jueves, 17 de diciembre de 2009

"LA TIERRA DE GUADALAJARA", TODO UN LUJO



Con todos los honores, y asistencia de autoridades provinciales, autonómicas, y otras muchas personas relacionadas con la cultura provincial, se presentó en el hotel Intercontinental de Madrid el pasado mes de febrero, coincidiendo con las octavas Jornadas de Gastronomía Guadalajareña que organiza y patrocina la Diputación Provincial en la Capital de España, la voluminosa obra en dos tomos que, con el título general de “La Tierra de Guadalajara”, han escrito -hemos escrito- una serie de autores expertos y buenos conocedores de esta interesante provincia castellana. La editó la empresa Mediterráneo de Madrid, y en ella se recogen en un todo los once trabajos que por separad había venido publicando la referida editorial anteriormente.
“La Tierra de Guadalajara” puede considerarse como la publicación más completa y cuidada que, hasta el momento, se ha escrito sobre Guadalajara. Los temas que en la obra se presentan con amplitud de texto y con la más alta calidad en fotografías (cerca de setecientas páginas en total, de gran formato), son los siguientes, con el nombre anexo de sus respectivos autores:

TOMO I
GuadalajaraPedro José Pradillo
SigüenzaAntonio Herrera Casado
Molina de AragónAntonio Herrera Casado
PastranaEsther Alegre
AtienzaJosé Serrano Belinchón

TOMO II
La AlcarriaRaúl Conde
La Comarca de ZoritaAntonio Herrera Casado
Los Pueblos NegrosRaúl Conde
El Barranco del Río DulceJosé Serrano Belinchón
El Río GalloCarlos Sanz Establés
El Valle del MesaTeodoro Alonso Concha

Las magníficas fotografías que sirven de apoyo al texto, son obra de los siguientes fotógrafos profesionales de la Editorial Mediterráneo:

Álvaro Viloria
Juan José Pascual
Paco Gracia Abril

La presentación de "La Tierra de Guadalajara" que aparece en el tomo primero, es un interesante trabajo sobre la provincia escrito por don Antonio Herrera Casado, Cronista Provincial.
El acto de presentación de ambos tomos en el hotel Intercontinental de Madrid, contó con la presencia de la Consejera de Cultura y Turismo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, doña Soledad Herrero, y de doña María Antonio Pérez León, Presidenta de la Diputación de Guadalajara, que patrocinó la edición y escribió el prólogo de la obra.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

GALERÍA DE NOTABLES ( V ): FRAY JOSÉ DE SIGÜENZA


Su verdadero nombre fue el de José Martínez Espinosa; nacido en Sigüenza el año 1545. Era hijo natural del sochantre de la catedral don Asensio Martínez de Sigüenza y de una mujer viuda llamada Francisca de Espinosa. Estudió durante dos años en la Universi­dad Seguntina, licen­ciándose en Arte y Teología durante los tres siguien­tes. En 1567 marchó al monasterio segoviano de Santa María de El Parral para vestir los hábitos de la Orden Jerónima. Más tarde pasó a ser catedrático de la Universidad de Sigüenza y prior del monasterio de El Parral. En El Escorial, años después, fue rector, bibliotecario mayor y catedrático de Sagradas Escrituras.
De su obra literaria -uno de nuestros mejores autores clási­cos- merece se destaque la Historia de la Orden Jerónima, Vida de San Jerónimo, Historia del Rey de Reyes, Instrucción de maes­tros y escuela de novicios, Poesías, todo ello en un estilo severo y elegante como corresponde a los genios más represen­tativos de su época. Describió y criticó todo el arte recogido en El Esco­rial, en especial algunas pinturas de Tiziano y el entonces polémico San Mauricio y compañeros mártires del Greco, forma de hacer con la que no estaba de acuerdo, ya que "Los santos -decía- se han de pintar de manera que no quiten la gana de rezar en ellos, antes pongan devoción".
Es, sin duda, el hijo más preclaro de la Ciudad de los Obispos. El Padre Sigüenza murió el 22 de mayo de 1606 a conse­cuencia de un ataque de apoplejía.

