domingo, 3 de octubre de 2010

LA CIUDAD DONDE VIVIMOS



Guadalajara es la capital de la provincia de su mismo nombre; situada al Suroeste de la misma, a sólo 18 kilómetros por carretera de la provincia de Madrid. Su número de habitantes, inclui­dos los de los pueblos anexionados, de Iriepal, Taracena, Usanos y Valdenoches, es de 80.500 aproximadamente. La altura sobre el nivel del mar es de 707 metros, ocupando como asiento la margen izquierda del río Henares y dando vista a su fértil vega.
Es incierto el origen de Guadalajara. Parece ser que los carpetanos fundaron la primera Arriaca antes de la dominación romana, a escasa distancia de la Guadalajara actual, en el Valle del Henares al otro lado del río. Por ella pasaría más tarde la gran vía romana que unió las ciudades de Mérida y Zaragoza.
Los árabes la conquistaron en los primeros años de la inva­sión, siglo VIII, y cambiaron su nombre celtíbero por el de Wad-al-hayara o Wadi-l-hiyara, que viene a significar "río de las piedras" o "valle de las fortalezas" según la acepción por la que uno se incline. La reconquistó, según dice leyenda, Alvar Fáñez de Minaya, pariente del Cid, en la noche de San Juan del año 1085, sin que los moros hubieran ofrecido la menor resistencia para evitarlo. La Historia por su parte no está del todo de acuerdo con la leyenda, cuya escena en abier­ta noche de luna recoge el escudo de la ciudad. Durante sus reinados, Alfonso VII y Fernando III le concedieron fueros propios, y algunos privile­gios más otros reyes de Castilla. En 1460 el rey Enrique IV le otorgó el título de ciudad, tiempo aquel en el que ya había aparecido sobre el cielo arriacense la estrella familiar de los Mendoza, quienes la impulsaron, la engrandecieron sobremanera, trayendo a Guadalajara las primi­cias del arte renacentista, de lo que el flamante Palacio de los Duques del Infantado es una luminosa muestra.
La marcha de los Mendoza a Madrid en el siglo XVII, y los saqueos del ejército austriaco de 1706 y 1710, durante la Guerra de Sucesión, llevaron a la ciudad al estado de ruina y a una población tan exigua en número de habitantes que apenas superaba los 2.000. En 1813 los franceses destruyeron algunos de los edificios más notables, a los que habría que añadir los que quedaron en estado ruinoso o desaparecieron durante la Guerra Civil de 1936.
De sus aconteceres festivos a lo largo del año cabe señalar en Guadalajara la jornada matinal del día del Corpus Christi, en la que una buena parte de la población recorre las calles princi­pales de la zona centro acompañando al Santí­simo Sacramen­to, y a la que tiñe de tradición y de singu­lar colori­do la cofradía multicentenaria de Los Apóstoles. La fiesta en honor de la Virgen de la Antigua, patrona de la ciudad, del 8 de septiem­bre, así como las inmediatas ferias a mediados del mismo mes, acarrean a la capital varios miles de visitantes cada año procedentes del resto de la provincia.
