jueves, 30 de octubre de 2008

EL BARRANCO DE LA HOZ


BARRANCO DE LA HOZ

Paraje angosto, muy pintoresco y espectacular, en el Señorío de Molina, término municipal de Ventosa y muy cerca de Corduen­te. Abriéndose tajo entre los tremendos peñascales cortados en vertical, discurren Barranco abajo las aguas corrientes del río Gallo. Mesas de piedra utilizables como merendero y sombras de arbolado en las márgenes del río, completan con las rocas de extrañas formas y el santuario de la Virgen de la Hoz toda la maravilla de aquel afortunado rincón de la provincia.
El Barranco de la Hoz fue, en tiempos anteriores a la contaminación de los ríos, un estupendo lugar para la pesca de la trucha y del cangrejo.
Dentro del santuario se venera en su ermita, abierta bajo las peñas, la imagen de la Virgen de la Hoz, Patrona de Ventosa, de Corduente, de Molina y, por exten­sión, de todo el Señorío. Se dice que la imagen de la Virgen se apareció en aquel mismo lugar a un pastor de Ventosa, apenas concluida la reconquista de Molina. La imagen es una talla románica del siglo XII. Su coronación canónica tuvo lugar el 31 de agosto de 1953. La fiesta patronal se celebra el 8 de septiembre, en tanto que la romería principal a su santuario tiene lugar durante la mañana del domingo de Pentecostés, con representación de la famosa "Loa del gallego".
Esta representación teatral se llama así por ser "el Gallego" uno de los personajes centrales que intervienen en el desarrollo del acto. La "Loa" es una antiquísima manifestación cultural, de caracter religioso-festivo, simultánea en el tiempo con la La Caballada de Atienza, pues como aquella tiene lugar el día de Pentecostés, y como marco la explanada del santuario en el Barranco. Todo el auto sacramental, con personajes sacados del fondo literario de los clásicos, lleva como fin último el triunfo del Bien sobre el Mal.
Terminada la representación, los danzantes bailan con espadas y palitroques, concluyendo el acto con la formación de una torre humana coronada por un ángel que lanza varios vivas en honor de la Virgen de la Hoz.

lunes, 27 de octubre de 2008

EL TENORIO MENDOCINO


EL TENORIO MENDOCINO

Representación teatral del "Don Juan Tenorio" de Zorrilla, que cada año, desde 1992, se viene ofreciendo al público de Guadalajara durante la noche del 31 de octubre, por los distintos rincones y monumentos renacentistas de la capital alcarreña. La plazuela colateral con la capilla de Luis de Lucena, la fachada del palacio de La Cotilla, el patio del palacio de don Antonio de Mendoza, el de los Leones del palacio del Infantado, la plazuela de la concatedral de Santa María y los jardines y portada de la antigua iglesia de La Piedad, son el escenario ideal para la representación en vivo de las diferentes escenas de este “Tenorio” itinerante, que no solo se ha llegado a consolidar, sino que en sus pocos años de existencia se ha convertido en una de las manifestaciones culturales más importantes de la ciudad.
Los actores, personajes del vivir cotidiano de la ciudad, agrupados en un cuadro artístico con el nombre de "Gentes de Guadalajara", entre los que -por sólo citar algunos de ellos- se han contado, y algunos se siguen contando, con Abigail Tomey, Javier Borobia, José Antonio Suárez de Puga, Fernando Borlán, recientemente fallecido, Fernando Revuelta, y otros más hasta un número aproximado de veinticinco, integran el reparto completo de la obra más popular del Romanticismo Español, y más veces representada que ninguna otra en los escenarios españoles.
En la imagen, cedida por el diario “Nueva Alcarria” se recoge un momento de la “escena de la ventana”

domingo, 26 de octubre de 2008

HISTORIAS MENORES DEL PALACIO DEL INFANTADO ( VI )


EL MILAGRO DEL CARDENAL
La imaginación popular y el sentir de aquel tiempo dan cuenta de un portento ocurrido en Guadalajara el día 11 de enero de 1495, coincidiendo con la muerte del cardenal don Pedro González de Mendoza. Se dice que fueron muchos los vecinos de la ciudad en sus distintos barrios, los que vieron una enorme cruz blanca situada sobre el palacio donde murió, en el instante mismo de su fallecimiento; que la cruz sirvió de aviso a la población para comunicarle el triste desenlace, y que, al cabo de un rato, desapareció tan misteriosamente como la habían visto aparecer. No obstante, la figura de la cruz permaneció grabada sobre el césped del patio del palacio, avalando la vida, y sobre todo dando fe de la muerte en aquel lugar, de quien llegó a conocerse como el "Tercer rey de España".

