LA INTENCIÓN DE ESTE BLOG DESDE SU INICIO, NO ES OTRA QUE LA DE DAR A CONOCER LA REALIDAD HISTÓRICA Y ACTUAL DE LA PROVINCIA CASTELLANA DE GUADALAJARA EN ESCRITOS, GRAN PARTE DE ELLOS YA PUBLICADOS EN PRENSA, E INFORMACIÓN BIBLIOGRÁFICA ACERCA DE LO MUCHO QUE HASTA EL MOMENTO SE HA ESCRITO SOBRE ELLA, CON ATENCIÓN PREFERENTE A MIS PUBLICACIONES Y A LAS DE OTROS AUTORES QUE CONSIDERO DE MAYOR INTERÉS.
viernes, 30 de septiembre de 2011
LA UNIVERSIDAD DE SIGÜENZA
Contó la ciudad de Sigüenza con una de las universidades más prestigiosas y más conocidas de su tiempo. Tuvo como predecesor aquel importante centro cultural al antiguo Colegio Jerónimo de San Antonio de Portacoeli, sito en los arrabales de la ciudad al otro lado del río, y que había sido fundado en el año 1746 por el canónigo y arcediano de Almazán don Juan López Medina.
Fue instituida como Universidad en 1489, mediante bula otorgada por el Papa Inocencio VIII a petición del Cardenal don Pedro González de Mendoza, en abril de aquel mismo año. En ella se concedieron los grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor, primero en Artes, Teología y Cánones, y más tarde también en Filosofía y Lógica. Ya a mediados del siglo XVI (año 1551) se crearon las facultades de Derecho Civil y Canónico, así como la de Medicina. Fueron notables durante aquellos años algunos profesores de la Universidad Seguntina, tales como el propio Fray José de Sigüenza, Pedro Ciruelo que enseñó Filosofía, Pedro Guerrero maestro en Teología, y Juan López de Vidania que fue el primer catedrático de Medicina que tuvo la Universidad.
Con el siglo XVII comenzó el retroceso en aquel prestigioso centro universitario. Se intentó cambiar el lugar de su emplaza¬miento (de extramuros al centro de la ciudad) como así se hizo; la calidad de la enseñanza comenzó a desmerecer y a quedarse anticuada; por falta de alumnos se hubieron de suprimir las facultades de Derecho y Medicina en 1771; se crearon nuevos colegios en su entorno (San Martín, San Felipe, San Bartolomé) que fueron asumiendo parte de las disciplinas que en ella se impartían; y así hasta la reforma de 1807 que acabó con ella. Años después, se intentó reavivar de nuevo la llama de sus recuerdos universitarios, volviendo a la apertura de algunas de las clases como un simple Colegio Mayor, para llegar a la clausura definitiva en el año 1837.
En memoria de aquella antigua condición de ciudad estudiantil, en nuestros días la Universidad de Alcalá ha constituido a Sigüenza como sede de sus famosos cursos de verano, que cada año se vienen desarrollando con gran éxito.
jueves, 15 de septiembre de 2011
PASTRANA EN LA VIDA DE MORATÍN
Pesan sobre el viejo casco de Pastrana nombres con hondo significado en la vida española. Larga sería la relación si se fuese a tomar la debida nota de cada uno de ellos; de nombres y de apellidos famosos que, por una u otra razón, en éste o en aquel tiempo, por ella anduvieron y en allí dejaron marcada su huella perdurable, de manera que aún hoy suelen aparecer como engarzados en la fulgurante historia de la villa. Pastrana -y huelga en ello toda pasión- es historia, es piedra noble, es recuerdo, es señorío, y, a pesar de todo ello, es como un remanso de orden y de sosiego en la solana del Arlés, que a veces se rompe con estrépito, a consecuencia, precisamente, del peso de su historia, de la perpetua señal que le dejaron los siglos, tan difícil de entender en este tiempo nuestro, cuando unas veces por más y otras por menos, el hombre se siente incapaz de calibrar el exacto valor del pasado. Pastrana ha sido desde el siglo XVI un foco ardiente de contradicciones. Jamás se resignó a pasar de puntillas sobre el alfombrado rudo de los tiempos. Es su sino; tal vez, su vocación; seguro que su encanto. Siempre que las circunstancias deciden dejarla en su propia paz, en la paz de sus campos y de sus casonas viejas, Pastrana es un pueblo hermoso, un libro abierto de saberes que a uno le gusta descubrir, o simplemente recordar de vez en cuando allí en su sitio.
La
costanilla por la que se entra y se sale de Pastrana es la calle de Moratín.
Han pasado dos siglos desde que el memorable autor neoclásico anduvo por allí.
El sólido edificio de las Monjas de Arriba fue su casa y por su nombre todavía
se la conoce. Los Moratín, don Nicolás y don Leandro, tenían raíces familiares
clavadas en este lugar de la Alcarria. La madre de don Nicolás y abuela, por
tanto, de don Leandro, era natural de Pastrana. Se llamó doña Inés González
Cordón y fue hija de uno ricos labradores de la villa, que al casarse con un
madrileño oriundo de Asturias, don Diego Fernández de Moratín, hubo de marchar
a vivir a la Villa y Corte, aunque sin abandonar por definitivamente, ni ella
ni sus descendientes, la tierra solar de sus mayores, y si alguna vez lo
hicieron lo fue muy lejos y muy en contra de su voluntad. No obstante, hay que
acusar a los Moratín, y muy en especial a don Leandro, de que estos parajes
ásperos de la Alcarria, que en tantas ocasiones le acogieron, no figuren
siquiera con una vaga referencia dentro del entorno argumental de su obra
(Pecado de omisión que se ha vuelto a repetir en la obra de alguno de nuestros
más notables autores); pues tan sólo en su "Diario" deja caer el
detalle en el que afirma que su abuela materna, doña Inés, era natural de
Pastrana.
La
vida de Leandro Fernández de Moratín fue una de las más complicadas de cuantas
han seguido, como su propia sombra, a los hombres y mujeres que consiguieron
entrar y sentarse bajo los oropeles de la Historia. No fue la del insigne
dramaturgo una vida cómoda y fácil, precisamente. Cuando andaba en su primera
juventud -veinte años- murió su padre; y con los doce reales de salario que
recibía como pago a sus servicios en la joyería del Palacio Real, había de
mantenerse él y mantener a su madre, lo que le obligó a no pocas renuncias,
incluso de orden sentimental, pues el lamentable estado de pobreza en que se
encontraba alejaría de él a Paquita Muñoz, su amor de juventud, quien habría de
ser años después la musa volandera que inspiraría la más célebre de sus obras
de teatro:"El sí de las niñas", donde el autor critica la cerrada
obstinación de aquellos padres que disponen del corazón de sus hijas,
haciéndolas casar con quien a ellos les parece el mejor partido.