Reliquia monumental de lo que fue Guadalajara en tiempo pasado está patente en palacios, iglesias y conventos, repar­tidos por el casco antiguo, de entre los que cabe señalar el Puente Romano sobre el río Henares, por donde pasó la vía augusta de Mérida a Zaragoza, y que mandó reparar en 1757 el rey Carlos III; los restos de muralla y torreones del Alamín y de Alvar Fáñez, por donde se dice fue reconquistada la ciudad; la iglesia gotico-mudéjar de Santiago, del siglo XV, antiguo convento de Santa Clara; la iglesia concatedral de Santa María de la Fuente, del siglo XIII, antigua mezquita de estilo mudéjar; la Ermita de Nuestra Señora de la Antigua, antes iglesia de Santo Tomé, obra mudéjar del siglo XIII; el Convento de San Francisco, en origen casa de los caballeros Templarios, engrandecido durante varias generaciones por los Mendoza, lugar de enterramiento de aquella linajuda familia, saqueado y profanado por los franceses en 1813; el Palacio de los Duques del Infantado, de finales del siglo XV, máximo exponente de los monumentos civiles guadalajareños y muestra sin igual de la arquitectura renacentista española; el Palacio de don Antonio de Mendoza, del siglo XV, y la Capilla de La Piedad, adosada al mismo, obra de Covarrubias; la Capilla de Luis de Lucena, del siglo XVI, pieza romanico-mudéjar pertene­ciente a la desaparecida iglesia de San Miguel del Monte; la Iglesia de San Ginés, antiguo convento de Santo Domingo de la Cruz, del siglo XVI; la recién restaurada iglesia de Los Remedios, mandada edificar en el siglo XVI por don Pedro González de Mendo­za, obispo de Salamanca; el Convento de Carmelitas de San José, de principios del XVII; la Iglesia de San Nicolás el Real, anti­guo convento de jesuitas, siglo XVII, de extraordinaria orna­mentación barroca; el Panteón de la Duquesa de Sevillano, en estilo románico-lombardo de finales del siglo XIX; los palacios de la Diputación Provincial y del Ayunta­miento, también de finales del XIX y principios del XX respectiva­mente, aparte de algunos palacetes más y capillas a los que habría que añadir varias de las construc­ciones modernas más representati­vas.
Como lugares de recreo en Guadalajara merecen especial referencia el frondoso Parque de la Concordia, el de San Roque y el Zoológico Municipal.
Los deportes cuentan asimismo en la capital con modernas instalaciones, pues, además de la Plaza de Toros de "Las Cru­ces", cuenta con el campo de fútbol "Pedro Escartín" en el Polígono del Balconcillo, los pabellones polideportivos cu­biertos de "San José" y "Municipal", el estadio municipal de atletismo al aire libre de "La Fuente de la Niña", el moderno "Palacio Multiusos", las pisci­nas municipales y otras instalaciones de recreo especiales para la infancia en distintos barrios.
La ola de expansión industrial del cinturón de Madrid ha convertido a Guadalajara durante las dos últimas décadas en un importante foco fabril, siendo los centros principales de indus­tria en la capital los polígonos del Balconcillo y del Henares, lo cual ha traído como consecuencia una ciudad moder­na que sirve de marco a la Guadalajara histórica y monumental. El número de habitantes aumentó de manera sensible con fami­lias llegadas de otros lugares de la provincia, así como del resto de España, reclamadas por los puestos de trabajo que en algún tiempo se dieron en las recién creadas industrias de los dos polígonos.
El crecimiento en población ha hecho necesario que se crearan nuevas barriadas en la periferia, siendo quizá las más conocidas las de Aguas Vivas y Las Lomas, al otro lado del Barranco del alamín, aproximándose al término de Taracena. La llegada del AVE (Tren de Alta Velocidad) ha supuesto un aumento considerable de la población en las cercanías a la Capital.


