lunes, 13 de mayo de 2013

EN RUTA DE CASTILLOS


   
         A nuestra tierra, también a la de más al norte y a la de más al sur, se le llama Castilla precisamente por eso, por la gran cantidad de fortalezas que en ella se edificaron en tiempos del Medievo, y que en mediocre, malo o en peor estado, se mantie­nen todavía en pie algunas de ellas a lo largo de la ancha geografía castellana; en la mayor parte de los casos como recordatorio de un pasado que a buen seguro no sólo se limitó a dejar unos cuantos muros en pie sobre la colina, la muela o el pedestal de roca, sino que marcó honda huella en nuestras costumbres, en nuestra forma de ser, en el particular carácter que nos distingue y que surge a flor de piel apenas se hurga en los entresijos de nuestra personalidad avalada por la misma Historia. Los castellanos no somos mejores ni peores que los demás, somos gente de tierra adentro acostumbrada a encontrar entre el polvo de los siglos que envuelve los legajos de una vieja sacristía, o entre las piedras de un castillo en ruinas, toda una serie de añosas virtudes, y de viejos defectos también, que no sólo asumimos sino que hacemos nuestros como algo connatural.
            Por circunstancias que en este momento no vienen al caso, anduve durante una larga temporada de mi vida entretenido en un periodo de nuestra historia común bastante alejado del siglo XXI en que nos encontramos. La Castilla del siglo XV, por la que volun­ta­riamente viajé a través de los libros, con las tierras de Guadalajara colocadas siempre en lugar preferente como así lo testifican nuestros castillos, fue en aquellos tiempos el ombligo de toda la Historia de Occidente. Luego gozaría de una importancia todavía mayor, una vez descubierto el Nuevo Mundo con naves y con hombres de esta tierra.
            Resulta todo un gozo volver la vista atrás, y darse un paseo a través de los viejos escritos y de la imaginación, por aquellos escogidos lugares de asiento donde se celebraron fastuosos festines, se derramó sangre, se archivaron prisioneros en las mazmorras, y se urdieron leyendas sobre las que de vez en cuando conviene volver.
            El Dr. Herrera Casado, don Antonio, vecino de página en el diario Nueva Alcarria desde hace siete lustros, coautor de algunas publicaciones, editor de mis libros, y amigo sobre todo lo demás, publicó hace tiempo un interesante volumen –el número 24 de la colección de Aache “Tierra de Guadalajara” al que titula Guía de Campo de los Castillos de Guadalajara, que hoy, años después, he vuelto a ojear. Dejando a un lado su magnífica presentación (que se da por supuesta) y el acierto y buen orden al mostrar los contenidos (que también se da), sería justo calificar la obra como de utilidad pública, aunque tan desgastada frase  pudiera sonar a visión subjetiva producto de la amistad. En cambio, no es así.

            Uno reconoce haber sentido desde siempre cierto interés por este tipo de publicaciones, y no ha desaprovechado la ocasión de adquirirlas cuando le ha sido posible, y de conocer a fondo todo lo mejor que sobre el particular cayó en sus manos, y ahí incluye el "Castillos de España" de don Carlos Sarthou Carreres, (al que por muy poco no llegué a conocer en su casa de Játiva, pero sí a su hija Lidia y al inmenso tesoro de su biblioteca); y el "Castillos de Guadalajara" de don Francisco Layna, padre y señor por excelencia de nuestra historia y de nuestro arte provincial; y algunos otros menos señeros, más de andar por casa, que durante los últimos años se han dejado ver en los escaparates de las librerías con mayor o menor fortuna.
            El libro del Dr. Herrera al que aquí nos referimos es algo distinto; se trata de una guía útil, bien documentada, libro de bolsillo o de guantera de automóvil para llegarse al sitio valiéndose de él y documentarse in situ a través de su lectu­ra. Su autor conoce el tema con profundidad, ha paseado las ruinas, ha fotografiado las piedras, ha buscado después en los libros de Historia y en otros documentos quiénes fueron los personajes y las familias que ocuparon aquellas fortificaciones, cuando y por qué, qué acontecimientos más destacables ocurrie­ron allí; y si todo era poco, también nos indica en su libro el camino por donde ir y, cuando ello es posible, hasta el lugar más próximo en donde  aparcar el coche. Ni qué decir que sobre tipos de casti­llos, estructura y partes de que constan, castillos desapare­cidos, castillos de los moros, castillos mendocinos, y tantas curiosidades más en torno al tema, figuran en el libro a manera de curso rápido sobre todo lo que se debe saber para estar al día.
            Hasta cincuenta y un castillos de la Provincia he podido contar en el índice a los que, con un estupendo servicio de fotografías, planos y dibujos, se hace referencia en esta publicación. Castillos famosos, restaurados, puestos hoy en servicio con funciones bastante diferentes a las que tuvieron en otro tiempo, como pudieran ser el de Sigüenza, ahora para­dor de turismos, o el de Torija, museo del "Viaje a la Alca­rria" de Cela, primero que sepamos dedicado a un libro. Casti­llos, por el contrario, de difícil localización y de muy escasa nombradía, pero que figuran en la historia de esta tierra nuestra y de los cuales queda algún muro en pie como testimonio, tales como el de Inesque en el término de Pálma­ces, el de Diempures en Cantalojas, o el de Alpetea en el Alto Tajo, que si lo fue o no lo fue, de él queda la fortísima peña con aquel nombre y la leyenda del caballero Montesinos, una de las más conocidas y con más profunda raíz en todos aquellos pueblos.

            El Castillo, el Castillejo, el Castellar... Las tierras de Guadalajara están plagadas de topónimos que se repiten una y otra vez por casi todos los pueblos y en todas las comarcas. Cualquier altillo en las afueras del lugar se reconoce por alguno de esos nombres, aunque no aparezca rastro alguno de lo que el nombre nos da a entender. Valga como ejemplo el caso del Castillo de Motos en el Bajo Señorío Molinés para explicar­lo. Aquel castillo ya no existe. Lo mandó construir junto al pueblo un personaje nefasto, para desde allí dirigir el pillaje contra las personas y los bienes de los campesinos de la comarca. Lo mandaron destruir los Reyes Católicos y no dejaron de él señal alguna. Otros fueron desa­pareciendo poco a poco, al paso que los lugareños se llevaban sus piedras para construir corralizas, viviendas, tainas o parideras de ganado, quedando el nombre como recuerdo a la posteridad.
            El turismo cultural acabará por ponerse de moda. Los castillos, los pueblos, los lugares en fin donde la Historia tuvo a bien detenerse, comienzan a ser motivos de especial interés para los viajeros. Muy cerca de nosotros tenemos un apretado filón de estos motivos de interés, añosas piedras portadoras de mensaje que de alguna manera nos obligan en conciencia a que las conozcamos y a que sepamos algo del porqué de su existen­cia. La primavera, con los primeros rudimentos del verano acabó por abrir. El tiempo, el paisaje, los lógicos deseos de saber, de ver y de conocer, son un ingrediente más que se une al instinto viajero de las gentes de esta tierra, en donde nunca debiera faltar el poso permanente de nuestro pasado: los castillos.  