Asegura el autor en su "Diario" que siempre deseó recuperar el patrimonio de sus mayores, sobre todo la casa de Pastrana, en donde retirarse temporalmente buscando el sosiego y la paz que le negaba la Corte. Así lo hizo en cuanto tuvo ocasión, y así se preparó como refugio la Villa de los Duques en la que, todo hace pensar, escribió muchas de sus mejores páginas.
Muy
bien debió probar al carácter introvertido y solitario del autor su retiro de
Pastrana. Moratín iba marcado con el sello de los intelectuales de valía a los
que suele zarandear el mundo en el que se desenvuelven. Nada por tanto nos debe
extrañar que anhelase los días de Pastrana como una liberación, como un navegar
a gusto en las tranquilas aguas de su personalidad, como un lugar único en el
que sacar a la luz lo que llevaba dentro.
Anduvo
luego por París. En su regreso a España pierde una plaza como encargado de la
biblioteca del colegio Imperial, lo que le proporciona tema suficiente para
escribir "La derrota de los pedantes". En su retiro de Pastrana
escribirá más tarde "La comedia nueva, o El Café" que estrenaría con
sonoro éxito en 1792. París, Londres, Italia, otra vez Madrid con un sueldo más
que aceptable que le preparará Godoy como Secretario de Interpretación de
Lenguas... Largas vacaciones estivales le llevarán a Pastrana; tiempo de retiro
que aprovecha para leer y, sobre todo, para escribir. En alguna de aquellas
temporadas compone "La Huertada", sátira contra el dramaturgo García
de la Huerta, y concluiría "El sí de las niñas", que habría de tardar
cinco años en estrenarse y que la censura prohibiría definitivamente poco más
tarde. Era el final del invierno de 1806. El autor decidió no escribir más
teatro, y dedicarse en lo sucesivo a la literatura didáctica tan bien
considerada en su tiempo, y libre por naturaleza de poderse encontrar con ideas
enfrentadas.
Con
la guerra de 1808 Moratín dejaría su casa de Pastrana y con ella la paz y el
sosiego del que tantas veces gozó. Un continuo vaivén de circunstancias
adversas, de fechas y de lugares, dan con su persona en Valencia, en
Barcelona, en el exilio francés de burdeos, y en el París de los primeros
románticos donde moriría en 1828, precisamente en el domicilio de Manuel
Silvela, amigo íntimo y heredero de tantos diarios, cartas y otros escritos que
se encargaría de poner en orden y de publicar más tarde.
Moratín
dejó como legado su casona familiar de Pastrana a la Inclusa de Madrid. Años
después pasaría a pertencer a otro ilustre autor madrileño, don Ramón de
Mesonero Romanos, adquirida en pública subasta como uno más de los bienes que
hacia 1835 había incautado la Ley de Desamortización. Ya en nuestro tiempo la
hemos conocido dedicada a tareas docentes, a colegio regido por religiosas, a
escuela-hogar y a otras funciones educativas, si bien, los muros del edificio,
los viejos pasillos de la casona y la antigua huerta que tuvo a su alrededor,
recuerdan la figura y la personalidad del autor de "La comedia
nueva".
(En la foto, "Casa de Moratín en Pastrana")
viernes, 9 de septiembre de 2011
POR LAS VERTIENTES DEL RÍO CABRILLAS
Si alguna porción de tierras se da en la provincia de Guadalajara que se preste como ninguna otra a lo exótico, a lo legendario, a lo increíble, es precisamente aquella, la que próxima a las fuentes del Tajo sirve de límite entre las tres provincias: Guadalajara, Cuenca y Teruel, y de divisoria de aguas entre dos cordilleras también diferentes: el Sistema Central de las Castillas y el Ibérico que baja desde Aragón.
Taravilla, Peñalén, Peralejos,
Poveda de la Sierra ,
son para cualquier amante de los campos y de los paisajes, nombres señeros que
vienen repletos de connotaciones excelentes, casi inaccesibles. Nombres de
parajes remotos donde se puede dejar a la imaginación que vuele a su santo
capricho, sin miedo a que llegue, por florida que sea, a la verdad de cuanto
por allí se da.
Desde los altos de Orea discurren las aguas vírgenes del río Cabrillas abriendo paso entre los barrancos que les quedan al pie, en busca de otras tierras mansas que las acojan. Son aguas frías de cañada y de torrontera, aguas que salieron a la luz en las falducas escarpadas de los montes y que bajan hasta el cauce común arrastrándose en suaves canalillos como de cristal líquido, jolgorio a veces de truchas y alevines, revitalizador de la corriente que arrancaron casi en la cumbre misma del pico de
El río Cabrillas se enseñorea de un
paisaje simpar por los alrededores de Checa, uno de los pueblos con mayor
fortuna en bellezas naturales con que se pueda soñar, y allí se bebe las aguas
de otro arroyuelo saltarín que atraviesa el pueblo. Entre Checa y Peralejos
levanta su crestón plomizo el Pico del Cuerno, de 1663 metros de altura
sobre el nivel del mar, que no es poco decir. Y río adelante Chequilla, el
irrepetible lugarejo de Chequilla, espectacular y diferente como él solo, con
sus casas blancas que crecieron entre los peñascos fantasmales que hay a su
alrededor, raza de gigantes en roca fuerte vecinos del pinar y de los huertos,
que comanda el mítico Trascastillo. En las afueras de Chequilla -y bien conocido
es en horas de bullicio por toda la comarca- se encuentra la única plaza de
toros natural que existe en el Planeta. Las rocas -figúrense- sirven de
burladeros y de tendidos en los que se acomoda la gente, mientras que la lidia
tiene lugar abajo, sobre la pradera, en el rellano que queda entre las peñas.
El cauce del Cabrillas deja a mano
izquierda el otro paraíso de junto al Tajo: Peralejos de las Truchas, el de las
recias casonas que en otro tiempo fueron cuna de personajes y de familias
distinguidas, y al salir desciendo buscando las puestas del sol con dirección
al Pico de la Machorra ,
otro mito de aquella peculiar orografía.
Más adelante recoge las aguas, cuando las hay, del arroyo Jándula, al poco de haber regado, campo atrás, las huertas de Megina, otro paraíso anónimo que adorna con su estampa aquellas tierras frías y preside con la mirada atenta hacia todas las tierras de la vega, la torre campanario por encima de las últimas casas al final de la cuesta. Luego, dejando a un lado y al otro los campos de Traid, de Pinilla, de Terzaga, y de Poveda en dirección contraria, la corriente baja mansa o precipitada, depende, hasta las proximidades de Taravilla.
