jueves, 29 de septiembre de 2016

EN EL PRIMER CENTENARIO DE ANTONIO BUERO VALLEJO



         Hoy, y no ayer ni el pasado lunes, como he llegado a escuchar en algunos medios de información recientemente, se cumplen cien años del nacimiento en Guadalajara de don Antonio Buero Vallejo, el mejor dramaturgo en lengua castellana de todo el siglo XX. De su importancia como autor lo dejo a la libre opinión de quien leyere. “Historia de una escalera”, “Las Meninas”, “El Tragaluz”, “En la ardiente oscuridad”, “El concierto de San Ovidio”, entre las que he visto representar o he leído, me autorizan sobradamente a juzgar a nuestro personaje, y a celebrar con él que dejase a un lado los pinceles -pues quiso ser pintor, y no dudo que se hubiese abierto camino- y decidirse por la pluma definitivamente y por los folios de papel blanco, para dar salida a su excepcional condición de hombre de letras, como por fortuna para todos, así fue.
         He sido un admirador incondicional de la obra de Antonio Buero Vallejo, también de su persona desde el día que tuve ocasión de conocerlo, de escucharlo y de hablar con él; momento que volvió a repetirse algunas veces más, en dos de ellas con motivos muy concretos a los que me voy a referir; momentos de esparcimiento, que son los que nos permiten conocer más de cerca y con mayor profundidad a las personas.
         Me refiero en primer lugar a una multitudinaria cena de “Populares de Nueva Alcarria”, en la que me correspondió estar muy cerca de él y poder escucharle. Otra, años después en la desaparecida Casa de Guadalajara, en la madrileña plaza de Santa Ana, con motivo de la imposición a ambos de la insignia oficial de la Casa, el “Melero de plata”, en el mismo acto. Un encuentro de carácter familiar, donde en petit comité (cinco personas tan sólo) compartimos, tras el acto público, mesa y mantel, con prolongada tertulia hasta muy altas horas de la noche. Éramos el propio Sr. Buero, el poeta Ramón de Garciasol, el presidente de la Casa, José Ramón Pérez Acevedo, otro directivo de la misma cuyo nombre no recuerdo, y un servidor. Don Antonio Buero Vallejo y su coetáneo y amigo don Miguel Alonso Calvo, que fue el verdadero nombre del ilustre poeta campiñés, se lo pasaron en grande contando historias y viejos recuerdos de su niñez en Guadalajara, que por tratarse de ellos son parte de la historia de la ciudad.
         Ha pasado el tiempo, y ahora, con motivo del primer centenario de su nacimiento, me he recreado en sacar de la memoria aquellos momentos, revisar sus cartas manuscritas, que un día me pidió su biógrafo Mariano de Paco y que, con permiso de su autor, ofrecí algunas de ellas en fotocopia. Hoy me he puesto a escribir este par de cuartillas en su memoria; jamás tendré mejor ocasión.
         La fotografía de Mariano Viejo que ilustra este trabajo es de la ya referida noche de los “Populares”. Con  don Antonio Buero compartían mesa el general de división don Félix Alcalá Galiano y señora, una mujer joven acompañante de uno de los políticos de altura que asistieron al acto, el periodista, felizmente  todavía con nosotros, Luis Monje Ciruelo, y el que esto escribe llevando en la mano el típico porroncillo de aguardiente alcarreño; todos con veinte años menos.

         Cuando nuestro hombre cumplió los ochenta le dediqué mi reportaje de “Nueva Alcarria” de aquella semana que titulé “Felices ochenta, don Antonio”. Conservo su amable carta de gratitud. Ahora, nuestro famoso autor no cuenta entre nosotros, sí entre los grandes nombres de la Literatura Española para siempre; pero como en aquella otra ocasión, con este escrito que ya termina, le envío mi más sincero y sentido recuerdo. ¡Felicidades, don Antonio!  

miércoles, 3 de agosto de 2016

VOLVER A VIVIR


            Hoy he tenido necesidad de acercarme a Galve de Sorbe, nuestro pueblo más cercano, en donde pasé uno de los años más bonitos de mi juventud. Cuando se nos acaba un medicamento, en estos pueblos de la Sierra Norte nos acercamos a Galve, donde Montse, la farmacéutica, nos atiende con una prontitud y una profesionalidad admirables. La farmacia de Galve está en la plaza del pueblo, una de las plazas más completas y vistosas de la provincia: una fuente abundante, con dos chorros manando de continuo sobre su pilón redondo;  una picota gótica del siglo XVI, elegante y en perfecto estado de conservación, y como fondo sobre el cercano otero, el castillo de los Estúñiga.
            En las que antes fueron escuelas, sobre el arqueado soportal de la plaza, está el ayuntamiento. Me emociono siempre que paso por la plaza de Galve. Allí estuvo la segunda escuela que yo regenté siendo soltero. La primera fue la de Cantalojas, el pueblo de Paquita -hoy mi mujer y mi novia por aquellos años. Al otro lado de esas ventanas me inicié, digamos que con seriedad e ilusión sobre todo, en la escritura con ciertas pretensiones literarias. Aquellas tardes  solitarias, silenciosas, infinitas, lentísimas, del curso escolar 1962-63, en un invierno especialmente frio, marcaron mi verdadera segunda vocación. Detalle autobiográfico que ha merecido su espacio en el recientemente concluido trabajo de memorias “Cuaderno de recuerdos”, con este párrafo que hoy me parece oportuno sacar a la luz, y que lo dice todo: 
«Dos horas de cada tarde, cuando no estaba el tiempo para echarme a la carretera, camino de Cantalojas a pie, me quedaba en la escuela después de la clase y las dedicaba a leer a los clásicos; tarea que había iniciado en Cantalojas tiempo atrás y que
volví a recuperar en mi año de Galve con un interés todavía mayor; pues una vez aprobada la oposición y cumplido el Servicio Militar, no tenía otros quehaceres más importantes que reclamaran mi tiempo con mayor premura. Azorín y los autores de su generación, Galdós y los de la suya, con Bécquer, Juan Ramón y los Machado entre los poetas, no sólo me abrieron las ganas de leer, sino también las de escribir; pues fue allí donde en los tempraneros atardeceres -anocheceres, casi- de aquel invierno, y al continuo murmullo de los chorros de la fuente que subía desde la Plaza, empecé a hacer mis primeros pinitos literarios, mis primeros versos como todo el mundo, que muy pronto dejaría  definitivamente, porque tampoco -empleando las mismas palabras que empleó Cervantes- “tenía yo como poeta la gracia que no quiso darme el Cielo”. El despertar en mí de la escritura en prosa, si algo he llegado a hacer o pueda hacer en lo sucesivo que haya merecido la pena, vendría más tarde, no mucho después. Como las cosas importantes que a uno le marcan la vida.»

