jueves, 3 de septiembre de 2009

FIESTAS VIRGEN DE LA ANTIGUA ( I I )


La fiesta

Hasta aquí en la página precedente, muy a grandes rasgos, lo más elemental que todo guadalajareño debe conocer por cuanto a la historia y devoción de su ciudad a la Virgen de la Antigua. Lo demás, que es mucho y bien documentado por cierto, salió a la luz en un hermoso libro que por su mérito ha de pasar a la historia de la ciudad, escrito por el sacerdote briocense don Jesús Simón y que fue publicado en 1992 por la real Cofradía en una edición cuidadísima que Guadalajara acogió con cariño, y que ahí está como valiosa aportación documental al servicio de todos.
Los actos que cada año realiza la capital de provincia en torno a su Patrona, y que procuran mantener encendida con viveza la llama de la tradición, se centran de manera especial en la primera semana del mes de septiembre con el traslado de la imagen a la Concatedral de Santa María y posterior regreso a su santuario, lo que siempre lleva consigo una serie de actos con los que la ciudad de Guadalajara se identifica desde tiempo inmemorial. Puede muy bien afirmarse con respecto a esas fechas, y de un modo muy particular a la del día 8, que el sentido de guadalajareñismo que a lo largo de todo el año el público mantenía adormilado, sale a la superficie impulsado por la fuerza emotiva del acontecimiento.
En pocas ocasiones a lo largo del año se ofrece al ciudadano de Guadalajara la oportunidad de sentirse protagonista de un acto sencillamente sublime, de vestir con total fundamento las galas tradicionales del añoso atalaje autóctono, del capitalino en particular y por añadidura al que corresponde al resto de la ciudadanía en toda la provincia. Jamás toman las calles por las que pasa el cortejo procesional un aspecto tan jovial, tan emotivo y tan respetuoso a la vez, como el que luce Guadalajara en la tarde septembrina del día de su Patrona. Los vítores y los cantos de alabanza a la Señora; los trajes de vetusto paño y serio matiz de este viejo rincón de Castilla; la ofrenda de productos de nuestro campo trabajado con sudor y con mimo por generaciones de gentes de bien; los cuerpos airosos de la juventud luciendo con garbo la vestimenta de las grandes ocasiones; el pueblo llano abarrotando por miles las calles, las plazas y las aceras por las que pasa la procesión, es una imagen viva que debería quedar como ilustración de lujo para adornar en página preferente el libro de la historia local, el reflejo mil veces repetido del sentir de la vieja ciudad en esos días.
Nos encontramos a escasas fechas del mes de septiembre, dispuestos a retomar de nuevo el tiempo de los quehaceres ordinarios, que al menos en nuestra cultura nos deja el ciclo vital que va repitiendo cada año las mismas cosas, los mismos momentos, las mismas inquietudes y proyectos. Somos esclavos del tiempo y de las circunstancias y caprichos que el tiempo nos trae. Estamos a punto de hacer una escala importante en el camino que cada año estamos obligados a recorrer en el tic-tac de los días. Ferias y Fiestas de Guadalajara, la hora de todos, nada mejor para comenzar con buen pie ese camino que por repetido tan bien conocemos. La vida tiene muchos más momentos gratos que desdichados, es cuestión de saberla entender con sentido común en la mayor parte de los casos. Las fiestas patronales de la Virgen de la Antigua, son en Guadalajara un momento ideal como para sentirse a gusto, para disfrutar participando en ellas siempre que nos sea posible. Felices fiestas a todos.

sábado, 29 de agosto de 2009

FIESTAS VIRGEN DE LA ANTIGUA ( I )


La historia

El ciclo vital de hombres y de ciudades se repite impulsado por el tiempo como una rueda que gira. Nos encontramos un año más en el pórtico de las Fiestas Patronales de la ciudad. Guadalajara cambia de aspecto durante unos días y dedica a sí misma y a sus moradores estas fechas míticas del mes de septiembre. Bueno es que los hombres pasen y que las instituciones y las costumbres sigan su rumbo más largo que el nuestro. Las fiestas de la Virgen de la Antigua tienen en la ciudad una estela de siglos. Historia y fiesta; de ello hablamos en el presente reportaje dividido en dos partes debido a su extensión.