El pueblo de Taravilla, a pesar de su mérito y de sus encantos bien visibles como pueblo serrano, hubiera pasado a un discreto olvido a no ser por los impresionantes alrededores con los que cuenta en dirección al Tajo. En las enrevesadas tierras de Taravilla conviene detenerse a disfrutar el sosegada paz, a dar quehacer a los sentidos y a la imaginación por ser aquellas tierras de ornatos y de rememoranzas insospechadas. Desde los altos de la pista se oyen al pie los murmullos enardecidos de la chorrera entre la masa de los pinares. Muy cerca de allí la famosa “Laguna”, paraje romántico que se goza reflejando como en un espejo inmenso el azul de los cielos sobre la limpia superficie de sus aguas. Por allí precisamente, por las profundidades inaccesibles de la laguna tan cargadas de misterio, deben de andar envueltas entre el lodo de los siglos las joyas y la rica pedrería de Florinda, la hija del Conde don Julián, que prefirió mandar al demonio todo su atalaje, antes de que los moros invasores se hicieran con él por la violenta razón de la fuerza.
Y luego Peñalén, como remate al cabo del día, con todo el encanto provocador de su vecina
Aguas abajo, como por encanto también como lo parece todo por aquellas sierras, el Cabrillas desaparece, se lo sorben de un trago las corrientes del Tajo para engordar su cauce y adentrarse en los primeros llanos de
(En la imagen, una panorámica del pueblo de Peñalén)
miércoles, 31 de agosto de 2011
VIAJE AL PUERTO DE LA QUESERA
La idea de viajar al Puerto de la Quesera es una idea antigua. Todo en la vida tiene su momento y aquella vieja ilusión de tirarse a los montes una vez más ahora se cumple. No es la primera vez que uno asciende al techo de la provincia allá por los confines del Macizo de Ayllón, en los mismos crestones de Somosierra donde vuela majestuoso el alcotán, muge el ternerillo lechón, y crecen por milagro en la ladera, junto al brezo y el rebollo, las hayas mas sureñas de todo el continente.
Apenas toma posición el sol de estío sobre los altos de la sierra cuando los veraneantes ya andan por los aledaños de los pueblos regando los huertecillos de la cerca y respirando el aire acristalado y limpio de la cara oeste del Ocejón. A veces, uno siente envidia de los veraneantes que pasan largas temporadas a pie de monte por estos parajes, hasta que la pálida flor del quitameriendas y las primeras heladas del otoño acaban echándolos de aquí. Pero en esta ocasión uno es más afortunado, va mas lejos, pasa de largo en buena mañana dejando atrás la torre oscura con incrustaciones calizas de Campillo y la blanca espadaña de Majaelrayo sobre el oscuro caparazón de las casas del pueblo. Media hora antes he tenido ocasión de comprobar, desde el mirador de la ermita de los Enebrales, que la temperatura había descendido de manera considerable con arreglo a la que me deje atrás al emprender el viaje. EI débil vientecillo de las once sopla sobre el rostro y sobre los brazos descubiertos, regalando al recién llegado una inexplicable sensación de bienestar.
A estas alturas, como si de un curioso espejismo de los crudos inviernos de
la sierra se tratase, el campo se cubre de blanco con la flor de la jara. Llega a los oídos el tintineo lejano del metal que emiten los cencerros del ganado. Son las vacas de cría las que vienen a pastar en el ribazo; vacas de pelo negro como la mora, de pura raza avileña, desperdigadas entre las pedreras y los arbustos, solitarias, hieráticas, al cuidado de nadie. La carretera es sencillamente aceptable, toda de asfalto. La han mejorado mucho desde la última vez que pasé por ella, cuando sólo era una polvorienta pista de tierra y de cantos movedizos. Al pasar, las cuestas pinas y prolongadas se van sucediendo con descensos de vértigo, dibujando las caprichosas formas de los montes. Aquí un nudo descomunal de lajas oscuras aflora de la tierra como la mano negra de un gigante; al otro lado una escuadrilla de enebros en desorden que las dentelladas de la ganadería no han dejado crecer. Entre el áspero manto de las jaras y de las estepas destacan al borde del camino los robles centenarios, corpulentos candelabros de madera rolliza, duros y magníficos como el paisaje. Y al fondo, en medio de dos cortes de montaña se dejan ver, perdidos en la distancia, los tejados ocres de un pueblecito que asienta al final del barranco; por su situación uno calcula que se trata de Cabida o de Peñalba de la Sierra, más bien del segundo que del primero. Desde lo alto de las peñas que le sirven de mirador a mi derecha, pero muy por encima del camino, un excursionista con sariana de caqui y botucas seudomilitares de las de andar en campaña, otea los alrededores sirviéndose de un potente catalejo monocular. Al hombre se le nota absorto en al contemplación, ciego de entusiasmo.
La carretera se va perdiendo poco a poco por parajes cada vez más escondidos y diferentes. Hay momentos en los que quien viaja tiene la impresión de haberse salido del mundo rutinario y complicado en el que viven los hombres, y este es uno de ellos. Al bajar una pendiente pina en la que el coche parece caer en picado, uno se da de bruces con la corriente de un arroyo cuyas aguas se van colando por entre las piedras, a la sombra de las matas ribereñas y de los arbustos que crecieron al lado del cauce. Se trata, sin duda, del río Jaramilla, que a estas alturas corre por algunos tramos lamiendo el borde izquierdo de la carretera. Aguas arriba el río Jaramilla tuvo otro nombre, se llamó arroyo de las Veguillas, que nace a 1700 metros de altura sobre el nivel del mar por los pagos que dicen de San Benito, y pasará mas tarde a llamarse Jarama algunos kilóme¬tros antes de encerrarse en el pantano del Vado. Las aguas del río Jaramilla son claras y virginales, juguetonas y cantarinas, cuna del alevín y de los fugaces pececillos que, al crecer, se convertirán en truchas autóctonas, en truchas serranas de la mejor clase.
Naturaleza impresionante
A una y otra mano de la carretera y de la corriente del río, justo en el sitio de máxima proximidad entre ambas, se alzan algunos crestones impresionantes de peñascos oscuros, varios de ellos colocados en posición de sorprendente equilibrio, testimonio de alguna vieja formación geo1ógica que, en esta era en la que a nosotros nos ha tocado vivir, convierten el paisaje en un solemne espectáculo donde la presencia humana se ve sometida, por su pequeñez e insignificancia, a la humillación que en el conjunto de la naturaleza le corresponde.
En la horquilla que junto al puente sobre el arroyo forman los caminos, en el fondo de la hoya donde parte monte arriba el sendero que sale hacia Peñalba, se ven unas tiendas de campaña plantadas sobre la hierba de la pradera. Ahí mismo es donde se comienza a subir el puerto; ahí mismo se empiezan a dibujar los bordes de la provincia de Guadalajara al pie de las cumbres que alcanzan, allá en el mismo azul donde se balancean las aves de rapiña, cotas superiores a los dos mil metros -que ya es una altitud respetable-, las más elevadas no sólo de la provincia, sino de toda nuestra comunidad autónoma.