Pero fue aquel año, sí, el de Galve de Sorbe en el silencio de la solitaria escuela, el que me inició en los primeros pasos de mi interés por la escritura, que hoy ha vuelto a iluminar mi recuerdo.

viernes, 22 de abril de 2016

EN EL IV CENTENARIO DE CERVANTES

                            COMENTARIO AL CAPÍTULO XII DEL QUIJOTE
                                                                 Segunda parte


     
       Tan sólo en ocasiones muy contadas el autor de El Quijote hace mención al tiempo y al espacio a lo largo de su obra de manera precisa. En el texto que ahora nos ocupa sí que nos ha dado a conocer con exactitud el día en que ocurrieron los hechos que en el capítulo se refieren, o por mejor decir, la noche en la que en pleno bosque surgió como un aparecido junto a los dos personajes centrales de la obra el Caballero de los Espejos.
            Había confundido nuestro buen hidalgo a los comediantes de la "Corte de la Muerte" con una serie de figuras maléficas de las que a menudo bullían por los llanos sin límite de su imagina­ción. No eran en realidad aquellas pobres gentes sino eso, comediantes, hombres y mujeres de bien que en la tarde de la Octava del Corpus viajaban en carreta de un pueblo a otro por los inmensos campos de la Mancha ejerciendo su oficio, representan­do en las plazas públicas de cada villa o lugar su auto sacramental según costum­bre. Sería, por tanto, una noche cualquie­ra del mes de junio.
            Esas noches de principio de verano son, sobre todas las demás, las noches de la Mancha. Debe haber pocos gozos con los que regalar al cuerpo y al espíritu, como el de pasar una noche de junio al amparo de nadie en la inmensa llanura manchega. Uno recuerda haber vivido esa experiencia alguna vez no lejos de allí. Al momento de recordar aquellas horas, las imágenes acuden a la memoria como en tropel, limpias y diáfanas como el cristal de la noche en que parece que revientan las estrellas en el silencio, roto también, por el cantar monótono e impertinente de los grillos en su escondrijo de alguna linde; por el cu-cú del búho solitario en el oscuro palacio de las copas de las encinas; por el sonar de una hora perdida en el reloj de la torre lejana. Y al lado, las viñas en agrazón, las mieses a punto de hoz movidas apenas por la brisa de la media noche que a esas alturas hace revivir los campos de la Mancha. Los segadores y los cabreros, los hombres de bien y los que no lo son tanto, los locos y los cuerdos, gustan andar en noche clara por los campos de la Mancha mientras que la sombra, la figura etérea del más cuerdo de todos los locos del mundo, viaja por los cielos a la grupa de un Rocinante incorpóreo y retozón, en busca del primer entuerto a desfacer, muy conscien­te de que lleva sobre su osamenta de viento y fantasía al más bravo y al más infeliz de los mortales.

            Don Quijote habla en el silencio de la noche, y Sancho le escucha con atención y con misericordia. Hay veces en las que el fiel escudero saca provecho del docto consejo de su amo; pero, más que para ponerlo en práctica, se vale de él para rectificar­lo, para ponerlo en razón, para despojarlo de la peladura engañosa que lo envuelve como consecuencia del manifiesto desequili­brio de su amo, y traerlo a la sencilla realidad del dos y dos son cuatro.
            Es un cariño desmedido y a su manera el que Sancho siente por don Quijote. Cuando habla el caballero, el escudero escucha, lo que no deja de ser una prueba evidente de respeto y de admiración. El escudero leal de nuestra historia, procura triturar en la pesada rueda de molino de su cerebro las razones que salen de la boca de su amo, y que tantas veces acaban convertidas en buñuelo y otras en la mejor harina de noventa.
           
            En la sustanciosa conversación de don Quijote y Sancho, acaecida a la luz de las estrellas debajo de unos altos y sombrosos árboles, hay un poco de todo. Sancho hace sólo unas horas que acaba de librar con sus consejos al caballero de una paliza a mano de los comediantes, con los que seguramente al caer la tarde habría tropezado en la carreta de "Las Cortes de la Muerte". Luego, en la soledad de la noche, el ilustre hidalgo le intentará explicar cómo en este mundo cada cual representa su papel, más o menos digno, en la comedia de la vida: que unos hacen de emperadores, otros de pontífices, y los más de tantas y cuantas figuras tienen cabida en una comedia; pero que al fin, la muerte arranca de cada uno el ropaje que los diferenciaba, y los hace iguales en la sepultura. Sancho lo ha entendido, incluso con riqueza de matices, y arroja sobre el tapete su cuarto en una nueva imagen que converge con la de su señor, pero tan ilustrati­va o más que lo fue aquella:
            - ¡Brava comparación! -dijo Sancho-, pero no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
            Y a renglón seguido, las bendiciones y reconocimientos de don Quijote, que, con la luna y la noche por testigos, debió de resonar como un abrazo en el alma de su escudero.
            - Cada día, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y más discreto.
            Surge en la soledad, envuelto entre las sombras, el Caballero del Bosque, o de los Espejos, retando a don Quijote con un soneto cantado en alta voz, y un lamento en el mismo tono a honor y memoria de su amada Casilda de Vandalia, a la que, según él, había hecho que la confesasen como la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses y tartesios, todos los castellanos y todos los caballeros de la Mancha; lo cuál soliviantó los sentimientos de don Quijote hacia Dulcinea que, seguro es, acudieron a su memoria revueltos y bullidores con un vehemente aire de protesta.

            La razón y el diálogo recoge a los dos caballeros al fin en una conversación larga y desacorde. Sus damas y sus amores son el tema de la plática que los entretiene; asunto interminable que en principio andaba muy lejos de tomar el raíl por el que el Caballero del Bosque, como se verá en los siguientes capítulos, quiso conducir al bueno de don Alonso Quijano. Los escuderos, muy al márgen del interés común de sus señores, procuraron entenderse en un lugar aparte.
            Allá por el año 1905, coincidiendo con el tercer centenario de haberse publicado la primera parte de El Quijote, don Miguel de Unamuno sacó a la luz uno de los más hermosos volúmenes de sus obras completas. "Vida de don Quijote y Sancho" es el título. En este librito, no demasiado extenso, el ilustre rector de la universidad salmantina va recorriendo uno por uno todos los capítulos de la obra de Cervantes. Es un entrar con profundidad en todos los capítulos de El Quijote, un intento de poner al descubierto la intención del autor al escribirlo, y más todavía, de dar forma a lo mucho que en la obra queda oculto, dejando asomar a la superficie el extremo sutil de un hilo del que es preciso tirar para comprenderlo. Digamos que es poner ante los ojos de quien leyere lo que en El Quijote no está al alcance de todos.
            Con tu permiso, amigo lector, y a sabiendas de que te gustaría conocer el texto al que me refiero, paso a transcribir lo que don Miguel de Unamuno dejó escrito por cuanto al capítulo que nos ocupa. Es lo siguiente:
            «Conversando sobre lo que es la comedia del mundo se quedaron amo y escudero bajo unos altos y sombríos árboles, cuando les rompió el sueño la llegada del Caballero de los Espejos. Y allí fue la plática de los escuderos de un lado y de los caballeros por el otro, y el declarar Sancho que a su amo un niño le hacía entender que era de noche en la mitad del día, sencillez por la que le quería como a las telas de su corazón y no se amañaba a dejarle por más disparates que hiciera. Aquí se nos declara la razón del amor que Sancho profesaba a su amo, mas no la de la admiración.
            Pues ¿Qué creías, Sancho? El héroe es siempre por dentro un niño; su corazón es infantil siempre; el héroe no es más que un niño grande. Tu don Quijote no fue sino un niño durante los doce largos años en que no logró romper la vergüenza que le ataba, un niño al engolfarse en los libros de caballería, un niño al lanzarse en busca de aventuras. ¡Y Dios nos conserve siempre niños, Sancho amigo!»

