal vez el segundo pueblo en importancia, aunque el número de habitantes que todavía sostiene pudiera ser ligeramente mayor al de cualquier otro. Se tiene noticia de su existencia desde tiempos muy antiguos, por los menos desde los años del rey ancho IV el Bravo de Castilla, del que todavía existe un documento fechado en 1288, en el que se hace referencia a esa heredad. El nombre parece provenir del Al-kunaysa de los árabes, que quiere decir “la iglesia”, seguramente por ser éste el edificio más antiguo y el que más destaca del pueblo por su situación. Nuestro autor escribe, refiriéndose a él y a su situación sobre la costra del suelo mesetario: «El valle se estrecha anunciando un recodo, donde va a desembocar en otro valle. En el vértice de este recodo, del otro lado de las aguas y vigilando ambos valles, aparece agarrado a una cuesta el caserío de Alcuneza, un pueblo alerta».
Se ve que no llegó a entrar en Alcuneza el ilustre pensador. De haberlo hecho, hubiese tocado su curiosidad la Peña de la Torre, una roca descomunal en cuyas oquedades abiertas por el exclusivo arte de la Naturaleza, aparecen cuevas oscuras y muy profundas que las gentes del pueblo solían utilizar como almacén de aperos, de establo o de porqueriza. La iglesia es un bello ejemplar de origen románico, procedente quizás de las primeras décadas del siglo XIII. El arquillo de entrada ataja el paso al jardín con una verja de hierro, y dos campanas cuelgan mudas en sus respectivos de la espadaña mirando al poniente. La iglesia de Alcuneza está dedicada a la Cátedra de San Pedro en Antioquia, y en ella se venera la imagen de un Cristo que las gentes del lugar tienen por muy milagroso.
Cubillas y Mojares duermen el largo sueño de su soledad uno sobre el alto y otro en los fondos del valle del Henares, uno a la derecha y otro a la izquierda del río, de la carretera que lleva hasta Medinaceli y de las vías del ferrocarril. Son los dos lugares más despoblados de aquella comarca, reservas de calma y de silencio que apenas se rompe durante el verano y en los fines de semana de otoño y primavera. Según acabo de comprobar, con en datos de diferentes épocas, apenas si Cubillas superó en algún momento el medio centenar de habitantes, pese a sus muchos siglos de antigüedad, como bien atestigua su iglesia de San Juan Bautista, con todo merecimiento entre nuestras estampas más señeras del arte románico rural. Y mojares, tal para cual, despoblado y escondido junto a una fértil ribera que dio de todo y que en buena parte abasteció durante siglos al mercado de Sigüenza.
No me resisto a incluir, aunque separado de contexto, este manojo de frases, fruto de reflexión, del maestro Ortega; resumen de cuanto vio y escribió durante aquel viaje, y que pasado el tiempo se nos antoja ajustado, distinto pero ajustado, en homenaje a aquella tierra, pura esencia de la literaria Castilla:
«¡Esta pobre tierra de Guadalajara y Soria, esta meseta superior de Castilla!... ¿Habrá algo más pobre en el mundo? Yo la he visto en tiempo de la recolección, cuando el anillo dorado de las eras apretaba los mínimos pueblos en un ademán alucinado de riqueza y esplendor. Y, sin embargo, la miseria, la sordidez triunfaba sobre las campiñas y sobre los rostros como un dios adusto y famélico atado por otro dios más fuerte a las entrañas de esta comarca.
Pero esta tierra que hoy podría comprarse por treinta dineros como el evangélico “azeldama”, ha producido un poema -el Myo Cid- que allá en el fin de los tiempos, cuando venga la liquidación del planeta, no podrá pagarse con todo el oro del mundo.»

Guadalajara, 2005
(En la fotografía, el castillo de Guijosa, antes de la reciente restauración)