Durante el ascenso, una casita de piedra oscura al margen del camino reclama la atención de quien viaja. Es difícil cruzarte con algún vehículo a lo largo de todo el camino, lo que permite viajar algo más relajado y dar a los ojos de la cara y a los del corazón un poco más de libertad para gozar del ambiente, bravo y rigurosamente natural del campo por el que nos movemos. Casi a punto de alcanzar el peldaño más alto, uno nota en los oídos el típico “clak” de la presión atmosférica, parece como que el sentido se embota, dando prioridad al tacto que acusa sobre la piel los efectos de la baja temperatura; a la vista, que se pierde en los goces de la contemplación desde lo más alto del puerto; y al olfato, que no aprecia otro olor que el del aire limpio sin afección alguna.
Cerca ya del medio día, la mañana en la Quesera se cierra diáfana, de puro cristal, como uno imagina que debió quedar la primera mañana de la creación del mundo. Nos encontramos en la cumbre, en el punto más alto que alcanza una carretera de la provincia, en el mítico puerto de la Quesera, a 1.750 metros de altura sobre el nivel del mar. Unas cuantas vacas, negras y otras de dorado color, hacen guardia por las cercanas praderas royendo los ternascos de hierba que aviva el sol y humedecen a diario los relentes de la mañana. Son reses impasibles ante la presencia del hombre, vacas acostumbradas a ver cómo la gente detiene los vehículos en la cima del puerto y se pone a mirar la tamaña monstruosidad de los barrancos que se hunden por el saliente, las laderas de pinos jóvenes, en línea, de la repoblación.
El sol del medio día cae de plano; pero manda el soplo fresco del viento que sube desde los llanos de Riaza. A la caída, carretera provincial SG-112. Por la otra vertiente reverdece entre los robles y el matorral el hayedo de la Pedrosa, término municipal de Riofrío de Riaza, ya en tierras de Segovia. Con cimas a nuestro alrededor que superan los 2.200 metros, como el Rocín, las Peñuelas o el Pico del Lobo, damos por concluido el viaje previsto para hoy. Hora las 13,22; distancia a Guadalajara 98 kilómetros. Un lujo al alcance de cualquiera, y un tiempo, el de verano, que permite poderlo disfrutar.
A estas alturas, como si de un curioso espejismo de los crudos inviernos de
la sierra se tratase, el campo se cubre de blanco con la flor de la jara. Llega a los oídos el tintineo lejano del metal que emiten los cencerros del ganado. Son las vacas de cría las que vienen a pastar en el ribazo; vacas de pelo negro como la mora, de pura raza avileña, desperdigadas entre las pedreras y los arbustos, solitarias, hieráticas, al cuidado de nadie. La carretera es sencillamente aceptable, toda de asfalto. La han mejorado mucho desde la última vez que pasé por ella, cuando sólo era una polvorienta pista de tierra y de cantos movedizos. Al pasar, las cuestas pinas y prolongadas se van sucediendo con descensos de vértigo, dibujando las caprichosas formas de los montes. Aquí un nudo descomunal de lajas oscuras aflora de la tierra como la mano negra de un gigante; al otro lado una escuadrilla de enebros en desorden que las dentelladas de la ganadería no han dejado crecer. Entre el áspero manto de las jaras y de las estepas destacan al borde del camino los robles centenarios, corpulentos candelabros de madera rolliza, duros y magníficos como el paisaje. Y al fondo, en medio de dos cortes de montaña se dejan ver, perdidos en la distancia, los tejados ocres de un pueblecito que asienta al final del barranco; por su situación uno calcula que se trata de Cabida o de Peñalba de la Sierra, más bien del segundo que del primero. Desde lo alto de las peñas que le sirven de mirador a mi derecha, pero muy por encima del camino, un excursionista con sariana de caqui y botucas seudomilitares de las de andar en campaña, otea los alrededores sirviéndose de un potente catalejo monocular. Al hombre se le nota absorto en al contemplación, ciego de entusiasmo.
La carretera se va perdiendo poco a poco por parajes cada vez más escondidos y diferentes. Hay momentos en los que quien viaja tiene la impresión de haberse salido del mundo rutinario y complicado en el que viven los hombres, y este es uno de ellos. Al bajar una pendiente pina en la que el coche parece caer en picado, uno se da de bruces con la corriente de un arroyo cuyas aguas se van colando por entre las piedras, a la sombra de las matas ribereñas y de los arbustos que crecieron al lado del cauce. Se trata, sin duda, del río Jaramilla, que a estas alturas corre por algunos tramos lamiendo el borde izquierdo de la carretera. Aguas arriba el río Jaramilla tuvo otro nombre, se llamó arroyo de las Veguillas, que nace a 1700 metros de altura sobre el nivel del mar por los pagos que dicen de San Benito, y pasará mas tarde a llamarse Jarama algunos kilóme¬tros antes de encerrarse en el pantano del Vado. Las aguas del río Jaramilla son claras y virginales, juguetonas y cantarinas, cuna del alevín y de los fugaces pececillos que, al crecer, se convertirán en truchas autóctonas, en truchas serranas de la mejor clase.
Naturaleza impresionante
A una y otra mano de la carretera y de la corriente del río, justo en el sitio de máxima proximidad entre ambas, se alzan algunos crestones impresionantes de peñascos oscuros, varios de ellos colocados en posición de sorprendente equilibrio, testimonio de alguna vieja formación geo1ógica que, en esta era en la que a nosotros nos ha tocado vivir, convierten el paisaje en un solemne espectáculo donde la presencia humana se ve sometida, por su pequeñez e insignificancia, a la humillación que en el conjunto de la naturaleza le corresponde.
En la horquilla que junto al puente sobre el arroyo forman los caminos, en el fondo de la hoya donde parte monte arriba el sendero que sale hacia Peñalba, se ven unas tiendas de campaña plantadas sobre la hierba de la pradera. Ahí mismo es donde se comienza a subir el puerto; ahí mismo se empiezan a dibujar los bordes de la provincia de Guadalajara al pie de las cumbres que alcanzan, allá en el mismo azul donde se balancean las aves de rapiña, cotas superiores a los dos mil metros -que ya es una altitud respetable-, las más elevadas no sólo de la provincia, sino de toda nuestra comunidad autónoma.
Durante el ascenso, una casita de piedra oscura al margen del camino reclama la atención de quien viaja. Es difícil cruzarte con algún vehículo a lo largo de todo el camino, lo que permite viajar algo más relajado y dar a los ojos de la cara y a los del corazón un poco más de libertad para gozar del ambiente, bravo y rigurosamente natural del campo por el que nos movemos. Casi a punto de alcanzar el peldaño más alto, uno nota en los oídos el típico “clak” de la presión atmosférica, parece como que el sentido se embota, dando prioridad al tacto que acusa sobre la piel los efectos de la baja temperatura; a la vista, que se pierde en los goces de la contemplación desde lo más alto del puerto; y al olfato, que no aprecia otro olor que el del aire limpio sin afección alguna.