Con la fuerza del verano de caída, cuando los habitantes de temporada en nuestros pueblos comienzan a preparar las maletas, si es que antes no lo hicieron, y a dejar en orden los enseres en sus segundas viviendas pensando en el año que viene, ahora más lejano que nunca si se sueña en disfrutar de nuevo las vacaciones con el campo, el arroyo y la montaña tan cerca; cuando se vislumbra a la vuelta de la esquina la soledad de los pueblos en el umbral del otoño como inevitable amenaza, es el momento en el que la capital de provincia se dispone a celebrar sus fiestas mayores con la acostumbrada serie de actos, algunos de ellos particularmente coloristas y multitudinarios, en honor de su Patrona, la Señora por excelencia y Alcaldesa Perpetua, la Madre Común en cuya memoria los pueblos se convierten en ciudad y la ciudad se torna en pueblo al amparo de su patronazgo. Momentos que se repiten con mayor solemnidad y expectación cada año, siguiendo la costumbre que ha llegado hasta nosotros muy unida al hilo de la historia de la ciudad, y continuará -así lo prevemos y lo deseamos- saltándose tan guapamente como hasta ahora lo ha hecho, el complicado murallón del tiempo, generación tras generación, eslabón tras eslabón, en la formidable cadena de los siglos.

No parecen estar muy de acuerdo los autores al señalar con absoluta solvencia el inicio de la devoción a la Virgen de la Antigua entre los habitantes de la ciudad, si bien, todo parece indicar que una gran parte de ellos se inclinan por reconocer cómo ya en la Edad Media los mudéjares guadalajareños veneraban a la Madre de Dios, bajo el título de la Antigua en la iglesia de Santo Tomé, es decir, en el mismo lugar donde está su actual santuario. Ello nos hace pensar que podría ser posible lo que cuenta una vieja tradición, cuando dice que Alvar Fáñez de Minaya, una vez recuperada la ciudad del poder de los moros, lo primero que hizo fue rezar a los pies de una imagen de la Virgen en aquella primitiva ermita. Sí que parece ser cierto, no obstante, que a principios del siglo XVI la devoción estaba consolidada en la ciudad, incluso a nivel popular, y de ello existen documentos que lo acreditan.
Por cuanto a la imagen, no fue la actual la primera que se veneró en su santuario, sino que antes había existido otra, presumiblemente medieval, que le precedió en el culto; siendo ésta que todos conocemos una representación barroca, del siglo XVI según unos, del XVII según otros, de la que tan sólo existen las tallas la cabeza y de las manos, pues el resto del cuerpo es un simple armazón de madera que sirve de relleno y de sostén a la imagen vestida. El título de la Antigua no le viene dado precisamente por la antigüedad de la talla, sino por lo remoto de su devoción en la ciudad, imposible hoy de situar en un momento concreto.
La Real Cofradía de Nuestra Señora de la Antigua, ahora en admirable vitalidad, tiene su principio en el año 1600 según los documentos, formando un todo común con la del Santísimo Sacramento, y siendo su primer prioste un tal Pedro Moreno, vecino de la ciudad y cofrade de la misma.
Como Patrona de Guadalajara lo es desde el mes de diciembre de 1883, tiempo aquel en el que el arzobispo de Toledo, cardenal Moreno, otorgó dicho patronazgo cumpliendo con lo acordado por el Excmo. Ayuntamiento, en pleno de la Corporación celebrado el día 12 de septiembre de aquel mismo año, siendo alcalde de la ciudad don Ezequiel de la Vega.
La coronación canónica de la imagen -sin duda, el acto más solemne del que en toda su historia ha sido protagonista la Patrona de la ciudad- tuvo lugar el 28 de septiembre de 1930, día en el que cuentan cómo Guadalajara vibró de júbilo con motivo de tan importante acontecimiento. Se habían recaudado cerca de 42.000 pesetas de donativos en aportaciones voluntarias para adquirir la corona, aparte de un número considerable de joyas que varios devotos habían entregado para su confección. El acto tuvo lugar en la Concordia, y estuvo presidido por el arzobispo de Toledo, cardenal Segura, que fue quien colocó la corona sobre la cabeza de la imagen entre el aplauso y el entusiasmo de los miles de asistentes, estando presente el obispo de Sigüenza, don Eustaquio Nieto, la Corporación Municipal, la Diputación Provincial, sus Altezas Reales don Luis Alfonso y don José Eugenio de Borbón en representación del Rey, el minustro de Justicia, conde de Romanones, y el pueblo todo en una viva manifestación de fervor y cariño hacia la imagen de su Virgen coronada.

