domingo, 23 de octubre de 2011

EL ENCANTO DE LA CIUDAD VIEJA

Por la Avenida del Ejército hasta la explanada del Palacio del Infantado, el viento de la tarde arrastra las hojas secas caídas de los árboles. Los relieves de la fachada, en el más importante de nuestros monumentos civiles, reciben de soslayo el soplo gélido del viento de poniente. Son las cinco, tal vez algunos minutos más. La pelambre en piedra bien labrada de los dos salvajes tenantes que sostienen el enorme medallón de los Mendozas, parece que se rizan todavía más con las bajas temperaturas, preludio de una noche de hielos. Hacia el norte, difuminadas por la distancia, las cumbres de la lejana sierra muestran al caminante las primeras nieves de un invierno a punto de llegar. Ha lucido el sol, un sol frío y taciturno, un sol de color naranja que va dejando sus últimos reflejos en los aleros de los edificios que nos acercan a la Calle Mayor, un sol que acaba por esconderse allá lejos, por donde expelen las chimeneas de la fábrica de cristal.

            Las puertas del Patio de los Leones están abiertas. Dentro de los históricos muros del palacio se escucha el sórdido murmullo del silencio. Las puertas del palacio están abiertas de par en par. Desde la calle, el patio interior del palacio ofrece una visión romántica. No hay nadie en el patio de columnas. Se adivina a través de la piedra el tic-tac arrítmico del corazón muerto de tantos personajes célebres como vivieron allí, y que por un instante van pasando por delante de las cortinas de la imaginación como en un desfile de disfraces: el insigne Cardenal, cuya estatua en bronce tengo junto a mí; la Reina Viuda, que murió en la más estricta soledad dentro de alguno de los salones; el prisionero rey francés en traje de fiesta; un retoño, hijo del general Hugo y de nombre Víctor, al que los franceses, y sobre todo las francesas, adoran con entregada reverencia, de lo que soy testigo. Este palacio, frío como la tarde en los preludios de la Navidad, tiene su espacio en la mente y en el corazón de algunos de los habitantes de esta tierra y, desde luego, en no pocas de las más notables páginas de la Historia.

Por las calles solitarias
            La ciudad ha comenzado a sentir el peso irresistible de las últimas tardes del otoño. La temperatura es de sólo dos grados en el termómetro digital que hay junto al Palacio. Guadalajara toma a estas horas avanzadas del día ese aspecto misterioso propio de las viejas ciudades castellanas, adormiladas, como un poco ajenas a las venturas y desventuras de los tiempos, con sus complacencias y sus sobresaltos.

            Una mujer joven conduce por la acera un cochecito de niño. El pequeño viaja abrigadito, con su naricilla roja, embutido en un traje de plumas que tan sólo le permite asomar el rosado de su carita redonda. Un hombre de edad se arropa con una gabardina roída, mira a través de la luna de cristal las bandejas con bizcochos borrachos, con lazos de miel que se exponen en el escaparate de la pastelería. Las casas por aquí, si uno se detiene a observarlas, se da cuenta de que son casas hermosas, restauradas con mucha dignidad y con mucho estilo, casas puestas al día sin haber perdido un ápice del encanto de lo antiguo, adornadas con molduras que invitan a recordar, a pensar en aquella otra Guadalajara de los años de Clarín, de los que vivieron antes que nosotros. Entre dos balcones de la segunda planta, un azulejo recuerda al caminante que “En esta casa nació el año 1916 nuestro ilustre dramaturgo D. Antonio Buero Vallejo. El Ayuntamiento de Guadalajara en su 75 cumpleaños. Diciembre 1991”; un privilegiado, uno de esos personajes con los que la fortuna suele regalar a ciudades como ésta muy de siglo en siglo; para mi uso el más notable y universal de los hijos de esta tierra en la era moderna.  

            En el primer tramo de la Calle Mayor, el que de momento no está en obras, ya han instalado la luminaria que anuncia la llegada inminente de la Navidad. Sin salir de este espacio céntrico de la que bien podríamos conocer como la Guadalajara Renacentista, o Mendocina quizás, si tenemos en cuenta a tantas personalidades de aquel linaje como pasaron por estos pagos durante los siglos XVI y XVII. Henos ahora delante dos monumentos arquitectónicos de excepcional interés, muy ligados con nuestro pasado. Me refiero a la iglesia de Santiago Apóstol, antiguo convento de Madres Clarisas, cuya fundación se debe a doña Berenguela de Castilla, y el patio enrejado de otro viejo convento, el de la Piedad, fundado por doña Brianda de Mendoza, a cuyo respaldo queda el palacio de don Antonio de Mendoza (Instituto de Bachillerato) del que resulta singularmente llamativa la portada plateresca de su iglesia, escondida y sombría, obra del ingenio creador del maestro Alonso de Covarrubias. Y poco más allá, en la otra acera, el pomposo frontispicio neomudéjar de la Casa de Correos, una de las más representativas y elegantes de la Guadalajara de cien años atrás, frente a la que vale la pena detenerse unos instantes, mirar y admirar.

