martes, 3 de mayo de 2011

NUESTRAS ERMITAS


Guadalajara es tierra de ermitas. Ahí están muchas de ellas a pesar de los pesares. Venerables, solitarias, inamovi­bles; muchas luciendo en el paisaje el parcheo de la última restaura­ción. Las ermitas de Guadalajara se alzan dando un carácter propio al entorno del medio rural, sellando la tierra en donde nacieron como testigos fieles de la tradición, de las creencias y de no pocos saberes y decires tan ligados a la vida de los pueblos.
Con el tiempo han ido desapareciendo muchas de las ermi­tas de Guadalajara; pero son también muchas las que quedan todavía; más de dos centenares de pequeños santuarios dando sentido a los ejidos de los pueblos. Solitarios paraísos de quietud al alcance de todos, en los que el viento silba duran­te las noches de invier­no lamiendo sus esquinas; en donde las buenas gentes del lugar acuden en fechas señaladas a chapuzar­se en las apacibles corrien­tes de sus devociones y de sus recuerdos más íntimos.
Las ermitas se extienden por igual a lo largo y a lo ancho de todas las tierras de Guadalajara, no tienen para su emplaza­miento una comarca determinada de especial predominio. El tiempo de su construcción y el estilo arquitectónico al que pertenecen -casi siempre con el sello de lo rural como norma- son de lo más dispar que pueda imaginarse; pues, en tanto que la de Santa Catalina, por ejemplo, allá en los páramos moline­ses de Hinojosa, la de Santa Coloma de Albendiego en la sierra atencina, o la de La Estrella en la propia Atienza, son romá­nicas del siglo XII, la de la Virgen Dulce, también y por ejem­plo, situada sobre la cima de un montículo pinariego a las afueras de Horche, se levantó en 1982, es decir, casi a fina­les del XX.
No obstante, las ermitas guadalajareñas son en su mayor parte renacentistas o barrocas, levantadas por el fervor popular entre los siglos XVI y XVIII. Casi todas ellas están provistas de un par de ventanucos a media altura en la puerta de entrada, desde los que se deja ver al fondo la imagen del santo titular. Suelen tener adosado un pórtico o cobertizo que se sostiene sobre dos columnas, en el que no suelen faltar poyos de piedra o bancos laterales sobre los que poder descan­sar a la sombra. También las advocaciones de cada una de ellas varían de un lugar a otro, si bien, las dedicadas a La Sole­dad, El Cristo y San Roque, se repiten con mayor frecuencia.
En algunas de las ermitas mayores se celebran anualmente concentraciones masivas de fieles, a las que asisten romeros de todos los pueblos del contorno o de la provincia entera, como es el caso de la romería de La Salud de Barbatona cada segundo domingo de Mayo, o las de Valbuena en Cendejas del Padrastro, del Saz en Alhóndiga, Nuestra Señora del Madroñal en Auñón, del Peral en Budia o de La Virgen de la Hoz en Ventosa, a orillas del río Gallo, donde se guarece bajo los riscos su pintoresco santuario.

(En la fotografía, ermita de la Virgen de la Soledad de Horche)

1 comentario:

José Cuenca Gómez dijo...

La fotografía de la ermita de la Virgen de la Estrella me ha servido para describir la huida de Alfonso VIII en una novela que estoy escribiendo.
Gracias.