jueves, 20 de agosto de 2009

RUTAS TURÍSTICAS DE GUADALAJARA


La provincia de Guadalajara, transcurrida casi la primera década del siglo XXI, continúa siendo, a pesar de sus innumerables y sugestivos encan­tos, una tierra sin descubrir. Catorce son las rutas turísticas que en su día señalé con todo lujo de detalles en libro que, en otros tantos fascículos para su posterior encuadernación, publicó el año 1992 en el semanario "Nueva Alcarria". Las mismas rutas, y de una manera tan sucinta que apenas puedan servir de breve referencia al lector para conocerlas, las ofrezco aquí con la que bien pudiera ser la noticia más destacable de cada una de ellas. Son las siguientes:
Ruta I. La Alcarria Baja: Que partiendo de Guadalajara, por Pioz y Fuentenovilla, llega hasta Mondéjar, extendiéndose luego hasta las villas sureñas del antiguo alfoz de Zorita: Albalate, Almonacid, y el propio lugar de Zorita con las ruinas de su viejo castillo calatravo y las de la ciudad visigótica de Recópolis, pueden ser algunos de los motivos más interesantes.
Ruta II. El Alto Henares: Ofrece al visitante el arte y la monumentalidad de Sigüenza, con la catedral, el castillo, y sus tres barrios característicos y diversos: el románico, el renacen­tista y el barroco. Desde Sigüenza se llega fácilmente a Guijosa y Cubillas, a Palazuelos y Carabias, lugares generosos en oferta histórico-artística. Algo más al norte merece la pena acercarse hasta Alcolea de las Peñas y Santiuste.
Ruta III. El alto Señorío de Molina: Es la ruta de las casonas molinesas, de los castillos y de los pairones, si bien, este tipo de monumentos se hallan repartidos por todas las tierras del Señorío: Tartanedo, Hinojosa, Milmarcos, Villel de Mesa, Fuentelsaz, el Románico Molinés de Labros y de la ermita de Santa Catalina, con los castillos de Embid, de Zafra y de Villel, son motivos de interés para quienes deseen conocer esta ruta.
Ruta IV. Tierras del Jarama y la Campiña: Son estas las tierras más próximas a la capital partiendo en dirección norte. Uceda y El Cubillo conservan aún valiosas muestras del arte románico. El monasterio de Bonaval, en Retiendas, es una valiosa lección de arquitectura medieval en estado ruinoso. Cogolludo, con su magnífico palacio de los duques de Medinaceli, es una de las villas más destacadas de esta ruta. Más al norte queda Tama­jón, en plena sierra.
Ruta V. Atienza y el Románico Rural: Tiene esta ruta como corazón la villa de Atienza, con su castillo alzado sobre la enorme peña que resguarda al lugar. Atienza, su historia, arte y costumbres, merece conocerse. Todavía quedan seis de las doce iglesias románicas que tuvo en pasados siglos. Luego, el bello muestrario medieval en las iglesias de Albendiego, de Campisábalos y de Villacadima en su misma comarca, que, con el Hayedo de Cantalojas más al poniente, hacen de esta una de las rutas más densas e interesantes de la provincia.
Ruta VI. El Alto Tajo: Debe ser ésta la ruta de los grandes encantos naturales. Está situada al este de la comarca alcarreña. Conviene conocerla y gozar con la presencia de rincones tan gratos como el Puente de San Pedro, el Hundido de Armallones, el monaste­rio cisterciense de Buenafuente, y de pueblos tan originales como Arbeteta, Ocentejo, Huertapelayo y Zaorejas, entre otros.
Ruta VII. Los Pueblos Negros: Es la ruta más singular de todas. Andar por ella es adentrarse en una Guadalajara diferente. La particularidad más destacable la tiene en el color oscuro de las piedras de pizarra con las que construyeron sus casas. Se encuentra en el noroeste de la provincia, coincidiendo con el llamado Macizo de Ayllón. Valverde de los Arroyos, Majaelrayo, Campillo de Ranas y El Cardoso son, de todos ellos, los pueblos más característicos.
