miércoles, 1 de mayo de 2013

Mur de Guadalfajara

     
       Viene a ser bastante habitual el hecho de que rebuscando entre polvorientos legajos a los que nadie se preocupó de echar una ojeada, o repasando por casualidad las obras escritas de los más importantes autores de otros tiempos, uno se encuentre con normas de conducta magníficamente establecidas; con acerta­dos consejos que gozan, en principio, del valor que les confiere la experien­cia; con la fiabilidad carismática de las viejas filosofías. Desde las primeras civilizaciones registradas en los anales de la Historia, pasados siglo tras siglo en la llamada historia de la civilización, han ido apareciendo autores expertos en moralizar a las gentes a través de la que pudiéramos llamar Literatura filosófica, o Filosofía literaria, que tal nos da. La moralización ha tenido siempre cabida dentro de la Literatura, y de hecho ahí está la “fábula”  en su expresión más auténtica, casi siempre de carácter popular, utilizando como protagonistas a seres irracionales, generalmente animales, quienes valiéndose de su natural instinto generan la lección a la que el autor da forma, aplicable a hechos concretos y muy comunes dentro del vivir diario de los seres superiores, de las personas, que siempre tenemos tanto que aprender. Desde Esopo hasta Samaniego, pasando por el Arcipreste de Hita y otros más, la fábula ha sido uno de los caminos más utilizados para hacer reflexionar a las gentes de los últimos milenios, que en no pocos casos acababan por aprenderla de memoria, y hacer uso de ella como argumento válido cuando llegaba la ocasión. A los más viejos del lugar, aun en nuestros tiempos, los solemos escuchar echando mano al viejo sistema de la fábula, al lado del refrán que vienen a ser como su hermano mayor. De esto hablamos hoy.     

            Este manjar es dulce, sabe como la miel.
            Díjole el aldeano: "Veneno yace en él;
            al que teme la muerte el panal sabe a hiel,
            a ti sólo te es dulce, tú sólo come de él.

            La cita corresponde a una estrofa en cuaderna vía sacada de El libro de Buen Amor, una obra en lengua romance representativa de todo un siglo, el XIV, y escrita a retazos bajo los rigores de la tierra en la que vivimos, por un clérigo nacido en estos valles del Henares y de nombre Juan Ruiz. El poema al que aquí nos estamos refiriendo lo componen diecisiete estrofas de estructura similar a la que arriba se pone por modelo, la estrofa en alejan­drinos que tan en boga estuvo cuando a la vieja Castilla se le ocurrió versificar en poesía culta.

            La simpática historia que nos refiere el Arci­preste de Hita, habla de cómo un ratón cortesano -mur de Guadalfa­jara- fue convidado a comer en su humilde agujero por un ratón aldeano -mur de Monferrado (Mohernando)-. Por todo ágape le sirvió un haba, que malamente se pudo comer en compañía de su anfitrión en la paz de su pobre guarida campiñesa. El ratón de Guadalajara le correspondió de la misma manera, invi­tándole a compartir vianda en su escondrijo palaciego de la ciudad un martes, día de merca­do. El rústico comprobó complacido  y admirado cómo le eran servidos exquisitos manjares (queso, tocino tierno, pan recién cocido, una talega llena de harina blanca...) con lo que se sintió honrado y satisfe­cho.
            Pero he aquí que, cuando más animados andaban los dos dando buena cuenta del banquete, la portona del palacio comenzó a sonar. Era la dueña con una escoba en la mano. El ratón de Guadalajara huyó despavorido a esconder­se en su agujero; pero el aldeano, que no encontró sitio aparente en donde cobijarse, a bien tuvo hallar refugio en un rinconcillo oscuro de la estancia hasta que pasó el peligro. Luego, el anfi­trión le instó a que siguiera comiendo en paz y con buen apetito, a lo que el aldeano, trémulo aún, se negó con sabios razonamien­tos, haciéndole saber que prefería la pobreza en paz de su mísero refugio pueblerino a los oropeles y lisonjas de la vida ciudadana, hartos de peligros y de sobre­saltos como el que acababan de vivir, que convierten al indivi­duo en un ser infeliz.

            Prefiero roer habas, muy tranquilo y en paz,
            que comer mil manjares, inquieto y sin solaz;
            con miedo,  lo que es dulce se convierte en agraz,
            pues todo es amargura donde el miedo es voraz.
 
            La fábula que el autor quiso situar en un escenario de nuestro entorno, es aleccionadora y perfecta­mente aplicable a cada época de la vida sin pararse en tiempos ni en circunstancias, lo mismo que el Evangelio, aunque sea mucho lo que ha llovido desde aquellas primeras décadas del siglo XIV en las que se escribió.
            Uno, que ha disfrutado tantas veces en agradable convivencia con hombres del campo en su propio ambiente, en los ejidos del pueblo cargados de encanto y de recuerdos vividos, se da cuenta de lo que tiene de trágico el arrancar al hombre, con su ánimo a cuestas, del medio ordinario en el que ha vivido siempre, del lugar en el que fue niño, en el que fue mozo rondador tantas noches serenas, en donde un día vio volver a la tierra a toque de clamor los cuerpos muertos de sus seres queridos, aquello, en suma, que con el paso del tiempo no es otra cosa que la razón de su existencia.

            Cuántos ancianos solitarios solemos encontrar sentados al sol tibio del otoño o en las medias mañanas del mes de abril, en los parques de cualquier ciudad, o sobre los bancos pintados de grafiti en las ruidosas avenidas capitalinas. Cuántos grupos de viejos derrotados, descansando sobre el escalón a la sombra de un edificio de ocho plantas en lánguida conversación que nadie escucha. Gentes de madera excepcional que hace años en su aldea fueron algo, tuvieron un nombre; sacaron adelante una familia a trancas y barrancas; para al final, a la hora impía del sálvese quien pueda y siguiendo los dictados de los nuevos tiempos, quedarse solos, como el rústico ratón de Mohernando bajo la amenaza impía del palo de la escoba que lleva el ama, o entre la garra letal del depredador de turno.
            Resulta gratificante encontrar a cada paso en nuestra Literatu­ra referencias a este suelo que pisamos. No es mala cosa que a uno le recuerden de ciento al viento que la tierra en que vive es tierra noble, aunque desde hace siglos guste jugar con quienes en ella moran a juegos peligrosos. Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, hombre harto inteligente y magnífico observador que de estos menesteres sabía mucho, aquí nos lo recuerda. 

(En las fotos: detalle urbano de Mohernando, portona palaciega del Infantado y "Libro de buen amor") 

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