viernes, 27 de noviembre de 2009

EN EL TALLER ARTESANO DE HORCHE


Durante la primavera de 1979 mantuve en su casa de Horche una grata conversación con Juan Francisco Martínez, uno de esos artistas naturales que muy de tarde en tarde aparecen de manera insospechada por cualquier parte y que, al cabo del tiempo, resultan ser cabeza de una dinastía de artistas, de una estirpe de hombres y mujeres de valía que tuvo un principio, pero que su final está por ver a lo largo de varias generaciones. Quiero recordar a Juan Francisco, en homenaje a él y a su huella perdurable, con sus propias palabras sacadas de aquella conversación perdida en la distancia de un cuarto de siglo. “Mis principios fueron una cosa imprevista. Después de la guerra faltaron muchos altares en las iglesias de por aquí. Yo era por entonces albañil; pero un albañil hasta cierto punto diferente, porque en el trabajo me gustaba recrearme un poco en los detalles. Me gustaban las cosas terminadas con gusto artístico, algo no muy corriente entonces en un albañil de pueblo. Al sacerdote de Horche, que había encargado un altar para la iglesia, le estafaron y no se lo vinieron a hacer; entonces me lo encargó a mí, que nunca había hecho nada semejante. Lo empecé con yeso, ladrillo, y una ornamentación un tanto elemental. Debió gustar bastante, porque muy pronto me empezaron a caer nuevos encargos.”
Así de sencillos, y de concretos, fueron los orígenes de una industria familiar admirable nacida allá por los primeros años de posguerra. Luego vendría la escayola para un retablo de Chiloeches, después la madera con la ayuda de un carpintero, hasta que los límites comarcales y provinciales resultaron pequeños, de tal modo que el propio Juan Francisco, ya al cabo de su vida laboral y con la ayuda de su hijo José Antonio, pudo ver los trabajos de su taller expuestos en establecimientos de arte tan distantes y tan dispares como las ciudades de Alicante y Santiago de Compostela, por nombrar sólo dos en regiones distintas. Juan Francisco murió a los ochenta años, con Premio Nacional de Artesano Ejemplar, con un taller bien montado, con dedicación exclusiva a la talla de madera, y con la satisfacción de ver incorporados al oficio no sólo a su hijo José Antonio, sino también a sus dos nietos, Álvaro y David, herederos directos -además de la sangre- del gusto por el trabajo y con la esperanza puesta en que la dinastía de artistas no termine en ellos.

Hacía varios años que no había pasado por el taller, en la última ocasión aún vivía el abuelo. He vuelto en fechas recientes y debo confesar que salí de allí impresionado. Ya no son uno, ni tres, las personas que sacan adelante con su trabajo todo aquello. Son cerca de cuarenta, y cerca de cuarenta también las piezas que se acaban cada día en jornadas normales de producción. Las tallas de imaginería, columnas y estrados, junto a los retablos para iglesias que son de alguna manera la especialidad de la casa, ocupan el horario laboral en aquel taller tan meritorio, y tan desconocido para tantos guadalajareños que, siempre bajo mi personal criterio, tal vez sea ésta la industria con más alcance universal de las que tenemos en la Provincia, pues ya no es solamente España en todas sus regiones, sino Francia, Noruega y los Países Nórdicos, Canadá, Estados Unidos, toda la América del Sur, Rusia y los Países Árabes, entre otros muchos lugares dispares de la Tierra, los que disfrutan de los magníficos trabajos de talla elaborados en aquel rincón de la Alcarria. Gran parte de la imaginería adquirida por la Casa Real Española durante los últimos años ha salido de allí, y hasta quinientos retablos están en estos momentos repartidos por toda España. La Hermandad de la Semana Santa Marinera de la ciudad de Valencia los ha nombrado cofrades de honor, como reconocimiento a su aportación artística a la Semana Mayor de aquella ciudad levantina. Honores, méritos, reconocimientos, títulos, avalan en buen número la no demasiado larga historia de “Artemartínez”, y que, dicho sea de paso, honra no solo a ellos, dueños y trabajadores del taller, sino también, y por extensión, a todo un pueblo y a una provincia que no se distingue precisamente por ser amante y propagandista de sus propios valores. El carácter castellano, al que nos apuntamos todos cuantos lo somos, tiene, junto a otras muchas virtudes reconocidas, esa sonora deficiencia ¡Qué le vamos a hacer!
Ignoro si el personal de la casa estaría dispuesto a que el público acuda a los talleres de trabajo y salas de exposición que hay dentro del edificio en cualquier momento, dentro, claro está del horario laboral; pero pienso que sí, a la vista de la amabilidad con la que Álvaro me enseñó y me fue explicando todos los departamentos: talleres de pintura, de talla, de copia, almacenes de trabajos sin concluir, donde el visitante, además de poder admirar los varios cientos de obras acabadas, recibe de paso una lección magistral sobre cómo es y cómo se elaboran los retablos e imágenes que en tantas ocasiones nos han impresionado en catedrales, conventos e iglesias pueblerinas, que el vandalismo de los tiempos ha querido respetar. Nuestra provincia es toda ella un muestrario de ese tipo de piezas de arte, y el taller que hoy nos ocupa una escuela que nada tiene que envidiar a aquellas otras de los siglos del XIII al XVIII, aunque eso sí, teniendo a su favor los medios modernos, si bien, tanto antes como ahora, y así seguirá siendo por años y siglos, el arte en general, y muy en especial éste de la talla, requiere grandes dosis de atención, de paciencia, de oficio y de talento, ingredientes que a lo largo de la Historia sirvieron de base y de sostén a la personalidad del artista.