Hacia la placita de la Concatedral
            De paso hacia la concatedral de Santa María de la Fuente, -ahora todo visible como fondo a una plaza reciente de concepción moderna- ahí tenemos el campanario en espadaña del “palomarcillo” de San José, convento de las Madres Carmelitas, con los emblemas -uno a cada lado de la hornacina donde aparece la estatua en piedra del santo titular-, de las familias Mendoza y Frías. Se oye sonido de campanas. Las campanas del convento tañendo a oración y el ruido inevitable de los vehículos que vienen y van por la Carretera de Zaragoza, son como la discordancia entre dos tiempos, entre dos maneras de ser y de vivir difícilmente conciliables, que como en pocos sitios quedan aquí representadas por la paz y el silencio interior de la clausura, y el bullicio tantas veces ensordecedor del mundo que se manifiesta de puertas hacia afuera. Hay pequeños establecimientos, algunas tiendas con las luces encendidas a un lado y al otro de la calle. 

            La fachada del palacio de los Marqueses de Villamejor -palacio de la Cotilla, para entendernos- se adorna al exterior con unos cipreses. El ciprés es árbol de fronda perpetua que evoca en todo tiempo momentos tristes; estos atardeceres moribundos del otoño, con los que la ciudad vieja se identifica casi religiosamente, tienen a esta hora su mejor enseña en el palacio de los Marqueses de Villamejor, residencia que fue del célebre Conde de Romanones, hoy una más de esas joyas menos conocidas del siglo XVIII que todavía se pueden ver y admirar en esta Guadalajara de nuestros amores y de nuestros infortunios, al lado de otras que no muy tarde visitaremos y  que a menudo nos van saliendo al paso al andar por algunas calles de la ciudad.

            Los aleros, el friso y los cupulinos con los que rematan los cubos de las esquinas en la capilla de Luís de Lucena, obra magnífica del siglo XVI y resto perviviente de la desaparecida iglesia de San Miguel, significan el punto final, la meta de un paseo que podía haber sido mas prolongado por la Guadalajara soñolienta que a estas alturas se comienza a tornar entre dos luces.

            Y más abajo la concatedral de Santa María, con su torre mudéjar erguida sobre el cogollo de la ciudad antañona, con sus portadas en herradura de inconfundible sabor moruno. A un lado, convertido -pienso que de forma provisional- en aparcamiento de coches, el solar del que fuera en otro tiempo palacio de los Mendoza, la primitiva casa de tan ilustre familia, donde nació el día de la Cruz de 1428 el cardenal don Pedro González de Mendoza, el “tercer rey de España”, como se le llamó en tiempo de los Reyes Católicos, conocida su influencia en la corte del nuevo estado del que era Canciller. Y no muy lejos, reconstruido en su totalidad para otros usos, con las piedras de la portada original como reliquia, otro palacio histórico, el de los Guzmán, donde vino al mundo don Nuño Beltrán de Guzmán, fundador de la otra Guadalajara, la mejicana, que es capital del estado de Jalisco, cuyo nombre, como el de tantos más que vieron la luz por primera vez en estos alrededores y en siglos diferentes, nos resultan señeros, casi míticos, como estas piedras de la Guadalajara antigua que en una tarde cualquiera, una tarde fría del mes de diciembre, me han servido -y espero que a ti también, amigo lector- para recordar que las ciudades, igual que las personas, tienen un presente, pero también un pasado, aunque como en el caso preciso de Guadalajara, un pasado que contrasta con lo que hoy más nos parece preocupar, pero que prevalece por encima del tiempo, de las ideologías y de las personas, aunque no siempre se las considere en su justo valor.          

jueves, 6 de octubre de 2011

TURISMO PROVINCIAL



Son infinitas las posibilidades turísticas de la provincia de Guadalajara y, a pesar de todo, esta tierra, salvo en parcelas muy concretas, sigue siendo desconocida para el gran público. La riqueza monumental que le ha quedado como herencia de su propia historia; la variedad y cantidad de parajes irrepetibles que guarda dentro de su entorno, en cualquiera de las cuatro comarcas características que la integran; las magníficas comunicaciones que posee, y su inmejorable situación geográfica para ser vista, hacen suponer que las tierras de Guadalajara, sin excepción, constituyan en el futuro una de las más interesantes ofertas turísticas y culturales que España tiene para darse a sí misma, y a su vez para ofrecer al mundo.

Las villas de Sigüenza, Atienza, Pastrana, y la propia capital de provincia, son auténticos museos al aire libre, con monumentos, muchos de ellos, únicos en su especie. Monumentos que a la vez guardan en su interior todo un caudal interminable de arte antiguo, en las más diversas modalidades que el hombre del pasado fue capaz de manifestar su ingenio. No merece la pena, en un tratado tan reducido como éste, ponerse a enumerar una por una las muestras irrepetibles que se guardan en el secreto arcón de la Guadalajara desconocida. "El Doncel" de la catedral de Sigüenza, los famosos tapices flamencos de la colegiata de Pastrana, la joya arquitectónica del palacio de los duques del Infantado, la ermita románica de Santa Coloma en Albendiego, por ejemplo, podrían ser el inicio de una serie de valores repletos de interés que no acabaría nunca.