miércoles, 16 de junio de 2010

PUEBLOS Y PAISAJES



En el año 1991 la Editorial Mediterráneo de Madrid publicó un hermoso libro titulado “Guadalajara”, acerca de esta provincia en sus aspectos más diferentes. Para ello, el editor, Sr. Agero, se puso en contacto con algunos autores especialistas en cada uno de los temas que deberían completar la obra. El final no fue otro que un magnífico volumen de 248 páginas, en tamaño 30 x 22, papel de excelente calidad, y del que se hicieron dos ediciones: una primera, la de la propia editorial, y otra segunda a cargo de un periódico de la provincia ya desparecido, que lo fue sacando en fascículos previo acuerdo, supongo, con Editorial Mediterráneo, propietario de texto y fotografías, aunque completamente al margen de sus autores, que nos vimos sorprendidos con su aparición. Sólo la calidad del papel fue sensiblemente inferior en esta segunda edición, si bien, la presentación y demás detalles fueron los mismos.
Los temas que componían el libro y sus autores, fueron por este orden los siguientes:
“Pueblos y paisajes”, José Serrano Belinchón.
“Geografía”, Jesús García Perdices.
“Historia” y “Arte”, Antonio Herrera Casado.
“Literatura”, Alfredo Villaverde Gil.
“Folklore” y “Tipos y costumbres”, José Ramón López de los Mozos.
“Gastronomía”, Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo
Las impresionantes fotografías que documentan esta publicación las puso un fotógrafo profesional venido de Madrid: Juan José Pascual Lobo.
Una vez agotadas ambas ediciones, y como un interesante servicio a los lectores del blog, a partir de las próxima página y sin interrupción, iré ofreciendo en fragmentos el primero de los temas, “Pueblos y paisajes”, del que soy autor, con escogidas fotografías propias.
Espero que sirva para que los lectores de aquí, y de todo el mundo, conozcan mejor esta provincia castellana.
(En la fotografía, las páginas 16 y 17 de “Guadalajara”, publicado en 1991 por Editorial Mediterráneo)

martes, 8 de junio de 2010

NUESTROS RÍOS: EL GALLO ( I I )