            La aventura con el Caballero de los Espejos continúa en los dos capítulos siguientes. Sin duda, uno de los episodios más memorables de la obra cervantina y con un mayor contenido, tanto humano como literario; pues ahí están la gloria y la grandeza de El Quijote. (J.S.B. del libro “El Quijote entre todos. Ilustraciones de Rodrigo García Huetos)

lunes, 21 de marzo de 2016

EL PALACIO LAREDO EN ALCALÁ DE HENARES


            Para nadie deberá ser noticia que me atreva a afirmar categóricamente que Alcalá de Henares es una de las ciudades más interesantes de España por muchos y diversos motivos. Es la cuna del “padre de nuestro idioma”; es conocida en todo el mundo por su famosa Universidad y por otras muchas cosas que acrecientan su importancia. Un joyel de la cultura hispana a través de los siglos. No olvidemos que fue Estudio General en tiempos del rey Sancho IV, y que su Universidad tiene origen en el siglo XVI, con el Cardenal Cisneros como fundador y el Colegio Mayor de San Ildefonso como inicio, año 1508. Eso, al día de hoy es sólo una muestra de la que salen un sinfín de ramificaciones, de las cuales hoy me voy a detener en la que llaman Palacete de Laredo, situado en el Paseo de la Estación.
            No tenía idea de su existencia, ni de tantas cosas más como hay que saber de la vieja Complutum, hasta hace sólo unos días que, con mi amigo Julián Cobo, pasé por allí. Se trata de un palacio relativamente moderno, construido por su dueño y autor como vivienda familiar hacia el año 1880 en estilo neomudéjar, y enriquecido en su interior con azulejería de inspiración oriental procedente de Toledo y del palacio de Pedro el Cruel de la ciudad de Jaén; con artesonado del palacio de los Mendoza de Guadalajara, y con bóveda y columnas del castillo de Santorcaz; todo comprado a bajos precios. En fin, es lo que uno se pueda imaginar de los deseos insaciables de un vascongado rebosante en astucia y en dinero, quien al final de su vida (murió a los 54 años) se encontró sin palacio y en el más lamentable estado de pobreza.
            Se llamaba aquel singular personaje don Manuel José Laredo y Ordoño, nacido en Amurrio en 1842, y fallecido en Madrid en 1896. Durante algún tiempo ostentó el cargo de alcalde de Alcalá.
            Tras vicisitudes varias, el palacio pertenece al ayuntamiento de la ciudad, y en él se encuentra la sede del (CIEHC) Centro Internacional de Estudios Históricos Cisneros, creado por la Universidad de Alcalá en el año 1996, e inauguradas las instalaciones en el Palacio Laredo en 2001. En el CIHEC se cuenta con más de 150.000 microfilminas de documentos bibliográficos, relacionados con la Historia de la Universidad.
            Y qué ver allí? Muchas cosas. Lo que conservo como más fresco en la memoria pueden ser los seis volúmenes, magníficamente cuidados, de la Biblio Políglota Complutense, que en su tiempo constituyó como una revolución dentro de la Cultura Escriturística, al tratarse de la primer edición de la Sagrada Escrituras impresa en cuatro idiomas: latín, griego, hebreo y arameo.
            Recuerdo, así mismo, como dato sorprendente, la antigua talla en madera polícroma en la que está representada la imagen de la reina Isabel la Católica -la única que existe, nos dijeron, en su tamaño real-, quien, de haber sido así, difícilmente debió de alcanzar los 145 centímetros de estatura.
            El “Salón de los Reyes” produce al entrar en él un especial impacto por su colorido y conservación, por su elegancia, su iluminación, y sobre todo por las pinturas de “matrimonios reales” que a gran tamaño y a media altura, están representados en tres de sus muros, presididos por el correspondiente a los Reyes Católicos que muestro en la fotografía. En este salón, con unas cien o ciento veinte sillas elegantísimas, de un rojo intenso, se celebran a veces actos de carácter sociales y conferencias.
            Me detengo al final en una pequeña salita, en donde el sonido de una parte a otra, debido a la estructura del techo, amplía sensiblemente el tono de voz de las personas. Efecto que sabemos se produce en algunos otros famosos edificios históricos de España, pero en éste lo he vivido y de ello doy fe.
                          


domingo, 28 de febrero de 2016

VISITA A EDICIONES AACHE

          
  En la mañana del pasado viernes compartí unos minutos de amistad en los locales de la Editorial Aache con el gerente y fundador de la conocida empresa guadalajareña, Dr. Herrera Casado, compañero de página durante tantos años (casi cuarenta) en el periódico “Nueva Alcarria”, editor de varios de mis libros y, sobre todo, amigo, aunque nos solamos ver de tarde en tarde.
            Centenares de libros editados por Aache se muestran en los anaqueles del salón principal, en el que habitualmente trabaja don Antonio al pie del ordenador. Cronista Provincial, doctor en Medidina, digno sucesor en ambos quehaceres de su antecesor el Dr. Layna Serrano, don Antonio se dedica, una vez jubilado, al que siempre fue su hoby: escribir, publicar y editar libros, propios y de otros muchos autores, teniendo como norma característica la pulcritud, la elegancia y la inmejorable calidad de lo que hace.
            Como en la inmensa mayoría de la industria editorial, el Dr. Herrera se queja, no sin razón, del escaso interés que los españoles de hoy tenemos por la lectura; una muestra inequívoca de que nuestros intereses, en términos bastante generalizados, van por otros caminos, no precisamente por los del saber, del estudio, de la cultura… Y si a eso añadimos las muchas facilidades que los medios modernos nos ofrecen para hacernos gratuitamente con libros electrónicos –que jamás suplirán al papel-, la situación se agrava todavía más.