Ruta VIII. El Bajo Señorío de Molina: Ocupa, como bien se desprende de su nombre, la cuña sur de las tierras del Señorío. Aquí juegan las bellezas naturales de la sierra molinesa con la recia personalidad de sus pueblos. No debieran dejarse de conocer las villas de Setiles, Prados Redondos, Alustante, Valhermoso, Checa y Chequilla. Son abundantes, como en el resto del Señorío, las casonas señoriales donde vivieron destacadas familias del pasado.
Ruta IX. La Alcarria Alta: Es muy extensa e interesante esta ruta. La podemos situar entre las villas de Jadraque y Brihuega; ambas por sí solas son un justificado motivo de interés. Si a ello agregamos la villa de Hita, con restos de muralla de la época de su famoso Arcipreste, el monasterio de Sopetrán, el castillo de Torija y la extrañeza paisajística de Cívica, sin duda, cumplirá muy de sobra con la apetencia por conocer estas tierras.
Ruta X. La ruta de los pantanos: Es otro más de los fragmen­tos en los que se divide, para su mejor conocimiento, la comarca alcarreña. Aquí entrarían las villas de Sacedón, Alcocer, Escami­lla, Millana, Cifuentes y Trillo, los monasterios cistercienses de Monsalud y de Óvila, con toda la riqueza paisajística de los términos de Ruguilla y de Huetos, entre otros muchos motivos de interés.
Ruta XI. Molina y el Barranco de la Hoz: Podría dedicarse tan sólo a la ciudad de Molina y a sus más inmediatos alrededores. En Molina abundan las casonas blasonadas de los cientos de nobles que tuvo en siglos pasados, muchas de ellas con sus escudos de piedra sellando el muro. El famoso castillo de los Lara que corona sobre la ciudad la estampa molinesa completa su interés. No lejos se halla el Barranco de la Hoz, uno de los lugares, entre riscos, más espectaculares de la provincia, con su ermita románica en honor de la Patrona del Señorío. En Canales de Molina se conserva, al abrigo de una inmensa roca, la llamada Peña Escrita, que en cualquier caso supone una suerte el conocerla.
Ruta XII. A Pastrana por caminos de miel: Saliendo hacia Pastrana por la llamada "carretera del los pantanos" el viajero podrá encontrarse con los pueblos de Tendilla, Peñalver y Fuente­lencina, habiendo dejado a un lado el ruinoso torreón del viejo monasterio franciscano de La Salceda. Pastrana en es una villa alcarreña al gusto de la Castilla del siglo XVI, en la que se puede encontrar todo un tesoro variopinto de asuntos interesantes: la Historia, el Arte, el recuerdo aún vivo de tantos personajes como por allí pasaron, constituyen la gloria principal de Pastra­na.
Ruta XIII. Entre dos sierras: Se refiere a esa faja indefini­da de terreno que queda entre la ciudad de Sigüenza y el alto Tajo. Alcolea del Pinar cuenta con el primer interés: la Casa de Piedra y sus museos de curiosidades merecen detenerse allí. No muy lejos aparece la bella iglesia románica de Sauca, y bastante más al sur, ya en plena sierra, la famosa Cueva de los Casares en Riba de Saelices que es, con mucho, la manifestación más antigua del arte en toda la provincia.
Ruta XIV. La ciudad de Guadalajara: Merece la pena dedicarle toda una ruta turística para ella sóla. No es Guadalajara, incom­prensiblemente, una ciudad famosa por sus atractivos turísticos y bien que los tiene. El Palacio del Infantado, la iglesia conca­tedral de Santa María de la Fuente, el Panteón de la Vega del Pozo, algunos de sus parques y jardines, su exquisita gastronomía, son motivos, entre otros muchos, que justifican un día en Guadala­jara.
(En la fotografía: ábside románico de la iglesia de Santa Coloma, en Albendiego, perteneciente a la V Ruta)