De las obras grandiosas con las que el hombre de a pie puede encontrarse al andar por los caminos del mundo, salidas todas ellas de este taller de la Alcarria, podríamos destacar dentro de nuestro país los retablos mayores de las iglesias de Priego y de San Clemente en Cuenca; de Mondéjar, con pinturas de Pedrós, en Guadalajara; de Vicálvaro y de la Virgen del Puerto en Madrid; de Abengible en Albacete; del santuario de la Virgen de Salobrar en Jaraiz de la Vera (Cáceres), y así hasta varios centenares de ellos, entre los que se contará dentro de poco otro grandioso que se está preparando para la iglesia alcarreña de Albares. Tal vez, y esto dentro de la imaginería, en la Semana Santa de la ciudad de Palencia tendrán ocasión de sacar a la calle un Cristo magnífico, made in Horche; lo he visto prácticamente acabado y así, esperando el momento de los últimos retoques, los ofrezco a los lectores en una de las fotografías que ilustran este trabajo.
Y todo empezó por el empeño y por el saber decir que sí a la oportunidad que ofreció la vida a un hombre inspirado, cuando allá por 1942 Juan Francisco Martínez se atrevió a poner manos a la obra en un altar, sin que hasta entonces hubiera hecho nada semejante. Con ejemplos como éste, aparte de otros más que la vida nos ha llevado a conocer, uno llega a pensar que las grandes obras que en el mundo merecen contar con la admiración del hombre, nunca han sido fruto de la casualidad y en muy pocas ocasiones de la buena fortuna, sino que siempre anda por medio el talento, la osadía y el amor al trabajo en las debidas proporciones. En el caso de esta admirable industria familiar aparecen los tres ingredientes, y tal vez alguno más, como la amabilidad en el trato de la gente que por allí encontré.
(N.A. Octubre, 2003)