(En la imagen, la fachada del Palacio de los Duques del Infantado)

miércoles, 22 de septiembre de 2010

NUESTROS RÍOS: EL BORNOVA



Supongo que, como casi todos los ríos que corren por el mundo, el Bornova tendrá un nacimiento preciso y reconocido, aunque para mí esta aparente nimiedad constituyó siempre un misterio. En cualquier caso, la fuente primera de la que se alimenta el río Bornova anda por allí arriba, a poco más de un tiro de piedra de la sorprendente laguna de Somolinos en las sierras de Atienza, por otra parte uno de los caprichos de la Naturaleza más curiosos y admirables por la condición y calidad de sus aguas.
Desconozco el porqué, pero es lo cierto que al río Bornova en sus primeros tramos, la gente de aquellos pueblos lo reconoce como río Manadero, incluso con ese nombre aparece anunciado al borde de la carretera en algún indicador oficial. No importa, para nosotros su verdadero nombre fue el de Bornova, escrito con la ortografía en la que aquí aparece, y, salvo mejor opinión si es que la hubiere, seguiremos llamándolo así a lo largo de todo su recorrido de principio a fin, desde la laguna de Somolinos hasta su desembocadura en el Henares, cerca de Miralrío.
El primer accidente a considerar en el breve recorrido del río Bornova, siempre por tierras serranas, es la ya dicha laguna de Somolinos, una extrañeza natural avistada por impresionantes roquedales de caliza que sobrevuelan las aves rapaces, a no menos de 1260 metros de altura sobre el nivel del mar, y que, según los geólogos, es de origen glacial. En la laguna de Somolinos el agua está fría, y la pesca se limita a pequeñísimos ejemplares de una especie fluvial que a menudo se dejan ver desde las orillas. En sus proximidades hay espacios de alto interés, tanto para el recreo como pata la vista, debido a las condiciones especiales del terreno. Y poco más abajo Somolinos, extendido en la solana al pie de un cerro enorme al que le roen la falda por un lateral los buscadores de arena para refractarios, dicen que de calidad excelente. Aguas abajo las albercas de una piscifactoría aprovechando la sana corriente de las aguas, antes de pasar por Albendiego, el pueblo vecino y rival, harto conocido en los medios culturales por aquella joyita del arte medieval que conserva en sus orillas, la pequeña iglesia de Santa Coloma, con su ábside de calados en formas geométricas único en su especie, muestrario incomparable del estilo románico, tan abundante y tan meritorio por todas aquellas sierras.
El Bornova, mientras tanto, se cuela silencioso entre los espinos y las marañas, cortando llanos y praderas, dejando a su paso de trecho en trecho cómodos merenderos y otras estancias de recreo al aire libre, montadas por el hombre durante los últimos años para gozo y disfrute en las saludables tardes del verano junto a cualquier fuente.
Los pueblos por los que ronda el Bornova, media docena de ellos o quizá más, se han ido despoblando poco a poco: Prádena, Gascueña, Villares, Zarzuela, Hiendelaencina, San Andrés y Membrillera, saben mucho de las gracias y desgracias de esta tierra difícil que en cuestión de dos o tres décadas han visto ponerse en mínimos su censo de población. Alcorlo, menos afortunado aún que sus pueblos vecinos, murió bajo las aguas del embalse acabando sus días en aras del progreso, digamos que en holocausto al servicio de las nuevas maneras de vivir. Algunos de los que fueron sus vecinos se suelen reunir una vez cada año en una especie de bosquecillo que hay arriba, junto a la carretera, creo que cada veinticuatro del mes de agosto, para celebrar, más con nostalgia que con júbilo, la que debió de ser en otros tiempos la fiesta de su santo patrón, San Bartolomé Apóstol.
La limpia superficie del pantano brilla como un espejo en la tarde serrana. En el pantano de Alcorlo los peces saltan por aquí o por allá al lado de la presa. Hace ya años que cortaron el cauce del río algo más arriba del pueblo de San Andrés, en la salida del congosto dando ya vistas al pueblo desaparecido. El breve cañón se ve desde la presa flanqueado por tremendos roquedales entre los que baja el reguerillo de agua que escapa del pantano. Aquel vuelve a ser el de nuevo el río Bornova, después de haber salvado el segundo de los accidentes mayores con los que se debía de encontrar a lo largo de todo su recorrido. El primero, lo recordamos, fue la laguna de Somolinos al poco de nacer.
No tenemos espacio material para dejar una constancia más completa de los pueblos de aquella serranía cuyos términos municipales atraviesa el cauce del Bornova. Prádena entre montañas, escondido y escandalosamente bello, con sus casonas negras del más puro estilo rural, mate de pizarra y verde intenso reflejo de las huertas, en donde el agua también toma papeles de protagonista. Y Gascueña magnífico, residencial, siempre al gusto y favor del viajero. Y Villares, restaurado con exquisito gusto y una buena dosis de sentido común, que, sin duda, es el menos común de todos los sentidos, por lo menos en lo que atañe a la puesta al día de muchos de los pueblos. Y Zarzuela, entre la Sierra Gorda y el Santo Alto Rey, olvidado reducto de su famosa alfarería popular, hoy tan sólo en el recuerdo de los mayores de edad. Y Hiendelaencina, en fin, el pueblo con más brillo de todas aquellas sierras, el de las minas de plata, tan importantes en la vida del pueblo que hasta su nombre de pila le robaron; pues para las buenas gentes de la comarca ha sido, es y seguirá siendo Las Minas, así como suena. La fuerza de la costumbre, según la importancia del motivo, acaba a veces hasta con algo tan sagrado como el nombre de las cosas, por muy antiguo y sonoro que sea.
Por Membrillera el Bornova se abre al llano campiñés, busca su final en tierras diferentes. Las choperas tupidas, las huertas de sanísimo producto tratadas sabiamente por campesinos expertos, son el nuevo escenario por el que atraviesa el río en su tramo último; pues poco más abajo, y siguiendo la misma suerte que su otro hermano menor, el Cañamares que también baja de la sierra, acabará uniéndose al Henares poco más allá, cerca de Miralrío, soberbio mirador hacia la vega desde las Eras del Rostro, donde es hasta posible extasiarse en las tardes de verano mirando simplemente el milagro natural de una puesta de sol.

