sábado, 3 de enero de 2009

RETUERTA EN EL OLVIDO


La documentación sobre el despoblado de Retuerta y sobre algunos más de los pueblos de Guadalajara que a lo largo de la historia han ido desapareciendo por motivos diferentes, ha llegado hasta nosotros bastante completa, y, sobre todo, bastante fiable. Las Relaciones de Felipe II, el Catastro del Marques de la Ensenada, las crónicas de don Pascual Madoz, los Aumentos de don Juan Catalina García a las Relaciones de Felipe II, y las cuatro piedras superpuestas que todavía quedan como testimonio en algunos sitios, nos lo han puesto demasiado fácil a la hora de investigar lo que fue de éste o de aquel otro lugar perdido de nuestra tierra. Retuerta, como podemos comprobar en la reseña de Madoz que encabeza este trabajo, escrita hacia el año 1850, aún contaba con algunos pobladores por aquellos tiempos. Sin duda que fueron los últimos, pues ya el pueblo como entidad había desaparecido años antes.
Si este trabajo aporta algo de luz a nuestros lectores -que lo mismo que yo habrán oído versiones curiosísimas acerca de la desaparición de algunas aldehuelas y caseríos de la Provincia-, habremos hecho una buena labor. Si no es así, y prefieren quedarse con la versión romántica que habla de envenenamientos colectivos, de hormigas termitas, y de no sé cuántos decires y alegatos más, producto de la imaginación popular en un tiempo muy concreto de la vida española, pueden hacerlo libremente, pero siempre sabiendo que la verdad de fe, la verdad documentada, quedó escrita y firmada por gentes de aquella época, incluso con detalles algunas veces al margen de toda fabulación, y por ese camino es por el que se debe andar sobre seguro.
Desde los altos de Balconete, más o menos desde la plazuela en donde está la picota, después de haber recorrido a todo lo largo, entera, la Calle Mayor, se abre en dirección noreste una hermosa vega por la que conduce su caudal el arroyo Peñón. Justo allí, como a un kilómetro o poco más de las últimas viviendas, quedan en la ladera, perdidas entre la maleza, las ruinas de la iglesia de Retuerta. Hay un camino bastante aceptable para llegar hasta allí ribera abajo. Las piedras todavía en pie de un muro, con un boquete inmenso en mitad a manera arco, que en otro tiempo debió de coincidir con la portada de la iglesia local dedicada a Santo Domingo, nos señalan el lugar. Después hay que subir a pie hasta lo que fue la iglesia por sendillas de hierba, cruzando el arroyo sobre un pequeño puente entre la fronda, con algún huertecillo a los lados. Al cabo de la primera vertiente, que por no conocer el terreno me aventuré a subir en línea recta con el suelo mojado, se alcanza el objetivo previsto.
La mañana que anduve por allí con la cámara en ristre, los valles de la Alcarria eran una provocación para la vista. Fue una de aquellas primeras mañanas de sol del mes de noviembre, cuando las copas de las choperas aparecían pintadas de verde pálido, de amarillo real, y las hojas muertas volaban de un lado para otro zigzagueando al menor soplo del viento. En el valle de Retuerta hay choperas que siguen el curso del arroyo, y nogales deshoja­dos, y bosque bajo, muy espeso, tapando toda la umbría, y cuartelillos de olivar, y carrasquillo, y plantas aromáticas en el otro cerro de enfrente, en el de la solana. Retuerta estuvo encajado en mitad, asentado en el humedal insano que forma la hondonada y ello fue la causa primera de su desaparición, como así consta en los documentos escritos de los que dispongo.
Retuerta fue siempre un pueblo pequeño. Las malas condicio­nes del campo para el cultivo y la escasa superficie de su término, no permitieron que el número de habitantes fuese similar al del resto de los pueblos situados en la misma vega; contrarie­dad a la que habría que añadir lo insano del lugar, escaso en sol y abundante en aguas, lo que acarreo en perjuicio del vecindario pestes y epidemias sin cuento.
Por los años en que fue escrita la “Relación”, vivían en Retuerta veinticuatro vecinos, aunque se hacía constar que nunca habían pasado de treinta y seis. Los motivos, son por supuesto los que se apuntan en líneas anterio­res, pues nada tuvieron que ver con su desaparición paulatina ni con las pésimas condiciones de vida del vecindario los posibles abusos en el pago de rentas por parte de sus señores, los príncipes de Eboli, ni tampoco los marqueses de Algecilla que lo fueron después. La situación del vecindario llegó a ser tan penosa, que dio lugar a que los gobernantes de turno tomasen por medida, y como mal menor, la despoblación del viejo caserío, pasando a la villa de Balconete en condición de vecinos los pocos habitantes que aún quedaban en Retuerta, y los bienes de propios a engrosar las propiedades del municipio que les dio acogida.
Nos llama la atención el hecho de que muchos años después, sin que ya el pueblo de Retuerta figurase como entidad en asuntos administrativos, aún quedaban viviendo en el caserío varias viudas y algún anciano que, como consta en el Madoz, se vestían y se alimentaban con las limosnas que lograban recoger por los pueblos vecinos. En el año 1787, tan sólo quedaban en el pueblo dos personas: un vecino de nombre Salvador Carralero, y la viuda del último alcalde del pueblo, muerto en la cárcel de Guadalajara donde se encontraba sin que se sepa por qué.
A partir de entonces, por indicación del fiscal del Consejo se intentó repoblar otra vez el caserío, poniendo a disposición de los posibles nuevos moradores las casas y las tierras, pero no fue posible. Las malas condiciones de habitabilidad, debido a la situación del pueblo y a la escasez de recursos en su término para sobrevivir, hicieron que el despoblamiento fuese no sólo total, sino también definitivo.
Puestos a hurgar en los anales de Castilla, uno se encuentra con que el caserío de Retuerta fue uno de los lugares de la Alcarria que el rey Juan II entregó a don Iñigo de Mendoza por razones de gratitud, allá en los años centrales del siglo XV. Toda una historia de miseria y de dolor, de olvido y abandono, se ciernen sobre aquellas ruinas que tuve delante de los ojos y sobre aquel suelo huraño, comido de zarzamoras y de jaramagos, de yerbas silvestres, mientras que la hiedra centenaria clava sus raíces en las rendijas que quedan entre las piedras. Abajo, como siempre, el rumor incesante y adormecedor del arroyo Peñón.

(En la imagen que encabeza este trabajo aparece una hornacina de las ruinas en la iglesia de Retuerta. Lo único reconocible que todavía queda del pueblo desaparecido)

2 comentarios:

Unknown dijo...

Buenas,
os envío un enlace sobre éste despoblado.
http://www.uclm.es/ceclm/b_virtual/libros/Relaciones_GU/RETUERTA.htm

Tebeefe dijo...

Qué gusto da leer y aprender con tus escritos. Un saludo.