(Las fotografías corresponden a los castillos de Atienza, Pioz, y Zafra)

lunes, 6 de mayo de 2013

LA GUADALAJARA DE AMADO NERVO


          
  Por estas fechas se cumplen los primeros cien años desde aquel de 1913 en que un mexicano ilustre, el poeta Amado Nervo, visitó esta pequeña urbe castellana de nuestros amores y de nuestros pecados. De aquella visita casual a Guadalajara, ignorada para tantos, dejó escritas media docena de páginas únicamente, que vienen a ser un valioso documento para los que vivimos hoy, para los que hemos conocido una Guadalajara diferente a aquella otra de la que él nos habla, pero no tan distinta como para negarse a reconocer con asombro que las calles, los monumentos, las costumbres y las personas, hayan podido cambiar tanto a lo largo de un siglo.
            A uno, que disfruta hasta lo indecible descubriendo alguna cosa nueva cada día que amanece, le vino a las manos hace tiempo la crónica del autor de la "Amada inmóvil" en un tomo de edición reciente en el que se recogen sus obras completas. Aprovechó el autor modernista su viaje para llevar al papel la impresión, escrita en bellísima prosa, que le produjo esta ciudad junto al Henares donde encontró, como ahora veremos, tantas cosas interesantes para ver y de las que escribir.
            «De la estación -dice el autor al comienzo de su trabajo, refiriéndose, naturalmente, a la del ferrocarril- la carretera bordeada de olmos nos conduce, ondulante y en suave ascenso a la ciudad. Hay troncos que deben medir dos metros de circunfe­rencia. Yérguense derechos, poderosos, con no sé qué de monacal en el aspecto... Para que el encanto sea mayor, el Henares aquí corre límpido, luciendo sus cristales de un verde profundo, en el fondo de un cauce que recuerda el del Tajo, aunque en éste no haya bravas rocas, sino taludes de tierra roja, que con facilidad se desmoronan.» Luego habla de un molino que las aguas del río se encargan de mover, apenas se pasa el puente, y que es, sin duda, el que da nombre y sirve de parcial escenario a uno de los dramas románticos de José Zorrilla, sin que de él haya venido a quedar apenas el recuerdo de sus ruinas en la memoria de algunas de las personas más ancianas del lugar. Después, el autor continúa: «A la derecha, al lado de una vieja iglesia linajuda, se levanta, capaz, limpia, albeante, la Academia de Ingenieros... La Academia de Ingenieros es el alma de Guadalajara, que sin ella y sin su famoso Parque de Aerostación, bostezaría perennemente con el tedio y la modorra provincianos». Ni lo uno ni lo otro existen ya, desaparecieron durante los años del desmantelamiento, dejando a la ciudad -es muy posible que así fuera- por unas cuantas décadas adormilada, ahogada en la penuria, viendo cómo sus propios hijos la iban abandonando con los ojos puestos en la vecina Capital de España, por no tener nada mejor que ofrecerles.

            El palacio de los Duques del Infantado impresionó durante el viaje al ilustre huésped, lo mismo que impresiona a quienes lo descubren hoy: «Yo no conozco edificio más admirable -dice- en esta España de los admirables edificios: por lo que insinúa, por lo que sugiere, por su poder invencible de evocación». La reseña se corresponde por su merecimiento con la cosa reseñada. Sin salir del palacio mendocino, Amado Nervo subraya en su crónica que dentro de las salas y alojamientos se educaban y guarecían doscientas niñas "huérfanas de las guerras peninsulares y coloniales", alojadas como reinas y bajo los cuidados de unas cuantas hermanas de la Orden de la Sagrada Familia. A continua­ción, se detiene en proferir elogios en honor de las diferentes estancias palaciegas, de sus bellísimas pinturas murales, de sus ricos artesonados, y de los azulejos de Talavera que recubrían los muros a manera de friso. Los tapices, que ya no debían de existir por aquel entonces, "ahora los sustituyen por un papel pintado de tonos oscuros".
            El viajero continúa su camino para detenerse en la iglesia de Santa María. Luego de describirla en su exterior de forma somera, el poeta dice que allí «existe otra de las maravillas de Guadalajara: la Virgen de las Batallas, que Alfonso VI, el soberano del Cid, llevaba consigo dondequiera. Es una estatuita sedente, como de setenta centímetros de altura, con el Divino Infante en los brazos.» Al hacer mención de la capilla lateral a la nave, refiriéndose, claro está, a la del Santísimo de la concatedral, el autor escribe: «Una capilla anexa, llena de severidad y de penumbra, sirve de panteón a los Duques de Rivas. Allí duermen, "esperando la resurrección", como he leído alguna vez en ciertos epitafios, desde don Nuño Guzmán y don Gómez Suárez (1501), hasta los padres del autor de "El moro expósito"». Como puede verse, aun no libre de ciertas imprecisiones propias de un primer contacto, como pudiera ser el hecho de atribuir al retablo mayor de la ahora concatedral de Santa María ciertas reminiscencias del Greco, cuando sus tallas y relieves nada tienen que ver con las figuras espiritualizadas y deformes del pintor candiota; el relato es, no obstante, sugestivo y no falto de valor teniendo en cuenta que se trata de una visión fugaz, lógica en un turista que viene de paso, aunque en esta ocasión el visitante sea un personaje excepcional, cuyo nombre mereció inscribirse en el listín de las grandes celebridades nacidas en la América Hispana.
            Nuestro hombre pudo observar con sus propios ojos y en su mejor estado, lo que después de los destrozos de la guerra civil ahora no nos es posible: los bellísimos mausoleos de don Pedro Hurtado de Mendoza y de su mujer, doña Juana de Valencia, en ambos lados del presbiterio en la iglesia de San Ginés. Y así, mucho más afortunado que nosotros, Amado Nervo apuntó en su cuaderno de viaje unos cuantos detalles referentes al desaparecido templo de San Esteban, situado en la plaza que ahora lleva ese mismo nombre, y del que el autor cuenta, no poco sorprendido, lo siguiente: «En San Esteban, iglesia limpia y modernizada de uno de los conventos de Guadalajara (calle de San Bartolomé) dizque está enterrado nada menos que Alvar Fáñez de Minaya, el que llevó los famosos presentes aquellos, de parte del Campeador, al Rey don Alfonso, el formidable compañero y primo del Cid, el conquistador, en fin, de la ciudad... Yo busco en vano huellas del sepulcro, tembloroso de emoción. Entre las penumbras de la tarde, solo encuentro el de Beltrán de Azagra: "Aquí está sepultado -dice la inscripción de la hornacina (crucero de la izquierda)- el magnífico caballero Francisco Beltrán de Azagra, hijo de los muy magníficos señores Diego Beltrán de Azagra y doña María Teresa Lozano y Bobadilla. Murió a veinticuatro días del mes de noviembre de 1547. El magnífico caballero duerme abrazado a su espada, en su apetecible sosiego de más de tres centurias». Aunque en algún lugar debió aparecer escrito, ni el desapare­cido templo de San Esteban de Guadalajara, ni en el monasterio de Uclés en la Mancha Conquense, reposan los restos del fiel Alvar Fáñez, sino en San Pedro de Cardeña, junto a los de otros muchos guerreros y amigos del Cid, aunque muy bien hubiera podido tener en cualquier templo de la ciudad su sitio como reconquistador que lo fue de ella.

