jueves, 28 de junio de 2012

EL ALTO REY, LA MONTAÑA SAGRADA


            Su verdadero nombre es el de Santo Alto Rey de la Majestad, y se trata de una importante masa montañosa situada entre los pueblos serranos de Bustares y de Aldeanueva de Atienza, cuya altitud alcanza en la cumbre los 1852 metros. Las gentes de aquella comarca celebran cada año en los primeros días del mes de septiembre una tradicio­nal romería a la ermita votiva de Santa María Reina de los Ángeles que se levanta sobre la cima, muy cerca de las  instalaciones militares de seguimiento y orientación para aviones dependiente del Minis­terio del Aire, fuera de uso y en completo abandono desde hace varios años. Las antenas del Alto Rey y los radares del Ejército son, no obstante, desde la ya lejana fecha de su instalación, una parte del paisaje general de aquellas sierras, mirador a la vez sobre una inmensa superficie de las dos Castillas.  

            La leyenda se volcó sobre la Montaña sagrada, y es muy conocida entre los serranos de todo su entorno aquella por la cual se asegura que, en tiempo muy difíciles de precisar, una madre tenía tres hijos que andaban a la gresca casi a diario. Los quiso separar para evitar mayores males, de manera que pudieran verse de continuo, pero que no se pudieran juntar nunca. Los tres quedaron convertidos en montañas, cuyas cumbres se alcanzan a ver en los días de nítida transparencia; son el Alto Rey, el Ocejón y el Moncayo. También era de fe entre los lugareños hasta hace poco tiempo, porque también las leyendas pasan al olvido, la creencia de que la ermita estaba durante la noche guar­dada por un gato, el cual se solía ocultar de día entre los escom­bros de unas ruinas cercanas, donde había una calavera cubier­ta con la piel de un hombre muerto.

            Parece más acorde con la verdad lo que se lee en viejas crónicas, por cuanto se afirma que en los meses cálidos del verano, solían subirse a la cima del Alto Rey los canónigos regulares de San Agustín que habitaban en los llanos del Bornova, por donde todavía se encuentra la ermita de Santa Coloma en las afueras de Albendiego.

viernes, 22 de junio de 2012

Un lugar y un nombre: PRÁDENA DE ATIENZA


Prádena de Atienza, ahora y aquí, metidos y bien metidos en el tercer milenio, sigue siendo para quien esto dice un pueblo entrañable, una reserva rural, un sitio diferente a los demás sitios contando, incluso, a los de su misma sierra. Todo debe de ser por haber llegado tarde a tomar asiento en el tren de la modernidad, como tiempo atrás lo hicieron sus pueblos vecinos, Villares y Gascueña, por ejemplo, situados como él en las faldas de la Montaña Sagrada, del Santo Alto Rey de la Majestad, padre y señor de todas aquellas sierras.
Hasta el año 1965 -solamente treinta y cinco años atrás- los vecinos de Prádena no tuvieron carretera, buena o mal, para salir de su pueblo. La que hay desde Gascueña la hicieron ellos mismos a prestación personal (setenta y dos horas de trabajo cada uno) hasta que pudo entrar en el pueblo el primer coche. Las buenas gentes del lugar, escondidas generación tras generación por aquellos barrancos, eran todos miembros de una misma familia, mezcladas las sangres y vueltas a mezclar en un cóctel, al parecer, con sólo tres ingredientes: los Cerradas, los Somolinos, y algún García. Varios de los habitantes del pueblo eran Cerrada en sus cuatro primeros apellidos.
Prádena de Atienza, amigo lector, con muy pequeñas modificaciones, sigue siendo un pueblo empinado, de paredes negras, de calles negras tiradas cerro abajo como huyendo de la verticalidad impuesta por el paisaje, de viejitas de negro sayal como aquellas que nos pintó Pereda, pero trasladadas un siglo después a esta nueva Tablanca que acorralan las cumbres pizarrosas del Mediodía, de la Ventana, de Peñalarga, del Pico del Gato, de la Peña de la Iglesia, del Cuento del Mojón...; y abajo las aguas vírgenes del arroyo Pelagallinas, perdidas a pies del robledal y de los cerezos antes de su maridaje con el Bornova en la cercana junta.