Rincones insólitos de reconocido mérito, como los pueblos del Macizo de Ayllón, o el Barranco de la Hoz, o el Alto Tajo; fiestas de antiquísimo o desconocido origen, como "La Caballada" de Atienza, o "La Soldadesca" de Hinojosa; la variedad de un folclore autóctono cuyo principio sería imposible de determinar en el tiempo, como ocurre con los típicos botargas y todo el dechado de color y de ritmo ancestral que llevan en su entorno; la más que importante gastronomía provincial, reflejo muy personal de la gastronomía de Castilla; el pozo sin fondo de la artesanía popular en cada una de las comarcas; villas en ruina, como la visigoda de Recópolis; ríos aptos para la pesca, como lo son los de las sierras del norte o del sureste, sin olvidar la riqueza piscícola de los embalses alcarreños cuando estos se encuentran, por lo menos, a mitad de su capacidad; el testimonio histórico y documental de tantos de sus pueblos cargados de resonancia: Hita del Arcipreste, Palazuelos, Molina de Aragón; el recuerdo en piedra caduca de sus viejos monasterios del Císter, de los que aún queda señal; el peso abrumador de su historia y el ingenio de las leyendas que sobre escenarios guadalajareños tomaron cuerpo; las piedras parlantes de medio centenar de castillos y fortalezas, casi todas ellas de origen medieval; los palacios renacentistas, tan ligados a la gran familia de los Mendoza; las casonas molinesas, a lo largo y a lo ancho de los pueblos y villas del Señorío; las infinitas muestras que el Arte Románico dejó en estas tierras como señal; el tesoro en pinturas y grabados prehistóricos que encierran sus cuevas rupestres; la cantera de hijos ilustres cuya cuna aquí quedó para el resto de los sglos... son, en fin, motivos más que sobrados por los que el público de otras tierras se habrá de interesar. Todo ello, claro está, siempre que exista una política que lo apoye, y un interés por parte de los ciudadanos por abrir sus puertas a quienes vienen desde lejos de aquí. Instalaciones hoteleras están comenzando a surgir durante los últimos años, aunque no suficientes, tal vez ante la ventura de una autentica consolidación del turismo en estas tierras.

(En la fotografía: Capilla de los Arce (El Doncel) en la catedral de Sigüenza) 

viernes, 30 de septiembre de 2011

LA UNIVERSIDAD DE SIGÜENZA


Contó la ciudad de Sigüenza con una de las universidades más prestigiosas y más conocidas de su tiempo. Tuvo como predecesor aquel importante centro cultural al antiguo Colegio Jerónimo de San Antonio de Portacoeli, sito en los arrabales de la ciudad al otro lado del río, y que había sido fundado en el año 1746 por el canónigo y arcediano de Almazán don Juan López Medina.

Fue instituida como Universidad en 1489, mediante bula otorgada por el Papa Inocencio VIII a petición del Cardenal don Pedro González de Mendoza, en abril de aquel mismo año. En ella se concedieron los grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor, primero en Artes, Teología y Cánones, y más tarde también en Filosofía y Lógica. Ya a mediados del siglo XVI (año 1551) se crearon las facultades de Derecho Civil y Canónico, así como la de Medicina. Fueron notables durante aquellos años algunos profesores de la Universidad Seguntina, tales como el propio Fray José de Sigüenza, Pedro Ciruelo que enseñó Filosofía, Pedro Guerrero maestro en Teología, y Juan López de Vidania que fue el primer catedrático de Medicina que tuvo la Universidad.

Con el siglo XVII comenzó el retroceso en aquel prestigioso centro universitario. Se intentó cambiar el lugar de su emplaza¬miento (de extramuros al centro de la ciudad) como así se hizo; la calidad de la enseñanza comenzó a desmerecer y a quedarse anticuada; por falta de alumnos se hubieron de suprimir las facultades de Derecho y Medicina en 1771; se crearon nuevos colegios en su entorno (San Martín, San Felipe, San Bartolomé) que fueron asumiendo parte de las disciplinas que en ella se impartían; y así hasta la reforma de 1807 que acabó con ella. Años después, se intentó reavivar de nuevo la llama de sus recuerdos universitarios, volviendo a la apertura de algunas de las clases como un simple Colegio Mayor, para llegar a la clausura definitiva en el año 1837.

En memoria de aquella antigua condición de ciudad estudiantil, en nuestros días la Universidad de Alcalá ha constituido a Sigüenza como sede de sus famosos cursos de verano, que cada año se vienen desarrollando con gran éxito.

jueves, 15 de septiembre de 2011

PASTRANA EN LA VIDA DE MORATÍN

   
         Pesan sobre el viejo casco de Pastrana nombres con hondo significado en la vida española. Larga sería la relación si se fuese a tomar la debida nota de cada uno de ellos; de nombres y de apellidos famosos que, por una u otra razón, en éste o en aquel tiempo, por ella anduvieron y en allí dejaron marcada su huella perdurable, de manera que aún hoy suelen aparecer como engarzados en la fulgurante historia de la villa. Pastrana -y huelga en ello toda pasión- es historia, es piedra noble, es recuerdo, es seño­río, y, a pesar de todo ello, es como un remanso de orden y de sosiego en la solana del Arlés, que a veces se rompe con estrépi­to, a consecuencia, precisamente, del peso de su historia, de la perpetua señal que le dejaron los siglos, tan difícil de entender en este tiempo nuestro, cuando unas veces por más y otras por menos, el hombre se siente incapaz de calibrar el exacto valor del pasado. Pastrana ha sido desde el siglo XVI un foco ardiente de contradicciones. Jamás se resignó a pasar de puntillas sobre el alfombrado rudo de los tiempos. Es su sino; tal vez, su voca­ción; seguro que su encanto. Siempre que las circunstancias deciden dejarla en su propia paz, en la paz de sus campos y de sus casonas viejas, Pastrana es un pueblo hermoso, un libro abierto de saberes que a uno le gusta descubrir, o simplemente recordar de vez en cuando allí en su sitio.