viernes, 31 de julio de 2009

EL SEÑORÍO DE MOLINA


Ocupa toda esta comarca -la más oriental de la provincia- una extensión muy próxima a la tercera parte del conjunto total de las tierras de Guadalaja­ra, es decir, unos 4.000 kilómetros cuadrados. Sus límites territoriales quedan perfectamente defini­dos por razones históricas, si bien, se le agregaron posteriormen­te, cuando la reorganización administra­tiva en partidos judicia­les, algunos municipios más de la comarca de Maranchón.
Una inmensa paramera ocupa gran parte de las tierras del Señorío, con una altitud media que sobrepasa los 1.100 metros, en donde se han llegado a registrar (cuarenta grados negativos) las tempera­turas más bajas de España.
Son sus sierras principales las de Aragonci­llo y Caldereros, que lo dividen en zonas bien diferenciadas que a su vez se repar­ten en las famosas sexmas, según sus peculiaridades y caracterís­ticas más destacadas, y que son: Sexma del Pedregal, en donde quedan las minas de hierro de Sierra Menera; Sexma del Sabinar, boscosa, con abundancia de sabi­nas, de pinos silvestres y de maro­jos; Sexma de la Sierra, la más espectacular paisajísticamente de todas ellas, en donde se puede incluir una buena parte de la comarca natural del Alto Tajo; Sexma del Campo, vertiente hacia Aragón en la tierra más meridional del Señorío, con los términos cerealistas de La Yunta, Campillo de Dueñas y Tortuera. Los ríos más sobresalientes, aparte del joven Tajo, son el Gallo o río de la ciudad de Molina, el Mesa y el Cabrillas.
Molina de Aragón es el centro y la capitali­dad de todo el Señorío de su nombre; Villel de Mesa, Milmarcos, Tartanedo, Checa, Corduente, Alustante y Orea, son sus poblaciones principales, si bien, el número de habitantes, salvo en la propia Molina, ha descendido considerable­mente en las últimas décadas. La densidad de población en su conjunto es en el Señorío de Molina de las más bajas de España: dos habitante por kilómetro cuadrado en la actualidad.
Como detalle característico de estas tierras, merecen refe­rencia especial los palacetes o casonas solar de rancio abolengo que aparecen por toda la comarca molinesa, detalle que no suele faltar en cada una de las villas y lugares del Señorío, marcadas por escudos nobiliarios en memoria de las muchas familias de hidalgos que por allí vivieron. Así mismo dan carácter a sus pueblos los típicos pairones moline­ses, a modo de cruceros, que presiden y guardan las entradas de casi todos los caminos de acceso a cada lugar, dedicados siempre a uno o varios santos protectores.
Los municipios que se agregaron en 1834 al partido judicial de Molina, pero que no formaron parte de su histórico Señorío son los siguientes: Anquela del Ducado, Balbacil, Ciruelos, Clares, Codes, Luzón, Maranchón, Mazarete, Peñalén, Poveda de la Sierra, Tobillos y Turmiel. Tampoco el pueblo de La Yunta, situado en los rayanos con tierras de Aragón, fue considerado como parte del Señorío, debido a que los señores de Molina lo donaron a la Orden de San Juan, lo que le permitió regirse bajo administración y jurisdicción propias.