sábado, 21 de noviembre de 2009

UNAS HORAS EN GALVE DE SORBE


Estas fechas, mediado el otoño, nos llevan a veces por caminos de añoranza, un fenómeno bastante común del que rara vez conseguimos vernos libres. Llegó la calma a la vida de las personas y el ajetreo propio de las vacaciones se vislumbra a nuestras espaldas bastante lejano. La monotonía del quehacer diario, las largas noches a las que el tiempo nos lleva, sosiego al fin, invitan a remover la mente y a dedicar más tiempo del que de ordinario es habitual a pensar en uno mismo, a perderse en el infinito paraíso de los recuerdos, más florido a medida que uno se aleja hacia los años de juventud.
En el caso de quien esto escribe, uno de esos apacibles rincones en los que echar pie a tierra está precisamente aquí, en este inolvidable lugar de la sierra de Atienza, donde creo haber vivido uno de los años más intensos de mi existencia: el curso escolar 1962-63, donde el destino me llevo a ejercer como maestro en su escuela de niños.
No va a ser fácil mantenerme en la línea objetiva de mis escritos de cada semana sin que los duendecillos del afecto, que suelen habitar en las más ocultas celdillas del corazón se entremezclen, haciéndolas suyas, las ideas que uno quiera expresar en ocasiones como ésta, en lugares como el que ahora estoy donde nada me es extraño, donde en cada esquina, en cada calle o en cada rincón, acude a la memoria la anécdota, la imagen, la situación, de esas que por miles solemos guardar entre los pliegues de la memoria.
Es una limpia mañana de sol en estos parajes de la Transierra. En las praderas pastan uno o dos centenares de vacas rubias, junto a sus ternerillos que las siguen de un lado para otro. No tienen mucha hierba donde pastar después de un verano seco en extremo. Sobre la muela, el castillo de los Estúñiga, vigía por años y siglos del pueblo, de los campos y de las tierras del pinar. Desde el alto del castillo, Galve se muestra a los ojos del espectador como un pueblo limpio, de tejados ocres y rojizos, de casas nuevas, con sus praderas cercadas y sus ermitas alrededor, reclamo ideal para soñadores y para pintores impresionistas.

Galve de Sorbe ha cambiado de aspecto durante el último medio siglo. Ha crecido en sus contornos con nuevos edificios y con nuevas comodidades. La picota (que en Galve son dos); la Plaza Mayor, con el edificio rejuvenecido de las antiguas escuelas, ahora en función de ayuntamiento; la iglesia de la Asunción, con su espadaña altiva, su nido de cigüeñas, y un retablo mayor de recargado barroco, que siempre admiré y en ello sigo; media docena de casonas sólidas, modelo de la arquitectura popular de la comarca a la que pertenecen, con no menos de dos siglos de antigüedad sobre sus dinteles labrados, conservan encendida aún la llama de lo auténtico, lo que diferencia a un pueblo de otro pueblo, y en el caso de Galve anda muy alta la cota a la que hay que llegar para igualarlo. No olvidemos que fue cabecera de señorío, al que pertenecieron doce lugares de esta sierra, hasta su disolución allá por las primeras décadas del siglo XIX. En la actualidad cuenta el pueblo con media docena quizá de establecimientos públicos: Centro Médico comarcal, bares y restaurantes, algún pequeño supermercado, y un hostal en el cruce de carreteras del que el pueblo se siente orgulloso.
- Lo que ocurre es que desde hace ya bastantes años esto se ha ido quedando sin gente. El pueblo ha mejorado mucho en viviendas, eso sí; las hay muy buenas y muy bien acondicionadas; pero la verdad es que cuando pasa el verano, esto se queda solo.
Me lo contaba Mariano Márquez Herrero, uno de los muchos galvitos que hace cuarenta o más años decidieron abandonar su tierra y emigrar en busca de horizontes más prometedores. Mariano tiene su casa en el pueblo y es de los asiduos a ocuparla durante el mayor tiempo posible. Mariano, hombre abierto y cordial donde los haya, lector habitual de nuestro periódico, tiene además en su casa de Galve un estudio de pintor donde pasa muchos de los ratos libres de los que dispone después de su jubilación. La casa de Mariano es un auténtico museo de obras propias.
- Claro; esto me entretiene mucho. Ahora lo tengo un poco abandonado por cosa de la vista.
- ¿Cómo le dio por dedicarse a pintar?
- Pues fue porque cuando me jubilé en la peluquería de señoras, tenía que llenar el tiempo con algo que me gustase; así que, me apunté a uno de esos talleres de pintura que hay en Madrid, y ya llevo hechos más de cincuenta cuadros.
Mariano no tiene preferencias por un tema concreto, lo pinta todo: una Maja de Goya, una plaza de Jadraque, un paisaje nevado del Pirineo, una estampa religiosa del Buen Pastor...
La Plaza Mayor, con el típico rollo gótico de villazgo en su mitad, con la fuente redonda manando sin cesar por sus dos caños laterales, y el edificio soportalado de las antiguas escuelas y ayuntamiento, es la imagen por excelencia, la más representativa de esta interesante villa serrana.