(La fotografía nos muestra la laguna de Somolinos, junto al posible nacimiento del río Bornova)

jueves, 16 de septiembre de 2010

FIESTAS POPULARES DE LA PROVINCIA



Resultaría interminable un estudio detallado acerca de las fiestas tradicionales que se celebran en la provincia de Guadala­jara a lo largo del año, y de hecho existen algunos tratados más o menos completos sobre este tema que, a manera de esbozo, no dejan de ser interesantes.
Guadalajara es tierra variada en climatología, en paisa­je, en carácter de sus habitantes, y, desde luego, en maneras de vivir y en costumbres heredadas. Como tierra unida de raíz a sus ances­tros, conserva infinidad de tradiciones populares, muchas de ellas relacionadas con las que en otro tiempo fueron fiestas mayores, y hoy documentos valiosos de un pasado rico en colorido y en rasgos etnológicos, aportación valiosa para el estudio de viejas culturas.
Las fiestas populares de Guadalajara se abren a lo largo del año con la "Fiesta Niño Perdido" de Valdenuño Fernández; en ella es la botarga su protagonista, a la que acompañan ocho danzantes que pasan varias horas de la mañana pidiendo dinero por todas las casas del pueblo, y luego intervienen en la Misa Mayor bailando algunas de sus tradicionales danzas de paloteo. Tiene lugar el domingo siguiente a la festividad de Reyes.
"Las Hogueras de San Vicente" se celebran en Sigüenza la noche del 22 de enero, fecha en la que parece ser fue recon­quistada la ciudad a los moros por el obispo don Bernardo. Ante la casa de El Doncel se enciende una monumental hoguera.
"La Soldadesca de Mazuecos", en honor de Nuestra Señora de la Paz, se celebra durante y después de la Misa Mayor del día de su patrona, el 24 de enero. Una escuadrilla de muchachos, ataviados al uso de los soldados españoles de los Tercios de Flandes, escoltan al sacerdote oferente y corren la bandera en la procesión por las calles del pueblo.
En los pueblos de Aleas, Arbancón, Beleña y Retiendas, sale a la calle la botarga el día 2 de febrero, fiesta de la Candela­ria. Los actos en cada lugar son de lo más variado. Ese mismo día tiene lugar en El Casar la fiesta popular de la "Carta de Candelas" a la que nos referimos con mayor detalle en otro apartado de este mismo trabajo; en tanto que al día siguiente, es Albalate de Zorita quien se viste de fiesta para honrar con diversos actos y dichos al obispo San Blas, con su botarga y danzantes corres­pondientes.
En Cogolludo y en Espinosa de Henares son famosas durante el día 5 de febrero sus fiestas bajo el mandato de las muje­res, en honor de Santa Águeda. Las féminas -dicen- son las protago­nis­tas y las dueñas del pueblo en esa jornada.
El sábado anterior a la fiesta de Carnaval, salen en Almirue­te las llamadas "Botargas y mascaritas". Es posible que se trate, esta de Almiruete, de una de las fiestas tradiciona­les más autén­ticas de cuantas se celebran en la provincia. Los cencerros que cuelgan de la cintura de los botargas, rompen durante toda la tarde el silencio hermético de aquellas serra­nías.
El domingo de Pentecostés sale en Atienza "La Caballada", fiesta a la que hemos dado en diferente sitio un tratamiento especial. El mismo día se celebra en Ventosa -Barranco de la Hoz- la llamada "Loa del Gallego" con auto sacramental y bailes de paloteo.