            La costanilla por la que se entra y se sale de Pastrana es la calle de Moratín. Han pasado dos siglos desde que el memorable autor neoclásico anduvo por allí. El sólido edificio de las Monjas de Arriba fue su casa y por su nombre todavía se la conoce. Los Moratín, don Nicolás y don Leandro, tenían raíces familiares clavadas en este lugar de la Alcarria. La madre de don Nicolás y abuela, por tanto, de don Leandro, era natural de Pastrana. Se llamó doña Inés González Cordón y fue hija de uno ricos labrado­res de la villa, que al casarse con un madrileño oriundo de Asturias, don Diego Fernández de Moratín, hubo de marchar a vivir a la Villa y Corte, aunque sin abandonar por definitivamente, ni ella ni sus descendientes, la tierra solar de sus mayores, y si alguna vez lo hicieron lo fue muy lejos y muy en contra de su voluntad. No obstante, hay que acusar a los Moratín, y muy en especial a don Leandro, de que estos parajes ásperos de la Alcarria, que en tantas ocasiones le acogieron, no figuren siquiera con una vaga referencia dentro del entorno argumental de su obra (Pecado de omisión que se ha vuelto a repetir en la obra de alguno de nues­tros más notables autores); pues tan sólo en su "Diario" deja caer el detalle en el que afirma que su abuela materna, doña Inés, era natural de Pastrana.

            La vida de Leandro Fernández de Moratín fue una de las más complicadas de cuantas han seguido, como su propia sombra, a los hombres y mujeres que consiguieron entrar y sentarse bajo los oropeles de la Historia. No fue la del insigne dramaturgo una vida cómoda y fácil, precisamente. Cuando andaba en su primera juventud -veinte años- murió su padre; y con los doce reales de salario que recibía como pago a sus servicios en la joyería del Palacio Real, había de mantenerse él y mantener a su madre, lo que le obligó a no pocas renuncias, incluso de orden sentimental, pues el lamentable estado de pobreza en que se encontraba alejaría de él a Paquita Muñoz, su amor de juventud, quien habría de ser años después la musa volandera que inspiraría la más célebre de sus obras de teatro:"El sí de las niñas", donde el autor critica la cerrada obstinación de aquellos padres que disponen del corazón de sus hijas, haciéndolas casar con quien a ellos les parece el mejor partido.

            Asegura el autor en su "Diario" que siempre deseó recuperar el patrimonio de sus mayores, sobre todo la casa de Pastrana, en donde retirarse temporalmente buscando el sosiego y la paz que le negaba la Corte. Así lo hizo en cuanto tuvo ocasión, y así se preparó como refugio la Villa de los Duques en la que, todo hace pensar, escribió muchas de sus mejores páginas.

            Muy bien debió probar al carácter introvertido y solitario del autor su retiro de Pastrana. Moratín iba marcado con el sello de los intelectuales de valía a los que suele zarandear el mundo en el que se desenvuelven. Nada por tanto nos debe extrañar que anhelase los días de Pastrana como una liberación, como un navegar a gusto en las tranquilas aguas de su personalidad, como un lugar único en el que sacar a la luz lo que llevaba dentro.

            Anduvo luego por París. En su regreso a España pierde una plaza como encargado de la biblioteca del colegio Imperial, lo que le proporciona tema suficiente para escribir "La derrota de los pedantes". En su retiro de Pastrana escribirá más tarde "La comedia nueva, o El Café" que estrenaría con sonoro éxito en 1792. París, Londres, Italia, otra vez Madrid con un sueldo más que aceptable que le preparará Godoy como Secretario de Interpre­tación de Lenguas... Largas vacaciones estivales le llevarán a Pastrana; tiempo de retiro que aprovecha para leer y, sobre todo, para escribir. En alguna de aquellas temporadas compone "La Huertada", sátira contra el dramaturgo García de la Huerta, y concluiría "El sí de las niñas", que habría de tardar cinco años en estrenarse y que la censura prohibiría definitivamente poco más tarde. Era el final del invierno de 1806. El autor decidió no escribir más teatro, y dedicarse en lo sucesivo a la literatu­ra didáctica tan bien considerada en su tiempo, y libre por naturaleza de poderse encontrar con ideas enfrentadas.

            Con la guerra de 1808 Moratín dejaría su casa de Pastrana y con ella la paz y el sosiego del que tantas veces gozó. Un continuo vaivén de circunstancias adversas, de fechas y de luga­res, dan con su persona en Valencia, en Barcelona, en el exilio francés de burdeos, y en el París de los primeros románti­cos donde moriría en 1828, precisamente en el domicilio de Manuel Silvela, amigo íntimo y heredero de tantos diarios, cartas y otros escritos que se encargaría de poner en orden y de publicar más tarde.

            Moratín dejó como legado su casona familiar de Pastrana a la Inclusa de Madrid. Años después pasaría a pertencer a otro ilustre autor madrileño, don Ramón de Mesonero Romanos, adquirida en pública subasta como uno más de los bienes que hacia 1835 había incautado la Ley de Desamortización. Ya en nuestro tiempo la hemos conocido dedicada a tareas docentes, a colegio regido por religio­sas, a escuela-hogar y a otras funciones educativas, si bien, los muros del edificio, los viejos pasillos de la casona y la antigua huerta que tuvo a su alrededor, recuerdan la figura y la persona­lidad del autor de "La comedia nueva".

