lunes, 21 de enero de 2013

GALÁPAGOS EN LA ANCHA VEGA DEL TOROTE



Por estas mismas fechas en el año mil novecientos ochenta pasé una tarde a conocer el pueblo de Galápagos. A este lugar campiñés de la provincia de Guadalajara se puede entrar o no entrar cuando se va de viaje por la carretera de El Casar y de Torrelaguna, pues queda ligeramente al margen del camino, a tres kilómetros de distancia, según anuncia el indicador que hay plantado en el empalme. El ramal de carretera sigue paralelo al río, a muy poca distancia y en dirección contraria al correr de las aguas cuando las hay; pues es verdad que nuestros ríos, y éste de manera muy particular, el Torote, próximo a Galapagos, no se han rehecho en su caudal con las lluvias del pasado otoño.
            La distancia hasta la capital -veinte kilómetros escasamente- y de poco más hasta Madrid, ha permitido que este antiguo pueblo de agricultores al que estoy a punto de llegar, presente ya desde la distancia un aspecto diferente al de los demás pueblos, y desde luego al pueblo que antes fue. Estamos, amigo lector, en la comarca de las grandes urbanizaciones de la provincia de Guadalajara, en donde los pueblos, según el concepto tradicional que tenemos de ellos, han pasado a ser algo desconocido, auténticas ciudadelas residenciales del siglo XXI. El impacto de la era de la producción y del consumo, diametralmente opuesto al que durante muchas generaciones fue norma de vida en el medio rural, se ha hecho presente también en Galápagos de manera imparable.
            En las tierras de baldío que hay cerca del pueblo, a un lado y al otro de la carretera, pastan los tiernos rebrotes un centenar o dos de ovejas blancas, por entre los muros de los almacenes y de las naves industriales que han ido apareciendo en las últimas décadas. Atrás hemos dejado no menos de un centenar de camiones nuevos, sin carrocería, todos iguales, ocupando casi por completo el espacio de una ancha explanada. Y a la salida de una curva, la imagen primera del nuevo Galápagos, con sus viviendas recientes en color ladrillo, uniformes, alineadas, perfectas…  “Chalés a estrenar desde 160.000 euros”, puedo leer escrito en un cartel junto a la carretera; “Club Deportivo Vacacional”, en otro a cuatro pasos. El antiguo pueblo de agricultores, el Galápagos de toda la vida, queda escondido en medio del maremagnum de las nuevas edificaciones.

Los monumentos
            Acabo de dejar el coche en una primera plaza, apenas cruzar el puente sobre el arroyo Cañeque, que baja exangüe para unirse al Torote algo más abajo. Esta primera plaza se rotula como Plaza de Alcolea, en alusión a Alcolea de Torote, un despoblado próximo en el término de Torrejón del Rey, cuyas casas fueron demolidas en el año 1841, aprovechando las piedras y otros materiales para la construcción del ayuntamiento de Torrejón. Toda una historia, de la cual, de su existencia y desaparición sabemos poco pese a que en algún momento llegase a ser cabecera de comarca, tuvo castillo, y cerca de ochocientos vecinos en sus mejores tiempos.