La festividad del "Corpus Christi en Guadalajara", tiene desde el siglo XV un carácter muy singular, pues en la proce­sión del Santísimo sale a la calle la llamada Cofradía de los Apóstoles.
Valverde de los Arroyos. "Octava del Corpus". Los elevados montes de aquella sierra son testigos en ese día de una de las más bellas fiestas populares de la provincia, en donde las rondas, los autos sacramentales, y la procesión solemne con el Santísimo Sacramento por los campos acompañado de los danzan­tes, dan una nota insólita a la celebración, colorista y de grato recuerdo para los asistentes que cada año acuden hasta el pueblo en mayor cantidad.
Los danzantes y botarga de la "Fiesta de San Acacio", actúan en Utande la penúltima semana del mes de junio. La danza más conocida de todo su repertorio es la de "Los peludi­llos".
A la Cofradía militar de Nuestra Señora del Carmen la conocen en Molina de Aragón por el apelativo de "Los Cangre­jos", debido, sin duda, a la indumentaria roja con la que se visten los cofrades. También se llama "Compañía de Caballeros de doña Blan­ca". Sale en procesión, con gran colorido, aires marciales y visibles connotaciones milita­res, el 16 de julio de cada año.
"La Machada" de Bocígano es una fiesta eminentemente pasto­ril. Los mozos se disfrazan de zagales, de mayorales y de machos. Realizan bruscos movimientos a los que llaman "quie­bros y requie­bros"; luego comen migas de pastor en la plaza del pueblo. Suele celebrarse el penúltimo fin de semana del mes de agosto.
La última de las fiestas mayores tiene lugar en el pueblo serrano de Majaelrayo. Es la de los "Danzantes del Santo Niño". El atalaje que visten los botargas y los danzantes es similar al que lucen en Valverde de los Arroyos durante la Octava del Corpus; también las danzas que se ejecutan tienen en el fondo un cierto parecido. Se vienen celebrando durante la mañana del primer domingo del mes de septiembre.


(En la fotografía: un aspecto de la Calle Mayor de Guadalajara durante la Procesión del Corpus Christi)

jueves, 9 de septiembre de 2010

FUENTES DE GUADALAJARA


Los manantiales, por una u otra razón, fueron siempre pieza de mayor importancia en la vida rural guadalajareña. La provincia de Guadalajara es tierra de fuentes. Los topónimos de sus campos, muchos de los nombres que aún conservan algunos de sus pueblos en las distintas comarcas se derivan de "fuente", de "fontana" o de "hontanar", que en definitiva son variantes de un único término: la palabra "fuente".
Como manantiales de la provincia que se distingan por la enorme cantidad de agua que arrojan a cada instante, conviene tener en cuenta en primer lugar a los cien que, como su nombre indica, se abren a los pies del Cerro del Castillo en Cifuentes, dando lugar de inmediato a la Fuente de la Balsa, y ésta a su vez al río Cifuentes que, a poca distancia de allí, desagua en el Tajo por Trillo. En Abánades, llaman el Canalón a una fuente que surge con gruesos chorros a orillas del pueblo. A dos o tres kilómetros de Horna, surge el agua a borbotones desde el santo suelo, dando lugar, nada menos, que al río Henares.
La fuente de Sopetrán, en los bajos de Torre del Burgo, merece estar aquí por su condición de fuente milagrosa; pues de sus aguas -cuenta la leyenda- se sirvió la Virgen María para bautizar en la fe cristiana al príncipe moro Aly-Maymón.