            Rodearse de libros produce una inefable sensación de gozo, a mí me sucede; y hablar de ellos como fuente que son de conocimientos en su propia cuna, es una experiencia verdaderamente satisfactoria. Al final de la visita, el cronista, editor y amigo, pidió que Águeda, su hija, ya directora y responsable oficial de la empresa, nos sacase una fotografía para la exposición de Aache, detalle al que accedí de mil amores. Es la que aquí también expongo, dejando constancia de aquellos interesantes momentos.          

martes, 23 de febrero de 2016

EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS


Con el salón de actos del edificio central en Guadalajara de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha lleno de público, tuvo lugar en la tarde de ayer la presentación en la capital del esperado libro “100 propuestas esenciales para conocer Guadalajara”, editado por Aache, con el número cien de la colección “Tierras de Guadalajara”, y escrito por el propio director-gerente de la editorial guadalajareña, Dr. Herrera Casado, con otros 50 coautores entre los que tengo el honor de encontrarme. Autores todos ellos elegidos por el editor como conocedores de los temas a tratar, lo que avala el interés del libro como vehículo imprescindible y difícilmente superable, para conocer esta antigua -y como por su contenido podemos comprobar- también variada e interesante provincia castellana.
         Una edición digna, bellamente presentada, con más de un centenar de fotografías en color, y la garantía de que los textos proceden de la mejor fuente posible, aunque, eso sí, nos hemos tenido que atener al espacio indicado por la editorial, algo que no en todos los casos se ha tenido en cuenta.
         Una provincia como Guadalajara, tan importante como lo ha sido en hechos históricos, escenario de tantos acontecimientos desde los primeros vagidos del idioma castellano, tan bien situada en los caminos de la cultura desde la Alta Edad Media, tiene mucho que decir, que conocer y que enseñar. Monumentos, espacios naturales, parajes y paisajes, hechos históricos, literatura, personajes señeros, fiestas y costumbres…, en fin, todo aquello que conviene conocer como lo más destacable de una provincia viva, altamente interesante, ideal pensando en esa inquietud que de hace años a hoy se ha despertado en todo el país, y aun entre los visitantes de fuera, por el Turismo de Tierra Adentro, al que Guadalajara se ofrece con todo su mérito, como tierra de acogida.
         El Dr. Herrera pidió en su día mi colaboración para tan acertado proyecto, proponiéndome el tema “El Hayedo de la Tajera Negra”, naturalmente por mi relación con Cantalojas, término municipal en el que se encuentra; trabajo que le remití a vuelta de correo (electrónico, claro está), y que figura en las páginas 180-181, el cuál, por razones obvias, os presento a mi vez como complemento gráfico.

                  

lunes, 18 de enero de 2016

"LA MALQUERIDA", UN DRAMA MOLINÉS


Lo que aquí paso a escribir, me lo contaron en el pueblo hace algunos años con motivo de mi primera visita a Tierzo, allá cuando mis viajes periodísticos de "Plaza Mayor" que tanto me ayudaron a conocer, y en consecuencia, también a querer y a sentir admiración por aquellas nobles tierras de Molina. Las cosas -dicen-, miradas de un modo subjetivo, tienen, ni más ni menos la justa importancia que se les quiera dar; para mí, el hecho al que me refiero hoy fue toda una sorpresa, pues se trata, nada menos, que de la raíz y el origen de lo que poco después habría de ser una de las obras más conocidas de la producción literaria de todo un Premio Nobel.
No es preciso decir que el hecho real sobre el que basa su argumento el
drama "La Ma
lquerida" de don Jacinto Benavente es poco edificante, la razón
cae de s
u peso; no obstante, como dato de interés para la historia personal de
las tierras del Señorío
, no es nada desdeñable, merece la pena. Lamento, eso
sí, no tener todos los datos precisos que tantos molineses de tiempo atrás
tuvieron en mente y que tal vez todavía recuerdan, por haberlo oído contar, algunos de los mayores que todavía viven. Si estas cuatro líneas sirven para que quede constancia escrita al paso de los años
, se habrá visto cumplido mi propósito de que las cosas no debieran perderse, dado que los pueblos tienen derecho a ser depositarios a perpetuidad de todo lo que es suyo, también los aconteceres y leyendas, que a veces se suelen evaporar cuando las personas desaparecen.
            Pues bien, sucedió que allá por la segunda década del pasado siglo -pronto se cumplirá el primer centenario-, un hecho singular conmovió a las tierras del Bajo Señorío y de toda Molina. En Tierzo, y de manera cobarde, se había cometido un crimen pasional valiéndose de unos matones a sueldo. La víctima fue al parecer un hombre apuesto, se llamaba Francisco, y de sobrenombre "El Pañero". Estaba casado con una mujer joven, hijastra de un ricachón que desde niña se había enamorado de ella. La mujer, según cuentan, hacía buenos ojos al amor innoble de su padrastro, a cambio, quién sabe, si de tener a su alcance todos los caprichos que una muchacha de su tiempo y de su condición pudiera desear. Es lo cierto que, entre uno y otra, tramaron la manera de quitarse de en medio al infeliz esposo de la muchacha, quien por su oficio de vendedor ambulante pasaba la mayor parte de los días fuera de casa; de una casa que, según dicen en el pueblo, existe todavía.
            Parece ser que fueron tres forasteros los autores materiales del crimen. Tres esquiladores que por aquellos días de finales de mayo andaban por allí trabajando en su oficio igual que cada año. El precio convenido, mil pesetas de las de entonces, todo un capital. De la forma en que le dieron muerte no se sabe nada. El lugar a dos kilómetros del pueblo. El cadáver lo metieron en un saco y lo escondieron en el agujero de una alcantarilla. Para despistar a la justicia los asesinos fueron a lavarse a una fuente lejana, cerca de Molina. Cuando se descubrió todo, y las circunstancias que dieron lugar a hecho tan tremendo pudieron conocerse con detalles, a la esposa del muerto la metieron en la cárcel y allí dio a luz. Un verdadero drama, efectivamente. Las gentes de Tierzo, y más todavía las de los pueblos vecinos, compusieron coplas en las que se relataba el hecho vil que durante muchos años se ha recordado en el pueblo.
            Al poco tiempo, ese mismo suceso con ligeras variaciones de matiz, y trasladado a otro ambiente y a otra región de España, recorrió los escenarios del país con un éxito de público sin precedentes. La famosa copla de don Jacinto, aquella que decía así: El que quiera a la del Soto/ tiene penas de la vida/ por quererla quien la quiere/ le llaman la Malquerida/ fue una constante en el decir popular de la época, y, desde luego, algo debió contribuir a la concesión del más importante premio que en el mundo se concede a los hombres de letras. En todo ello no aparece el pueblo de Tierzo. Participó en las horas de angustia como su primer escenario, pero no en lo oropeles que siguieron al éxito de una obra singular, reconocida por todos.     