La Calle Real sube, casi desde el puente del barranco en la espesura, pueblo arriba. De tramo en tramo se ensancha un poquito la Calle Real y aparece una plazuela con una fuente. Tres plazuelas, tres fuentes. Una de ellas, la más alta de las tres, es para uso de los vecinos la plaza del pueblo, donde hay un poquito de bar y sale un camino muletero que empalma algo más adelante con la pista nueva que conduce a Cañamares. Sobre un lateral del primera plazuela se distingue la pequeña iglesia, con escaloncillo donde a veces se reúne la gente del barrio.
La fruta, las hortalizas, el producto del rebaño, y un poco la miel -una miel oscura y espesa, miel de estepa y de las florecillas que salen por los huertos-, es lo que el pueblo de Prádena tiene hoy para ofrecer al mundo. Antes vivieron de las vacas, de las cuatro cabras, y de la leña que llevaban en cargas para vender en Atienza.
Celebran como fiesta mayor la de San Antonio, ahora el primer domingo de agosto, y tienen por costumbre subastar flores (¿no es bonito?) después de la procesión, para cubrir en lo posible los gastos de la fiesta.
Conviene perderse alguna vez por este bellísimo lugar. Ahora es fácil. Todavía se llega a tiempo de comprobar en su propio escenario unas maneras de vivir que desaparecen, pero aún próximas a nosotros.

viernes, 8 de junio de 2012

EL EPISCOPADO SEGUNTINO EN NEGRO SOBRE BLANCO

La histórica ciudad de Sigüenza va unida en el correr de los siglos a la personalidad de sus Obispos. La historia de la ciudad y la de la diócesis de la que es cabecera son una misma cosa. Desde Protógenes en la España visigoda, hasta Mons. Atilano Martínez, nuestro actual prelado, un centenar de mitrados han regido una de las diócesis más importantes de la Iglesia Española durante todo este tiempo.
            D. Felipe Peces Rata, canónigo archivero de la Catedral, conocedor a fondo del presente, y del pasado sobre todo de Sigüenza, ha colocado sobre estas fechas en los escaparates de las librerías una publicación que era necesaria, un libro dedicado a evocar la memoria de todos los titulares del Episcopado Seguntino, desde su institución como tal. El libro se titula Los Obispos en la Ciudad del Doncel, y se presenta acompañado de fotografías de casi todos ellos.
 La cercanía en el tiempo nos hace posible recordar el paso de los últimos prelados que ejercieron su ministerio pastoral entre nosotros. A varios de ellos los hemos llegado a conocer, incluso a tratar personalmente; pero eso, en el largo espacio de catorce siglos de historia, significa muy poco.

La de Sigüenza es una de las diócesis históricas de la Iglesia, que en otros tiempos mantuvo su propia Universidad, mítica hoy y recordada no sin nostalgia, al paso que el nombre de Sigüenza sigue resultando familiar dentro de la cultura española a lo largo de los siglos, siempre, directa o indirectamente, por razón de sus Obispos.
            Don Bernardo de Agén, san Martín de Finojosa, don Pedro González de Mendoza, don Fadrique de Portugal, don Eustaquio Nieto, además de los más próximos a nosotros entre otros muchos, son los protagonistas de este trabajo magistral, salido de las manos doctas y del corazón entregado al servicio de su ciudad natal, de don Felipe Peces, enésimo título de la serie que durante su vida ha dedicado a Sigüenza.