viernes, 24 de octubre de 2008

DOS PINTURAS DE BUERO VALLEJO


DOS PINTURAS DE ANTONIO BUERO VALLEJO

Aún no había cumplido dieciocho años el joven Antonio Buero cuando su afición a la pintura se lo llevó de Guadalajara, su ciudad natal, hasta la Capital de España. Era por entonces Madrid, más que en ninguna otra época, el “rompeolas de todas las Españas”, y un atractivo fascinante para los espíritus inquietos, para los ánimos cargados de sueños y de proyectos. Un grupo importante de jóvenes insatisfechos, nombres que años después serían punteros en las distintas ramas del arte y del pensamiento español, ya por aquellos años había tomado Madrid y se habían convertido en un aliciente incontenible para atraer a tantos más que, con el correr del tiempo, se inscribirían así mismo en la nómina de los españoles universales.
Guadalajara carecía por entonces de un movimiento cultural que mereciera la pena. La ciudad se limitaba a tratar a sus hijos adolescentes con cariño, con una ternura a la que contribuía de manera eficiente el paisaje de sus alrededores; pero nada más. Antonio Buero, uno de aquellos mozalbetes a los que la horma de su ciudad les resultó pequeña, con toda la ilusión que le daba su edad y el título de bachiller por toda indumentaria, un buen día se marchó a Madrid. Así lo cuenta el ensayista malagueño Julio Mathías: “Pero en Guadalajara, a pesar de sus monumentos artísticos y de sus palacios cargados de historia y de leyenda, no hay posibilidad para un joven que aspira, sobre todas las cosas, a ser pintor. La pintura requiere, aparte de la vocación y la inspiración, un duro aprendizaje. Madrid y su Escuela de Bellas Artes de San Fernando le atraen. Solo cincuenta y seis kilómetros le separan de la casa paterna”.En cierta ocasión pasé por Taracena con el único fin de ver un par de pinturas de Buero Vallejo en el domicilio particular de algún familiar suyo. Su madre, doña Mari cruz Vallejo, había nacido en este apacible lugar cercano a la capital de provincia. Dos señoras de Taracena, Maria Luisa y Margarita, primas lejanas del autor, conservan colgados en lugares preferentes de sus casas dos pinturas de aquel Antonio Buero en sus años jóvenes.

Una de esas pinturas, la de menor tamaño, la guardaba con celo Maria Luisa. Representa una escena lejana en el tiempo de la Ciudad del Acueducto, que el autor tituló “Estampa segoviana”. En ella aparecen un hombre y una mujer, dos castellanos viejos ataviados con la indumentaria festiva de hace un ciento de años; como fondo, una parte del caserío y la torre del lugar. En uno de los ángulos aparece la firma del pintor “BVERO”, detalle que sobrevalora la obra hasta lo infinito. Está realizada en 1948, el año al que nuestro insigne dramaturgo diese la primera campanada solemne con la “Historia de una escalera”.
El segundo de los cuadros que pude ver, lo conservaba como oro en paño Margarita. Es un bello retrato de 85 x 67 cm. De tamaño. En él aparece don Andrés José Quemada, padre de su dueña y amigo del pintor. Está sentado, con el brazo derecho reposando sobre una mesita de escritorio y un libro en su mano izquierda. Se trata, qué duda cabe, del trabajo de un artista conocedor del medio. Igual que el anterior fue pintado en Madrid, durante el mes de enero de 1948.
Uno, que admira y cree valorar el talento y la personalidad de don Antonio Buero Vallejo, que siempre tuvo a gala incluirlo entre los tres primeros autores dramáticos en lengua castellana del siglo XX -los otros dos serían García Lorca y Valle Inclán-, quiere ahora resaltar esta otra faceta de su importante quehacer, aquella para la que él creyó haber nacido, y que, como el tiempo se ha ido encargando de demostrar, no fue así. Don Antonio hubiera sido un pintor destacado, su talento le hubiese llevado a sobresalir, pero es muy posible que no hubiese pasado de allí. Probó fortuna en otra rama del arte que desde niño también le atraía, y ésta le sonrió desde el primer momento para que no tuviera dudas sobre qué decisión tomar en un futuro.
Guadalajara vino abriendo los ojos durante las últimas décadas de vida de este hijo simpar; título que nada ni nadie será capaz de quitarle; pero buena cosa es sacar a la luz la causa primera y única por la que Antonio Buero decidió marcharse de estas viejas riberas del Henares, y ofrecer a sus paisanos una muestra de aquellos “entretenimientos” de juventud, algunos de los cuales, por fortuna, se quedaron aquí.

