martes, 1 de julio de 2008

LA SEÑORA DE DIEMPURES


LA SEÑORA DE DIEMPURES

En las más agrestes sinuosidades de la sierra del Alto Sorbe, término municipal de Cantalojas y a media hora de camino a pie desde las últimas casas, existen todavía las ruinas de un viejo castillo enriscado sobre la vertical de profundos precipicios por cuyo fondo corren, limpias como el cristal, las aguas de algunos arroyos que nacen al pie de las montañas. De este castillo tan sólo se conoce su nombre: “Diempures”, con el que se cita en el Fuero de Atienza marcando el límite entre los antiguos comunes de Sepúlveda, Ayllón, y de la propio villa de Atienza, al tiempo que servía como punto de vigilancia por aquellas tierras por ser paso obligado entre los reinos de Aragón y Castilla. De su historia se sabe muy poco, el flujo romántico de una leyenda que el tiempo se ha encargado de tirar al olvido, mientras que las pesadas losas de pizarra que elevaron sus muros iban desapareciendo, arrancadas por los lugareños de los pueblos más próximos, y que utilizaban después para levantar las paredes que servirían de cerco a las humildes praderas de su propiedad.
Del castillo de Diempures solamente queda en pie la oquedad del portón de entrada, el ojal de alguna saetera, y un trozo de lienzo testimonial de piedra y argamasa orientado hacia la vertiente del barranco por la que asoma el sol cada mañana. Lo demás es soledad y silencio en todo aquel paraje durante los crudos inviernos de la sierra, sin otra señal de vida en todo su entorno que el mugido de las vacas y de los ternerillos que pastan en los hierbazales cercanos, el graznido de los cuervos durante el día o del búho en cuanto cierra la noche, y el bufido del viento sobre los cortes de las peñas en los atardeceres de vendaval o de cellisca, siempre en fechas cercanas a la Navidad. ¡Ah!, y el gemido lastimero de un alma en pena que vaga por toda la eternidad -bien en la corriente de las aguas, bien entre la espesa fronda de los pinos- por los alrededores del castillo pagando su culpa.
Se cuenta que por aquellos años oscuros de la Baja Edad Media, este castillo, con una numerosa dotación de bravos guerreros y varias leguas de tierra y de bosque alrededor, pasó por herencia a un caballero de la nobleza castellana de nombre don Iván de Zúñiga, afín a la familia reinante y casado con una joven mujer, muy bella y de corazón generoso, llamada doña Isabel de Mendoza, tierno retoño de una familia vascongada que años atrás acababa de fijar sus raíces en tierras de Castilla.
Sucedió que un día se hizo presente en el patio de armas de la fortaleza un mensajero de la Corte, pidiendo al señor del castillo de parte del rey, que se incorporase con todos los jinetes y hombres de a pie que pudiese reclutar en sus territorios, al ejército castellano que en fechas inmediatas partiría hacia Portugal en un intento de unir aquel importante pedazo de la Península a la corona de Castilla.
Con el feliz matrimonio vivía en Diempures un pariente lejano de doña Isabel tan joven como ella, Alonso de Vargas, al que los Zúñiga acogieron por caridad cuando murieron sus padres en una epidemia de peste que años atrás había diezmado la comarca. Los amigos más íntimos y otras personas de confianza de don Iván le habían advertido en diferentes ocasiones de la dudosa condición del primo de su mujer -el joven doncel admitido como uno más en el seno de la familia- y de que no les parecía sensato mantener en los mismos salones y habitaciones del castillo a dos personas jóvenes y de distinto sexo. Consejos que don Iván siempre rechazó, arguyendo que los motivos de agradecimiento que tenía el joven Alonso, tanto con él como con su esposa, serían la mejor protección y seguridad de ambos ante cualquier eventualidad, bien encontrándose él presente como en sus reiteradas ausencias.
El señor de Diempures se incorporó con todos los efectivos armados que pudo conseguir a las huestes del rey Juan, quien en tan sólo unas semanas consiguió reunir, con la notable aportación de una buena parte de los nobles de Castilla, un ejército superior en número que el de su homónimo el monarca portugués. Con doña Isabel de Mendoza y el doncel Alonso de Vargas sólo quedó en el castillo una reserva insignificante de damas de servicio, y una escuadra de soldados para cubrir los puestos de vigilancia con sus correspondientes relevos durante las veinticuatro horas del día.
La vida en la fortaleza transcurrió sin ningún incidente durante los primeros meses de ausencia de su señor, hasta que un mal día llegó la noticia de que la mesnada de don Iván había sido derrotada por los portugueses con el resto del ejército castellano en Aljubarrota. Se dijo además que el propio rey se vio obligado a huir para salvar su vida en un caballo prestado por don Pero González de Mendoza, señor de Guadalajara y pariente lejano de doña Isabel, y que se daba por hecho seguro que don Iván de Zúñiga, señor de Diempures, como el propio don Pero, habían muerto con la mayor parte de los suyos peleando en la batalla.