lunes, 4 de junio de 2012

CASTILFORTE: DON DIEGO Y DON ELÍAS


         Castilforte es un pueblo montado sobre un altozano que sorprende al viajero al final de una vega. Se distingue por ser un estupendo mira­dor sobre las tierras que forman la antigua Hoya del Infantado y sobre una buena parte, por añadidura, de los valles y tesos de la Alcarria. Desde Salmerón la distancia es corta para llegar a Castilforte. La Alcarria de Cuenca queda de allí a poco más de un tiro de piedra.
            Es un pueblo original y muy bonito éste de Castilforte. Lo han mejorado mucho desde que lo vi la primera vez. Pero no es su manera de vivir actual lo que nos devuelve a él, ni la cordiali­dad de los pocos hombres y mujeres que allí viven, ni la peana de tierra y rocas donde estuvo el fuerte castillo que le da nombre, ni el paisaje abierto que se domina desde sus contornos. Es la memoria de dos hijos preclaros del lugar, convertidos hoy en mito y en leyenda para sus paisanos, lo que nos ha traído una vez más a la memoria aquel simpático lugar.
            Don Diego Rostriaga y don Elías Gil son los nombres de estos dos hijos ilustres. Don Diego nació en los comienzos y don Elías casi al final del siglo XVIII. Mucho ha llovido desde entonces; pero, tal vez un poco deshumanizados (tómese la palabra en el mejor de sus significados) o a punto de convertirse en mito, el pueblo los sigue recordando con vene­ración y cuenta de ellos cosas admirables. Una de las princi­pales calles del pueblo está dedicada a don Elías. Don Diego Rostriaga, con alguna celebridad más de su familia, la tendrá muy pronto.
            La noticia acerca de estos dos hombres excepcionales la ofreció gentilmente, cumplida y documentada con todas las garantías de credibilidad, Juan Antonio Embid, alcalde del lugar y hombre que -no siempre ocurre así- se preocupa del acontecer cultural de su pueblo, sabiendo muy bien lo que se lleva entre manos.
            Don Diego Rostriaga nació en Castilforte en el año 1713 de una familia de labradores. En su tiempo se alzó a los más altos estamentos de la sociedad española, dedicándose a las artes útiles cuando casi todo andaba en el mundo aún sin descubrir. Fue relojero e instrumentario; su fama llegó muy pronto a la Corte de las Españas. Estudiante de Latín, de Filosofía, de Matemáticas y de Mecánica aplicada a las artes, comenzó a construir por encargo para el entonces príncipe de Asturias y luego el rey Carlos III, máquinas neumáticas, pirómetros y otros instrumentos de Física y de Cálculo. En 1770 se encargaría de construir, con los escasos medios de entonces, las bombas de vapor que se utilizarían para poner en pie los diques de Cartagena.
            Algunos de los relojes del Palacio Real, del Buen Retiro y de la antigua Aduana (luego Ministerio de Hacienda), así como los del convento de San Pascual de Aranjuez, salieron de sus manos y de su ingenio simpar. Una escopeta de viento, que hasta no hace mucho existió en el Instituto San Isidro de Madrid, y dos esferas armilares de la Biblioteca Nacional, son igualmente obra suya
            Nobles y grandes de la más alta sociedad de su tiempo se honraron con su amistad y con poseer alguna obra suya (brúju­las geodésicas, pantómetros, barómetros de mercurio), entre ellos el propio Rey. Murió en Madrid en el año 1783.