En un trabajo anterior, publicado hace varias semanas, nos quedamos como encajados entre las peñas y los soberbios farallones por los que el río, dejada atrás la ciudad de Molina, se va colando camino del Santuario de la Virgen de la Hoz, el famoso Barranco, que todo molinés, y por extensión todo guadalajareño que se precie, tiene el sagrado deber de conocerlo y de gozar de sus encantos paisajísticos, regalo de la Naturaleza para aquellas tierras que, especialmente cuando llega el buen tiempo las gentes de los lugares vecinos saben aprovechar.
Del Barranco de la Hoz, del santuario en donde se venera a la Patrona del Señorío, de su majestuosidad paisajística, de su historia y de su tradición, se ha escrito mucho. Existen varias publicaciones acerca de aquel lugar. Los libros, folletos, artículos y reportajes que hablan del Barranco de la Hoz quizá haya que contarlos por cientos. Todos los que hemos pasado por allí y tenemos por oficio contar lo que vemos, hemos sentido la dicha de rellenar cuartillas con el tema de aquel Barranco por contenido. Por su localización, por su historia, por lo que bajo aquellas risqueras encuentran quienes lo visitan, el Barranco de la Hoz es una fuente de inspiración inagotable, donde en cada viaje uno suele encontrarse con algo nuevo.
Pero no es de aquel maravilloso rincón de nuestra geografía provincial, ni del histórico santuario que se esconde bajo las peñas, de lo que hoy nos hemos propuesto hablar, sino del río, de ese Gallo que a paciente roce de espolón fue abriendo a lo largo de los siglos y de los milenios infinitos desde que el mundo existe, aquel tajo admirable por el que se cuela juguetón en corrientes ligeras, dibujando espumas y saltando entre las piedras, los arbustos y las hierbas de sus orillas.
Y así corre el Gallo por parajes infrecuentes, abruptos, pinariegos, hasta la siguiente escala habitada por gentes trabajadoras y honestas de las que da el terreno. Si es invierno, posiblemente se encuentre con dos o tres docenas de personas a lo sumo. Nos estamos refiriendo al pueblo de Torete, pueblo de ribera, de hortelanos de raza, en donde hay tantas cosas que ver y que contar. Los que viven allí de manera continua, y los que lo hacen sólo a temporadas, tienen a su pueblo en palmitas. Son gentes que se desviven por cuidar su imagen, por mantenerlo en permanente estado de revista. Si hay algo que recomendar a los que deseen seguir el cauce del Gallo a su paso por Torete, yo les aconsejaría que se pasaran por la placita en donde está la fuente; allí se encontrarán, parece increíble, con alguna vivienda antigua de tres plantas, construcción rural con profunda raíz molinesa. Alguien me contó que la planta baja se dedicó en otro tiempo al servicio de animales; la siguiente para uso exclusivo de personas, y el piso superior para almacén de grano y de otros productos de la huerta. Cuatro pasos más y a la vuelta de la esquina queda la torre del reloj, y al lado la iglesia. La pequeña iglesia de Torete, ahora nueva, es todo un muestrario de ingenio. En lugar de retablo se reviste el presbiterio con una sabina, cuyas ramas abiertas sirven de peana a las imágenes, al sagrario, y una de ellas, la superior, es a la vez el palo mayor de una cruz con al imagen clavada de Cristo. A lo largo de los muros laterales, además de un artístico Vía Crucis sobre placas de metal en relieve, destaca el rosario más grande del mundo, pues tiene por cadenita una soga y por cuentas cincuenta tabas de pata de buey. Son esas pequeñas maravillas anónimas, tan frecuentes en nuestros pueblos, con las que uno se suele encontrar sin que las busque, y lo que es más, sin que las espere.
A derecha e izquierda el río va nutriendo su caudal con arroyos que bajan de veguillas y cañadas camino de su próxima desembocadura. Allá al fondo, alzadas sobre la vega y a una altura más que respetable, se dejarán ver enseguida desde la ribera las casas de otro pueblo que se las promete interesante: Cuevas Labradas, el último de los muchos por los que se pasea el Gallo desde su nacimiento al pie mismo de las sierras del Tremedal.
Para subir a Cuevas Labradas es preciso salvar una cuesta muy en pendiente, trazada con infinitas curvas. Recuerdo haber visto hace tiempo escalar aquel tramo de carretera a dos o tres turistas a golpe de bicicletas cargadas de equipaje. La escena, ocurrida en pleno verano con toda la fuerza del calor, es de las que toman sitio en la memoria para siempre.
No sé con qué población de hecho contará Cuevas Labradas hoy, en un día cualquiera, lejos de los periodos de vacaciones o del fin de semana. Es posible que no pasen de veinte. En cambio es un pueblo de importantes atractivos, aun dentro del mismo pueblo descartando por el momento las vistas magníficas que todo alrededor tiene sobre las tierras bajas, cuyo protagonismo ostentan por el noreste en la media distancia las riberas del río Gallo. Si entramos al pueblo nos encontraremos en primer lugar con la altiva espadaña de la iglesia, con la torre del reloj alzada como fondo a un callejón estrecho, con la fuente y el juego de pelota, todo en el espacio de sólo unos pasos. A partir de allí sigue adelante la Calle Real en un trecho de longitud de más de doscientos metros, que nos llevan a otra visión distinta desde las afueras, con todos los altos al alcance de la vista, y que no son otros que los dos cerros Mirones, la falda del Cornero, el Puntal de la Hoya, y una puebla de gran volumen que en el pueblo conocen por el Pico del Águila; y en dirección opuesta los Estrechos, algo así como el camino que antes recorrimos en los bajos para llegar al pueblo, entre cuyas risqueras se encaja el río.
Las choperas espesas, perdidas más allá en un juego quimérico de peñas y ramajes, nos ponen en aviso de la cercanía del río mayor, del Padre Tajo, que a menos de una legua de distancia en línea recta, amenaza con adueñarse del contenido del Gallo que sigue su cauce, ahora en silencio, regando huertos, salvando estrechos, sirviendo el caz de algún molino fuera de uso, hasta llegar a su término, al final del trayecto que le marcó la madre Naturaleza en el mítico Puente de San Pedro, paraje brusco de variados y excepcionales encantos, donde sus aguas tomarán un nuevo cauce, con un nuevo destino que allá en las lejanas sierras de su nacimiento ni siquiera hubiera podido pensar; el de la ciudad portuguesa de Lisboa donde habrán de morir definitivamente, o lo que es lo mismo, donde serán absorbidas por el Atlántico inmenso, para el cual nacieron de aquellos claros manantiales de tierra adentro.
Del Puente de San Pedro ya dimos cumplida referencia al hablar del Tajo. La moderna carretera de ancha vía que pasa por allí, también toma parte del paisaje. Desdice del magnífico panorama natural que al correr del Tajo regala el campo a los sentidos del viajero; pero es un medio de comunicación que nos facilita, y mucho, poder gozar del sitio. Váyase, pues, lo uno por lo otro. Ahora, cuando en nuestras tierras es el invierno un hecho real, tal vez no sea preciso recomendar con insistencia el cuidado del paisaje por aquellas alturas, creemos que se cuida solo; pero sí en las demás épocas del año cuando la gente con tanta frecuencia anda por allí. No hay que olvidar que el mayor enemigo del medio natural, el único, es el hombre, y mucho más, por paradoja, a medida que la “civilización” avanza; entonces sí que se impone la necesidad de comportarse como seres civilizados, ahora sin comillas, ya que nosotros mismos formamos parte también de ese mismo entorno natural, y de él necesitamos como se pudiera necesitar del aire, del agua o del alimento para sobrevivir.