(En la foto, "Casa de Moratín en Pastrana")

viernes, 9 de septiembre de 2011

POR LAS VERTIENTES DEL RÍO CABRILLAS


            Si alguna porción de tierras se da en la provincia de Guadalajara que se preste como ninguna otra a lo exótico, a lo legendario, a lo increíble, es precisamente aquella, la que próxima a las fuentes del Tajo sirve de límite entre las tres provincias: Guadalajara, Cuenca y Teruel, y de divisoria de aguas entre dos cordilleras también diferentes: el Sistema Central de las Castillas y el Ibérico que baja desde Aragón.

            Taravilla, Peñalén, Peralejos, Poveda de la Sierra, son para cualquier amante de los campos y de los paisajes, nombres señeros que vienen repletos de connotaciones excelentes, casi inaccesibles. Nombres de parajes remotos donde se puede dejar a la imaginación que vuele a su santo capricho, sin miedo a que llegue, por florida que sea, a la verdad de cuanto por allí se da.

            Desde los altos de Orea discurren las aguas vírgenes del río Cabrillas abriendo paso entre los barrancos que les quedan al pie, en busca de otras tierras mansas que las acojan. Son aguas frías de cañada y de torrontera, aguas que salieron a la luz en las falducas escarpadas de los montes y que bajan hasta el cauce común arrastrándose en suaves canalillos como de cristal líquido, jolgorio a veces de truchas y alevines, revitalizador de la corriente que arrancaron casi en la cumbre misma del pico de la Nevera, el más galán de todas aquellas cumbres afines a la Sierra del Tremedal.

            El río Cabrillas se enseñorea de un paisaje simpar por los alrededores de Checa, uno de los pueblos con mayor fortuna en bellezas naturales con que se pueda soñar, y allí se bebe las aguas de otro arroyuelo saltarín que atraviesa el pueblo. Entre Checa y Peralejos levanta su crestón plomizo el Pico del Cuerno, de 1663 metros de altura sobre el nivel del mar, que no es poco decir. Y río adelante Chequilla, el irrepetible lugarejo de Chequilla, espectacular y diferente como él solo, con sus casas blancas que crecieron entre los peñascos fantasmales que hay a su alrededor, raza de gigantes en roca fuerte vecinos del pinar y de los huertos, que comanda el mítico Trascastillo. En las afueras de Chequilla -y bien conocido es en horas de bullicio por toda la comarca- se encuentra la única plaza de toros natural que existe en el Planeta. Las rocas -figúrense- sirven de burladeros y de tendidos en los que se acomoda la gente, mientras que la lidia tiene lugar abajo, sobre la pradera, en el rellano que queda entre las peñas.

            El cauce del Cabrillas deja a mano izquierda el otro paraíso de junto al Tajo: Peralejos de las Truchas, el de las recias casonas que en otro tiempo fueron cuna de personajes y de familias distinguidas, y al salir desciendo buscando las puestas del sol con dirección al Pico de la Machorra, otro mito de aquella peculiar orografía.

            Más adelante recoge las aguas, cuando las hay, del arroyo Jándula, al poco de haber regado, campo atrás, las huertas de Megina, otro paraíso anónimo que adorna con su estampa aquellas tierras frías y preside con la mirada atenta hacia todas las tierras de la vega, la torre campanario por encima de las últimas casas al final de la cuesta. Luego, dejando a un lado y al otro los campos de Traid, de Pinilla, de Terzaga, y de Poveda en dirección contraria, la corriente baja mansa o precipitada, depende, hasta las proximidades de Taravilla.

            El pueblo de Taravilla, a pesar de su mérito y de sus encantos bien visibles como pueblo serrano, hubiera pasado a un discreto olvido a no ser por los impresionantes alrededores con los que cuenta en dirección al Tajo. En las enrevesadas tierras de Taravilla conviene detenerse a disfrutar el sosegada paz, a dar quehacer a los sentidos y a la imaginación por ser aquellas tierras de ornatos y de rememoranzas insospechadas. Desde los altos de la pista se oyen al pie los murmullos enardecidos de la chorrera entre la masa de los pinares. Muy cerca de allí la famosa “Laguna”, paraje romántico que se goza reflejando como en un espejo inmenso el azul de los cielos sobre la limpia superficie de sus aguas. Por allí precisamente, por las profundidades inaccesibles de la laguna tan cargadas de misterio, deben de andar envueltas entre el lodo de los siglos las joyas y la rica pedrería de Florinda, la hija del Conde don Julián, que prefirió mandar al demonio todo su atalaje, antes de que los moros invasores se hicieran con él por la violenta razón de la fuerza. La Muela del Conde, el cerro de leyenda donde los nativos aseguran que tuvo su casa el Conde don Julián, queda por aquellos alrededores entre el olor penetrante a campo, al pastoso aroma de los pinos y al de las florecillas silvestres de la vertiente donde las abejas sacan cada primavera las finas mieles de la serranía.

            Y luego Peñalén, como remate al cabo del día, con todo el encanto provocador de su vecina la Serranía de Cuenca a cuatro pasos, al que gusta sumar la gracia particular de su propia imagen. Peñalén, como varado en el centro mismo de la amplia caldera que forman los montes, lima su piel poco a poco con el soplo delicado de los fríos vientos ibéricos que descienden hasta el barranco en espiral, dibujando sobre su celaje de embudo los puros contornos de una caracola etérea, parto de los montes.
            Aguas abajo, como por encanto también como lo parece todo por aquellas sierras, el Cabrillas desaparece, se lo sorben de un trago las corrientes del Tajo para engordar su cauce y adentrarse en los primeros llanos de la Alcarria con discreción, dejando atrás olvidados para siempre los cien avatares de su juventud.