            A don Elías Gil, lo conocen en Castilforte los más viejos del lugar por "El Indiano". Fue uno de aquellos españolitos de abiertos horizontes, o de apremiante necesidad como fue su caso, que hace doscientos años marchaban a las Américas en busca de fortuna, y que volvían al cabo del tiempo, muchos de ellos, cargados de riquezas. La literatura popular de la época tuvo, en muchos pueblos y villas de España, tema abundante para contar y decir de sus famosos indianos.
            Familia humilde y de muchos hijos fue la de este don Elías Gil. Siendo niño, se vio obligado a salir del pueblo para sobrevivir. En Madrid vivió en la casa de un tío suyo que trabajaba en la capital de España como empleado del Consejo de indias. Un amigo de aquel tío suyo se lo llevó con él a Améri­ca cuando sólo contaba 11 años. Murió su protector a poco de llegar. El pequeño Elías tuvo que abrirse camino en el Nuevo Mundo sin haber llegado siquiera a la adolescencia, es decir, a la edad mínima precisa para ganarse la vida en un trabajo fuera de cualquier responsabilidad.
            Consiguió una fortuna importante en el mundo de los negocios y con ella se vino a España años después. Destacó por sus ideas liberales en aquel Madrid de la Fontana de Oro y de los sucesivos cambios de gobierno en la tercera década del siglo XIX. Hizo donaciones importantes a su pueblo natal; pero, por cuestiones políticas, al parecer en ciertos momentos tan a contrapelo de sus ideales y de la fama que se había conseguido ganar en la Villa y Corte, tuvo que escapar, y volver de nuevo en un segundo viaje a tierras americanas. Los negocios que emprendió en esta ocasión, le fueron mejor toda­vía que la primera vez, pues conocía las gentes y los mercados que en las tierras el Plata tantas fortunas alimentaron para los aventureros que desde la "Madre patria" dieron en llegar allí con nuevas miras.
            Dedicó don Elías Gil una buena parte de su fortuna a engrandecer su pueblo, a costear las mejoras que Castilforte precisaba para que los 320 habitantes que el pueblo tenía por aquellos años, vivieran con mejores servicios o con mayor holgura, según los casos. Todavía queda a la vista de todos en la Calle Mayor la señorial fachada de su viejo palacete. Costeó, como simple detalle, la fuente pública; durante largo tiempo envió dos mil duros cada año (era una fortuna) para que se repartieran en limosnas; atendió muchos de los gastos de la iglesia local: arreglos del edifico y vestiduras sagradas, sobre todo; dotó a varias chicas casaderas pobres; se puso a su costa un reloj municipal, y pagó diez reales por árbol a cada uno de sus paisanos que plantaran olivos en tierras de su propiedad. Siendo muy anciano cruzó el Atlántico y vino a España sólo a reconocer su pueblo y a despedirse de él. Final­mente, próxima su muerte, dedicó veinte mil reales para que compraran una casa medianamente digna para vivienda del maes­tro, a quien recordó especialmente cuando notó que la vida para él llegaba a su fin. Murió en Montevideo a punto de cumplir los 75 años.
            Una rara especie de hombre, un filántropo de la mejor madera. Un señor de los de antes, dicen en su pueblo, que debido a su comportamiento como "loco de la generosidad", doscientos años después las buenas gentes de Castilforte pronuncian su nombre con respeto, con un gran cariño, casi con veneración, tres ramas al fin del maltrecho árbol de la grati­tud.
 "Nueva Alcarria" año 2000.
(En las fotografías: unaa vista sobre el valle desde el nuevo mirador y la Casa del Indianao)