(En la foto: Ayuntamiento de Torete)

martes, 1 de junio de 2010

LA GANADERÍA EN GUADALAJARA


Guadalajara ha sido siempre una provincia eminente­mente ganadera. Sobre todo en las comarcas serranas, y más todavía en las del Norte en torno al Macizo de Ayllón, la ganadería constitu­yó desde tiempos inmemoriales su principal fuente de riqueza y la base, casi exclusiva, de su manteni­mien­to. Las ovejas serranas, las cabras comunes, las vacas avileñas para la cría y el trabajo, así como el ganado mular en las comarcas agrícolas más favoreci­das, constituyeron en el vivir cotidiano de los antiguos moradores el más importante de los puntos de apoyo sobre los que descansaba su peculiar manera de vivir.
Ya no es así, ciertamente. Los sistemas que aporta la vida moder­na han ido acabando con aquellos modos de desenvol­verse tan propios del medio rural en toda la Meseta Castellana que conocie­ron nuestros padres. También el fenómeno de la despobla­ción ha contribuido de manera definitiva a cambiar casi de raíz la vida de los pueblos. La ganadería, en conse­cuencia, acusó la novedad y ha disminuido sensiblemente en las viejas cabañas de la provin­cia.
El ancestral pastoreo se ha ido marginando hasta el extremo de casi desaparecer, por lo menos en aquellas masas rebañegas que careaban nuestros campos, y de las que tan solo, con cifras aparentemente increíbles, se recogen datos en viejas crónicas y en estadísticas de casi un siglo atrás. Ahora son enormes naves, situadas en las afueras de los peque­ños municipios, las que privan, y en las que se guarda el ganado para el engorde. En todo caso, todavía quedan en los establos de la provincia unas 450.000 cabezas de ganado ovino; el número de cabras, que en otro tiempo pudo rondar el medio millón, se ha situado en una décima parte, o sea, 47.000 cabezas como máximo, incluyendo las que acogen las diferentes comarcas; el ganado de cerda ha desaparecido práctica­mente de la vida familiar pueblerina, pues no dejan de ser mera anécdo­ta y puro recuerdo los actos rituales de la matanza del cerdo, valiéndose el público de los productos de esta especie que se venden en el mercado a lo largo de todo el año. Los bueyes y vacas también han descendido su número de manera sensible con el despoblamiento de nuestros pequeños municipios, siendo el censo actual de unas 12.000 cabezas, concentradas de manera muy especial en focos concretos, tales como los municipios de Cantalojas, en la Sierra de Atienza, y Checa en el Bajo Seño­río de Molina. Algunas mulas y asnos, menos de un millar en conjunto, mantienen encendida con languidez y clara tendencia a desapa­recer de nuestro suelo, la llama de sus pasados servi­cios.
(En la foto, reses de vacuno pastando en la Dehesilla. Cantalojas)