Al hablar de fuentes artísticas, o espectaculares por la distribu­ción de sus chorros, hay que referirse forzosamente a la Fuente Pública de Albalate de Zorita, con ocho, diez o doce chorros incesantes que vierten sobre un pilón a ras de suelo junto a la carretera; la Fuente Blanquina de Brihuega, cargada de historias y de leyen­das, es pieza clave en la única realidad de la villa alcarreña; la Fuente del Perro, en El Sotillo, o la de Bochones en la Sierra de Pela, se cuentan entre las fuentes anónimas que son en sí todo un espectáculo en el que se ven implicados por igual la Naturaleza y la mano del hombre. En Pastrana, la Fuente de los Cuatro Caños viene a ser como la enseña romántica de la villa, algo así ocurre con las municipales de Arbancón, de Ledanca, de Jadraque, de Atienza, de Valdearenas, de Miedes... Hay otras fuentes camineras, fuentes al servicio de los viajeros de este y de pasados siglos, que le sirven sin pedir nada a cambio un trago largo de sus aguas en las mañanas y en las tardes calurosas del verano, todo un sueño para el sediento: la de la Canaleja en Anquela, la de Fuentelviejo en la carretera de Pastrana, la de extramuros en Yebes, la de las cuestas de Jadraque, podrían contarse entre ellas.

(En la fotografía, la abundosa fuente de Albalate de Zorita)

martes, 31 de agosto de 2010

PUEBLOS MORIBUNDOS Y PUEBLOS MUERTOS



En marzo de 1990 publiqué un largo artículo al que titulaba “Los pueblos muertos". Aunque hubo algún lector del periódico que se molestó por la cruda realidad de aquellas columnas dedicadas a los pueblos abandonados de esta nuestra tierra -quizás por un simple remordimiento de conciencia, del que uno no siempre se acaba de convencer-, no estaba la acción centrada, por lo menos en el referido escrito de marras, en pueblo alguno de manera específica, sino en varios al mismo tiempo. A mitad de aquel trabajo se daban los nombres de dieciséis pueblos de la provincia de Guadalajara en los que habitualmente y de manera continua no vive nadie. Es posible ver en cualquiera de ellos, sobre todo durante los fines de semana y en el buen tiempo, algún alma solitaria moverse por sus calles; pero es sólo entonces, ocasionalmente, de tarde en tarde y coinci­diendo con las temporadas que preludian el estío, que son ya propio verano, o que se alargan por inercia para los más avanzados en edad hasta el día de Difuntos o sus fechas inmediatas, cuando los vientos fríos comienzan a soplar por el llano de las eras. Las casas y las calles a partir de entonces se convierten en auténticos cementerios al aire libre, y en esos pueblos, guste o no a quienes un día se marcharon de él dejándolo solo, apenas se siente el silbido del viento en las esquinas o el estruendo de alguna cubierta que se viene abajo arrancada por el ímpetu del huracán, por el efecto demoledor de la carcoma, por la humedad de tantos inviernos en desamparo, y siempre por el abandono de quienes antes vivieron en él; pero jamás se oye el grito de un niño, el ladrido de un perro ni el canto madrugador del gallo desde lo alto de la barda en el lejano corral. Son los pueblos muertos con todo nuestro pesar, de los que Castilla sabe tanto y nosotros también.