(En la imagen, una panorámica del pueblo de Peñalén)

miércoles, 31 de agosto de 2011

VIAJE AL PUERTO DE LA QUESERA



La idea de viajar al Puerto de la Quesera es una idea antigua. Todo en la vida tiene su momento y aquella vieja ilusión de tirarse a los montes una vez más ahora se cumple. No es la primera vez que uno asciende al techo de la provincia allá por los confines del Macizo de Ayllón, en los mismos crestones de Somosierra donde vuela majestuoso el alcotán, muge el ternerillo lechón, y crecen por milagro en la ladera, junto al brezo y el rebollo, las hayas mas sureñas de todo el continente.
Apenas toma posición el sol de estío sobre los altos de la sierra cuando los veraneantes ya andan por los aledaños de los pueblos regando los huertecillos de la cerca y respirando el aire acristalado y limpio de la cara oeste del Ocejón. A veces, uno siente envidia de los veraneantes que pasan largas temporadas a pie de monte por estos parajes, hasta que la pálida flor del quitameriendas y las primeras heladas del otoño acaban echándolos de aquí. Pero en esta ocasión uno es más afortunado, va mas lejos, pasa de largo en buena mañana dejando atrás la torre oscura con incrustaciones calizas de Campillo y la blanca espadaña de Majaelrayo sobre el oscuro caparazón de las casas del pueblo. Media hora antes he tenido ocasión de comprobar, desde el mirador de la ermita de los Enebrales, que la temperatura había descendido de manera considerable con arreglo a la que me deje atrás al emprender el viaje. EI débil vientecillo de las once sopla sobre el rostro y sobre los brazos descubiertos, regalando al recién llegado una inexplicable sensación de bienestar.
A estas alturas, como si de un curioso espejismo de los crudos inviernos de
la sierra se tratase, el campo se cubre de blanco con la flor de la jara. Llega a los oídos el tintineo lejano del metal que emiten los cencerros del ganado. Son las vacas de cría las que vienen a pastar en el ribazo; vacas de pelo negro como la mora, de pura raza avileña, desperdigadas entre las pedreras y los arbustos, solitarias, hieráticas, al cuidado de nadie. La carretera es sencillamente aceptable, toda de asfalto. La han mejorado mucho desde la última vez que pasé por ella, cuando sólo era una polvorienta pista de tierra y de cantos movedizos. Al pasar, las cuestas pinas y prolongadas se van sucediendo con descensos de vértigo, dibujando las caprichosas formas de los montes. Aquí un nudo descomunal de lajas oscuras aflora de la tierra como la mano negra de un gigante; al otro lado una escuadrilla de enebros en desorden que las dentelladas de la ganadería no han dejado crecer. Entre el áspero manto de las jaras y de las estepas destacan al borde del camino los robles centenarios, corpulentos candelabros de madera rolliza, duros y magníficos como el paisaje. Y al fondo, en medio de dos cortes de montaña se dejan ver, perdidos en la distancia, los tejados ocres de un pueblecito que asienta al final del barranco; por su situación uno calcula que se trata de Cabida o de Peñalba de la Sierra, más bien del segundo que del primero. Desde lo alto de las peñas que le sirven de mirador a mi derecha, pero muy por encima del camino, un excursionista con sariana de caqui y botucas seudomilitares de las de andar en campaña, otea los alrededores sirviéndose de un potente catalejo monocular. Al hombre se le nota absorto en al contemplación, ciego de entusiasmo.
La carretera se va perdiendo poco a poco por parajes cada vez más escondidos y diferentes. Hay momentos en los que quien viaja tiene la impresión de haberse salido del mundo rutinario y complicado en el que viven los hombres, y este es uno de ellos. Al bajar una pendiente pina en la que el coche parece caer en picado, uno se da de bruces con la corriente de un arroyo cuyas aguas se van colando por entre las piedras, a la sombra de las matas ribereñas y de los arbustos que crecieron al lado del cauce. Se trata, sin duda, del río Jaramilla, que a estas alturas corre por algunos tramos lamiendo el borde izquierdo de la carretera. Aguas arriba el río Jaramilla tuvo otro nombre, se llamó arroyo de las Veguillas, que nace a 1700 metros de altura sobre el nivel del mar por los pagos que dicen de San Benito, y pasará mas tarde a llamarse Jarama algunos kilóme¬tros antes de encerrarse en el pantano del Vado. Las aguas del río Jaramilla son claras y virginales, juguetonas y cantarinas, cuna del alevín y de los fugaces pececillos que, al crecer, se convertirán en truchas autóctonas, en truchas serranas de la mejor clase.