La sólida casa frontal de la plaza, reconstruida después y que ahora es Farmacia, fue en otro tiempo la vivienda de don Mariano Maín, el veterinario y alcalde por aquellos años. En la casa de don Mariano solíamos pasar algunas de las trasnochadas de aquel largo invierno del 62-63, reunidos en tertulia o viendo la televisión. El nutrido grupo de asistentes a la casa de don Mariano estaba formado por las fuerzas vivas del lugar en su conjunto: el boticario, don Salus; el médico, don Segundo; el cura, don Silvano; la maestra, doña Emili, y un servidor, con algún consorte más o familiar de cualquiera de los asistentes. Eran tertulias muy animadas, donde se hablaba de todo, a las que no convenía faltar so pena de convertirse en víctima propiciatoria. Cerrábamos la televisión un par de noches por semana, volviendo a casa después por carriles abiertos entre la nieve o pisando las placas de hielo que duraban meses. Eran costumbres y situaciones trasnochadas que casi cincuenta años después cuesta trabajo creer. Tenían su encanto, qué duda cabe, y a ellas era preciso ajustarse como parte del guión, y someterse en nombre de su majestad la buena convivencia.
Tardes interminables aquellas de los inviernos serranos, que me enseñaron a apreciar la belleza de tantos libros escritos por algunos de los grandes maestros de nuestra Literatura, olvidados en cualquier rincón del viejo armario de la escuela: “Los pueblos” de Azorín; las “Cartas desde mi celda” de Bécquer; “Peñas arriba” de Pereda; “La de Bringas” de Galdós; el “Platero y yo” de Juan Ramón; y “El Camino” de Delibes, como el autor de moda, que alguien me prestó, no sólo me sirvieron de grata compañia durante tantas horas muertas, a la luz débil de una bombilla, pegado a la estufa de leña que todavía guardaba el calor de la tarde, sino que me abrieron un ancho horizonte que en lo sucesivo, y así hasta hoy, ha sido parte fundamental de mi querer y de mi hacer: la literatura, cuyas primeras mieles probé tras esas ventanas del ayuntamiento, en la plaza de la villa, por encima de los arcos, que ahora miro con nostalgia y con cariño.
Quedan muy pocas de las personas con las que conviví durante mi estancia en Galve. Los mayores han ido desapareciendo. Las personas, como producto perecedero que somos mal que nos pese, tenemos fecha de caducidad como habitantes del planeta. Los jóvenes, por otra ley que no es sino el desarrollo natural de la persona, cambian de aspecto con el correr de los años, o se van y echan raíz en lugares distintos. Es el caso que por las calles de Galve -tantos años por medio- uno se encuentra como un extraño, viendo caras desconocidas que intenta, inútilmente, relacionar por el aspecto con los que pudieran ser sus antepasados.
Apenas quedan dos, cuatro familias, que pasado el tiempo siguen viviendo en el mismo lugar en donde vivieron antes. Epifanio Hernández, el Pinfa, es uno de ellos, con una carga de años más sobre sus espaldas, pero que ahí está, manteniendo su personalidad con aquel ímpetu y aquella viveza de cuando lo conocí, familia amiga de la que hoy sólo quedan en el pueblo, felizmente, él y su esposa, la señora Herminia, con los que me ha resultado un grato placer conversar en el portal de su casa hablando, ¡vaya por Dios!, también de recuerdos.
- Sí, don Pepe, sí; la vida se nos ha ido sin darnos cuenta. Y la cosa no tiene solución. ¡Qué tiempos aquellos!
A la salida de Galve de nuevo las praderas, un centenar o dos de vacas rubias pastando las hierbas secas del Rejal, junto al arroyo. El castillo sobre la muela contando las horas, los años y los siglos que han ido pesando sobre sus piedras, fugaces tal vez como el viento que las azota, desde que el Infante don Juan Manuel asentó allí sus reales y levantó la primera fortaleza, hoy un tanto en desamparo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