Este mismo artículo se publicó en “Nueva Alcarria” en diciembre de 1994. Lo leyó don Antonio Buero, y días después me mando una carta de agradecimiento manuscrita, que guardo como un tesoro. De esa carta, y con relación a estos cuadros, trasncribo lo siguiente: «Mi viejo amigo Quemada, tan afectuoso siempre conmigo cuando yo no era nadie, me encargó esos dos óleos; se casó con Celia, una prima mía de Taracena. Ninguno de los dos está ya en el mundo.»

(Las fotos corresponden a las pinturas de su familiar Antonio José Quemada y Estampa segoviana).

lunes, 20 de octubre de 2008

MANU LEGUINECHE, ALCARREÑO DE ADOPCIÓN


MANU LEGUINECHE, ILUSTRE ALCARREÑO DE ADOPCIÓN

Dentro de unas fechas, sus compañeros y amigos vamos a rendir un homenaje de amistad y de admiración a Manu Leguineche; un periodista y escritor que ha preferido la Alcarria para escribir, y para descansar de su ajetreada vida como profesional del periodismo. En estos momentos se recupera de las secuelas de una delicada operación quirúrgica a la que se sometió varios meses atrás.
Su nombre completo es el de Manuel Ángel Leguineche Bollar, nacido en Arrazua (Vizcaya) en 1941. Se trata de uno de los miembros destacados de esa pléyade de intelectuales y artistas que un día descubrieron la Alcarria y en ella se quedaron a vivir.
Viajero por el mundo con predilección por los países lejanos y exóticos, donde siempre hay algo que ver y descubrir para contarlo después a sus lectores. Corresponsal de guerra en Vietnam y en la Guerra del Golfo. Es fundador de las agencias de noticias Colpisa y Fax Press. Autor de una obra interesante y muy extensa, que le ha hecho merecedor entre algunos más los premios Nacional de Periodismo, Pluma de Oro, Cirilo Rodríguez, Godó, Julio Camba, y Ortega y Gasset. Son algunas de sus principales obras “El camino más corto”, “El precio del paraíso”, “Yo te diré...”, “Yo pondré la guerra”, "En el nombre de Dios”, "Hotel Nirvana", "La felicidad de la tierra" y “El Club de los Faltos de Cariño”. Las dos últimas -de lectura exquisita, escritas con la calma y el sosiego que por lo general exige la buena literatura- son a manera de cuadernos de notas inspiradas en el ambiente cotidiano de los pueblos de Guadalajara en los que ha vivido: Cañizar, y Brihuega, donde tiene su casa.
En octubre de 1986, Manu Leguineche se instaló para vivir en una casa de campo perdida en el bosque, término municipal de Cañizar con vistas al valle del Badiel y a las sierras del norte, conocido por El Tejar de la Mata, que sería su rincón de descanso y de trabajo entre viaje y viaje por el mundo. Años después se trasladó a otra villa de la Alcarria: Brihuega, donde ahora reside durante largas temporadas. El 31 de enero de 2004, el Ayuntamiento de Peñalver y otras asociaciones provinciales le concedieron el meritorio premio de Su peso en miel, con el que cada año distinguen a celebridades nacionales del mundo de la Literatura, del Arte y de la Comunicación.