Cerca ya del medio día, la mañana en la Quesera se cierra diáfana, de puro cristal, como uno imagina que debió quedar la primera mañana de la creación del mundo. Nos encontramos en la cumbre, en el punto más alto que alcanza una carretera de la provincia, en el mítico puerto de la Quesera, a 1.750 metros de altura sobre el nivel del mar. Unas cuantas vacas, negras y otras de dorado color, hacen guardia por las cercanas praderas royendo los ternascos de hierba que aviva el sol y humedecen a diario los relentes de la mañana. Son reses impasibles ante la presencia del hombre, vacas acostumbradas a ver cómo la gente detiene los vehículos en la cima del puerto y se pone a mirar la tamaña monstruosidad de los barrancos que se hunden por el saliente, las laderas de pinos jóvenes, en línea, de la repoblación.
El sol del medio día cae de plano; pero manda el soplo fresco del viento que sube desde los llanos de Riaza. A la caída, carretera provincial SG-112. Por la otra vertiente reverdece entre los robles y el matorral el hayedo de la Pedrosa, término municipal de Riofrío de Riaza, ya en tierras de Segovia. Con cimas a nuestro alrededor que superan los 2.200 metros, como el Rocín, las Peñuelas o el Pico del Lobo, damos por concluido el viaje previsto para hoy. Hora las 13,22; distancia a Guadalajara 98 kilómetros. Un lujo al alcance de cualquiera, y un tiempo, el de verano, que permite poderlo disfrutar.
martes, 2 de agosto de 2011
PROCESIÓN MARINERA EN EL LAGO DE BOLARQUE
Tantos años viajando por la provincia, en todas las direcciones de que es capaz la rosa de los vientos, y todavía me faltaba algo muy importante que conocer, algo de lo que por fin he tenido ocasión no sólo de conocer, sino también de vivir. Fue hace dos semanas con motivo de la celebración de la fiesta de su Patrona, la Virgen del Carmen, por miembros de la Real Liga Naval Española, la Asociación Lago de Bolarque, el Ayuntamiento de Almonacid y los pueblos ribereños del entorno de la Sierra de Altomira donde, como sabido es, se encuentra el tercero en capacidad de los grandes pantanos alcarreños, el de Bolarque, encajado entre violentos declives de pinar, de bosque bajo y de enormes roquedas, que acogen como reliquia de un pasado lejano las venerables ruinas del famoso Desierto Carmelita, un dato más de esta vivencia única y del que probablemente hablaremos después.
Hace muchos años, más de cincuenta, que estas tierras se pusieron de moda con la construcción paulatina de una de nuestras más importantes urbanizaciones de recreo, la conocida con aquel nombre tan pretencioso de “Nueva Sierra de Madrid”, que muy pronto comenzaría a tomar popularidad en las décadas medias del pasado siglo.
En el Náutico
Aunque siempre he tenido noticia de su existencia, nunca había estado dentro de la urbanización y mucho menos de su Club Náutico, que con acierto instalaron al final de la misma en un recodo muy oportuno que dibujan las costas del embalse, y al que se accede con relativa facilidad por pavimento adecuado, salvando a intervalos los caprichos naturales de la vertiente que al final se bifurca en dos direcciones: la playa y el náutico. Es en el náutico donde cada 16 de julio, desde el año 2000 y sin interrupción, se repite este singular acontecimiento.
Serían las once de la mañana. Los marinos, vestidos de riguroso uniforme, y los asistentes, muchos de ellos procedentes de los pueblos cercanos con sus autoridades a la cabeza, ocupaban los espacios del náutico frente a decenas, o centenares quizá, de barcas ancladas en el embarcadero. Los actos comenzarían minutos después.
Un pequeño altar de campaña, improvisado a la sombra de los árboles, sirvió de ara para la celebración de la Santa Misa en honor de la Patrona de de la Marina Española y de las gentes del mar. La ceremonia fue presidida por don José Félix, párroco de Albalate, acompañado como concelebrante por don Carlos, párroco de Almoguera. Una buena parte de los asistentes estuvimos sentados en varias decenas de sillas portátiles dispuestas para el acto. Bonita homilía la del páter acerca del origen y significado de la fiesta y de la invocación mariana del Carmelo a través de los siglos, partiendo del profeta Elías. Al final se cantó la Salve Marinera.
Y enseguida la procesión, con el estandarte y enseña de la Liga Naval Española, miembros de la Patrulla Auxiliar Marítima con algunos ejemplares de perros Terranova, banda de música, imagen de la Virgen del Carmen a hombros de cuatro marinos, sacerdotes y religiosas, y público asistente preparado para embarcar en el catamarán de la Virgen y en una serie de barcas, cerca de cuarenta, que habrían de acompañar en emotiva procesión sobre las aguas a la imagen de la Patrona del Mar.
Era la edición número once de esta fiesta marinera que se celebraba en el embalse de Bolarque. Su origen es reciente, pero el entusiasmo de los organizadores garantiza un futuro consolidado y duradero para un acontecimiento que, si las entidades y vecindario de los pueblos cercanos se unen a él con el interés que merece, puede tomar en poco tempo carta de naturaleza no sólo en esta determinada comarca de la Baja Alcarria, sino en toda la provincia de Guadalajara como cosa propia, e incluso en la región al menos por lo que tiene de interesante a insólito en un paraje singular, bello como pocos, de tierra adentro.
Desde su inicio hasta el final la procesión marina debió de durar cerca de una hora. La pequeña imagen de la Virgen navegó acompañada por los sacerdotes concelebrantes, algunas religiosas, autoridades, los músicos y los miembros de la Liga Naval encargados de portarla a hombros durante la procesión terrestre hasta el embarcadero. Siguiéndola a una distancia suficiente para no molestarse entre sí unas a otras con el oleaje, el resto de las barcas. Soplaba algo de viento y las barcas a motor navegaban a una velocidad moderada. A un lado y al otro del pantano la naturaleza en su estado puro, a la que solamente -debido a la verticalidad y a la magnitud de las peñas- es posible aproximarse por caminos acuáticos.
Al cabo del tiempo de navegación previsto llegamos frente a un lugar señero en la historia de estas tierras que, ¡Oh, casualidad!, tanto tenía que ver con la festividad del día. Eran las venerables ruinas del famoso Desierto de Bolarque, es decir, lo que antes fue convento de monjes carmelitas descalzos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, importante foco de espiritualidad del pasado en tierras de la Alcarria, olvidadas hoy y medio ocultas entre la vegetación al margen de las aguas.
El Desierto de Bolarque.