miércoles, 26 de mayo de 2010

SIMAS DE GUADALAJARA


Dada la composición química del subsuelo en distintos luga­res, la provincia de Guadalajara se ve salpicada de importantes cavernas, algunas de ellas sin final conocido, que desde los tiempos más remotos sirvieron al hombre como refugio en períodos de glaciación, y en cuyas paredes quedó plasmada a perpetuidad la huella de su arte primitivo y de su manera de vivir. Otras, han sido en cualquier caso motivo de leyenda para muchas genera­ciones que, con la debida precaución y respeto por lo que dentro pudiera existir, apenas fueron capaces de explorar hasta su fondo. Por citar algunas de las cuevas subterráneas más significativas, podría muy bien comenzarse por la de Los Casares, a tres kilóme­tros de Riba de Saelices, famosa debido a la gran cantidad de figuras rupestres que en ella se conser­van grabadas en la piedra; otro tanto sucede con la llamada Cueva de la Hoz, en Santa María del Espino, ambas, reconocido su interés espeleológico e históri­co, fueron declaradas en su día monumento nacional.
La Cueva de Villanueva de Alcorón que aparece en la fotografía, a cuyo interior es posible el descenso por más de doscientos escalones; las de Bochorno, Chaparral y Pie Izquier­do en Peralejos de las Truchas; la del Tornero en el término municipal de Checa, con varios kilómetros de profundidad sin final conocido, por la que cruzan verdaderos ríos subterráneos; el llamado Cóncavo de Peñarrubia en Zaorejas, de casi un kilómetro de longitud; la de Las Majadillas en Sacecor­bo; las de los Organillos y Corraliza en las sierras de El Recuen­co; la sima del Pinar entre Cantalojas y Villacadima, con entrada difícil de averiguar en la superficie boscosa, pero de tremenda capacidad y muy poco conocida; la cueva del Gorgocíl, término de Muriel, con la forma de un gigantesco embudo inverti­do, entre otras muchas.
Durante la década de los años sesenta se produjo un importan­te hundimiento del terreno en las inmediaciones de Paredes de Sigüenza, junto a la carretera, del tamaño regular del ruedo en una plaza de toros, lleno de agua y sin fondo visto; se le suele conocer por “la Sima”, cuando en realidad se trata de una torca, al modo de las muchas que en su día fueron apareciendo en la Serranía de Cuenca.

martes, 18 de mayo de 2010

NUESTROS RÍOS: EL GALLO: ( I )