sábado, 26 de mayo de 2012

LA RADIO DE LOS AÑOS 50-60

                          
            Apenas cruzar la meta, el corredor de fondo se detiene jadeante y vuelve la vista atrás. Es el momento para que tú y yo, amigo lector, volvamos también la vista atrás luego de comprobar cómo pasaron a toda prisa las décadas del siglo XX que nos tocó vivir. En mi memoria aparece como una nebulosa la de los años cincuenta, la década en la que fui niño, que había de influir en el hombre que vino después de manera decisiva. Aquellos fueron los años en los que se tejió el cañamazo sobre el que, pasado el tiempo, había de asentar el hilo de mis ilusiones, de infancia primero y de adolescencia después. Como uno más de los chiquillos que por entonces acudían a diario a la escuela en un pueblo de agriculto­res, no tuve otro contacto con el ancho mundo que aquel que, gratuitamente en cada sobremesa y en cada noche, nos ofrecía el Telefunken que compró mi padre: con ojo mágico y todo, como el de don Eusebio, el médico, que era el mejor aparato que había en el pueblo.
            Pero entremos en materia aunque sólo sea como homenaje de gratitud hacia un medio que lo fue todo en nuestro país durante medio siglo, y que, después de atravesar dos décadas gloriosas, (del 45 al 65) se encontró con el más temible de sus adversarios: la televisión; escollo que consiguió salvar haciendo donación de una buena parte de su cometido, y ahí está de nuevo, acomodada en su parcela, como la televisión lo está en la suya y la prensa escrita en la que le corresponde, según las posibili­dades -similares y distintas- de uno y otro medio.
            La imagen, viva y bullidora aún en los rinconcillos de la mente, perdura muchos años después. Las cinco de la tarde. Los escolares, entre carreras, saltos y gritos, salen de la escuela. Cada grupo de chiquillos escapa por la esquina de la plaza que le lleva a su barrio. Las calles están vacías. Algún anciano dormitea al sol sentado en su sillón de mimbre, junto al perro que duerme estirado sobre la acera. Las mujeres, todas las mujeres, están recogidas al lado del receptor escuchando "Lo que nunca muere"; luego "Un arrabal junto al cielo"; pasado el tiempo "Ama Rosa" de Sautier Casaseca, que mereció subir al cine con Imperio Argentina como protagonista. "Dos hombres buenos" de José Mallorquí, también paralizaría años después las calles de España. Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Eduardo Lacueva, Juanita Ginzo, Matilde Vilariño y algunos más, ponían la voz, y el resto de las mujeres de España la emoción y, a ratos, las lágrimas cada tarde. El comentario con las vecinas vendría a la mañana siguiente, con la radio como fondo anunciando el Colacao, el DDT Chas, los tintes Iberia o el Servetinal, entre "El emigrante" de Valderrama y las "Coplas de picadillo" de Carmen Morell y Pepe Blanco.
            Los sábados por la noche se repite el mismo fenómeno de la escucha masiva; eran programas de radio que entretenían y ponían en tensión a millones de españoles: "Fiesta en el aire" primero, y "Cabalgata fin de semana" después, con canciones en directo, concursos que se hicieron famosos, desfile de humoristas, cuñas publicitarias que llegaron a conseguir entre la gente una popularidad increíble...; y dos voces maestras entre otras muchas: la de Bobby Deglané, un chileno que consiguió con su nuevo estilo revolucionar las maneras de hacer radio, y la de José Luis Pécker, la más señorial, elegante y sonora, de todos los profesionales que por entonces viajaron por las ondas.
            No existían los aparatos portátiles en aquel tiempo, lo que obligaba al público oyente a quedarse en casa para escuchar las radio; y así, se echaban horas y horas de asueto los domingos por la tarde a escuchar las retransmisiones deportivas de Matías Prats y de Enrique Mariñas, desde los distintos campos de fútbol de primera división, o las mañanas de Radio Nacional con los programas religiosos del padre Venancio Marcos, que solían encontrar su punto álgido en las conferencias cuaresmales de Fray Antonio Royo Marín, desde la basílica de Atocha, una emisión que consiguió se instalaran aparatos de radio en algunas iglesias, para que los fieles que en su casa no tuviesen receptor, la pudieran seguir desde los fríos bancos de la parroquia.
            Poco después un programa benéfico, dirigido y presentado por Alberto Oliveras, entró con fuerza desde los micrófonos de Radio Madrid a los hogares de toda España. Se trataba de "Ustedes son formidables", que con el aliciente de algunos compases del Nuevo Mundo de Dvorak como sintonía, y la voz tocadora de conciencias de su presentador, conseguía casi todas las semanas la solución de un caso apremiante de ayuda al prójimo, con la aportación generosa de los radioyentes. Tengo la satisfacción, grande por cierto, de haber colaborado con él desde Valencia durante varios años.