         Un detalle simpático recoge el poeta mejicano al final de su breve trabajo al que tituló "La Guadalajara de acá", y que, debido a su interés costumbrista creo conveniente, como válido documento que es, la transcrip­ción literal del mismo. Dice así:
            «Al salir de nuevo a la Calle Mayor, un tropel de niños me rodea:
            - ¡Caballero, un cuarto para la Maya!
            Y me tienden minúsculas bandejas...
            Las Mayas son niñas a las cuales, en algunos pueblos de España, visten graciosamente, lo más majas posibles, el día de la Cruz de Mayo. Siéntanlas en una especie de trono, y los chicuelos del barrio piden cuartos para ellas, con los cuales ofrecen después una merienda suculenta.
            Tengo la fortuna de ver a dos Mayas en dos portales oscuros. Son las dos criaturas monísimas. Están allí muy adornadas, inmóviles, hieráticas (la Maya no debe hablar ni reírse), rígidas y graves como vírgenes españolas. Doy mi óbolo para cada una, y cumplido este deber con nuestra dama la Tradición -¡muy señora mía!-, me encamino, por la cinta de plata de la carretera hacia la estación.»
            Honor y gratitud, cuando menos al poeta,  un siglo después de su viaje casual a la “Guadalajara de acá”, y que como tantos que a lo largo de los últimos siglos pasaron por ella, dejó señal perdurable, a la que, tiempo por medio, gusta echar mano en un intento de conjuntar, en el paisaje donde ahora nos movemos, a la imaginación con el recuerdo.

(Las fotografías nos muestran un detalle del eterno Henares a su paso por Guadalajara, una imagen de la histórica escultura de la Virgen de las Batallas, y un retrato del poeta Amado Nervo) 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Mur de Guadalfajara

     
       Viene a ser bastante habitual el hecho de que rebuscando entre polvorientos legajos a los que nadie se preocupó de echar una ojeada, o repasando por casualidad las obras escritas de los más importantes autores de otros tiempos, uno se encuentre con normas de conducta magníficamente establecidas; con acerta­dos consejos que gozan, en principio, del valor que les confiere la experien­cia; con la fiabilidad carismática de las viejas filosofías. Desde las primeras civilizaciones registradas en los anales de la Historia, pasados siglo tras siglo en la llamada historia de la civilización, han ido apareciendo autores expertos en moralizar a las gentes a través de la que pudiéramos llamar Literatura filosófica, o Filosofía literaria, que tal nos da. La moralización ha tenido siempre cabida dentro de la Literatura, y de hecho ahí está la “fábula”  en su expresión más auténtica, casi siempre de carácter popular, utilizando como protagonistas a seres irracionales, generalmente animales, quienes valiéndose de su natural instinto generan la lección a la que el autor da forma, aplicable a hechos concretos y muy comunes dentro del vivir diario de los seres superiores, de las personas, que siempre tenemos tanto que aprender. Desde Esopo hasta Samaniego, pasando por el Arcipreste de Hita y otros más, la fábula ha sido uno de los caminos más utilizados para hacer reflexionar a las gentes de los últimos milenios, que en no pocos casos acababan por aprenderla de memoria, y hacer uso de ella como argumento válido cuando llegaba la ocasión. A los más viejos del lugar, aun en nuestros tiempos, los solemos escuchar echando mano al viejo sistema de la fábula, al lado del refrán que vienen a ser como su hermano mayor. De esto hablamos hoy.     

            Este manjar es dulce, sabe como la miel.
            Díjole el aldeano: "Veneno yace en él;
            al que teme la muerte el panal sabe a hiel,
            a ti sólo te es dulce, tú sólo come de él.

            La cita corresponde a una estrofa en cuaderna vía sacada de El libro de Buen Amor, una obra en lengua romance representativa de todo un siglo, el XIV, y escrita a retazos bajo los rigores de la tierra en la que vivimos, por un clérigo nacido en estos valles del Henares y de nombre Juan Ruiz. El poema al que aquí nos estamos refiriendo lo componen diecisiete estrofas de estructura similar a la que arriba se pone por modelo, la estrofa en alejan­drinos que tan en boga estuvo cuando a la vieja Castilla se le ocurrió versificar en poesía culta.

            La simpática historia que nos refiere el Arci­preste de Hita, habla de cómo un ratón cortesano -mur de Guadalfa­jara- fue convidado a comer en su humilde agujero por un ratón aldeano -mur de Monferrado (Mohernando)-. Por todo ágape le sirvió un haba, que malamente se pudo comer en compañía de su anfitrión en la paz de su pobre guarida campiñesa. El ratón de Guadalajara le correspondió de la misma manera, invi­tándole a compartir vianda en su escondrijo palaciego de la ciudad un martes, día de merca­do. El rústico comprobó complacido  y admirado cómo le eran servidos exquisitos manjares (queso, tocino tierno, pan recién cocido, una talega llena de harina blanca...) con lo que se sintió honrado y satisfe­cho.
            Pero he aquí que, cuando más animados andaban los dos dando buena cuenta del banquete, la portona del palacio comenzó a sonar. Era la dueña con una escoba en la mano. El ratón de Guadalajara huyó despavorido a esconder­se en su agujero; pero el aldeano, que no encontró sitio aparente en donde cobijarse, a bien tuvo hallar refugio en un rinconcillo oscuro de la estancia hasta que pasó el peligro. Luego, el anfi­trión le instó a que siguiera comiendo en paz y con buen apetito, a lo que el aldeano, trémulo aún, se negó con sabios razonamien­tos, haciéndole saber que prefería la pobreza en paz de su mísero refugio pueblerino a los oropeles y lisonjas de la vida ciudadana, hartos de peligros y de sobre­saltos como el que acababan de vivir, que convierten al indivi­duo en un ser infeliz.