Silencio y ruina
Aprovechando la bonanza de las tardes del verano, tuve a bien hace algunos meses dar un paseo por una de las zonas más olvidadas de la provincia, por donde las viviendas abandonadas de los pueblos se van desmoronando poco a poco, donde hay una fuente que corre sin que su manar constante sirva para nada ni para nadie. Alrededor, tierras de cultivo, tierras frías que de una o dos décadas a hoy trabajan con potente maquinaria agricultores que vienen de fuera. Querencia, Tobes, Torrecilla del Ducado, se llaman estos pueblos situados al norte de nuestra provincia; una lista que podría completarse con otros cuarenta o cincuenta nombres más. Son los pueblos muertos, los pueblos en los que durante todo el año no vive nadie, y las vientos, las lluvias, las fuertes heladas y otras inclemencias, por nombrar tan sólo algunos elementos puramente naturales, van acabando por convertirlos en ruina sin que nadie, ni siquiera sus propios dueños, mueva una mano por ponerle remedio.
No hace mucho he tenido ocasión de releer un hermoso artículo de Miguel Delibes, publicado en un periódico nacional de gran tirada hace más de cincuenta años, cuando la tormenta de la despoblación se comenzaba a cerner sobre los pueblos de Castilla. El ilustre escritor habla en aquel trabajo un pueblo burgalés, Cortiguera, en el que por entonces aún alentaba la vida, una vida lánguida, feble, apenas perceptible -decía él-, donde en sus abandonadas casas de piedra, muchas de ellas con blasón en sus fachadas y airosos arcos de dovelas en sus zaguanes, habitaban dos matrimonios de viejos y dos mujeres viudas, viejas también. Un pueblo moribundo, un pueblo en agonía. Titulaba a su interesante comentario "Los pueblos moribundos".
Ignoro, pero confieso que me gustaría saber, que ha sido de Cortiguera pasado medio siglo de la visita del notable periodista; qué fue de sus dos matrimonios de viejos y de sus dos viudas viejas también; qué fue de los recios muros amarillos de sus casas; qué de aquel aliento de vida lánguida, feble, apenas perceptible.
Justo por aquellos años visité en dos o en tres ocasiones uno de nuestros pueblos muertos, uno de aquellos que integraban la fatídica lista de dieciséis que en 1990 se me ocurrió tildar por muertos. Tenía el pueblo por entonces más de doscientas almas, y pasaban de veinte los niños que a diario acudían a su escuela mixta que regentaba, como Dios le daba a entender, una maestra anciana.
Volví algunos años después y lo encontré completamente vacío, sin una sola alma. Ocho o diez puerta cerradas a cal y canto, nada más, y por toda compañía el ruido del viento al chocar contra las cuatro paredes del campanario. Hice muchas fotografías, eso sí; fotos y más fotos de la bellísima portada románica de la iglesia. Hubiera querido arrancarla de allí, piedra a piedra, y lo hice foto a foto, que es una manera velada de robar para que sirva de alimento al estómago furtivo de los buenos deseos.