Se fundó este convento en el año 1512 con el fin de reformar la vida y costumbres de los frailes carmelitas del convento de Pastrana. Fue fundado a iniciativa e impulso de un joven religioso de la Orden, Fray Alonso de Jesús y María. Los propios monjes corrieron con los trabajos de construcción de su iglesia (de la que todavía quedan en pie algunos de sus muros), del atrio, y de toda una serie de pequeñas ermitas situadas a más o menos distancia del edificio central, en donde los monjes pasaron gran parte de su vida ocupados en la oración y en los trabajos. El rey Felipe II visitó este convento como patrón que fue de la capilla mayor. El Consejo de Castilla ayudó mucho a los monjes residentes durante los dos primeros siglos de su existencia. Un lienza de Tristán procedente del Desierto, y tal vez algunos otro objetos religiosos más, fueron recuperados para el convento y colegiata de Pastrana. Durante los cuatro siglos aproximadamente que tuvo de existencia el Desierto de Bolarque fue pasto de las llamas en varias ocasiones, perjuicio que los propios monjes se encargaron de restaurar, hasta su final definitivo en el año 1835, cuando la no menos famosa Desamortización de las posesiones de la Iglesia, de tan infausta memoria, acabaría con él par siempre dejando como recuerdo algunos documentos que lo avalan, varios objetos recuperados como antes se ha dicho, y estas ruinas a cuya altura se detiene cada año en esta mis fecha el catamarán de la Virgen, se bendicen las embarcaciones participantes, se arrojan pétalos de flores a la imagen, y se inicia el viaje de regreso hasta el punto de partida, el Náutico, donde se servirá un refrigerio a los asistentes y se darán por terminados los actos religiosos de la mañana bien pasada la hora del medio día.
José Carlos Tamayo
Toda esta actividad, puntual e interesantísima, pero una más de las que se llevan a cabo a lo largo del año, cuenta como es fácil suponer con un importante grupo de colaboradores a cuya cabeza se encuentra, como columna principal de sostenimiento, don José Carlos Tamayo, miembro de la R.L.N.E. de la que es presidente de la delegación Mares de Castilla; presidente a la vez de la asociación Lago de Bolarque, y director de una revista periódica, Lago y Montaña, modélica en su género, cumplida sobradamente en presentación y contenido, que cuenta como exclusivos con todos aquellos temas que tienen relación con la Liga Naval Española, con la asociación Lago de Bolarque, y con todo lo que de una manera o de otra tiene algo que ver con este escogido fragmento de nuestra geografía provincial, como parte integradora de su proyecto inicial en el que colaboran, también de manera desigual y tal vez en menor mediada de lo que debiera ser, pueblos e instituciones.
No quiero acabar sin hacer mención a mi reciente nombramiento como Miembro Honorífico de la asociación Lago de Bolarque; un detalle inmerecido, producto del celo por esta comarca y de la generosidad desmedida e injustificada de D. José Carlos Tamayo Gálvez, un hombre de la mar que se ocupa, dentro de sus posibilidades, de trasladar la brisa marina con todos sus encantos y sus misterios a este singular rincón de la Alcarria.
Hace muchos años, más de cincuenta, que estas tierras se pusieron de moda con la construcción paulatina de una de nuestras más importantes urbanizaciones de recreo, la conocida con aquel nombre tan pretencioso de “Nueva Sierra de Madrid”, que muy pronto comenzaría a tomar popularidad en las décadas medias del pasado siglo.
En el Náutico
Aunque siempre he tenido noticia de su existencia, nunca había estado dentro de la urbanización y mucho menos de su Club Náutico, que con acierto instalaron al final de la misma en un recodo muy oportuno que dibujan las costas del embalse, y al que se accede con relativa facilidad por pavimento adecuado, salvando a intervalos los caprichos naturales de la vertiente que al final se bifurca en dos direcciones: la playa y el náutico. Es en el náutico donde cada 16 de julio, desde el año 2000 y sin interrupción, se repite este singular acontecimiento.
Serían las once de la mañana. Los marinos, vestidos de riguroso uniforme, y los asistentes, muchos de ellos procedentes de los pueblos cercanos con sus autoridades a la cabeza, ocupaban los espacios del náutico frente a decenas, o centenares quizá, de barcas ancladas en el embarcadero. Los actos comenzarían minutos después.
Un pequeño altar de campaña, improvisado a la sombra de los árboles, sirvió de ara para la celebración de la Santa Misa en honor de la Patrona de de la Marina Española y de las gentes del mar. La ceremonia fue presidida por don José Félix, párroco de Albalate, acompañado como concelebrante por don Carlos, párroco de Almoguera. Una buena parte de los asistentes estuvimos sentados en varias decenas de sillas portátiles dispuestas para el acto. Bonita homilía la del páter acerca del origen y significado de la fiesta y de la invocación mariana del Carmelo a través de los siglos, partiendo del profeta Elías. Al final se cantó la Salve Marinera.
Y enseguida la procesión, con el estandarte y enseña de la Liga Naval Española, miembros de la Patrulla Auxiliar Marítima con algunos ejemplares de perros Terranova, banda de música, imagen de la Virgen del Carmen a hombros de cuatro marinos, sacerdotes y religiosas, y público asistente preparado para embarcar en el catamarán de la Virgen y en una serie de barcas, cerca de cuarenta, que habrían de acompañar en emotiva procesión sobre las aguas a la imagen de la Patrona del Mar.
Era la edición número once de esta fiesta marinera que se celebraba en el embalse de Bolarque. Su origen es reciente, pero el entusiasmo de los organizadores garantiza un futuro consolidado y duradero para un acontecimiento que, si las entidades y vecindario de los pueblos cercanos se unen a él con el interés que merece, puede tomar en poco tempo carta de naturaleza no sólo en esta determinada comarca de la Baja Alcarria, sino en toda la provincia de Guadalajara como cosa propia, e incluso en la región al menos por lo que tiene de interesante a insólito en un paraje singular, bello como pocos, de tierra adentro.
Desde su inicio hasta el final la procesión marina debió de durar cerca de una hora. La pequeña imagen de la Virgen navegó acompañada por los sacerdotes concelebrantes, algunas religiosas, autoridades, los músicos y los miembros de la Liga Naval encargados de portarla a hombros durante la procesión terrestre hasta el embarcadero. Siguiéndola a una distancia suficiente para no molestarse entre sí unas a otras con el oleaje, el resto de las barcas. Soplaba algo de viento y las barcas a motor navegaban a una velocidad moderada. A un lado y al otro del pantano la naturaleza en su estado puro, a la que solamente -debido a la verticalidad y a la magnitud de las peñas- es posible aproximarse por caminos acuáticos.
Al cabo del tiempo de navegación previsto llegamos frente a un lugar señero en la historia de estas tierras que, ¡Oh, casualidad!, tanto tenía que ver con la festividad del día. Eran las venerables ruinas del famoso Desierto de Bolarque, es decir, lo que antes fue convento de monjes carmelitas descalzos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, importante foco de espiritualidad del pasado en tierras de la Alcarria, olvidadas hoy y medio ocultas entre la vegetación al margen de las aguas.