            Los noticiarios de Radio Nacional de España se transmitían a las dos y media de la tarde y diez de la noche, en conexión con toda la radio española por imposición gubernativa. Las voces de Lope Mateo y David Cubedo, sirvieron durante años y años las noticias de España y del mundo a los millones de oyentes que a diario escuchaban "el parte" en todo el país.
            Ante la sospecha de que las noticias les llegasen filtradas por el tamiz de la censura, hubo españoles que, aun a riesgo de ser descubiertos y señalados como no adictos al régimen, escuchaban en privado las noticias que en lengua española emitían a una hora determinada de la noche algunas emisoras extranjeras, tales como Radio París o la BBC de Londres, que solían ofrecer la misma información que la radio oficial, pero con diferentes matices; no así la más comprometida de las emisiones que llegaban desde fuera a través de Radio España Independiente, estación del Partido Comunista que por aquellos años trasladó su equipo emisor desde Moscú a Bucarest. El régimen procuraba interferir la emisión con ruidos incontrolables, por lo que los adictos a dicha fuente de noticias, tenían que hacer juegos malabares con el mando para poderse enterar de lo que en cada momento dictaba el partido. Una revista de la época comentaba, respecto a la llamada Estación Pirenaica, cómo se afirmó varias veces que el régimen de Franco estaba a punto de caer, y que en alguna ocasión también se dijo que los ferrocarriles de Canarias estaban en huelga, cuando al oyente le constaba que en las islas no había trenes. En fin, detalles curiosos y pintorescos de una España sufrida, diferente, a la que poco a poco se le va dando la vuelta como a un calcetín, y en la que todavía queda tanto por hacer y por mejorar. Confiamos en que la radio actual, hija casi irreconoci­ble de aquella de los años cincuenta, pondrá cuanto esté de su parte para conseguir lo antes posible la España de nuestros sueños.
            - Oiga, señor redactor. Creo que se le ha olvidado algo importante.
            - ¡Ah!, pues puede ser. ¿Qué es ello?
            - Los discos dedicados de Radio Andorra ¿no le parece? Menudas trasnochadas en mi pueblo oyendo la radio cada noche...
            - Tiene usted razón, amigo. Disculpe. Yo era muy pequeño entonces y me solía ir a la cama enseguida; pero quiero recordar aquellas listas interminables de nombres que precedían a la emisión de un disco de la Piquer, de Antonio Molina o de Machín. Creo haber oído que el "Madrecita" de Antonio Machín se sirvió a los oyentes después de casi una hora de dedicatorias, en las que los locutores se tenían que turnar cada diez minutos. Las familias, y a veces el vecindario, se reunían hasta altas horas para escuchar los discos dedicados en las noches de invierno.
            - Ahora la cosa queda mejor ¿No le parece?
            - Sí señor, queda mucho mejor, ya lo creo. Muchas gracias.
            - Las gracias a usted, caballero.
(En las fotografías: Con José Luís Pécker en los olivares de Baeza, año 2006; una radio de los años sesenta, y Con Alberto Oliveras, planeando un programa de Formidables en el año 1971)

jueves, 17 de mayo de 2012

PASTRANA, 23 DE ABRIL DE 1961


            Esa es la fecha en la que el insigne académico y Premio Nacional de Literatura, don Alonso Zamora Vicente, firmó un trabajo magnífico, resultado de un viaje fugaz por la comarca divisoria entre la Alcarria de Madrid y la de Guadalajara, y que tuvo a bien incluir en una de sus obras que titula “Libros, hombres, paisajes”, siendo en el último de esos apartados, en el de paisajes, en el que el lingüista madrileño, fallecido en el año 2006, incluyó el trabajo antes referido, y del que pretendo dar aquí noticia completa si es que el espacio del que dispongo nos da para ello; supongo que sí. Tener tal texto delante de los ojos supuso para mí en su día grata novedad, sobre todo por la personalidad del autor que, como otros muchos, se fijó en la Villa Ducal para rellenar de impresiones algunas cuartillas.

            Como en tantos buenos autores, su prosa es reposada, precisa, magistral, pura escuela del bien hacer en el uso del lenguaje, como corresponde a un erudito de esa media docena, pocos más, de hombres doctos sobre los que suelen descansar los pilares de la Academia Española, palacio y meca de nuestro idioma.

            Loeches y Nuevo Baztán, en tierras de Madrid, ocupan la primera parte del hermoso trabajo del maestro Zamora Vicente. Luego se hace referencia, sólo se nombran, La Olmeda, Fuentenovilla, Escairiche, Hontova, Escopete…«Pueblos diminutos, árboles que abren con pasmo sus yemas, frutales en flor. Los labriegos queman los pastizales viejos para obtener el renuevo y llega hasta el coche el perfume de la retama ardiendo y el crepitar de las varas. Entre mimbreras agudas corre, despacio, el Tajuña. Los caseríos se escalonan por las lomas, trepando de espaldas, y la gente se asoma a los portales, gritando a los chicos palabras inexpresivas.» Una descripción general del terreno, y de todo lo que se ve y se mueve en el terreno, y luego… la Villa de los Duques.
 