miércoles, 22 de julio de 2009

COLONIZADORES GUADALAJAREÑOS



La nómina de personajes nacidos en la provincia de Guadala­jara que intervinieron de manera directa y eficiente en el descubrimiento, colonización y evangelización de las tierras del Nuevo Mundo es demasiado extensa como para dejar, en el reducido espacio de una enciclopedia sobre temática general, cumplida cuenta de cada uno de ellos. De una buena parte de estos personajes se sirve noticia en el correspondiente lugar de este libro, por lo que aquí, apenas se dará la relación de nombres más destacados y en cualquier caso el lugar de su nacimiento.
Conviene partir de la base, no demasiado fundada por falta de documentación que lo acredite, que una teoría seria en su exposición del doctor Ricardo Sanz, da por seguro que Cristóbal Colón, el descubridor de las Américas, era natural de Espinosa de Henares, y que su madre no fue otra que doña Aldonza de Mendoza, dama destacada del siglo XV y miembro de la ilustre familia guadalajareña de los Mendoza.
Más seguras son las noticias por las que se dan como hijos de esta tierra a:
- Diego de Mendoza, natural de Guadalajara; uno de los hombres que acompañó a Cristóbal Colón en el viaje del descubri­miento.
- Nuño Beltrán de Guzmán, natural de Guadalajara, conquis­ta­dor de la región de Jalisco y fundador con Juan de Oñate de la Guadalajara mejicana.
- Blas de Atienza, compañero de Vasco Núñez de Balboa en el descubrimiento del Océano Pacífico.
- Fray Alonso de Molina, franciscano molinés, autor de un catecismo y de un diccionario en la lengua de los nativos mejicanos.
- Fray Alonso de Veracruz, natural de Caspueñas; fraile agustino, colaboró en la fundación de la Universidad de Méjico y fue un abnegado maestro para los indios.
- Pedro Pérez, nacido en Usanos; capitán a las órdenes de Hernán Cortés.
- Fray Gonzalo Méndez, de Guadalajara; fundador de la Provincia Franciscana de Jesús en Guatemala.
- Alonso de la Fuente, natural de Pastrana; compañero de Francisco Pizarro en la conquista de Perú.
- Rodrigo Campuzano Sotomayor, nacido en Guadalajara; marchó a las Indias como Maestre de Campo.
- Fray Andrés de Ayala, de Guadalajara; misionero francis­ca­no que murió martirizado por los indígenas.
- Fray Pedro de Ayala, natural de Guadalajara; hermano de Fray Andrés, y obispo de Guadalajara en Nueva España.
- Tomás López Medel, de Tendilla; ocupó entre otros cargos el de gobernador de Yucatán y Oidor de Guatemala.
- Fray Diego de Landa, de Cifuentes; primer Ministro Provincial de la provincia franciscana de Mérida. Escribió un catecismo en lengua maya.
- Pedro Gálvez Torrubiano, de Fuentelsaz; Virrey de Nueva España y Consejero del Real Consejo de Indias.
- Padre Gregorio López, natural de Alcocer; fue rector del colegio jesuita de Manila.
- Manuel del Castillo Negrete, de Peñalver; Oidor de la Audiencia de Manila.
- Lorenzo Suárez de Mendoza, de Guadalajara; quinto virrey de Nueva España.
- Juan García Barranco, natural de Brihuega; corregidor perpetuo de Puebla de los Ángeles.
- Fray Juan Coronel, de Torija; Provincial de la Orden Franciscana en Mérida de Yucatán.
- Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros, natural de Guadalajara; fue virrey de Méjico y después de Perú.
- Iñigo Ayala y Rojas, de Taracena; capitán de Infantería en Perú.
- Padre Pedro Díaz, de Lupiana; prefecto de jesuitas en Méjico.
- Diego Núñez de Avendaño, de Guadalajara; Oidor de la Audiencia de Lima.
- Fray Pedro de Urraca, natural de Jadraque; fraile de la Orden de la Merced, muerto en Lima en olor de santidad.
- Fray Manuel Yangües, de Guadalajara; escribió libros de doctrina cristiana y de gramática para indios.
- Fray Diego Ladrón de Guevara, natural de Cifuentes; obispo de Guamanga, Cuzco y Quito. Fue virrey de Perú.
- Juan de Dios Pérez Merino, de Valfermoso de las Monjas; Sargento Mayor del Nuevo Reino de León.
- Francisco Fabián y Fuero, de Terzaga; obispo de Puebla de los Ángeles.
Con cargo de menor rango, pero muy efectivos en la evangeli­zación, conquista y educación de los indios, se podrían dar otros tantos nombres de guadalajareños destacados en la aventura americana después del Descubrimiento.
(En la imagen una alegoría a los Colonizadores Guadalajareños. Obra de Rafael Pedrós)