            Prefiero roer habas, muy tranquilo y en paz,
            que comer mil manjares, inquieto y sin solaz;
            con miedo,  lo que es dulce se convierte en agraz,
            pues todo es amargura donde el miedo es voraz.
 
            La fábula que el autor quiso situar en un escenario de nuestro entorno, es aleccionadora y perfecta­mente aplicable a cada época de la vida sin pararse en tiempos ni en circunstancias, lo mismo que el Evangelio, aunque sea mucho lo que ha llovido desde aquellas primeras décadas del siglo XIV en las que se escribió.
            Uno, que ha disfrutado tantas veces en agradable convivencia con hombres del campo en su propio ambiente, en los ejidos del pueblo cargados de encanto y de recuerdos vividos, se da cuenta de lo que tiene de trágico el arrancar al hombre, con su ánimo a cuestas, del medio ordinario en el que ha vivido siempre, del lugar en el que fue niño, en el que fue mozo rondador tantas noches serenas, en donde un día vio volver a la tierra a toque de clamor los cuerpos muertos de sus seres queridos, aquello, en suma, que con el paso del tiempo no es otra cosa que la razón de su existencia.

            Cuántos ancianos solitarios solemos encontrar sentados al sol tibio del otoño o en las medias mañanas del mes de abril, en los parques de cualquier ciudad, o sobre los bancos pintados de grafiti en las ruidosas avenidas capitalinas. Cuántos grupos de viejos derrotados, descansando sobre el escalón a la sombra de un edificio de ocho plantas en lánguida conversación que nadie escucha. Gentes de madera excepcional que hace años en su aldea fueron algo, tuvieron un nombre; sacaron adelante una familia a trancas y barrancas; para al final, a la hora impía del sálvese quien pueda y siguiendo los dictados de los nuevos tiempos, quedarse solos, como el rústico ratón de Mohernando bajo la amenaza impía del palo de la escoba que lleva el ama, o entre la garra letal del depredador de turno.
            Resulta gratificante encontrar a cada paso en nuestra Literatu­ra referencias a este suelo que pisamos. No es mala cosa que a uno le recuerden de ciento al viento que la tierra en que vive es tierra noble, aunque desde hace siglos guste jugar con quienes en ella moran a juegos peligrosos. Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, hombre harto inteligente y magnífico observador que de estos menesteres sabía mucho, aquí nos lo recuerda. 

(En las fotos: detalle urbano de Mohernando, portona palaciega del Infantado y "Libro de buen amor") 

miércoles, 10 de abril de 2013

UNA MAÑANA EN CASA DE UCEDA



 Había algunos charcos de agua en los sembrados junto al camino la mañana que pasé por allí. Son tierras, dicen los agricultores del lugar, que necesitan su agua justa y ni una gota más, circunstancia ésta que se cumple en algunos términos más de los pueblos de la Campiña. Desde Villaseca hasta el empalme con Casa de Uceda la carretera es recta. El hecho, nada usual en la provincia, de ser un terreno llano en varios kilómetros a la redonda, permite que haya tramos de carretera trazados como con tiralíneas.
            En dirección norte Casa de Uceda marca el final del terreno llano. A partir de allí aparece el primero de los barrancos que preceden a los pueblos serranos propiamente dichos, con Valdepeñas de la Sierra como capitalidad de esta subcomarca tan personal situada entre la Campiña y la Sierra Norte.
            Acabo de entrar en Casa de Uceda, mañana de sol. No hay mucha gente por las calles como corresponde a un día cualquiera de finales del mes de febrero, cuando los días duran más y el invierno nos regala las inevitables heladas que malogran las yemas, y las flores si las hay de los frutales: “flor de febrero no llega al frutero”, dice el refrán. Las cigüeñas no dejan de machacar el ajo con su constate castañueleo desde lo alto de la torre. Es ésta una mañana tranquila y apetece andar por el pueblo. El coche lo he dejado en la Plaza Mayor, junto a los arcos del ayuntamiento. Muchos de los edificios de por aquí están levantados a base de ladrillo, amasado, cocido y fabricado, con tierra de estos contornos desde el siglo XVI, incluso anteriores, como se puede comprobar en el artístico ábside de la iglesia de El Cubillo, levantado con la misma clase de material. Pues así, aunque posterior en el tiempo, está construido ayuntamiento de Casa de Uceda y tantos edificios más, antiguos y modernos, como estamos viendo al andar por las calles. En las construcciones más historiadas, con siglos de antigüedad: iglesias, ermitas y palacetes de toda la comarca, se da así mismo la mampostería con pesadas guijarras de río incrustadas en los muros. En la iglesia, que veremos después, nos encontraremos con material de construcción de ambos tipos: torre de ladrillo y muros exteriores de mampostería y guijarro.