El Desierto de Bolarque.
Se fundó este convento en el año 1512 con el fin de reformar la vida y costumbres de los frailes carmelitas del convento de Pastrana. Fue fundado a iniciativa e impulso de un joven religioso de la Orden, Fray Alonso de Jesús y María. Los propios monjes corrieron con los trabajos de construcción de su iglesia (de la que todavía quedan en pie algunos de sus muros), del atrio, y de toda una serie de pequeñas ermitas situadas a más o menos distancia del edificio central, en donde los monjes pasaron gran parte de su vida ocupados en la oración y en los trabajos. El rey Felipe II visitó este convento como patrón que fue de la capilla mayor. El Consejo de Castilla ayudó mucho a los monjes residentes durante los dos primeros siglos de su existencia. Un lienza de Tristán procedente del Desierto, y tal vez algunos otro objetos religiosos más, fueron recuperados para el convento y colegiata de Pastrana. Durante los cuatro siglos aproximadamente que tuvo de existencia el Desierto de Bolarque fue pasto de las llamas en varias ocasiones, perjuicio que los propios monjes se encargaron de restaurar, hasta su final definitivo en el año 1835, cuando la no menos famosa Desamortización de las posesiones de la Iglesia, de tan infausta memoria, acabaría con él par siempre dejando como recuerdo algunos documentos que lo avalan, varios objetos recuperados como antes se ha dicho, y estas ruinas a cuya altura se detiene cada año en esta mis fecha el catamarán de la Virgen, se bendicen las embarcaciones participantes, se arrojan pétalos de flores a la imagen, y se inicia el viaje de regreso hasta el punto de partida, el Náutico, donde se servirá un refrigerio a los asistentes y se darán por terminados los actos religiosos de la mañana bien pasada la hora del medio día.
José Carlos Tamayo
Toda esta actividad, puntual e interesantísima, pero una más de las que se llevan a cabo a lo largo del año, cuenta como es fácil suponer con un importante grupo de colaboradores a cuya cabeza se encuentra, como columna principal de sostenimiento, don José Carlos Tamayo, miembro de la R.L.N.E. de la que es presidente de la delegación Mares de Castilla; presidente a la vez de la asociación Lago de Bolarque, y director de una revista periódica, Lago y Montaña, modélica en su género, cumplida sobradamente en presentación y contenido, que cuenta como exclusivos con todos aquellos temas que tienen relación con la Liga Naval Española, con la asociación Lago de Bolarque, y con todo lo que de una manera o de otra tiene algo que ver con este escogido fragmento de nuestra geografía provincial, como parte integradora de su proyecto inicial en el que colaboran, también de manera desigual y tal vez en menor mediada de lo que debiera ser, pueblos e instituciones.
No quiero acabar sin hacer mención a mi reciente nombramiento como Miembro Honorífico de la asociación Lago de Bolarque; un detalle inmerecido, producto del celo por esta comarca y de la generosidad desmedida e injustificada de D. José Carlos Tamayo Gálvez, un hombre de la mar que se ocupa, dentro de sus posibilidades, de trasladar la brisa marina con todos sus encantos y sus misterios a este singular rincón de la Alcarria.
domingo, 3 de julio de 2011
EL PAISAJE PROVINCIAL
El hecho de que Guadalajara sea una provincia en la que existen cuatro comarcas concretas y bien diferenciadas:
Las tierras de la Alcarria (Alta y Baja) son ásperas; en ellas se intercalan los campos de labor con los rudos oteros y los vallejuelos por los que suele arrastrar su corto caudal algún riachuelo durante los meses de invierno que, con bastante frecuencia, se secará en verano. Como vegetación más común en las Alcarrias se cuenta con el cereal que se produce en los llanos, la hortaliza y el mimbre en las vegas de algunos riachuelos, el olivo, el marojo y el carrasquillo en las laderas de los cerros, mientras que en los muchos espacios baldíos de la comarca abundan las plantas aromáticas: tomillo, ajedrea, romero y espliego -éste último pintando el campo con el característico lila de su flor-. En la zona más meridional de la Alcarria , como un anuncio previo de la región manchega que le queda más al sur, el paisaje cambia de decoración presentando grandes extensiones de viñedo, más abundantes en el término municipal y campos cercanos a Mondéjar.
Las sierras más importantes son tres: la del Macizo de Ayllón, la de la comarca seguntina y la del Alto Tajo. La más diversa y bucólica de las tres, la del Macizo de Ayllón; la más espectacular, la del Alto Tajo. La serrezuelas que se estiran al borde de los campos sorianos por tierras de Sigüenza (Altos de Barahona, Sierra Ministra), son suaves y de formación anterior a las otras cordilleras y macizos de la provincia. El pino, el quejigo, las hayas, en algunos parajes el boj y en otros la jara, suelen ser por cuanto a vegetación las especies más comunes. No faltan, para deleite de quienes hasta ellas van, barranqueras paradisiacas con solemnes pozas de un agua clarísima y cascadas violentas en el correr de sus ríos, nota incomparable y un tanto desconocida de las comarcas serranas de la provincia.
En el Señorío de Molina predomina el páramo, es decir, tierras llanas, frías e improductivas, en miles de hectáreas de terreno. Las riberas de sus ríos y arroyuelos suelen ser fértiles, aunque el campo molinés en términos generales es pobre y difícil, excepción hecha de los campos trigueros del Noreste, en los términos de Campillo de Dueñas, Tortuera y La Yunta , donde las cosechas de cereal suelen ser importantes. Las sabinas, como ornato paisajístico de grandes superficies molinesas, árbol poco común de hoja perenne, es el que en leguas a la redonda anima los campos del Señorío. Los cortes del Barranco de la Hoz , espectaculares y emotivos, rompen en las cuencas del río Gallo lo que aquellas tierras pudieran tener de uniformes y monótonas.
(En la imagen: Paisaje de la Alcarria alta desde el Cerro de Alarilla)
sábado, 25 de junio de 2011
CIFUENTES, LA ANTIGUA VILLA DE FERIAS Y MERCADOS

Sé que ninguno de nuestros lectores, y mucho menos los cifontinos, se darán por ofendidos si a la moderna y dinámica villa de Cifuentes se la trata de antigua nada menos que en el titular de este trabajo -aportación gustosa por mi parte al especial de nuestro periódico con motivo de sus ferias de octubre. Qué se puede decir que más honre a un pueblo, y a su feria tradicional en consecuencia, cuando hay constancia escrita de que ya a mediados del siglo XIII tenía su feria por concesión real, y que debido a la importancia que tuvo se vio obligado a intervenir personalmente el rey Santo, Fernando III de Castilla, con carta dirigida al Concejo de la villa en el mes de marzo de 1242, en la que ordenaba se tomasen serias medidas en contra de los alborotadores, que se venían dedicando a extorsionar y a crear el desorden entere los feriantes, a dañar los puestos de mercadería que suponemos tendrían instalados bajo los soportales, y a alborotar las reses de los apriscos y las reatas de acémilas expuestas a la venta y al intercambio.