Pastrana, 1961

            Pastrana, punto de mira para escritores y estudiosos de todos los tiempos desde que Teresa de Ávila anduvo por allí, podría ser un excelente punto de destino en un día de vacación académica (aniversario de la muerte de Cervantes), para un profesor universitario, residente en Madrid por aquellas fechas, y amante de los escenarios en donde se fraguó la Historia y se dio pie y razón a memorables páginas de la buena literatura. Se deja entrever en el texto del profesor Zamora Vicente, que al considerar en aquella visita la realidad palpable de la vieja villa muchos años después, desfilan por su imaginación personajes de todos conocidos, hechos lejanos que registraron los anales de la villa alcarreña en cada momento, sobre los que pasa un poco como de puntillas, olfateando el alma de Pastrana en cada persona, en cada calle, en cada rincón:

            «Pastrana trepa por la loma desde el borde de un arroyo, zigzagueando los callejones estrechos y empinados, asomándose a respirar hacia el valle por los pretiles de piedra. El viejo palacio ducal, residencia de la princesa de Éboli, está medio arruinado. La fachada noble, italianizante, se abre frente al valle, donde unos pinos adolescentes tienden su pompa al sol derretido del atardecer. Ruido de carros, alguna moto impaciente que sube por la angosta travesía. Grupos de labriegos conversan plácidamente, severo el gesto y acordada la voz, por los ángulos de la plaza».

            Pastrana se rejuvenece en las tardes de abril. Se doran las torres del palacio y las espadañas de los conventos. La villa se envuelve en los tules de vieja señora de la Alcarria, y rocía su piel con la brisa de la media tarde y con los aromas de las huertas que riega el Arlés. Las primeras sombras comienzan a extenderse por las plazas y por los caminos; el sol va dejando, poco a poco, su última luz fogosa sobre el cerro del Calvario; el campo se transparenta; la imagen del Sagrado Corazón recibe de frente los rayos de la tarde, los rayos amarillo limón de las seis en una primavera recién estrenada. Pastrana vive:

            «Las mujeres, enlutadas, sentadas junto a los portales en sillas bajas de enea, charlan, tejen, suspiran, llaman a grandes gritos a los niños que juegan por las esquinas mientras devoran enormes trozos de pan empapados en vino con azúcar. Campanas. Por los cobertizos el sol se corta, rígido, y llena de negra intimidad el interior, con sus altares pequeños de la Virgen de la Soledad o del Cristo de los Azotes. La fuente suena entre las paredes blanqueadas de la plazuela, llenándolo todo con su voz fresca y repetida.»

            La vida de los pueblos en toda Castilla, y su imagen, y los modos de ser y de desenvolverse de quienes viven en ellos, han cambiado mucho, en algunas cosas para binen y en otras no tanto. Pastrana, pongámosla de ejemplo por tratarse de la villa que hoy nos ocupa, quizás no llegue a la mitad de habitantes de los que tuvo hace cincuenta años, más o menos, cuando el profesor Zamora Vicente anduvo por allí. A pesar de todo en el pueblo se vive bien, estrenaron colegio, pavimentaron calles, han restaurado el palacio ducal, cuentan con un instituto de Enseñanza Secundaria que antes no tenían, con una feria apícola de alcance nacional y con algunos bares, restaurantes y hospederías, donde atender a los turistas como es debido. Ha perdido, en cambio, durante ese tiempo, un millar largo de habitantes, el encanto casi total de sus huertas en la vega, y el convento de Padres Franciscanos que se hubo de clausurar por falta de vocaciones. Váyase lo uno por lo otro. Queda, esperemos que sea por mucho tiempo, la esencia, lo inamovible, aquello que ni los años ni las modas le podrán quitar: el alma de Pastrana:

            «La Colegial, donde está enterrada la princesa, surge limpia, recién restaurada, y ofrece al visitante el prodigio de su museo, en el que sobresalen los espléndidos tapices del siglo XV, que representan la conquista de Arcila. Un seminarista joven, sonriente y locuaz, acompaña a los visitantes, haciendo comentarios acertados ante cada objeto del museo. Asombra esta riqueza oculta en el campo de la Alcarria, paños, orfebrería, escultura, pintura, documentos, recuerdos de Santa Teresa y de la princesa de Éboli, cuyas vidas coincidieron fugazmente en este lugar. Prodigio del lugarón castellano, de enrevesado callejero, donde un escudo en un chaflán o encima de una puerta pregona la pasada grandeza. Pueblo del color de la tierra que trepa montaña arriba, cotidiana lección de empeño de vivir.»