sábado, 19 de diciembre de 2015

EL "CENTRO OCUPACIONAL" DE GUADALAJARA



            Con la más que eficiente colaboración de Lino –mi amigo José Luis Martínez Linos-, encargado del taller de Encuadernación del Centro Ocupacional “Nuestra Señora de la Salud”, dependiente de la consejería de Sanidad y Asuntos Sociales de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, estoy consiguiendo convertir en libros la mayor parte de mi obra escrita, que ha sido publicada hasta el momento en “Nueva Alcarria”, otras revistas, además de trabajos especiales, conferencias, pregones, charlas y prólogos de libros, que me está siendo posible recuperar no sin esfuerzo. Los 15 libros publicados, que muchos conocéis, son cuenta aparte.
            Trabajo magnífico el del taller de Encuadernación del Centro Ocupacional de Guadalajara, uno más de esa lista de seis o siete en los que trabajan más de un centenar de chicos y chicas, tanto de la capital como de la provincia, en actividades manuales tan diversas como las que realizan en “Manipulación”, “Enmarcación”, “Montajes”, “Serigrafía”, “Cerámica”, además de “Encuadernación” que es el que mejor conozco. Un equipo de profesores, o monitores  responsables de cada taller, celosos y bien preparados, se encargan de orientar a los jóvenes aprendices, y de suplir con su alto grado de profesionalidad, las deficiencias propias del alumnado.
            Me hubiese gustado acompañar este breve texto de alguna fotografía tomada en el “taller” en plena actividad; pero ante la dudosa interpretación por parte del público lector, y ante alguna posible queja por parte de los padres, he decidido no hacerlo, y suplirlo con una muestra de su trabajo realizado durante el último mes por cuanto a mi personal encargo se refiere. Libros encuadernados en folio, otros en cuadernillos tamaño cuartilla, pegados convenientemente y cosidos en ambos casos. Todo un lujo, por un coste más que recomendable. En imagen los primeros cinco tomos de “Escritos” en din –A4, y abierto el de “Cuaderno de recuerdos. Memorias” en tamaño cuartilla.

            Gracias al Centro Ocupacional, con mi sincera felicitación por el trabajo bien hecho.             

domingo, 6 de diciembre de 2015

"LOS CENCERRONES". DÉCIMA EDICIÓN




       
  Consolidada después de diez años consecutivos desde su recuperación y puesta al público, la fiesta de “Los Cencerrones” de Cantalojas, declarada recientemente de Interés Provincial, se celebró ayer con un tiempo inmejorable en aquella distinguida localidad de nuestra Sierra Norte. Asistencia importante de público, con diez grupos participantes en el “Concurso de villancicos”, procedentes de distintos lugares de las provincias de Guadalajara y Madrid.
         Pregón ajustado al origen y contenido de la fiesta y del lugar, a cargo del Dr. Rafael del Fresno Cerezo, oriundo del pueblo, en la nueva experiencia del cambio radical de horario; ya que por primera vez todos los actos se celebraron a lo largo del día, y no durante las primeras horas de la noche, como hasta ahora se había venido haciendo. Un detalle que sin duda asegura su futuro.
         Serio intento de adaptarse con autenticidad al viejo costumbrismo castellano, de acuerdo con la Literatura Pastoril de añosas épocas, sacadas a la luz en su día por la profesora Mª Mar Serrano, hija del pueblo, y aplicadas en su esencia más pura, que todavía habrá que ir perfeccionando y enriqueciendo, con lo que el encuentro anual de “Los Cencerrones” va tomando una importancia y un interés festivo de primer orden, con dos nombres a destacar que a todo lo largo de esta aventura se han esforzado por sacarla adelante, sobre la base del trabajo y del sacrificio; se trata de Antonio Garrido y de su hija Susana, que siempre han contado con el apoyo de la Asociación Cultural y con la participación desinteresada de un pequeño grupo de familias.
         Pasada la décima edición, y en palpable progreso de mejora, creo que vale la pena volcarse a favor de este renuevo cultural que, al hilo del viejo costumbrismo de la Serranía, ha brotado exitosamente en uno de los pueblos más atractivos, y más fríos también en nuestros inviernos, de toda la provincia de Guadalajara.      


jueves, 25 de junio de 2015

ACTO ACADÉMICO EN LA E.F.A. "EL LLANO"


            Invitado por la directora, doña Marisol Castro, y claustro de profesoras de este centro de Formación Profesional, asistí en la tarde de ayer a la clausura del curso escolar 2014-2015 de la E.F.A. “El Llano” en Humanes de Mohernando. Un acto simpático, con el salón lleno de público: alumnas, familiares, amigos de la Escuela e invitados, en el que, después de la entrega de certificados a las alumnas que acababan el primer curso e imposición de becas a las que concluían los estudios (en torno al medio centenar en conjunto), me correspondió dar la última clase del curso académico sobre un tema de palpable actualidad: “Conciliación entre la vida laboral, familiar y personal”, en atención a muchas de ellas dispuestas y preparadas profesionalmente para incorporarse al mundo del trabajo.


            En este centro las alumnas cursan estudios formativos de Grado Medio en dos especialidades distintas: “Gestión Administrativa” y “Cuidados Auxiliares de Enfermería”. Son chicas procedentes en su gran mayoría de los pueblos de la comarca, que además de la formación específica para cada una de las profesiones antes indicadas, asisten a otras clases especiales y charlas sobre diferentes temas culturales de actualidad, visitas y excursiones formativas a lo largo del curso, como complemento a su preparación profesional y humana, a fin poderse incorporar en las mejores condiciones al mundo del trabajo. Terminado el acto, los asistentes compartimos amistad y merienda, disfrutando de la espléndida caída de la tarde en la zona ajardinada del espacio exterior. Momentos para el recuerdo de los que siempre tienen su lugar  entre los pliegues de la memoria.           