            A mi lado, en la Plaza de Alcolea, hay un parquecito muy romántico y coquetón, con hojas secas en el suelo y sobre la fuente central, como con un poco de gusto palaciego: “Parque del centenario de D.Modesto Abajo. 15 de junio de 2011” anuncia el correspondiente cartel. Otros sobre un lateral de la plaza informan sobre la dirección que hay que tomar si se desean conocer los diferentes lugares de interés que hay en el pueblo, tales como el Paraje de la Cruz, la Fuente Vieja, la Plaza de Toros, el Ayuntamiento o la Plaza Mayor. Tomo por mi cuenta, guiado un poco por el instinto y otro poco por el recuerdo, el camino hacia la Plaza Mayor por la Calle Alcolea. Galápagos tuvo siempre, y así la sigue teniendo, una plaza memorable, con un palacio señorial como fondo, igual que las de Cogolludo y Pastrana. El palacio que tiene como fondo la Plaza Mayor de Galápagos perteneció en otros tiempos a los condes de Moriana, o de Villadaria como se les llamó por aquí, o “de Pie de Concha, emparentados con los reyes de Inglaterra; ahora el dueño es un hombre de dinero que casi nunca viene por aquí” según me explicó en mi primer viaje al pueblo don Manuel García Moreno, alcalde de Galápagos por aquellos años y un entusiasta y buen conocedor de aquél lugar de poco más de doscientos habitantes, de quien por motivos del cargo pendía toda la responsabilidad y el debido orden en el municipio.
            El palacio, levantando al gusto barroco, da un cierto empaque a la Plaza Mayor. La fachada es de un solo piso, en cuyo centro se muestra la portada de piedra tallada y coronada con el correspondiente escudo nobiliario en perfecto escudo de conservación. El viejo ladrillo campiñés, tan abundante en tantos nobles edificios por toda la comarca, es en buena parte la enseña de estos pueblos, que emplearon para dar forma a sus edificios más significativos: iglesias, ermitas, palacios, casonas señoriales… En Galápagos, tanto el palacio como la iglesia, que quedan como a cuatro pasos el uno del otro, están construidos con este tipo de material preferentemente, ya que en su fabricación y uso los artesanos de esta tierra fueron verdaderos maestros.
            La iglesia mira hacia el mediodía por los seis arcos del pórtico. Por encima de la torre vuela una bandada de tordos alrededor del nido de cigüeña. La iglesia de Galápagos está dedicada a la Cátedra de san Pedro en Antioquía. Una joya arquitectónica levantada a base de piedra y de ladrillo visto. Las columnas exteriores con sus respectivos capiteles dan al conjunto un aire de solemnidad. La iglesia está cerrada ya desde la verja que impide la entrada al pórtico, un detalle generalizado casi en la totalidad de las iglesias de la provincia para evitar los expolios, las profanaciones y los robos sacrílegos, pero que nos privan de conocer lo más interesante que por lo general hay en los pueblos. Por fortuna conservo el dato desde mi primer viaje, cuando acompañado de don Manuel, el alcalde, pude verla y opinar acerca de la impresión que me produjo, y que fue exactamente esto: “Lo más llamativo y singular de todo el edificio será tal vez su artesonado interior, el coro y, desde luego, las dos rinconeras arabescas en madera perfectamente conservada, formando un solo conjunto con el riquísimo encuadre de los techos.”  Pienso que todo seguirá siendo igual.

Por las calles       
            Es la de hoy una tarde húmeda. El campo, de aspecto triste al paso de las horas, muestra por los alrededores del pueblo una imagen gris, como corresponde a los primeros días del invierno en la comarca. No hace frío. El monte bajo y los pequeños cuarteles de olivar en la ladera aportan al ambiente una nota de calma y de serenidad. Es el momento de dar un paseo por las calles del pueblo antiguo, por el Galápagos de toda la vida, partiendo de la plaza.
            La Calle Real sale en dirección poniente. En la Calle Real predomina lo nuevo sobre lo antiguo. Entre dos balcones de una vivienda de la Calle Real hay una especie de estandarte o balconera de gran tamaño, con el texto alusivo a la Navidad escrito en inglés, y donde aparecen distintas escenas del nacimiento de Cristo en el portal de Belén: “Paz en la tierra, felicidades a todos”.


            Supermercado, autoservicio, alimentación, droguería, material escolar… En una plazuela lateral a la calle del Rosario, se anuncian algunos de los pequeños establecimientos comerciales del casco antiguo. En los chalés de la calle de la Alameda han colocado como elemento decorativo a la entrada de las viviendas algunos olivos trasplantados. Cuando paso por la calle Antonia de Blas de Quer, se me ocurre pensar que en Galápagos he visto más coches estacionados en las calles que personas, por lo menos en esta parte del pueblo próxima a la carretera. Justo en esta calle, en la Carretera, paso a tomar café al bar-restaurante Granada, uno de los establecimientos que quiero recordar ya existía en mi primera visita al Galápagos de los años ochenta, no sé si con el actual o con distinto nombre. El muchacho que me sirve dice que sí, que como bar tiene ya bastantes años.
            - Y como restaurante, su pongo que menos ¿no?
            - De eso algo menos; pero ya llevamos mucho tiempo dando comidas.
            - Hoy mismo se ve que tenéis mucho jaleo.
            - Sí; en estos días siempre hay varias comidas.
            - ¿Cuántos habitantes sois ahora en Galápagos?
            - Pues, exactamente no lo se; pero más o menos unos mil ochocientos.
            - Se ha construido mucho, claro. El pueblo está desconocido ¿Están vendidas todas la viviendas nuevas?
            - No, que va. Todavía hay mucho sin vender.
            Las cinco de la tarde y la luz esta comenzando a faltar. Apenas queda tiempo para echar un vistazo a la zona de servicios que hay al otro lado del arroyo: un polideportivo, la plaza de toros en estructura un tanto elemental, y lo que considero el ayuntamiento, por las tres banderas en el balcón, completamente nuevo. En el Silo se oye el murmullo de la gente que hay dentro, quizás una comida multitudinaria de los vecinos del pueblo, tan corriente en estas fechas. Una señora que sale me dice que sí.

1 comentario:

Clari dijo...

La verdad es que el pueblo no lo conozco.. no sabía todas las maravillas que tenía mas allá de sus playas paraisíacas y la flora y fauna.. sin duda espero Viajar a Galapagos pronto y verlo en vivo y no en fotos