viernes, 17 de octubre de 2008

DON ANTONIO SANZ POLO HA MUERTO


FALLECIÓ DON ANTONIO SANZ POLO

Acabo de leer en la prensa provincial la esquela de su fallecimiento. La vida no perdona, mal que nos pese. A los 95 años de edad falleció ayer, día 16, en Guadalajara, uno de los últimos caballeros con madera de hidalgo que han dado al mundo las tierras del Señorío. Lo he sentido. Solía ir a visitarlo con relativa frecuencia, y me agradaba mucho conversar con él. Últimamente tuve la impresión de que nada del mundo le interesaba. Fue un hombre de conciencia recta, caballero sobre todo lo demás, muy en la línea de esa pléyade de notables que con el correr de los siglos fueron apareciendo en la ciudad de Molina y en otras villas de su entorno, cuyos escudos de armas campeán sobre las fachadas de los edificios.
Don Antonio estudió Magisterio en Toledo y la licenciatura en Ciencias Naturales en la Universidad de Madrid. Maestro de Maestros. Nació en Molina de Aragón en 1913, y ejerció como maestro una corta temporada en el colegio Rufino Blanco de Guadalajara. Inspector de Enseñanza Primaria en Galicia, Asturias y León, para asumir después el cargo de Inspector General de Enseñanza Primaria. Los puestos dentro de la política también lo siguieron durante una cierta época de su vida, y así ostentó entre otros el de Diputado Provincial en Soria, Presidente de la Asociación Nacional de Inspectores, miembro del Consejo General de Educación Física y Deportes, y representante de España en las reuniones del Consejo de Europa en Estrasburgo. Contó con varias condecoraciones importantes en premio a su labor: Comendador de la Orden de Cisneros, Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio, Encomienda al Mérito Civil, y Medalla al Mérito de la Asociación Nacional de Amigos de los Castillos.
Para quienes le conocimos, no nos pasaron desapercibidos otros muchos merecimientos más: su natural sentido de la amistad, el amor a su tierra, y el haber reconstruido, sacándola de las ruinas, la enorme torre del histórico castillo de Zafra a sus solas y exclusivas expensas, sin ninguna otra ayuda oficial ni privada. Su memoria durará tanto, años y siglos, como los que permanezca erguida sobre las rocas de la Sierra de Caldereros, la torre del homenaje del Castillo de Zafra, a partir de hoy monumento a su memoria.
La fotografía que encabeza estas palabras la tuvo presente en su habitación durante los años finales de su vida. Se la tomé en cierta ocasión, sentado junto a la chimenea, en la última planta de la torre de su castillo. Todavía habría de estar entre nosotros diez años más. Que en paz descanse, el maestro y el amigo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

HISTORIAS MENORES DEL PALACIO DEL INFANTADO ( V )


LA RECPCIÓN AL REY FRANCÉS

Es posible que el lector no considere de “historia menor” este episodio sacado del vivir de siglos del Palacio de los duques del Infantado, pues se trata un acontecimiento de extraordinaria importante, no sólo en la historia de tan emblemático monumento, sino de la ciudad de Guadalajara en donde se encuentra.
Los ejércitos españoles del Emperador Carlos, derrotaron de manera estrepitosa al enemigo francés en la batalla de Pavía, el 24 de febrero de 1525. Hicieron prisionero a su rey, Francisco I, y bajo la vigilancia de Hernando de Alarcón se le trajo a Madrid en un intento de concertar con él una paz duradera entre los dos países, y en unas condiciones, dada la situación, abiertamente favorables al Emperador.
Las fiestas en honor al rey de los franceses a su paso por Guadalajara todavía se siguen recordando -en documentos escritos, naturalmente- como las más grandes que se dieron en la ciudad a través de toda su historia. Comenzaron en Torija con unas justas entre caballeros que admiraron al rey francés; y continuaron en Guadalajara con un desfile interminable de caballeros ataviados con sus mejores galas; recepción por parte del duque del Infantado, a la sazón enfermo de gota, en el “patio de los leones”, y alojamiento en la sala más lujosa y rica de palacio: el salón de linajes.
Un autor de la época, Luís de Zapata, da cuenta del asombro que supuso para el ilustre prisionero contemplar en el salón reservado para él tanto lujo, tantas colgaduras y tapices, tanto oro, y tantos emblemas y escudos de nobleza, como rodeaban bajo el oro de la techumbre los cuatro muros de la estancia. Creo que estos versos del “Carlos famoso”, escritos por el antes dicho autor, tienen aquí su lugar oportuno. Los personajes son el propio rey francés, y el duque de Tendilla que le sirvió de guía:

“¿Qué escudos de armas eran los pintados
que en lo alto alrededor por todo había?
Señor, él respondió, nuestros pasados,
en quien muy gran virtud resplandecía,
de todos los linajes señalados
de España, y de los que aún después habría,
para a sus descendientes mover tanto
hicieron esta sala por encanto,
la cual de los linajes es llamada,
porque en ella esculpidos están todos
los de España, ahora sean de otra mesnada,
o de la antigua sangre de los godos…”

Al día siguiente al de su llegada, la fiesta se extendió de manera espontánea por toda la ciudad. Hubo cucañas, capea de toros en una plaza improvisada en las afueras del palacio, justas y juegos de cañas en los que sólo participaron caballeros de la ciudad; bailes y fiestas por todos los barrios, y hasta una lucha de “animales feroces” en la que pelearon con toda su crueldad y arrestos un toro y un fiero león.
El rey francés quedó impresionado. Las fiestas en honor del ilustre prisionero se extendieron en Guadalajara durante varios días más. El palacio y sus jardines se vieron engalanados como nunca lo estuvieron. En recompensa al duque -la política suele tener esas cosas- el Emperador le entregó una condecoración que pocos grandes de Europa poseían por aquel tiempo: el Toisón de Oro.