          Al lado del ayuntamiento, en esta Plaza Mayor, amplia, y tomada toda ella por la inmensa luz del sol de las doce, está la Calle del Arco, un callejón estrecho que comunica con una especie de placita interior que no tiene salida. Y frente al ayuntamiento, el famoso escudo de piedra que tanto me llamo la atención cada vez que pasé por aquí; un escudo por el que, según me contó hace muchos años el señor Justo Gil, llegaron a ofrecer varios cientos de miles de pesetas, y sus dueños optaron por dejarlo donde está, una determinación que les honra y que, desgraciadamente, nos se dio en otras muchas casas de los pueblos de la provincia, donde en tiempos pasados los anticuarios hicieron su agosto por cuatro perras gordas, dejando desmantelada una parte de nuestro patrimonio, principalmente en el medio rural.
            Se impone después acercarse hasta la iglesia que coge a cuatro pasos. En la esquina de la Calle de la Amargura hay tres señoras en animada conversación junto a la furgoneta del frutero. Les he hablado del poco gusto que solían tener los antiguos para poner a las calles esos nombres tan raros: calle de la Amargura, calle del Osario; me dicen que hay en el pueblo otras calles con nombres bien bonitos: calle del Pez, de los Jardines y del Zapato.
            La iglesia está dedicada a San Bartolomé Apóstol, es obra del siglo XVI, construida con material diverso: ladrillo, mampostería y guijarro, como antes se ha dicho, y con una galería porticada en su cara sur cubierta sobre columnas, que ha sido restaurada como toda la parte exterior de la iglesia en tiempos no lejanos. Nos llama la atención al pie del pórtico un pequeño monumento en piedra de granito pulimentado a la memoria del poeta-pintor Antonio Fernández Molina, quien, según la señora Cándida, que anda por allí recogiendo hierbas en un cubo, fue un señor que tuvo mucho que ver con el pueblo.
            - Sí señor; claro que tuvo mucho que ver con este pueblo. Cuando era niño se pasaba la vida aquí con sus abuelos. Luego venía algunas veces, pero ya menos.
            - Alguna idea tengo de eso, sí señora. Sus padres debieron ser de por aquí, ¿no?
            - Su madre era de Fuentelahiguera, y su padre yo creo que era de Viñuelas. Él nació en Alcazar de san Juan.
            Cándida levantó la tapa de un contenedor y en el mismo instante saltó de dentro un gato como lanzado con un resorte.
            - ¡Qué susto!
            - Son animales que no tienen dueño. Andan por aquí a ver si sacan algo para comer de los contenedores. Mire, hay dentro un trozo de tocino. Cuando me vaya se vuelven a meter.

            Sobre la fachada norte de la iglesia, junto a la puerta nueva, hay una placa en la pared en recuerdo del que fuera su párroco, don Santiago Moranchel, “En reconocimiento a su esfuerzo y dedicación a esta parroquia”. Tengo idea de que así mismo, en homenaje y memora a este sacerdote, hay otra placa similar junto a la puerta de entrada en la iglesia de Uceda. La señora Cándida vuelve desde el contenedor con una muñeca en la mano; una muñeca seminueva, un poco sucia por el sitio de donde procede, pero que alguien tiró como tantas cosas se tiran en pleno uso.
            - ¿Qué le parece austed? –me dice.
            - Pues muy mal; me parece muy mal. Imagínese la ilusión que habría hecho a tantas niñas de las de antes, cuando se tenía que conformar con las muñecas de trapo que les hacían sus madres.
            - De las de antes y de las de ahora. La dejaré por aquí, por si alguien la quiere.
            He mirado por todas las calles que pasé en busca de un bar. No sé, pero sentí de momento la necesidad de tomar un café, una caña de cerveza o un vino en el primer bar que encontrase. No vi ninguno. Cosa rara, pues la experiencia me dice que en los pueblos es el bar la última pequeña industria local que desaparece. Me sacan de la duda las tres mujeres que todavía siguen de conversación en la esquina de la calle de la Amargura junto a la furgoneta del frutero.
            - Sí que hay bar -me dicen las tres al mismo tiempo. Mire, allí al final de la calle, en la misma esquina a mano derecha tiene usted el bar.
            - Muy bien: Muchas gracias.
            El bar de Casa de Uceda se llama “La Canaleja” y atiende el servicio de barra una señora muy amable, que enseguida me atiende y pone a mi disposición y a la de otro cliente una serie de platos, hasta tres, con distinta clase de aperitivos para que nos sirvamos a nuestro gusto.
             - Sí, sí; puede coger lo que quiera, que para eso los he puesto.
            Es un salón amplio, limpio, cómodo y moderno, con mucha luz. Por las paredes aparecen fotografías de época con grupos de niños y de niñas de las escuelas, dele quipo de fútbol local, de las fiestas del pueblo y de toros y toreros.
            - Se ve que son aficionados a la fiesta de los toros –le digo.
            - Sí; por aquí hay mucha afición, como en casi todos los pueblos.
            - Se ve que en otros tiempos Casa de Uceda debió de ser un pueblo importante, ahora también, claro. Se ven por ahí varias viviendas antiguas que lo demuestran, ¿verdad?
            - Antiguamente -me explicó la señora- este pueblo perteneció a Uceda. Luego ya se hizo pueblo aparte, lo mismo que El Cubillo y Villaseca; pero de eso hace ya mucho tiempo. Y ahora, como casi todos los pueblos de por aquí, se está quedando con muy poca gente.
            - Claro; es un mal bastante generalizado en los pueblos de esta provincia y de muchas más. Estos de por aquí, será por la condición del terreno para la agricultura o porque están relativamente próximos a la capital, todavía se están sosteniendo. Hay muchos pueblos por ahí, sin ir muy lejos, que se han convertido en sitios para el verano, donde en días como hoy vas y no encuentras a nadie.     

miércoles, 13 de febrero de 2013

RENALES, PARADIGMA DE PAZ EN LA MAÑANA DE INVIERNO


Tengo que situarme en el mes de marzo de 1987 para encontrar la fecha en la que pasé una mañana en Renales y conocí el pueblo. Han pasado un montón de años, más de un cuarto de siglo desde entonces, tiempo suficiente como para conservar apenas ligera memoria de cómo era el pueblo entonces: una fotografía en blanco y negro de la fachada lateral de la iglesia con su espadaña altiva, y como imagen perdurable en el recuerdo la de la ermita patronal sobe el alto en las orillas, y una placita coquetona y hasta un poco elegante, con su farola en mitad; datos estos que, aun pasados los años, se conservan tal cual los vi, si bien, me ha sorprendido gratamente que se haya dado luz al pórtico de su iglesia románica descubriendo los arcos, ahora protegidos con unas rejas después de la restauración.