Para mi uso es éste uno de los ríos con mayor carácter de los que surcan en cualquier dirección el mapa de nuestra provincia. Se trata del río molinés por excelencia, algo consustancial con las tierras del Bajo Señorío, pero cuyo nacimiento le discuten, creo que con argumentos válidos, los vecinos de Orihuela del Tremedal en la provincia de Teruel, en donde tienen la figura de un gallo por enseña. Durante algún tiempo sostuve que el Gallo tenía su primera fuente en el campo de Guadalajara, pues así me lo contaron alguna vez en el pueblecito de Chera, pero ante la evidencia de los hechos hube de desistir de aquella teoría y situar su lugar de nacimiento en Orihuela, como es lo correcto. En concreto, en la ya dicha villa turolense tienen un gallo por emblema, naturalmente que haciendo referencia al río molinés que nace en sus proximidades y muere en el Tajo por el Puente de San Pedro.
Lo cierto es que aun poniendo en entredicho su verdadero origen, el Gallo es el río de las tierras de Molina que recorre de Sureste a Oeste, y que, por ser enseña, actúa como factor fundamental sobre la imagen de aquellas tierras, de un modo especial sobre la imagen de la ciudad de Molina.
Desde lo alto del cerro del Castillo en Motos, recuerdo haberme fijado alguna vez en el llano que el pueblo tiene en sus orillas, por donde pasa muy joven todavía el río Gallo, casi un pollito me contó en cierta ocasión un lugareño. Motos, amigo lector, es el pueblo más alejado de la capital de provincia si se viaja por carretera, y en su pasado se recoge el hecho fatal de haber sido en tiempos lejanos la sede del famoso “Caballero de Motos”, de nombre Álvaro de Hita, quien durante la segunda mitad del siglo XV fue contratado por el Común de Molina para vigilar los ganados comunales, pero que muy pronto se empleó en quehaceres bien distintos a los confiados por el Común, pues se construyó un castillo junto al pueblo desde donde, como un experimentado bandolero con la correspondiente cuadrilla a su servicio, se dedicó a robar, a intimidar y a saquear de manera violenta, a los honrados campesinos de la comarca, adueñándose por la ley del más fuerte de sus cosechas y de muchas de sus pertenencias. Fueron los Reyes Católicos los que, sabedores de la conducta y andanzas del célebre “Caballero”, dieron orden tajante de derribar su castillo y de no dejar en pie piedra alguna. Esa es la imagen que el cerro del Castillo presenta hoy, con sólo la ermita de los santos Fabián y Sebastián sobre la loma y el cementerio del lugar expuesto a todos los vientos. Motos es un pueblo chiquito en las riberas del Gallo, donde se repiten las artísticas rejerías de forja que adornan las fachadas de Alustante, su villa más cercana.
Mas era al río al que nos habíamos propuesto seguir sin detenernos excesivamente en las estaciones de su recorrido que son los pueblos; nombres sonoros de lugares con muy vieja raíz, que llegan a entroncar con tantas familias hidalgas como por allí habitaron, y de las que todavía queda el recuerdo en piedra de sus casonas nobiliarias, de sus escudos presidiendo las viejas fachadas, de sus apellidos en extremo ilustres y con no poca resonancia en la España de los siglos XVI y posteriores. En ese sentido, los pueblos de Molina son un verdadero muestrario por sus cuatro sexmas.
Tordellego, Morenilla, Chera, Castilnuevo, son lugares del Bajo Señorío que a más o menos distancia tienen al Gallo por vecino. En las temporadas de sequía, el río baja exangüe por aquel tramo de su recorrido. A la altura de los molinos abandonados que tiene a dos o tres kilómetros de sus últimas casas el pueblo de Morenilla, el Gallo pasa cumplido de corriente en los años generosos en lluvia, y convertido en ruines charcas donde las truchas fenecen por sí solas, durante los veranos desiertos que, para mal de peces y de plantas, no han faltado durante las última décadas.
A su paso por las cercanías de Chera las aguas van aumentando en cantidad y el río en anchura, como efecto de los diferentes arroyos que cerca de allí han vertido en su cauce. La vega de Chera, su producción excelente y la abundancia de vegetación en sus parajes más próximos, son una consecuencia de la humedad que reciben del Gallo, y que durante ciertas épocas del año los convierten en una auténtico vergel, aunque no lo suficiente como para haber retenido a los muchos habitantes que se fueron de allí, pues la fiebre del éxodo durante los últimos tiempos dejó al pueblo en mínimos, excepción hecha de los meses de verano. Chera, incorporado en la actualidad al ayuntamiento de Prados Redondos, es por el milagro de las aguas uno más de los paraísos perdidos por nuestra geografía provincial y que muy pocos conocen.
Y Castilnuevo después siguiendo el curso del río. Por Castilnuevo pasa el Gallo encajado por debajo de un puentecillo estrecho que hay cerca de una ermita que en tiempo pasado debió hacer el servicio de iglesia local; una iglesia solitaria de estampa romántica, becqueriana, repleta por fuera de hierbas y de misterios, donde las lagartijas campean a sus anchas por los muros y se esconden en los agujeros. Y sobre el caserío de Castilnuevo el castillo de los Señores, donde se ha dicho que se inspiró Cervantes para situar la Insula Barataria de su novela inmortal. Algunos almacenes donde encierran las maquinarias y los productos del campo, una escuela que ni siquiera se llegó a estrenar con otras viviendas anexas, y las formas retocadas del que fue su castillo sobre lo alto, completan la imagen total de otro de los lugares por los que pasa el río sigilosamente, fertilizando vegas, camino de la capitalidad del Señorío que queda a cuatro pasos.
Molina de los Caballeros, Molina la Grande, Molina recibe las aguas serranas adornada en el llano con su peineta de murallas y de torres solemnísimas que la vigilan desde la altura. El Giraldo bailarín de la torre de San Francisco es el primero en divisar a distancia el paso del río. Una vez allí, el río se cuela bajo los arcos del puente románico, sin duda la imagen más sugerente de la ciudad y por extensión también la más antigua. A la ciudad de Molina hay que acercarse como se acerca el Gallo, entrar en sus glorias pasadas para llegarla a conocer como merece ser conocida, saber cómo fueron y quienes fueron sus hijos más notables, algunos de ellos nombres de primera fila en nuestra historia nacional con referencia a tiempos muy lejanos. Ciudad señora y ciudad de señores, de familias nobles cuyo recuerdo atravesó el umbral de los siglos no sólo inscritas sobre legajos en los que todavía late la realidad viva de su historia, sino a pie de calle, en palacetes e iglesias repartidas por cualquier plaza o rincón y en los escudos de piedra que los sellan. Si de alguna ciudad castellana se debe hablar por cuanto a su personalidad y carácter bien marcados, ésta es la ciudad de Molina a la vera del Gallo.
Y el río escapa de Molina regando huertas y siguiendo en paralelo la carretera que parte hacia Ventosa. Más adelante le costará ser testigo de uno de los espectáculos naturales más bellos de toda la geografía de España: el Barranco de la Hoz, que él mismo consiguió abrir al paso de los siglos, de muchos cientos de siglos laborando sobre las rocas. De ello hablaremos en otra ocasión dentro de poco, siguiendo su curso.