jueves, 11 de junio de 2015

UN PÁRRAFO DE MIGUEL DE UNAMUNO


Lo leí por primera vez hace mucho tiempo, medio siglo o tal vez más, en aquellos anocheceres interminables en los inviernos de mi primera escuela, cuando entre el final de la clase de niños y el principio de la de adultos, que sería una hora después, me sentaba junto a la estufa, aprovechando las últimas ascuas de la tarde a la luz de una bombilla de 15, y me enfangaba en la lectura de libros como éste, que orientaron mi vida hacia horizontes nuevos.
            Os hablo de “Andanzas y visiones españolas”, escrito por uno de los tres grandes Migueles cuya obra enriquece, y de qué manera, nuestra Literatura. A Unamuno me refiero. Los otros dos serían: Cervantes en primer lugar y Delibes inmediatamente después. Hace unos días empecé a releer este libro. Lo estoy disfrutando tanto o más que como lo hice a los veinte años. Sin duda os aconsejo que lo leáis. De entonces a hoy (junio1916 en que escribió “De Salamanca a Barcelona”) ha pasado todo un siglo; larga temporada en la que han ocurrido en España muchas cosas: una guerra civil, distintas y aun opuestas formas de gobierno, con el correspondiente cambio de maneras de pensar y de vivir… Pero me ha interesado la opinión del maestro, del pensador, del español ilustre, ante una realidad siempre presente en la vida de nuestro país. No sé si don Miguel de Unamuno seguiría pensando hoy, sobre el mismo particular, de idéntica manera a como pensaba entonces y así lo dejó escrito. Me quiero imaginar que introduciría algún nuevo matiz a su razonamiento, pero que cambiaría muy poco el sentido de lo que dejó dicho. Y que fue esto: 

            «Eso de que los catalanes se complazcan en hablar en su lengua cuando hay delante castellanos que no la entienden, por molestar a éstos, es una de tantas tonterías que ha inventado la quisquillosidad recelosa del castellano. De todo se le puede culpar al catalán menos de tales descortesías premeditadas y malintencionadas. Lo insoportable suele ser la presunción del castellano que se empeña en que hasta los desconocidos hablen delante de él de manera que lo entienda, y que al punto sale con la grosería aquella de “¡Hable usted en cristiano, hombre de Dios!” Y cuidado que no soy sospechoso por ser de los que creen que al fin y al cabo se unificará el lenguaje en toda España y que no se debe dar validez oficial a otro que no sea el idioma nacional castellano. Los demás que se defiendan como puedan, pero sin protección oficial alguna del Estado. Cuando, hace pocos años, se dirigió el alcalde de Barcelona en catalán a S.M. el Rey, saludándole en nombre de los naturales de la ciudad, fuí quien más alto y fuerte protestó contra ello, sosteniendo que el alcalde representa a los vecinos y no a los naturales, que aquellos pueden no ser catalanes ni saber el catalán, y que el alcalde mismo puede no saberlo, pero que no hay vecino alguno de Barcelona que ignore el castellano. La distinción entre vecinos naturales y vecino no naturales, siendo unos y otros ciudadanos españoles, es un principio de incivilidad.»
            Ahí lo dejo.

                                                                                                      

viernes, 5 de junio de 2015

GENTE DE PRIMERA: TOMÁS BARRA


Nuestro hombre es el octavo varón de una serie de generaciones consecutivas en una misma familia que han venido manteniendo el mismo nombre y el mismo apellido desde tiempo inmemorial: Tomás Barra. Este Tomás de nuestros días es un hombre joven, natural de Guadalajara como el resto de sus antecesores que, llegado el momento de casarse, decidió irse a vivir a Cabanillas en los años de expansión de nuestros pueblos del Corredor del Henares; y allí reside, a cuatro pasos de la capital, no más allá de una decena de años.
            Desde hace una temporada larga conozco a Tomás Barra y me he comunicado con él en muchas ocasiones por medio de las redes sociales. Debo confesar que desde el primer momento me llamó la atención su interés por el hecho cultural en su conjunto, y en particular por el arte en sus más diversas manifestaciones. Después descubrí que no sólo era un apasionado por la pintura, sino un magnífico ejecutante además, admirador de los viejos monumentos de la ciudad -muchos de ellos desaparecidos- a los que se ha propuesto devolver a los guadalajareños de hoy, dándoles forma y color en un renacer de sus habilidades que le vienen desde niño, pero que ha tenido adormiladas durante más de veinte años, hasta que un día optó a la casualidad por inscribirse en uno de los cursos de pintura del Palacio de la Cotilla, lo que le llevó a despertar de aquel prolongado letargo y ponerse manos a la obra.
            Mas no todo quedó ahí; pues consciente de que cualquier cosa contemplada con visión de artista puede contener, previo su correcto tratamiento, un algo bello dentro de sí, debió pensar -como hace más de cinco siglos lo hiciera el gran Miguel Ángel-, que dentro de un bloque de piedra había un “Moisés”, y que todo era cuestión de quitar lo que sobraba hasta sacarlo a la luz, por lo que intentó vivir la misma experiencia valiéndose de una pesada piedra de alabastro que un día encontró tirada en las afueras de Jadraque -tal vez en el sobrante de algún taller de artesanos-, y que se trajo a casa con toda ilusión poniéndose enseguida a laborar sobre ella, a quitar lo que sobraba, hasta que apareció la preciosa imagen de una Virgen en posición sedente, con el Niño sobre sus rodillas, cuya fotografía no hace mucho colgó en su página de Factbook causando una extraordinaria sensación, y que a mí me impresionó sobremanera, por lo que me propuse ponerme en contacto con él, visitar su estudio e informarme no sólo de la obra, sino también del artista, un joven con intereses y destrezas fuera de lo común, que merecía cuando menos ocupar un espacio en la prensa provincial; deseo que le propuse, que él acepto de mil amores, y que hoy se ve cumplido en esta página especial de “Nueva Alcarria” que tú, amigo lector, ahora tienes en tus manos. 

            Cabanillas del Campo, pueblo de agricultores por tradición, y ahora residencia de miles de trabajadores ocupados en los más diversos oficios, casi todos relacionados con la industria,  fue en su origen una especie de caserío o aldea dependiente de la capital a cuyo Común de Tierra perteneció durante mucho tiempo; conseguida su libertad por compra, el rey Felipe IV le otorgó el título de villa en el año 1628. Hoy es una de las ciudades emergentes del Valle del Henares, a cinco kilómetros de distancia de Guadalajara, con una población en torno a los doce o catorce mil habitantes.
            Hacía años que no había vuelto a Cabanillas, tantos como que en éste mi último viaje tuve que preguntar dónde estaba el ayuntamiento, en donde Tomás y yo habíamos acordado reunirnos. Pese a la impresionante transformación a la que se ha visto sometido el pueblo, conseguí llegar en un primer intento a la puerta del ayuntamiento, donde no encontré a Tomás ni a las oficinas de la corporación. Un señor me contó que el ayuntamiento estaba en otro lugar desde hacía varios años. Se trata de un nuevo edificio como fondo a una plaza impresionante en la que hay un templete cubierto para la música, similar al de nuestro parque de la Concordia, dos fuente monumentales con abundante correr de aguas, y un ancho espacio de recreo para niños y para gente mayor, que en estas tardes preludio del verano, suele contar con nutrida asistencia de unos y de otros.
             Era la hora convenida. Mi interlocutor me esperaba sentado en una sombra. Me vio, nos conocimos, nos saludamos, y enseguida me llevó a su casa, donde nos recogimos en una media hora de conversación que aproveché para conocer al artista, tomar algunas fotografías de las cosas que me parecieron interesar de la amplia buhardilla donde él trabaja, se inspira y trasnocha hasta altas horas de la noche o primeras de la madrugada, en completo silencio, sin que nada ni nadie le pueda ahuyentar el soplo de las musas que, como sabido es, son las hadas buenas que sirven la inspiración en bandejas de oro a los artistas, siempre con la soledad y el silencio como elementos indispensables, y allí los hay.