            La de hoy es una mañana fría de sol brillante. En los robledales junto a la carretera, que nos hemos venido encontrando desde la Fuensaviñán y Laranueva, predomina el efecto de la humedad en los campos. La carretera es estrecha, pero en buenas condiciones. Los pueblos están solos. Son casi las once y las condiciones del día no invitan precisamente a dar un paseo por los alrededores. A Renales llego un poco después. Me consta, de haber pasado por allí en otras épocas del año, que la entrada al pueblo es de las más optimistas que conozco, agraciada por la sombra de los árboles altísimos que crecieron en torno a la fuente y al lavadero. En cambio, esta mañana el pueblo está desnudo, los árboles sin hojas, y por todo el valle sopla un vientecillo que invita a ponerse al sol, junto a la pared, como lo ha hecho el bueno del señor Valentín, tras los cristales de sus gafas y tocado con una gorrilla de tela que le protege del frío. Valentín Ortiz ha pasado casi toda su vida en el pueblo.
            - Pues, sí señor. Menos una temporada que nos fuimos a Alicante, cuando yo tenía dieciocho años, he vivido siempre aquí, trabajando en el campo.
            - Y en este momento se sale usted de casa a dar una vuelta ¿verdad?
            - Sí, voy hasta la nave. Es esa primera que se ve ahí subiendo hacia la ermita. La hice yo después de jubilarme. No he sido nunca albañil; pero le eché mucho cemento, buena piedra, y a ratos perdidos por ahí me la fui haciendo.
            - Me estoy dando cuenta de que tienen el pueblo muy bien.
            - No está mal, no. Han hecho muchas casas nuevas por esa parte de arriba. En verano el pueblo se llena de gente, ya sabe. Ahora somos pocos, veintiséis o veintiocho.
            - La fiesta la tienen en julio ¿no?
            - Sí; la fiesta es en el mes de julio. La Virgen del Carmen. Se celebra el fin de semana más cercano al día dieciséis, sea antes o sea después. Viene mucha gente. Aquí es que en verano se está muy bien, ¿sabe?, y en el campo hay sitios muy bonitos.
            - Seguro que sí.
            - Mire, hay un sitio que le llaman el Pozo Cantar, que tiene unas piedras muy grandes, así como con unas pocetas para subir. Hay higueras, hay orégano silvestre, y arriba hay dos cuevas, una natural y otra que la han hecho a pique.
            - Será difícil subir.
            - Subir se sube bien; pero ojo para bajar. Si se te va un pie, te estrellas. Yo sólo he subido una vez cuando era joven, con otro de Cuadradilla. Subimos a ver si criaba el avestruz, ¿sabe usted?, un bicho que le decíamos la Mariana. Allí dejé mi nombre escrito con lapicero. Tendría yo entonces unos dieciséis años, así que, dónde estará ya mi nombre.

            Tenemos junto a nosotros un parque infantil, y poco más abajo, en la umbría, unas cuantas mesas de merendero que, por el momento y hasta que llegue el verano lo están de manera testimonial. Al fondo, sobre la colina, la ermita del Carmen, y junto a nosotros, unos pasos más abajo, el pilón del antiguo lavadero y la fuente pública, reconstruida y protegida por tres muros sólidos de piedra en forma de U, que vierte por único caño sobre un leve piloncillo a ras de suelo. El agua de la fuente pasa por una especie de canal cerrado, muy largo, que en su tiempo debió de prestar un buen servicio al pueblo como abrevadero para las caballerías; una estampa típica de nuestro medio rural para los que peinamos canas, que ha pasado definitivamente a ser historia.
            Acabo de subir hasta la puerta de la iglesia, restaurada después de mi anterior viaje. Mirando a poniente, la espadaña románica con sólo dos vanos y un campanil al aire como remate. Esta iglesia dedicada a San Sebastián, está cerrada, como casi todas. Pienso que en su interior poco habrá cambiado, que todo seguirá siendo igual, o casi igual que cuando me acompañó en su día a conocerla un hombre del pueblo, muy amable, y dos mujeres: don Eugenio Martínez, Amelia, y Angelita la de Teléfonos. Recuerdo que me gustó, y que tomé algunos datos que he conservado hasta hoy: “La iglesia -escribí entonces- me impresionó en su pequeñez al poco de entrar en ella. Es de planta clásica, de nave con crucero, adornada con hermosos retablos barrocos y una cúpula en hemisferio. La imagen de San Sebastián preside el retablo mayor, y las de Cristo en la Cruz y Nuestra Señora del Pilar situadas en ambos laterales dentro del presbiterio. Hay otros dos retablos parejos, uno con la imagen de Santa Bárbara y otro con la del milagroso San Roque”. Me contó don Eugenio que el órgano, ya entonces destartalado, lo tocó él en su mocedad, hasta que tuvo veinte años; después nadie lo volvió a tocar y se acabó rompiendo.

            La Calle Mayor es una calle estrecha por la que corre un aire frío de demonios, que ocupa en su mitad un tractor parado en labores de descarga. A la puerta del Centro Social hay una señora esperando turno para la consulta del médico. Una mujer muy atenta, que enseguida que le di los buenos días me preguntó si no conocía el pueblo. Le dije que sí, que ya había estado otra vez, y que conocía a dos chicas de Renales que son hermanas, María Jesús y Nuria.
            - Pues yo soy su madre -me contestó.
            - ¡No me diga! ¡Qué casualidad! Pues no sabe cuánto me alegro. Ahora no estarán por aquí, claro.
            - Nuria sí que está. Dentro de un rato se va para Guadalajara.
            - Hace mucho tiempo que no veo a Nuria, a María Jesús quizá algo menos. ¿Podré saludarla?
            - Claro que puede saludarla. Mi casa la tiene usted ahí al volver.
            Nuria Lázaro, a la que hacía años que no veía, trabajó en sus años de vida laboral en la administración de nuestro periódico. Hablamos un instante sobre la situación laboral en todas partes. La verdad es que los años no han pasado por ella.
            Por lo demás, la visita al pueblo transcurrió de manera casi fugaz. Un vistazo a la iglesia desde el exterior, contemplando a través de los arcos acristalados y enrejados la portada en piedra multicentenaria, y la pila bautismal, románica también, que se alcanza a ver desde la calle a través del cristal. El reloj municipal va dejando caer sobre el ambiente las doce campanadas del medio día, ladra un perro, en los alrededores de Renales se distinguen, como en contrapunto a las demás, las viviendas nuevas de los veraneantes. En una especie de  placita o cruce de calles, es ahora una fuente lo que tengo junto a mí como detalle que me sorprende. No es una fuente como las demás que mane con chorro permanente, porque ésta funciona a golpe de manivela, a modo de palanca que al moverla con cierto ritmo hace salir el agua de un modo continuo. No es fácil encontrar en nuestros pueblos artilugios como éste, y que además funcionen. No me resistí a la tentación de hacerle funcionar moviendo la palanca.
            Y la Plaza Mayor después, tan fotogénica y elegante como cuando la conocí, tal vez algo más cuidada, con su farola de cinco brazos en mitad. El pueblo continúa en silencio; el viento ha dejado de soplar y es la hora en la que uno se empieza a sentir a gusto en las calles de Renales.
   No he podido evitar, al moverme de una lado para otro por las solitarias calles del pueblo, el imaginar cómo en cualquiera de las casas más antiguas, o de las restauradas quizá, pudo haber venido al mundo en el año 1787, el artista, excelente dibujante a plumilla y diseñador caligráfico entre otras habilidades, don Luís Gil Ranz, discípulo de Goya y autor de notables retratos de la grandeza de su tiempo, como el que hizo de la reina María Cristina, o el lienzo “Viático de Santa Teresa”, adquirido por el Estado en 1876. De la confianza que el ilustre pintor aragonés tenía puesta en su discípulo Gil Ranz, queda constancia, por cuanto existe información escrita, en donde se dice cómo Francisco de Goya le pidió que le acompañase a Zaragoza, a requerimiento del heroico general Palafox, para que contemplase in situ el triste espectáculo que ofrecía la ciudad después del ataque brutal de la francesada, y poderlo inmortalizar después en su pintura con un exacto conocimiento de causa.
            Renales, como algunos pueblos más de su entorno, me ofrece dos posibilidades para volver a casa: una, la que emplee en el viaje de ida, o sea, por Torremocha del Campo (desvío de Torresaviñán), y otra, la que tomo para el viaje de regreso, por Abánades, Canredondo y Cifuentes. Cualquiera de las dos se puede aconsejar con total confianza; para los que gustan de la velocidad o de la premura en el tiempo, tal vez la primera; para los que prefieran la variedad y el paisaje, mejor la segunda. Todo es cuestión de gustos; si bien, el viaje a estos pueblos situados al margen de las principales vías de comunicación, siempre resultan especialmente ilustrativos y ricos en interés.