martes, 7 de julio de 2009

BRIHUEGA


La villa de Brihuega se alza sobre un altiplano de la vega del Tajuña en la margen derecha del río. Cuenta con 3.038 habitantes de derecho incluidos los de sus pueblos anexionados que oscilan en torno a los 700 habitantes en conjunto. Separan a esta villa de Guadalajara 32 kilómetros de distan­cia; la extensión de su término, a la que se debe sumar la de los restantes municipios anejos, es de 293,1 km². y está situada a 897 metros de altura sobre el nivel del mar. Los pequeños municipios de la Alcarria anexionados al ayuntamiento de Brihuega son Archilla, Balconete, Castilmimbre, Cívica, Fuentes de la Alcarria, Hontanares, Malacuera, Olmeda del Extremo, Pajares, Romancos, Tomellosa, Valdesaz, Villaviciosa y Yela.
Se trata de una de las villas más interesantes de Guada­lajara y fue, hasta que por imposición admi­nistra­tiva se fueron disol­viendo, cabecera de uno de los nueve partidos judi­ciales históri­cos en que se dividió la provincia. Durante casi quinien­tos años la villa de Brihuega se vio rodeada de murallas que concluyó en el siglo XIII su señor y arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada. Es dato importantísimo en su pasado la fecha del 9 de diciembre de 1710, cuando las tropas de Felipe de Anjou (luego Felipe V) consiguieron abrir a cañonazos parte de la muralla y hacer saltar de manera violenta las puertas de San Felipe y de la Cadena, justo cuando se libró la batalla definiti­va contra el Archiduque Carlos, que puso en el trono español a la nueva dinastía francesa de los Borbones.
La Plaza del Coso, que es la principal de las plazas de Brihuega, adquirió nombradía por sus antiguos mercados, y en ella se encuentra hoy la puerta ojival de una Cueva Árabe, muestra de las típicas bodegas de la Alcarria. Son sitios evocadores y románticos dentro de la villa la plazuela de Herradores y la Fuente Blanquina; el castillo de la Peña Bermeja, bello mirador sobre las vegas del Tajuña; el Prado de Santa María y, sobre todo, sus famosos Jardines, situados junto al anillo de la que fuera en otro tiempo la Real Fábrica de Paños, sobre una prominencia que los briocenses conocen por Cerro de la Horca.
De las infinitas leyendas y tradiciones que se conservan en Brihuega, es muy conocida la que hace referencia a la princesa Elima y Santa María de la Peña, donde se habla de la conversión a la fe cristiana de una de las hijas del rey moro Almamún, tras haber tenido durante la noche una visión sobre­natural en la que se le apareció sobre una peña la Madre de Dios.
En la nómina de residentes ilustres y de figuras señeras de la Historia de España, registra Brihuega nombres tan signi­ficativos como el del rey de Castilla Alfonso VI, el rey moro Almamún, o los cardenales Ximénez de Rada o Tavera, ambos arzobispos de Toledo en sus respectivas épocas.
Como ciudad monumental son infinitos los atractivos que la villa guarda procedentes de otros tiempos; sobre todo por cuanto se refiere a recuerdos medievales allí presentes toda­vía en algunas de sus iglesias, en varios arcos de entrada como el de Cozagón, y en los restos de muralla todavía en pie.

lunes, 29 de junio de 2009

GALERÍA DE NOTABLES (III): ANTONIO BUERO VALLEJO


Antonio Buero Vallejo fue el más importante dramaturgo que ha dado España des­pués de la Guerra Civil. Nació en Guadalajara el 29 de sep­tiembre de 1916. Cursó los estudios de Bachillerato en el Instituto "Brianda de Mendoza", y marchó a Madrid en 1.933 empujado por su afición a la pintura para estudiar Bellas Artes en la capital de España. Durante la guerra civil de 1936 sirvió como enfermero, y se le condenó a muerte por el bando nacional a causa de sus actividades políticas en el bando republicano. Conseguida la libertad se dedicó a la pintura, que pronto habría de dejar en favor del teatro.
En 1949 ganó el premio "Amigos de los Quintero" con la pieza en un solo acto Las palabras en la arena, y el mismo año el "Lope de Vega" con Historia de una escalera, obra que vino a significar algo así como la definitiva recuperación del teatro en España.
El concierto de San Ovidio, En la ardiente oscuridad, Las Meninas, El Tragaluz, y La doble historia del Doctor Valmey estrenada en Inglaterra con gran éxito en 1.968, son segura­mente las obras más importantes de su magnífico legado litearario

El teatro de Buero Vallejo muestra, por lo general, la profunda preocupación del autor por el hombre. Es a manera de conflicto permanente entre la tragedia y la esperanza, visto desde un prisma marcado por el pesimismo. Su última obra, a la que tituló Misión al pueblo desierto fue estrenada en 1999, un año antes de su muerte, coincidiendo con el cincuentenario del estreno de Historia de una escalera.
Antonio Buero Vallejo ingresó como académico de número en la Real de la Lengua el 21 de mayo de 1972, y recibió el "Premio Cervantes" como justo reconocimiento a su labor literaria en 1986. Falleció en Madrid durante la madrugada del 29 de abril del año 2000, a consecuencia de un infarto cerebral. En toda España, y en su ciudad natal por motivo especial, se hicieron homenajes y actos de reconocimiento en su memoria.
El nuevo teatro y un Instituto de Educación Secundaria de Guadalajara llevan su nombre.