            - Sí, cuando tengo que hacer algo me subo aquí por las noches y las horas se me van sin darme cuenta.
            Fotografías sobre la pared, a manera de venerable retablo en el que aparecen retratados algunos de sus antepasados en varias generaciones; un caballete con la última pintura, ya acabada, que representa la antigua Puerta de Madrid que servía de paso al Alcázar.
            - Los dos monumentos que aparecen corresponden al convento de Los Remedios, a la izquierda, y el de la derecha es la torre del Peso de la Harina. Lo he tomado de un boceto a lápiz de Pérez Villamil.
            - Y ese teatro de guiñol ¿Lo has preparado tú?
            - Todavía lo tengo sin terminar. Lo estoy haciendo para que jueguen mis hijas.
            Las hijas de Tomás son Irene, de seis años, e Itziar, la pequeña, de sólo tres. La esposa de Tomás se llama Ana y es de Segovia. En aquel momento ninguna de ellas estaba en casa. Encuentro al joven padre muy volcado sobre su familia, otra más de las notas a su favor.
            - Como proyecto inmediato ¿Qué te ronda por la cabeza?
            - Así como más inmediato quiero acabar la serie de cuatro monumentos antiguos de Guadalajara, de los que éste de la Puerta de Madrid es sólo el primero.
            Los trabajos que tenía preparados para que los pudiera observar y fotografiar a mi gusto los había colocado sobre una mesa, junto a la ventana que daba a la calle. Eran tres de temática diferente: la imagen de la Virgen en alabastro a la que antes me referí; un Crucifijo, muy a su estilo, que él talló con motivo del fallecimiento de su padre; y con su imagen yacente sobre historiado túmulo todavía sin concluir, la figura de doña Mayor Guillén de Guzmán, señora de Alcocer y amante que fue del Rey Sabio. Figuras que he querido presentar al lector, tal como preferimos que estuvieran situadas, pero que bien hubiese merecido la pena recogerlas en visión personal de cada una; pues son todo un derroche de paciencia y de trabajo bien hecho.
            Y nada más. El tiempo y el espacio del que dispongo ha dado de sí todo lo que podía dar. Tomás Barra es un hombre joven, metido aún en esa segunda juventud de los treintañeros. Tiene mucho tiempo por delante, y de él esperamos que con tesón, espíritu de trabajo, y talento que no le falta, nos siga admirando aunque sea de tarde en tarde.  
                 (En "Nueva Alcarria" hoy,  5-6-2015)


lunes, 2 de marzo de 2015

D. JESÚS PLÁ EN PROCESO DE CANONIZACIÓN


         Fue una de las más gratificantes noticias con las que se abrió el nuevo año la diócesis de Sigüenza-Guadalajara y, por qué no, también de la provincia en su conjunto. Uno de nuestro últimos obispos, don Jesús Plá Gandía, quien rigió los destinos de la diócesis durante la década comprendida entre los años 1981 y 1991, había sido propuesto para ser santo de altar a instancia de la archidiócesis de Valencia -su tierra natal- y de la diócesis seguntina en cuya catedral descansan sus venerables restos. El proceso de canonización ha quedado abierto, lo que supone un motivo de gozo excepcional para millares de fieles, muchos, centenares de miles, de católicos valencianos y alcarreños. También “Nuevas Alcarria” se felicita como asiduo lector que fue durante los años que vivió entre nosotros, y aún después, hasta muy cercana la hora de su muerte, que desde la Ciudad del Turia nos seguía como cosa propia.


         Hace unos días, el canónigo archivero de la catedral, don Felipe Peces, me envió un libro que trata sobre la vida y la personalidad de don Jesús Pla; un librito de cuidada presentación, enriquecido con un conjunto importante de fotografías en color, escrito por el Abad Mitrado de la colegiata de Játiva, don Arturo Climent Bonafé. Desconocía esta publicación que celebro sinceramente; pues después de haber conocido a don Jesús, de haber tratado con él en distintos momentos y por diferentes causas, el testimonio escrito de su autor me ha ayudado poderosamente a considerarlo en su media justa, como es obligado considerar a un hombre de Dios, a un santo. “Don Jesús Plá Gandía, un regalo para la Iglesia” es el título del libro, donde se concentra el total íntegro de su contenido.
         De su paso como prelado de nuestra diócesis no me resisto a transcribir, cuando menos, un párrafo del libro, en el que tras su muerte es justo se vayan sacando a la luz detalles
de alta humanidad como éste, uno más de la exquisita calidad humana de nuestro recordado obispo, y que ahora no sólo nos complace conocer sino también sacarlos a la luz para que sean conocidos:
 «En una de estas visitas a la parroquia de un pueblo bastante grande de la diócesis –nos cuenta el autor- don Jesús discutió con el párroco, se enfadó por algunos asuntos que no le gustaron. La visita acabó mal. Volviendo al obispado, ya a mitad de camino hizo parar el coche, que en este caso conducía el secretario de la Visita -don Jesús conducía siempre su coche- y le mandó volver a ese pueblo. Llegó a la parroquia y dijo al párroco: “Independientemente que tengas tú razón o la tenga yo -se arrodilló a los pies del cura- te pido perdón por lo que te he dicho, yo no puedo volver a casa sabiendo que uno de mis sacerdotes está disgustado por mi culpa”. Esto me lo ha contado un canónigo de Sigüenza en mi estancia el pasado verano recogiendo información sobre los diez años de obispo en aquella diócesis.»