jueves, 31 de enero de 2013

UN ATLAS DE NUESTROS PAISAJES



            El equipo de especialistas de la Universidad de Alcalá que bajo la dirección del profesor D.José Sancho Comíns, sacó a la luz a finales de 2011 el Atlas de los paisajes de la provincia de Guadalajara, ha tenido la gentileza de obsequiarme con un ejemplar del mismo. Es el resultado de un trabajo intenso, de tres años de duración, que se ha visto compensado con la feliz realidad de este volumen extraordinario, para el que me faltan palabras de elogio en un primer contacto con él.
            Consta el libro de 240 páginas en 27 x 34. La cuidada edición se debe a la propia Universidad de Alcalá y a la Caja de Guadalajara. Sus autores son diecisiete, todos ellos especialistas en los distintos aspectos que se tratan, entre los que se cuenta nuestro Cronista Provincial D.Antonio Herrera Casado.
            En esos aspectos, por señalar sólo algunos, aparece como estrella el paisaje provincial, el clima, la flora y vegetación, Geografía y geomorfología, zoogeografía, las aguas, la población…, y así hasta el menor detalle en interés científico y cultural con relación al pasaje y a los variados lugares de Guadalajara, avalado por el profundo conocimiento de sus autores en las diferentes materias a considerar, y por la inmejorable calidad de las fotografías, esquemas, planos y mapas, que completan su contenido.
            Una segunda parte, “Naturaleza e Historia del Territorio”, se ocupa del paisaje paso a paso, haciendo referencia en estudio particular de las distintas subcomarcas de la provincia, hasta diecisiete, en una cuidadosa disección de las cuatro comarcas características de la provincia.
            Se trata de algo diferente de lo que tenemos y conocemos dentro de la extensa bibliografía provincial. Predomina el aspecto científico de nuestras tierras, de nuestros pueblos y del solar que ocupan. El estudio de la población por municipios, con datos que arrancan del siglo XVI y continúan hasta el XXI, ofrecen un interés muy especial; la constitución del terreno por zonas concretas y bien delimitadas, Guadalajara en suma, se encuentra perfectamente recogida en un estudio meritorio que nos ha llegado en una más que loable publicación, que pasa a engrosar la lista de títulos y de saberes varios en torno a la provincia de Guadalajara.
           Ignoro si este libro está a la venta en librerías, aunque supongo que sí; tampoco sé de su precio, aunque sí de su presentación, calidad y contenido. Un libro útil que aconsejo a ese importante puñado de lectores ávidos de conocer todo cuanto se sabe y se escribe sobre Guadalajara.

lunes, 21 de enero de 2013

GALÁPAGOS EN LA ANCHA VEGA DEL TOROTE



Por estas mismas fechas en el año mil novecientos ochenta pasé una tarde a conocer el pueblo de Galápagos. A este lugar campiñés de la provincia de Guadalajara se puede entrar o no entrar cuando se va de viaje por la carretera de El Casar y de Torrelaguna, pues queda ligeramente al margen del camino, a tres kilómetros de distancia, según anuncia el indicador que hay plantado en el empalme. El ramal de carretera sigue paralelo al río, a muy poca distancia y en dirección contraria al correr de las aguas cuando las hay; pues es verdad que nuestros ríos, y éste de manera muy particular, el Torote, próximo a Galapagos, no se han rehecho en su caudal con las lluvias del pasado otoño.
            La distancia hasta la capital -veinte kilómetros escasamente- y de poco más hasta Madrid, ha permitido que este antiguo pueblo de agricultores al que estoy a punto de llegar, presente ya desde la distancia un aspecto diferente al de los demás pueblos, y desde luego al pueblo que antes fue. Estamos, amigo lector, en la comarca de las grandes urbanizaciones de la provincia de Guadalajara, en donde los pueblos, según el concepto tradicional que tenemos de ellos, han pasado a ser algo desconocido, auténticas ciudadelas residenciales del siglo XXI. El impacto de la era de la producción y del consumo, diametralmente opuesto al que durante muchas generaciones fue norma de vida en el medio rural, se ha hecho presente también en Galápagos de manera imparable.
            En las tierras de baldío que hay cerca del pueblo, a un lado y al otro de la carretera, pastan los tiernos rebrotes un centenar o dos de ovejas blancas, por entre los muros de los almacenes y de las naves industriales que han ido apareciendo en las últimas décadas. Atrás hemos dejado no menos de un centenar de camiones nuevos, sin carrocería, todos iguales, ocupando casi por completo el espacio de una ancha explanada. Y a la salida de una curva, la imagen primera del nuevo Galápagos, con sus viviendas recientes en color ladrillo, uniformes, alineadas, perfectas…  “Chalés a estrenar desde 160.000 euros”, puedo leer escrito en un cartel junto a la carretera; “Club Deportivo Vacacional”, en otro a cuatro pasos. El antiguo pueblo de agricultores, el Galápagos de toda la vida, queda escondido en medio del maremagnum de las nuevas edificaciones.