(En la fotografía, el río Gallo a su paso por el Barranco de la Hoz)

viernes, 14 de mayo de 2010

PAISANOS "BENEMÉRITOS" DEL SIGLO XV


Nos duele, seguro que sí, que a esta tierra nuestra se la reconozca por los extraños más afines y por muchos de lo propios, como la "Provincia de los caciques". Un sambenito que alguien se sacó de la chistera alguna bvez y que ahí está, enquistado en el saber popular sin que se pueda hacer gran cosa por que desaparezca, aparte de dejar correr el tiempo que acaba con todo. La cosa es que, cuando uno hurga sólo un poquito en la personal condición de tantos grandes y de tantos poderosos como nacieron o vivieron aquí, durante el siglo XX sobre todo, habremos que reconocer, mal que nos pese, que a la acusación no le faltan ciertos tintes de verdad. También es cierto que si saltamos los límites de nuestro mapa provincial, nos encontramos con que en mayor o menor medida en todas partes cuecen habas, aunque la nuestra, según parece, sea una caldera un poco mayor.
Los excesivos títulos nobiliarios que familias enteras muy influyentes ostentaron, con riqueza y mando en vidas y haciendas desde los últimos coletazos de la Edad Media, no han favorecido mucho que digamos a las gentes de Guadalajara en toda su extensión, es más, se llegó a crear una conciencia histórica colectiva en la que aquello de que el pez grande se come al chico, pareció siempre algo inherente al espíritu de nuestros paisanos por años y siglos, como si se tratara de algo especialmente nuestro. Evito dar nombres, pues todos ellos brillan con luz propia en el firmamento alcarreño, y la Historia de Guadalajara, también la de España, los recogen para bien o para mal y aquí, a cuatro pasos de nosotros, se guarda en piedra nobiliaria la huella de su pasado.
Podemos presumir -desde luego que sí- de paisanos ilustres que de una manera u otra dejaron mucho de ellos para sus coetáneos y aun para los que vendríamos después, pero no todos. En la memoria del lector seguro que quedó inscrito el nombre de varios, de los que nos honraron con su estar aquí y de otros que no. Sálvese quien pueda.
Hoy vamos a hablar de cuatro de estos ciudadanos de mala ralea, de antihéroes que crió esta tierra, y que, por lo menos en documentos escritos y en el decir de las gentes siguiendo el hilo de la tradición, sus nombres han llegado hasta nosotros y con ellos su pésima condición como ciudadanos de otro tiempo.
Imagínense la Castilla del siglo XV, sobre todo la de su primera mitad bajo el reinado de un monarca inútil y falto de personalidad hasta el extremo, Juan II, y con verdaderas jaurías de nobles por doquier dispuestos a devorar, a devorarse unos a otros y a terminar con la autoridad real que, con la entrada bañada en sangre de los Trastámara, fue debilitándose paulatinamente por falta de autoridad que pusiera coto a los desmanes de los poderosos. Los Reyes Católicos aparecerían después, y una vez conseguida la unidad nacional pondrían las cosas en su sitio. ¿Pero, hasta entonces?
Hasta entonces las tierras de Castilla en general y las de Guadalajara en particular por sus cuatro comarcas, fueron escenario de los desmanes y crueldades a los que se vio sometida la gente humilde, tanto por parte de los poderosos como de los truhanes, que tanto nos da lo uno como lo otro.
Es el caso que en tierras de la Alcarria, puesto que fue en los pueblos de la encomienda de Zorita donde un insurrecto de nombre Juan Ramírez de Guzmán, y de apodo con el que ha pasado a la Historia el de Carne de Cabra, puesto a alzar en alto el brazo fuerte de su poder, se erigió a sí mismo maestre de la Orden de Calatrava, de la que la propia villa de Zorita con su castillo sobre las rocas había llegado a ser cabecera de encomienda, y entre las mil fechorías de las que fue autor y promotor, cuentan a título de muestra la de asolar y sembrar el pánico en todos aquellos pueblos, excepto Auñón, con cuya resistencia no pudo. Mandó derribar el castillo de Almoguera, del que apenas quedó señal, y valiéndose de sus malas artes consiguió liderar la comarca entera durante cierto tiempo, siendo el saqueo el primero y único artículo de su mandato.