HERÁLDICA MUNICIPAL DE GUADLAJARA


Uno de los volúmenes que con mayor estima conservo en mi biblioteca es precisamente el que hoy presento en el escaparate virtual de este blog, donde los libros no sólo son parte indicadora y esencial de su título, sino también de su contenido.
Se titula este libro “HERÁLDICA MUNICIPAL DE GUADALAJARA”, publicado por Aache en el año 2001, y escrito por Antonio Herrera Casado y Antonio Ortiz García, éste último, autor, además, de la impresionante colección de escudos que ilustran la mitad, cuando menos, de las páginas del libro.
La primera parte del contenido está dedicada a Generalidades de la Heráldica: formas, partes del escudo, timbres, esmaltes y tinturas, y en general a todo aquello que es preciso conocer para interpretar debidamente cualquier pieza heráldica.
La segunda parte del libro se anuncia como “Heráldica de los Escudos Institucionales” . En este interesante apartado se incluyen, con la debida explicación acerca de cada uno, los escudos del Reino de España, el actual y el de los distintos reinos históricos de nuestra nación, así como el de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, y los correspondientes a las cinco provincias que la integran.
Y en una interesante y bien cuidada tercera parte, que ocupa nada menos que 250 páginas de las 340 que completan el libro, van apareciendo por riguroso orden alfabético, los 121 escudos municipales que de manera oficial existían en la provincia en el momento de la publicación.
Destacable la información escrita, tanto heráldica como histórica de cada uno de los escudos que se recogen en el libro, y tanto o más los magistrales dibujos, a todo color y a toda página, que van apareciendo a lo largo de su abundante contenido.
Un alarde de edición sobre algo que realmente era necesario tener a nuestro alcance. Una publicación, en fin, con la que la bibliografía guadalajareña se ve sensiblemente enriquecida.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

MONS. ASENJO, ARZOBISPO DE SEVILLA


Con motivo de su nombramiento por el Papa Benedicto XVI como Arzobispo Coadjutor de la sede sevillana, hace un año y por estas fechas, ya se dio la noticia y se hizo el debido comentario en una de las primeras páginas de este blog. El pasado día 5 -una vez aceptada la renuncia en la Santa Sede por motivos de edad, presentada por el que hasta ahora ha sido su antecesor, el Cardenal Carlos Amigo Vallejo- fue la ya esperada designación de nuestro paisano, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, como Arzobispo Titular de aquella archidiócesis, la noticia de mayor relieve que sobre algo tan nuestro se ha producido en la provincia con resonancia nacional. Guadalajara en general, y en particular su ciudad natal, Sigüenza, celebran con especial júbilo este acontecimiento, sin duda uno de los que permanecerán en nuestro historial a través de los años y de los siglos.
No es don Juan José Asenjo el primero ni, por tanto, tampoco el único guadalajareño que ostenta tan alta dignidad en la Iglesia dentro de la dilatada historia de la provincia de Guadalajara. Durante los siglos XVI al XVIII fueron algunos más los que llegaron a ejercer esa misma responsabilidad.
A partir de ahora quedamos a la espera de que se produzca el siguiente paso, el de su previsible nombramiento como Cardenal, es decir, el que le confiera la dignidad suprema de Príncipe de la Iglesia; una ilusión y un deseo por nuestra parte que esperamos ver cumplido en nuestro paisano y amigo, al que sinceramente le deseamos lo mejor en su nuevo compromiso.

UN PASEO POR LA GUADALAJARA INSÓLITA (y IV)