Los monumentos
            Acabo de dejar el coche en una primera plaza, apenas cruzar el puente sobre el arroyo Cañeque, que baja exangüe para unirse al Torote algo más abajo. Esta primera plaza se rotula como Plaza de Alcolea, en alusión a Alcolea de Torote, un despoblado próximo en el término de Torrejón del Rey, cuyas casas fueron demolidas en el año 1841, aprovechando las piedras y otros materiales para la construcción del ayuntamiento de Torrejón. Toda una historia, de la cual, de su existencia y desaparición sabemos poco pese a que en algún momento llegase a ser cabecera de comarca, tuvo castillo, y cerca de ochocientos vecinos en sus mejores tiempos.

            A mi lado, en la Plaza de Alcolea, hay un parquecito muy romántico y coquetón, con hojas secas en el suelo y sobre la fuente central, como con un poco de gusto palaciego: “Parque del centenario de D.Modesto Abajo. 15 de junio de 2011” anuncia el correspondiente cartel. Otros sobre un lateral de la plaza informan sobre la dirección que hay que tomar si se desean conocer los diferentes lugares de interés que hay en el pueblo, tales como el Paraje de la Cruz, la Fuente Vieja, la Plaza de Toros, el Ayuntamiento o la Plaza Mayor. Tomo por mi cuenta, guiado un poco por el instinto y otro poco por el recuerdo, el camino hacia la Plaza Mayor por la Calle Alcolea. Galápagos tuvo siempre, y así la sigue teniendo, una plaza memorable, con un palacio señorial como fondo, igual que las de Cogolludo y Pastrana. El palacio que tiene como fondo la Plaza Mayor de Galápagos perteneció en otros tiempos a los condes de Moriana, o de Villadaria como se les llamó por aquí, o “de Pie de Concha, emparentados con los reyes de Inglaterra; ahora el dueño es un hombre de dinero que casi nunca viene por aquí” según me explicó en mi primer viaje al pueblo don Manuel García Moreno, alcalde de Galápagos por aquellos años y un entusiasta y buen conocedor de aquél lugar de poco más de doscientos habitantes, de quien por motivos del cargo pendía toda la responsabilidad y el debido orden en el municipio.
            El palacio, levantando al gusto barroco, da un cierto empaque a la Plaza Mayor. La fachada es de un solo piso, en cuyo centro se muestra la portada de piedra tallada y coronada con el correspondiente escudo nobiliario en perfecto escudo de conservación. El viejo ladrillo campiñés, tan abundante en tantos nobles edificios por toda la comarca, es en buena parte la enseña de estos pueblos, que emplearon para dar forma a sus edificios más significativos: iglesias, ermitas, palacios, casonas señoriales… En Galápagos, tanto el palacio como la iglesia, que quedan como a cuatro pasos el uno del otro, están construidos con este tipo de material preferentemente, ya que en su fabricación y uso los artesanos de esta tierra fueron verdaderos maestros.
            La iglesia mira hacia el mediodía por los seis arcos del pórtico. Por encima de la torre vuela una bandada de tordos alrededor del nido de cigüeña. La iglesia de Galápagos está dedicada a la Cátedra de san Pedro en Antioquía. Una joya arquitectónica levantada a base de piedra y de ladrillo visto. Las columnas exteriores con sus respectivos capiteles dan al conjunto un aire de solemnidad. La iglesia está cerrada ya desde la verja que impide la entrada al pórtico, un detalle generalizado casi en la totalidad de las iglesias de la provincia para evitar los expolios, las profanaciones y los robos sacrílegos, pero que nos privan de conocer lo más interesante que por lo general hay en los pueblos. Por fortuna conservo el dato desde mi primer viaje, cuando acompañado de don Manuel, el alcalde, pude verla y opinar acerca de la impresión que me produjo, y que fue exactamente esto: “Lo más llamativo y singular de todo el edificio será tal vez su artesonado interior, el coro y, desde luego, las dos rinconeras arabescas en madera perfectamente conservada, formando un solo conjunto con el riquísimo encuadre de los techos.”  Pienso que todo seguirá siendo igual.

Por las calles       
            Es la de hoy una tarde húmeda. El campo, de aspecto triste al paso de las horas, muestra por los alrededores del pueblo una imagen gris, como corresponde a los primeros días del invierno en la comarca. No hace frío. El monte bajo y los pequeños cuarteles de olivar en la ladera aportan al ambiente una nota de calma y de serenidad. Es el momento de dar un paseo por las calles del pueblo antiguo, por el Galápagos de toda la vida, partiendo de la plaza.
            La Calle Real sale en dirección poniente. En la Calle Real predomina lo nuevo sobre lo antiguo. Entre dos balcones de una vivienda de la Calle Real hay una especie de estandarte o balconera de gran tamaño, con el texto alusivo a la Navidad escrito en inglés, y donde aparecen distintas escenas del nacimiento de Cristo en el portal de Belén: “Paz en la tierra, felicidades a todos”.


            Supermercado, autoservicio, alimentación, droguería, material escolar… En una plazuela lateral a la calle del Rosario, se anuncian algunos de los pequeños establecimientos comerciales del casco antiguo. En los chalés de la calle de la Alameda han colocado como elemento decorativo a la entrada de las viviendas algunos olivos trasplantados. Cuando paso por la calle Antonia de Blas de Quer, se me ocurre pensar que en Galápagos he visto más coches estacionados en las calles que personas, por lo menos en esta parte del pueblo próxima a la carretera. Justo en esta calle, en la Carretera, paso a tomar café al bar-restaurante Granada, uno de los establecimientos que quiero recordar ya existía en mi primera visita al Galápagos de los años ochenta, no sé si con el actual o con distinto nombre. El muchacho que me sirve dice que sí, que como bar tiene ya bastantes años.
            - Y como restaurante, su pongo que menos ¿no?
            - De eso algo menos; pero ya llevamos mucho tiempo dando comidas.
            - Hoy mismo se ve que tenéis mucho jaleo.
            - Sí; en estos días siempre hay varias comidas.
            - ¿Cuántos habitantes sois ahora en Galápagos?
            - Pues, exactamente no lo se; pero más o menos unos mil ochocientos.
            - Se ha construido mucho, claro. El pueblo está desconocido ¿Están vendidas todas la viviendas nuevas?
            - No, que va. Todavía hay mucho sin vender.
            Las cinco de la tarde y la luz esta comenzando a faltar. Apenas queda tiempo para echar un vistazo a la zona de servicios que hay al otro lado del arroyo: un polideportivo, la plaza de toros en estructura un tanto elemental, y lo que considero el ayuntamiento, por las tres banderas en el balcón, completamente nuevo. En el Silo se oye el murmullo de la gente que hay dentro, quizás una comida multitudinaria de los vecinos del pueblo, tan corriente en estas fechas. Una señora que sale me dice que sí.