La segunda de estas “joyas” tuvo por nombre el de Gabriel de Ureña, constructor y luego señor del castillo de Establés, allá por los primeros valles del Mesa en tierras de Molina. De este individuo no sabemos el mote por el que en su tiempo se le conoció, aunque seguro que lo tuvo, pero sí que nos queda el apelativo por el que se registró en las páginas de la Historia el castillo que mandó construir y que todavía se conoce por el Castillo de la mala sombra. Hombre cruel y sanguinario, impío fustigador de aquellas buenas gentes campesinas, y de cuya conducta me habló hace algunos años un viejo labrador de su pueblo. Es la verdad limpia tal y como se ha contado en Establés durante generaciones. Así me lo explicó el vecino Pedro Cejudo en aquella ocasión: «Yo he oído contar que ponía a un vigilante en aquel puntal que le decimos La Centinela, a ver quién pasaba por abajo. Si venía alguno con maderas o cosas que le podían servir, lo mandaba detener, se lo traían al castillo a la fuerza, le quitaban lo que llevaba y lo ponían a trabajar ahí. Si se negaba a hacer lo que le mandaban se veía colgao en lo alto de ese cerro que le decimos La Horca. Al castillo se le ha llamado siempre “de la mala sombra” sólo por eso.» Lo que queda del castillo está en Estables como recuerdo, destacando por encima de las viviendas y dejando en el pueblo una velada visión de extrañeza. Quién sabe si la sombra de su primer dueño deambulará por allí como alma en pena.
Pero estoy seguro de que la huella más profunda de su paso por las tierras en las que anduvo fue la del Caballero de Motos. Su verdadero nombre era Álvaro de Hita, pues se tiene por casi seguro que fue en la villa de Hita donde nació tan ilustre personaje. Se sabe de él que fue contratado por el Común de Molina para que vigilase los ganados comunales, que en aquel siglo serían, sin duda, la principal fuente de riqueza de aquella comarca; pero el cumplió con su misión de manera bien distinta a la que tenía por encargo, pues al hilo de la falta de autoridad existente y de la proliferación de granujas por toda Castilla, no tuvo mejor idea que la de construirse un castillo en el cerro de Motos, desde donde, como el más temible de los bandoleros conocidos y por conocer, se dedicó a robar al mando de una cuadrilla de malhechores a su costa, a saquear y a intimidar con violencia a los honrados lugareños de los pueblos en todo aquel contorno, maltratando a las personas y apoderándose de sus escasas pertenencias. Su fama fue tal, que los Reyes Católicos, sabedores de las andanzas y desmanes del Caballero, dieron la orden tajante de derribar su castillo sin que quedase piedra sobre piedra, como así continúa cinco siglos después.
Y la lista no acaba. Al punto de concluir este trabajo me viene a la memoria el nombre de otro desaprensivo más de los que durante aquel siglo vivieron en esta tierra. Se llamaba don Juan Ruiz de los Quemadales, o Juan Ruiz de Molina, aunque el apelativo común por el que se popularizo en aquella comarca fue el de El Caballero Viejo. Allí usó y abusó hasta hacerse dueño de campos y de pueblos enteros, tales como El Pobo, Santiuste de Molina, Embid, Teros, Tortuera y Guisema. No fue un cualquiera el Caballero Viejo, puesto que ejerció de jurista y como guerrero posiblemente al servicio del rey, ya que fue Juan II de Castilla quien le dio permiso para edificar en 1434 el castillo de Santiuste, cerca de Corduente, que todavía se conserva rehabilitado en parte. El sistema que usó para enriquecerse fue algo más benévolo que el que habían empleado sus predecesores, pues algunas de las posesiones las consiguió por dinero, otras por la fuerza, y todas de un modo abusivo.
La verdad es que con el Caballero Viejo no contaba hoy a la hora de ponerme a escribir, pero ahí quedan también su nombre y su obra como noticia. Seguramente que si seguimos hurgando en la memoria o consultando escritos, la lista sería mayor. Eso sí, estos personajes son la excepción, afortunadamente. La lista de paisanos honorables que vivieron por aquellos años, y en siglos posteriores, supera con creces a esta ilustre carroña. No obstante, buena es la sal, y la pimienta, y el vinagre como condimento, y las sombras en las mejores pinturas de los grandes maestros. Es el contraste, la variedad que da relieve a la condición humana y que de alguna manera ha marcado a fuego nuestro carácter, o por lo menos a mí, así me lo parece.

Nueva Alcarria, año 2002
(En la fotografía, el Castillo de Establés en la actualidad. Detalle)