         Al margen de mi amistad con él -pues fueron varias las noches en las que me solía llamar por teléfono desde Valencia, comentando algún escrito mío o de nuestro periódico en general que le hubiese llamado la atención-, estamos, tanto yo como mi esposa, en permanente gratitud con él; pues fue don Jesús, aquel buen obispo, quien ordenó de diacono a nuestro hijo Fernando (momento que recoge la fotografía), y de ahí que cuente entre nosotros como algo muy cercano a la familia, lo cuál nos hace compartir con un especial deleite la noticia de haberse abierto en la Iglesia el proceso de su canonización. Confiamos en que, más pronto que tarde, podamos ver consumado todo el proceso.

domingo, 1 de febrero de 2015

TRAS LA ROMA IMPERIAL DE PIEDRA EN PIEDRA

      

      Son piedras nada más, algunas monedas, un puñado de textos escritos por sus filósofos y literatos de dos mil años atrás, es lo que ha llegado hasta nosotros del más importante imperio de la antigüedad en Occidente, y del cual nuestro país fue provincia destacada. Es de Roma y de su imperio a quien nos referimos aquí.
            Deseo que mi trabajo de hoy sea a manera de invitación a nuestros lectores para que visiten cualquiera de las tres ciudades romanas que una provincia vecina, la de Cuenca, guarda como preciosas reliquias incrustadas en su piel, naturalmente que en estado de ruina, o de hallazgo por mejor decir. Segóbriga, Valeria y Ercávica, son cada una de ellas. Todas, sin distinciones ni preferencias, merecen especial tratamiento por lo que son, y sobre todo por lo que fueron. Cualquiera de las tres posee mérito bastante para ser contada y descrita en cientos de páginas como ésta; pero no se trata de un estudio profundo sobre esas ciudades lo que estoy dispuesto a ofrecer al lector –tampoco contaría con datos suficientes para hacerlo-, ni siquiera somero; sólo se pretende llevar al conocimiento de quien leyere una visión ligera y muy escueta acerca de la huella que la Roma dominadora dejó muy cerca de nosotros, a manera de detonante o motivo remoto que les ponga en condiciones de pasarse por aquellos históricos lugares cuando los días duren más y el tiempo lo haga posible. Todavía falta mucho para que esas condiciones se cumplan, pero no está nada mal el ir hilvanando proyectos pensando en la primavera cada vez más cercana.
            No sé a cuál de las tres debiera aconsejar la visita primeramente; quizás a Segóbriga por considerar que es la que ofrece de cara al visitante  una mayor cantidad de motivos de interés. No es nada difícil llegar a Segóbriga. Se encuentra a poco más de un kilómetro de distancia de la antigua Nacional III, ahora Autovía de Levante, junto al pueblo de Saelices. Desde Tarancón queda a cuatro pasos.

            Un anfiteatro, un circo y unas termas, pueden verse ya al descubierto en aquella histórica ciudad perdida en los más escondidos rincones de la Historia, y a la que Plinio llamó Caput Celtiberiae (Cabeza de la Celtiberia). Monumentos perfectamente reconocibles, cuyas piedras todo hace pensar que salieron de unas canteras próximas que hay al otro lado del río Gigüela, proveedoras a la vez de los materiales que fueron necesarios para la construcción de un templo dedicado a la diosa Diana, personaje mitológico en unas tierras donde la caza siempre debió de contar como apoyo de gran importancia para la supervivencia. Por la ciudad de Segóbriga pasó la calzada romana que iba desde Complutum (Alcalá de Henares) a Cartagonova (Caretagena), y allí, junto a sus ruinas, oculto por tierra de muchos siglos, apareció el único ejemplar de Dea Roma (la diosa Roma) encontrado en España, y que ahora puede verse en el Museo Arqueológico de Cuenca. Una lección y un recuerdo: Segóbriga, para ser vista y estudiada; también, como en todas las demás, para ser descubierta hasta la última piedra, hasta que el postrero poso de su contenido en piezas de arte o en utensilios procedentes de la Hispania romana salgan a la luz. No debemos olvidar que en esas viejas piezas de museo se esconde en una gran parte el origen de nuestra civilización.
            Desde la ciudad de Cuenca, pasando por las villas de Arcas y Tórtola, o desde la propia Segóbriga si es que se desea aprovechar el mismo viaje para las dos visitas, pasando por Cervera del Llano, Olivares y Valverde de Júcar, se llega en menos de una hora a las ruinas de Valeria, otra de nuestras importantes ciudades romanas, situada en un altozano por encima de la hoz del río llamado Gritos. La abundancia de agua y el carácter autóctono de sus habitantes, resistentes a la romanización, son con las piedras y los enseres descubiertos en las excavaciones, lo que hoy se conoce como la Gran Valeria, donde, igual que en las otras dos ciudades romanas a las que en este trabajo nos referimos, sería sede episcopal en los primeros siglos del Cristianismo. En lo que queda del foro se han encontrado importantes restos del Ninfeo, es decir, de una fuente grandiosa adornada en su tiempo con todo lujo. Un acueducto surtía los aljibes de extraordinaria capacidad ahora a la vista. Varias de sus casas, algunas de ellas con los cimientos pegados a la vertical que se asoma a la hoz del Gritos, debieron de estar medio suspendidas entre la roca y el abismo, lo que nos lleva a pensar que Valeria pudo ser una ciudad estéticamente hermosa.
            Y Ercávica para concluir. La ciudad de Ercávica se encontró por fin en tierras de la Alcarria, no lejos de la actual villa de Alcocer, pero enclavada en el término municipal del pueblecito conquense de Cañaveruelas, paraje próximo a los últimos remansos (cuando tiene agua) del embalse de Buendía.

            A medida que se avanza en la presentación de este trabajo, uno se da cuenta de que casi todo lo referente a estas ciudades romanas quedará sin decir por falta de espacio. En Ercávica uno puede encontrarse con baños y termas como en las anteriores, situados al sur de la ciudad; con la llamada por sus descubridores “casa del médico”, debido a que su último dueño, cirujano seguramente, disponía de una interesante bolsa de material clínico que veinte siglos después ha vuelto a salir a la luz. Todo lo que se sabe con respecto a esta importante ciudad del Imperio, hace pensar que fue Valerius Flacuus, pretor de la provincia Citerior de Hispania, el fundador de la ciudad de Ercávica adscrita al Conventus Caesaraugustanus, en tanto que las de Segóbriga y Valeria pertenecieron al Carthaginense. De entre los restos aparecidos en las excavaciones de esta histórica ciudad, se debe contar con un busto mediocre de Cesar; otro de Agripina, la madre de Nerón y mujer de Claudio; y, sobre todo, con un tercero, el más perfecto en su ejecución y el más bello de todos, cuya antigüedad se cifra en el siglo I y representa a Lucio Cesar niño, sobrino de Octavio Augusto, ahora expuesto al público en el Museo de Cuenca, como verdadera estrella de aquella importante exposición.

            Y aquí ponemos el punto final. Conocer estas ciudades romanas en estado de ruina, tan interesantes y tan próximas a nosotros, es una manera útil y muy instructiva de emplear el tiempo libre de cualquier fin de semana. La idea queda puesta sobre el papel, ahora es el lector quien debe madurarla y decidirse a ponerla en práctica cuando llegue el momento. 

(En las fotografías y por éste orden aparecen detalles de las ciudades de Segóbriga, Valeria y Ercávica)