            Hasta aquí queda transcrito en letra cursiva y dividido en fragmentos, la totalidad del trabajo que tan reconocido autor dedicó a Pastrana. El artículo, largo fruto de un día intenso de andar y ver por tierras de la Alcarria, lleva como título “Naciente primavera”. Lo encontré hurgando a la casualidad por los modernos medios. Lo ignoraba, no sabía de él, de ahí que sea doble la satisfacción que siento al poder transmitirlo a los lectores, tanto a los pastraneros como a los que no lo son, y que viene a reforzar esa idea que mantengo desde antiguo al considerar que Guadalajara, sus pueblos y sus comarcas, son punto de especial interés para eruditos, artistas, y en general para gentes que saben distinguir lo válido de lo mediocre, lo real de lo aparente. El que tantos hombres del arte y de las letras se lleguen hasta nosotros, incluso a fijar su residencia en esta tierra, también lo demuestra. Lástima que muchos de los que aquí somos no estemos en condiciones de apreciarlo, quizás por aquello de que los árboles no nos dejan ver el bosque.

            En cualquier caso, y por estas fechas que son de asentada primavera, valgan las  palabras del docto escritor fallecido, como aliciente para tirarse al camino, para acercarse a Pastrana y a tantos lugares más: pueblos, campos, paisajes, monumentos, villas históricas de la provincia, fiestas populares y acontecimientos diversos, que son o que tienen lugar en esta Guadalajara tan diferente de lo que antes fue, pero que conserva en el medio rural y en sus históricas villas la esencia del pasado. Esta Guadalajara a la que la gente suele acudir como lugar de reposo durante los meses de verano, y que tal vez sea más considerada por los extraños que por los que vivimos aquí. Os dejo en camino.

jueves, 10 de mayo de 2012

NUEVA NOVELA DE AMBIENTE PROVINCIAL


Coincidiendo con el pórtico de la Feria del Libro, que está teniendo lugar en Guadalajara a partir de hoy y durante todo el fin de semana, en la tarde de ayer se celebró un acto cultural importante en el complejo San José de la Diputación Provincial. Se trata de la presentación de la novela, escrita por Pablo Muñoz López, “El legado del vínculo inglés”, editada por Sekotia, y cuya acción transcurre en su mayor parte en la provincia de Guadalajara, principalmente en la ciudad de Sigüenza y en el pueblo de Torre del Burgo, junto al monasterio de Sopetrán.
            Por la repercusión que ha estado teniendo durante las fechas precedentes en las redes sociales, se preveía una importante asistencia de público, como así fue; pues resultaron insuficiente las sillas de la sala multiusos, haciéndose preciso habilitar algunas más para que pudieran acomodarse las personas que asistieron al acto.
 
           Tras la bienvenida al largo centenar de asistentes por parte de la Diputada Provincial de Cultura, Marta Valdenebros, y la correspondiente intervención del editor de la obra, Humberto Pérez Tomé, me correspondió el turno a mí como presentador del libro, que concluiría con las palabras de su autor, Pablo Muñoz, que como cabía esperar fue largamente aplaudido.

            El legado del vínculo inglés es una obra de creación, perfectamente elaborada pese a la condición de ser la primogénita de su joven autor. Acción, misterio, claridad en el texto, son sus principales características, a las que habría que añadir el hecho importante de tratarse de una edición cuidada, dentro de la serie que Sekotia está lanzando al mercado en la colección “narrativa con valores”.
            La firma de ejemplares está teniendo lugar en estos momentos, seis de la tarde en la Feria del Libro, dispuesta como es costumbre sobre estas fechas en el conocido parque municipal de La Concordia.
            Con las decenas de ejemplares que el autor firmó ayer en el acto de presentación, y las que supongo firmará esta tarde en la caseta de la librería LUA, dentro de la Feria, podemos hablar de éxito en el nacimiento de esta novela netamente guadalajareña, como lo es su autor, a la que auguramos un feliz futuro, aún en tiempos difíciles.