Y desde el corazón de la Alcarria escapamos —a vista de pájaro, porque le tiempo tampoco da para mucho más— a tierras de Molina. La comarca de Molina es tierra de santos, de cantos y de páramos solitarios donde durante el pasado siglo se dieron las temperaturas más bajas y más extremas de España. La ciudad de Molina, con sus numerosos palacetes, su famoso “Giraldo” sobre la torre de San Francisco, y su castillo de los Señores, dominado sobre el altozano en el que se alza la torre de Aragón el variopinto panorama de su nuevo urbanismo, es la capitalidad de una importante comarca histórica dentro del mapa general de la provincia de Guadalajara.
Las tierras de Molina —Señorío Norte y Señorío Sur— dan para mucho decir por cuanto a curiosidades, leyendas y costumbres se refiere, dadas a conocer convenientemente por los buenos cronistas que tuvo durante los últimos dos siglos. Aquí, en cambio, nos interesa destacar lo menos conocido, lo insólito, aquello que no deja de tener su importancia, pero que pasará al olvido si los que podemos hacerlo no nos preocupamos de llevarlo al papel impreso. Por mi parte, creo haber cumplido convenientemente con ese sagrado deber.
En este paseo por los aires del antiguo Señorío Molinés, planeamos sobre dos villas gemelas, próximas, y, naturalmente, rivales. Es aconsejable conocerlas. Las dos limitan con Zaragoza a la altura de la laguna de Gallocanta. Milmarcos y Fuentelsaz don las dos villas a las que me refiero. Aparte de sus extraordinarias casonas señoriales, interesantes tanto en uno como en otro lugar, fijamos nuestra atención en aquella peculiaridad lingüística que sus hombres, esquiladores de ovejas y músicos casi todos ellos, solían poner en práctica al salir de su tierra, para que los amos y los curiosos que metieran la nariz en su trabajo, quedasen en ayunas de su conversación. Le llaman “La Migaña” en Milmarcos, y “La Mingaña” en Fuentelsaz para distinguirse; pero en realidad eran la misma cosa. Fue una jerga inteligente, que cuajó entre los habitantes de aquellos pueblos, pero que está condenada a desaparecer con las nuevas formas de vivir, y a pasar al olvido sin apenas dejar señal en nuestra cultura. Por lo menos un breve diccionario y algunos textos en “migaña” deberían existir. Algo se ha hecho, pero muy poco, y mucho me temo que sin ayuda de nadie.
El muleto acurva retozón es la frase con la que los esquiladores de Milmarcos y de Fuentelsaz decían en "migaña" que la comida es mala. Dica el vale, que fila navega de manduga, significaba “Mira que cara de burro tiene el amo”. La cimila navega gallardas dianas, servía para decir “La chavala tiene una hermosa pechera”.

Un lucero con amayas de juanrojo
Del Quilache de limes acurvaron,
Trinidad de tarines de rodajos
Y a mochales de manfuros dicaron.

Como han podido comprobar en el anterior cuarteto, la “migaña” también se prestaba a la composición literaria.

Y pasamos por Campillo de Dueñas, el pueblo que ha dado al mundo más de doscientas vocaciones religiosas en los dos últimos siglos. Por La Yunta, que jamás perteneció al Señorío de Molina, sino a la Orden de San Juan, con su curiosa leyenda del “Cristo del Guijarro” unida a su historia y al saber de sus gentes. Por Rueda de la Sierra, el pueblo natal del primer obispo de Madrid-Alcalá, don Narciso Martínez Izquierdo, asesinado a traición en la iglesia de los Jerónimos por el cura Galeote. Y pasaremos también por Canales de Molina, para contemplar in situ, si alguien nos acompaña hasta su escondrijo, la llamada Peña Escrita, todo un enigma de signos grabados en la piedra, de cuyo origen nadie nos ha dado razones convincentes.
Y cruzaremos la carretera, y pasaremos el puente románico sobre el río Gallo, para referirnos al hecho tremendo que ocurrió en el pueblecito de Tierzo, hacia la segunda década del siglo XX, y que sirvió de argumento para el famoso drama La Malquerida, de Jacinto Benavente. Saltamos después a Castilnuevo, junto al río Gallo, lugar hoy prácticamente despoblado, donde es razón de fe que se inspiró Cervantes para situar —con su caserón-castillo en lo más alto— la “Ínsula Barateara” en la que gobernó el bueno de Sancho.
Y concluyo este viaje virtual, un poco a salto de mata por la Guadalajara Insólita, en Orea, el pueblo más alto de la Provincia, a 1500 metros de altura, que no está nada mal; pero con unos parajes y unos paisajes dignos de ser conocidos y de ser disfrutados, como el de la “Fuente de la Jícara”, junto al único pino de seis troncos que existe en España, y con una curiosidad fisiológica registrada en el pueblo, única en el mundo. Nos habla de ella el Padre Nirember en su libro Relaciones Fisiológicas, según el cuál, al ciudadano Roque Martínez, natural y vecino de Orea, le nació un espino cerca del estómago, que cada primavera le solía crecer y se ponía verde. ¡Para que luego digan que en Guadalajara no somos únicos!

(En la fotografía, Plaza Mayor de Milmarcos)