Naturaleza impresionante
A una y otra mano de la carretera y de la corriente del río, justo en el sitio de máxima proximidad entre ambas, se alzan algunos crestones impresionantes de peñascos oscuros, varios de ellos colocados en posición de sorprendente equilibrio, testimonio de alguna vieja formación geo1ógica que, en esta era en la que a nosotros nos ha tocado vivir, convierten el paisaje en un solemne espectáculo donde la presencia humana se ve sometida, por su pequeñez e insignificancia, a la humillación que en el conjunto de la naturaleza le corresponde.
En la horquilla que junto al puente sobre el arroyo forman los caminos, en el fondo de la hoya donde parte monte arriba el sendero que sale hacia Peñalba, se ven unas tiendas de campaña plantadas sobre la hierba de la pradera. Ahí mismo es donde se comienza a subir el puerto; ahí mismo se empiezan a dibujar los bordes de la provincia de Guadalajara al pie de las cumbres que alcanzan, allá en el mismo azul donde se balancean las aves de rapiña, cotas superiores a los dos mil metros -que ya es una altitud respetable-, las más elevadas no sólo de la provincia, sino de toda nuestra comunidad autónoma.
Durante el ascenso, una casita de piedra oscura al margen del camino reclama la atención de quien viaja. Es difícil cruzarte con algún vehículo a lo largo de todo el camino, lo que permite viajar algo más relajado y dar a los ojos de la cara y a los del corazón un poco más de libertad para gozar del ambiente, bravo y rigurosamente natural del campo por el que nos movemos. Casi a punto de alcanzar el peldaño más alto, uno nota en los oídos el típico “clak” de la presión atmosférica, parece como que el sentido se embota, dando prioridad al tacto que acusa sobre la piel los efectos de la baja temperatura; a la vista, que se pierde en los goces de la contemplación desde lo más alto del puerto; y al olfato, que no aprecia otro olor que el del aire limpio sin afección alguna.
Cerca ya del medio día, la mañana en la Quesera se cierra diáfana, de puro cristal, como uno imagina que debió quedar la primera mañana de la creación del mundo. Nos encontramos en la cumbre, en el punto más alto que alcanza una carretera de la provincia, en el mítico puerto de la Quesera, a 1.750 metros de altura sobre el nivel del mar. Unas cuantas vacas, negras y otras de dorado color, hacen guardia por las cercanas praderas royendo los ternascos de hierba que aviva el sol y humedecen a diario los relentes de la mañana. Son reses impasibles ante la presencia del hombre, vacas acostumbradas a ver cómo la gente detiene los vehículos en la cima del puerto y se pone a mirar la tamaña monstruosidad de los barrancos que se hunden por el saliente, las laderas de pinos jóvenes, en línea, de la repoblación.
El sol del medio día cae de plano; pero manda el soplo fresco del viento que sube desde los llanos de Riaza. A la caída, carretera provincial SG-112. Por la otra vertiente reverdece entre los robles y el matorral el hayedo de la Pedrosa, término municipal de Riofrío de Riaza, ya en tierras de Segovia. Con cimas a nuestro alrededor que superan los 2.200 metros, como el Rocín, las Peñuelas o el Pico del Lobo, damos por concluido el viaje previsto para hoy. Hora las 13,22; distancia a Guadalajara 98 kilómetros. Un lujo al alcance de cualquiera, y un tiempo, el de verano, que permite poderlo disfrutar.

martes, 2 de agosto de 2011

PROCESIÓN MARINERA EN EL LAGO DE BOLARQUE



Tantos años viajando por la provincia, en todas las direcciones de que es capaz la rosa de los vientos, y todavía me faltaba algo muy importante que conocer, algo de lo que por fin he tenido ocasión no sólo de conocer, sino también de vivir. Fue hace dos semanas con motivo de la celebración de la fiesta de su Patrona, la Virgen del Carmen, por miembros de la Real Liga Naval Española, la Asociación Lago de Bolarque, el Ayuntamiento de Almonacid y los pueblos ribereños del entorno de la Sierra de Altomira donde, como sabido es, se encuentra el tercero en capacidad de los grandes pantanos alcarreños, el de Bolarque, encajado entre violentos declives de pinar, de bosque bajo y de enormes roquedas, que acogen como reliquia de un pasado lejano las venerables ruinas del famoso Desierto Carmelita, un dato más de esta vivencia única y del que probablemente hablaremos después.
Hace muchos años, más de cincuenta, que estas tierras se pusieron de moda con la construcción paulatina de una de nuestras más importantes urbanizaciones de recreo, la conocida con aquel nombre tan pretencioso de “Nueva Sierra de Madrid”, que muy pronto comenzaría a tomar popularidad en las décadas medias del pasado siglo.