No es preciso reseñar cómo tomó la noticia doña Isabel de Mendoza; pues es lo cierto que cayó en un estado de depresión que la dejó indefensa frente a la ambición y los malvados instintos de su protegido, el cuál no dudó en utilizar toda clase de estratagemas y de engaños para apoderarse del castillo y hacerse dueño de todas sus tierras.
Con el correr de los días la situación para la infeliz doña Isabel se iba haciendo cada vez más insostenible. Un estado de profunda inconsciencia se fue apoderando de ella y de sus actos poco a poco. Muchas horas del día y todas las de la noche las pasaba llorando y rezando dentro de su camarín, ausente de todo lo que ocurría a su alrededor.
Una de aquellas noches interminables, Alonso de Vargas entró en la estancia de la señora con la perversa intención de hacerse dueño por la fuerza también de su persona, lo mismo que antes lo había hecho del castillo y de todas sus pertenencias. Al verlo aparecer, Isabel se levantó de un salto y, con la mayor discreción que le fue posible para no alarmar a la servidumbre que descansaba en habitaciones cercanas a la suya, escapó por la escalinata interior de la torre del homenaje hasta lo más alto del castillo. Era una noche de luna. Las hojas de los álamos brillaban reflejando a raudales el resplandor frío del astro de la noche. De tiempo en tiempo se sentía a lo lejos el aullido de los lobos y el silbo de los búhos en la sombra densa del cercano pinar. Doña Isabel, destemplada por el frío húmedo de la noche, se había recogido en el ángulo que quedaba en sombra entre dos almenas mirando a las estrellas. Poco después sintió los pasos de su primo que avanzaban cada vez más cerca por el fondo de la escalera.
No podía escapar. Alonso la encontró encogida, asustada y jadeante, en aquel sombrío rincón de lo alto del castillo. La forzó asiéndola de los brazos hasta ponerla en pie. La intentó abrazar. Hubo entre los dos un violento forcejeo. Doña Isabel hubiese preferido morir mil veces antes que sentirse deshonrada por aquel infame. En un momento de descuido consiguió arrancarle la daga que el traidor llevaba enfundada a la cintura en el equipo de campo que vestía aquella noche, y se la clavó en su propio pecho. El grito de dolor se oyó en todo el castillo. El cuerpo de la infeliz, herido de muerte, se desplomó en los brazos de Alonso y cayó al suelo en medio de un charco de sangre. Aterrado ante lo que acababa de ver, Alonso dio un paso largo hacia atrás y se precipitó en el vacío por un lateral de la torre. Su cuerpo se estrelló contra las peñas sobre las que asientan los muros del castillo, saliendo despedido hasta el fondo del barranco.
Un débil hilo de voz se pudo escuchar por aquellos alrededores en la noche cerrada. Era la voz de Isabel que, en su agonía, maldecía al desgraciado Alonso, pidiendo a la Divina Providencia que en cada noche de luna su alma vagase errante por entre los bosques y los profundos abismos que rodean al castillo.
A la mañana siguiente, los servidores de la fortaleza descubrieron horrorizados el cuerpo muerto de doña Isabel humedecido por el relente de la madrugada, mientras que de Alonso de Vargas tan sólo apareció, desgarrado en girones y manchado por su propia sangre, algún retazo de su traje de campo y varios huesos descarnados entre la maleza, junto a las corrientes del arroyo. Los lobos habían dado buena cuenta de su cadáver aquella misma noche.
En los pueblos de la comarca no queda rastro alguno del terrible suceso que durante años y décadas estuvo en la conciencia de todos. El tiempo se ha encargado de borrar el recuerdo de aquel hecho abominable, que ni siquiera aparece en crónicas de la época, porque no las hay. Algunos pastores, de aquellos que años atrás pasaban las noches vigilando sus ganados al amparo de las ruinas del castillo, llegaron a decir que cuando el viento azotaba con fuerza contra las esquinas de las peñas, se podía oír, mezclado con el viento y con el rumor de las aguas del arroyo, el gemido lánguido y doliente de Alonso de Vargas que penaba su delito en las noches de luna.


José Serrano Belinchón. "Nueva Alcarria", 18.VII.2008

3 comentarios:

Antonio dijo...

Enhorabuena, Pepe. Te ha quedado magnífico, estás hecho un profesional. Adelante con esto, que es lo que ahora lee la gente. Saludos cordiales desde Alcoceber

Fujur dijo...

No puedo más que darle la enhorabuena, al igual que Antonio, por tan genial blog. Lo seguiré con la mayor frecuencia posible.

un cordialísimo abrazo de una anguiteño!

Francisco dijo...

Enhorabuena José por tan buen relato. Muchas gracias de parte de un descendiente de cantalojeña.

Si no te importa, nos haremos eco de tu relato (y enlazaremos a este blog) en nuestro Facebook:

https://www.facebook.com/Cantalojas

Quizá el 23 de Abril, el día del libro :-)

Muchas gracias!