Sabemos que la villa como tal ocupaba ya por aquellos tiempos un lugar destacado entre las ciudades más importantes de Castilla, circunstancia que se vendría a acrecentar cuando los monarcas castellanos tuvieron con ella relación frecuente; más todavía en vida de su primera Señora, doña Mayor, la amante de Alfonso X.
Pues, volviendo a la carta que Fernando III dirigió al Concejo Cifontino, en ella decía el propio Rey con referencia a su feria anual, que en el día de mercado venían gentes de muchas partes, y que algunas de esas gentes se dedicaban al pillaje, a deambular por la feria haciendo males, de ahí que ordenó como solución que dos hombres buenos se encargasen de la vigilancia durante esos días, y que el Concejo sancionase a los perturbadores del orden con el pago de diez maravedíes, cantidad que se repartiría después entre los alcaides de Atienza -a cuyo común de tierras pertenecía Cifuentes-, el Concejo, y los dos vigilantes que deberían ser distintos cada año.
Todo esto nos lleva a pensar en la importancia que durante la Baja Edad Media tenía la feria de Cifuentes en el concierto general de las ciudades castellanas, cuya fama ha conseguido pasar la barrera de los siglos, tales como las de Medina del Campo, Ávila, Ciudad Rodrigo, ¿y por qué no la propia Cifuentes?, donde como todas las demás no faltarían los halconeros, los encantadores de serpientes, los saltimbanquis y los equilibristas, recorriendo las calles y las principales plazas anunciando de manera festiva la apertura del “Mercado”, quizá la fiesta más deseada por todos.
A la vista de las añosas ilustraciones y de los textos viejos que con relación a las ferias de otro tiempo alguna vez se nos pusieron ante los ojos, se me ocurre imaginar pensando en Cifuentes, cómo al pie de la Barbacana y entre el fervor de la concurrencia se situarían los vendedores de especias, los artesanos, los canteros, los sopladores de vidrio de Tamajón o de El Recuenco, las tejedoras, o los pañeros venidos desde los batanes de Cuenca con lo mejor de su producto.
Creo haber leído en alguna parte que aquella primitiva feria medieval, de la que desconocemos la fecha más o menos exacta en que tuvo su origen, se celebraba entre los días 11 y 13 del mes de junio, lo que nada tiene que ver para que ésta, la feria de octubre de toda la vida, -bueno, de toda la vida no, porque he podido saber que el cambio radical entre unas fechas y otras se produjo en el siglo XIX- no sea la continuación legítima de aquella otra de seis siglos atrás.
Conviene conocer, volviendo al pasado, que la fama de los mercaderes y los recueros cifontinos fue tan grande en toda Castilla, que poco después, en 1289, el rey Sancho IV el Bravo dispuso que los recueros de esta villa anduviesen con sus mercaderías salvos y seguros por todo el Reino, sin sujeción a tribulaciones y entuertos, recomendando que allá adonde fueren recibiesen especial protección por parte de justicias, alcaides y merinos.
Estoy seguro de que la feria actual en nuestra villa alcarreña es muy diferente en formas y en contenidos a aquella tan lejana en la que tiene su origen; pero la feria, incluso el espíritu de la feria, es el mismo después de esa larga cadena de generaciones, de usos y de costumbres, que en Cifuentes, antigua y excepcionalmente bella, apenas si se debe notar, pues el escenario sigue siendo el mismo a pesar de los repetidos vapuleos sufridos por la villa desde entonces, y que ahí están, escritos en algunas de las más amargas páginas de la Historia.
Pues, volviendo a la carta que Fernando III dirigió al Concejo Cifontino, en ella decía el propio Rey con referencia a su feria anual, que en el día de mercado venían gentes de muchas partes, y que algunas de esas gentes se dedicaban al pillaje, a deambular por la feria haciendo males, de ahí que ordenó como solución que dos hombres buenos se encargasen de la vigilancia durante esos días, y que el Concejo sancionase a los perturbadores del orden con el pago de diez maravedíes, cantidad que se repartiría después entre los alcaides de Atienza -a cuyo común de tierras pertenecía Cifuentes-, el Concejo, y los dos vigilantes que deberían ser distintos cada año.
Todo esto nos lleva a pensar en la importancia que durante la Baja Edad Media tenía la feria de Cifuentes en el concierto general de las ciudades castellanas, cuya fama ha conseguido pasar la barrera de los siglos, tales como las de Medina del Campo, Ávila, Ciudad Rodrigo, ¿y por qué no la propia Cifuentes?, donde como todas las demás no faltarían los halconeros, los encantadores de serpientes, los saltimbanquis y los equilibristas, recorriendo las calles y las principales plazas anunciando de manera festiva la apertura del “Mercado”, quizá la fiesta más deseada por todos.
A la vista de las añosas ilustraciones y de los textos viejos que con relación a las ferias de otro tiempo alguna vez se nos pusieron ante los ojos, se me ocurre imaginar pensando en Cifuentes, cómo al pie de la Barbacana y entre el fervor de la concurrencia se situarían los vendedores de especias, los artesanos, los canteros, los sopladores de vidrio de Tamajón o de El Recuenco, las tejedoras, o los pañeros venidos desde los batanes de Cuenca con lo mejor de su producto.
Creo haber leído en alguna parte que aquella primitiva feria medieval, de la que desconocemos la fecha más o menos exacta en que tuvo su origen, se celebraba entre los días 11 y 13 del mes de junio, lo que nada tiene que ver para que ésta, la feria de octubre de toda la vida, -bueno, de toda la vida no, porque he podido saber que el cambio radical entre unas fechas y otras se produjo en el siglo XIX- no sea la continuación legítima de aquella otra de seis siglos atrás.
Conviene conocer, volviendo al pasado, que la fama de los mercaderes y los recueros cifontinos fue tan grande en toda Castilla, que poco después, en 1289, el rey Sancho IV el Bravo dispuso que los recueros de esta villa anduviesen con sus mercaderías salvos y seguros por todo el Reino, sin sujeción a tribulaciones y entuertos, recomendando que allá adonde fueren recibiesen especial protección por parte de justicias, alcaides y merinos.
Estoy seguro de que la feria actual en nuestra villa alcarreña es muy diferente en formas y en contenidos a aquella tan lejana en la que tiene su origen; pero la feria, incluso el espíritu de la feria, es el mismo después de esa larga cadena de generaciones, de usos y de costumbres, que en Cifuentes, antigua y excepcionalmente bella, apenas si se debe notar, pues el escenario sigue siendo el mismo a pesar de los repetidos vapuleos sufridos por la villa desde entonces, y que ahí están, escritos en algunas de las más amargas páginas de la Historia.
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