En el Náutico
Aunque siempre he tenido noticia de su existencia, nunca había estado dentro de la urbanización y mucho menos de su Club Náutico, que con acierto instalaron al final de la misma en un recodo muy oportuno que dibujan las costas del embalse, y al que se accede con relativa facilidad por pavimento adecuado, salvando a intervalos los caprichos naturales de la vertiente que al final se bifurca en dos direcciones: la playa y el náutico. Es en el náutico donde cada 16 de julio, desde el año 2000 y sin interrupción, se repite este singular acontecimiento.
Serían las once de la mañana. Los marinos, vestidos de riguroso uniforme, y los asistentes, muchos de ellos procedentes de los pueblos cercanos con sus autoridades a la cabeza, ocupaban los espacios del náutico frente a decenas, o centenares quizá, de barcas ancladas en el embarcadero. Los actos comenzarían minutos después.
Un pequeño altar de campaña, improvisado a la sombra de los árboles, sirvió de ara para la celebración de la Santa Misa en honor de la Patrona de de la Marina Española y de las gentes del mar. La ceremonia fue presidida por don José Félix, párroco de Albalate, acompañado como concelebrante por don Carlos, párroco de Almoguera. Una buena parte de los asistentes estuvimos sentados en varias decenas de sillas portátiles dispuestas para el acto. Bonita homilía la del páter acerca del origen y significado de la fiesta y de la invocación mariana del Carmelo a través de los siglos, partiendo del profeta Elías. Al final se cantó la Salve Marinera.
Y enseguida la procesión, con el estandarte y enseña de la Liga Naval Española, miembros de la Patrulla Auxiliar Marítima con algunos ejemplares de perros Terranova, banda de música, imagen de la Virgen del Carmen a hombros de cuatro marinos, sacerdotes y religiosas, y público asistente preparado para embarcar en el catamarán de la Virgen y en una serie de barcas, cerca de cuarenta, que habrían de acompañar en emotiva procesión sobre las aguas a la imagen de la Patrona del Mar.
Era la edición número once de esta fiesta marinera que se celebraba en el embalse de Bolarque. Su origen es reciente, pero el entusiasmo de los organizadores garantiza un futuro consolidado y duradero para un acontecimiento que, si las entidades y vecindario de los pueblos cercanos se unen a él con el interés que merece, puede tomar en poco tempo carta de naturaleza no sólo en esta determinada comarca de la Baja Alcarria, sino en toda la provincia de Guadalajara como cosa propia, e incluso en la región al menos por lo que tiene de interesante a insólito en un paraje singular, bello como pocos, de tierra adentro.
Desde su inicio hasta el final la procesión marina debió de durar cerca de una hora. La pequeña imagen de la Virgen navegó acompañada por los sacerdotes concelebrantes, algunas religiosas, autoridades, los músicos y los miembros de la Liga Naval encargados de portarla a hombros durante la procesión terrestre hasta el embarcadero. Siguiéndola a una distancia suficiente para no molestarse entre sí unas a otras con el oleaje, el resto de las barcas. Soplaba algo de viento y las barcas a motor navegaban a una velocidad moderada. A un lado y al otro del pantano la naturaleza en su estado puro, a la que solamente -debido a la verticalidad y a la magnitud de las peñas- es posible aproximarse por caminos acuáticos.
Al cabo del tiempo de navegación previsto llegamos frente a un lugar señero en la historia de estas tierras que, ¡Oh, casualidad!, tanto tenía que ver con la festividad del día. Eran las venerables ruinas del famoso Desierto de Bolarque, es decir, lo que antes fue convento de monjes carmelitas descalzos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, importante foco de espiritualidad del pasado en tierras de la Alcarria, olvidadas hoy y medio ocultas entre la vegetación al margen de las aguas.

El Desierto de Bolarque.
Se fundó este convento en el año 1512 con el fin de reformar la vida y costumbres de los frailes carmelitas del convento de Pastrana. Fue fundado a iniciativa e impulso de un joven religioso de la Orden, Fray Alonso de Jesús y María. Los propios monjes corrieron con los trabajos de construcción de su iglesia (de la que todavía quedan en pie algunos de sus muros), del atrio, y de toda una serie de pequeñas ermitas situadas a más o menos distancia del edificio central, en donde los monjes pasaron gran parte de su vida ocupados en la oración y en los trabajos. El rey Felipe II visitó este convento como patrón que fue de la capilla mayor. El Consejo de Castilla ayudó mucho a los monjes residentes durante los dos primeros siglos de su existencia. Un lienza de Tristán procedente del Desierto, y tal vez algunos otro objetos religiosos más, fueron recuperados para el convento y colegiata de Pastrana. Durante los cuatro siglos aproximadamente que tuvo de existencia el Desierto de Bolarque fue pasto de las llamas en varias ocasiones, perjuicio que los propios monjes se encargaron de restaurar, hasta su final definitivo en el año 1835, cuando la no menos famosa Desamortización de las posesiones de la Iglesia, de tan infausta memoria, acabaría con él par siempre dejando como recuerdo algunos documentos que lo avalan, varios objetos recuperados como antes se ha dicho, y estas ruinas a cuya altura se detiene cada año en esta mis fecha el catamarán de la Virgen, se bendicen las embarcaciones participantes, se arrojan pétalos de flores a la imagen, y se inicia el viaje de regreso hasta el punto de partida, el Náutico, donde se servirá un refrigerio a los asistentes y se darán por terminados los actos religiosos de la mañana bien pasada la hora del medio día.

José Carlos Tamayo
Toda esta actividad, puntual e interesantísima, pero una más de las que se llevan a cabo a lo largo del año, cuenta como es fácil suponer con un importante grupo de colaboradores a cuya cabeza se encuentra, como columna principal de sostenimiento, don José Carlos Tamayo, miembro de la R.L.N.E. de la que es presidente de la delegación Mares de Castilla; presidente a la vez de la asociación Lago de Bolarque, y director de una revista periódica, Lago y Montaña, modélica en su género, cumplida sobradamente en presentación y contenido, que cuenta como exclusivos con todos aquellos temas que tienen relación con la Liga Naval Española, con la asociación Lago de Bolarque, y con todo lo que de una manera o de otra tiene algo que ver con este escogido fragmento de nuestra geografía provincial, como parte integradora de su proyecto inicial en el que colaboran, también de manera desigual y tal vez en menor mediada de lo que debiera ser, pueblos e instituciones.
No quiero acabar sin hacer mención a mi reciente nombramiento como Miembro Honorífico de la asociación Lago de Bolarque; un detalle inmerecido, producto del celo por esta comarca y de la generosidad desmedida e injustificada de D. José Carlos Tamayo Gálvez, un hombre de la mar que se ocupa, dentro de sus posibilidades, de trasladar la brisa marina con todos sus encantos y sus misterios a este singular rincón de la Alcarria.