La fuerza de la razón
Como a Delibes, me hubiera gustado topar a la vuelta de cualquier esquina con la única viejita de la calle, y lamentarme en su presencia como él se lamentó delante de aquella superviviente de Cortiguera, y hablarle del despoblamiento, y de la desolación, y de la ruina que cunde irreversible.
- Qué pena -le dice a la buena mujer en su artículo el autor de El Camino.
Y la viejita del pelo estoposo y la punzante mirada azul, argumenta en seguida:
- A ellos no les dio pena marchar.
Una lección de profunda filosofía en la que ahora y en la distancia me detengo a recapacitar. Y sigo caminando con la imagina­ción calle arriba por el pueblo abandonado. A derecha e izquierda veo haces apretados de florecillas lila y de malvas en flor; flores silvestres bordeando el pequeño muro de piedras movedizas que entornan la callejuela y a las que nadie mira. Al final, una detrás de otra, las fuentes públicas junto al lavadero chorrean en los pilones de ovas, cantando a duo su rutinaria e inútil salmodia. Sobre mí la bandada de buitres al acecho de la carne muerta que ventean por encima de las nubes. Y advierto con agrado que, como al olmo viejo de Machado, algunas hojas verdes le han salido. Son las viviendas rehabilitadas de última hora, las que los que se fueron, o tal vez sus hijos, han vuelto a poner en orden pensando en el pueblo como terapéutica contra los males del siglo que cada día amenazan con mayor virulencia. Pero el pueblo, éste y otros más, se vuelven a quedar solos apenas el otoño comienza a imponer su ley avistando el invierno.
Los cantos de sirena de los nuevos tiempos dieron lugar, en cuestión de muy pocos años, al éxodo imparable del medio rural que dejó en cuadro a cientos de lugares por toda Castilla con un antiquísimo historial, con siglos y aun con decenas de siglos de existencia. Los duros a seis pesetas es posible que tuvieran su época, pero fue efímera y pienso que engañosa. Se saturó el mercado, por razones que no vienen al caso, y es tiempo de balances, hora de ponerse a echar cuentas con tantos años de historia, de ilusiones por parte de nuestros antepasados que rara vez se llegaron a cumplir, de reflexión ante triste realidad de los campos baldíos y las recias casonas de nuestros abuelos criando amapolas, y malvas, y jaramagos, y zarzas, en el mismísimo suelo del zaguán, o en el de la cocina donde se hacía la vida, recuerdo hoy perdido para tantos de nuestros años de niñez. Es el momento de ajustar cuentas con nosotros mismos, y no de exigir responsabilidades que sólo las podremos encontrar en el loco correr de los años y de las modas, creadores de circunstancias que, a la larga, apenas sirven como filón de experiencias para quienes tengan a bien emplearlas y aprender de ellas.
Ante el efecto cambiante en la vida del hombre, víctima al fin del caprichoso movimiento pendular de los tiempos que en tantas ocasiones sacude con fuerza irresistible, uno se pregunta si todo ha merecido la pena, si habremos acertado dejando morir el viejo escenario de tantos años de nuestro pasado, al que tan reacios somos a renunciar sólo de palabra. Ni las piedras de junto al camino, ni los campos que entornan el ejido, ni el aplomo de las viejas campanas sobre la torre, ni el halo de respeto y de piedad que inspira el solitario cementerio a la caída tarde, me han sabido dar respuesta.

(En la fotografía: Aspecto actual del pueblo de Tobes)

sábado, 21 de agosto de 2010

NUESTROS RÍOS: EL SORBE



¿Dónde, claro Sorbe,
agua limpia del costado
del Ocejón serrano,
espejo de los álamos más verdes,
del azul más despejado,
de los pies niños en los agrios cantos,
la madre lavandera y aquél prado
de la fuente del más dulce dictado?
(Ramón de Garciasol)

No es fácil precisar, como tantas veces ocurre, cuál es y dónde está el nacimiento de un río. Con el Sorbe, uno de los tres que bajan de la Sierra, se da esta circunstancia que, como cabe suponer, impide al escritor precisar sobre ese dato. De los ríos se sabe siempre dónde acaban, pero rara vez puede hablarse con precisión del sitio de su nacimiento. El Henares y el Cifuentes, por ejemplo, podrían ser dos de las más conocidas excepciones en esta provincia.
Es verdad que por las inmediaciones de Galve al río Sorbe ya se le puede considerar como tal. Atrás quedaron los infinitos regatos que brotan al pie de la Sierra de Pela y que unen sus aguas en un pequeño cauce común para formar el Sorbe. Cualquiera de esos regatos podría considerarse como su primera fuente, pero sin que sea posible afirmarlo de manera rotunda respecto a uno de ellos.
A su paso por la pradera que limita con el castillo de los Estúñiga el Sorbe toma categoría de señor. La villa serrana adoptó su apellido tomado del propio río, que a manera de pequeño arroyo parte por mitad a todo lo largo la explanada inmensa en donde hoy pastan las vacas albinas, y antes, cuando sus abuelas lo eran de pelo negro brillante, las gentes de la comarca sacaban a cientos las docenas de cangrejos autóctonos que se criaban en las bocas del río.
El Sorbe se cuela bajo el primero de los puentes marginado por piedras y por arbustos, y así emprende su caminar por parajes menos apacibles, pero infinitamente más espectaculares como compensación. Los pozos Mingón y de la Lucía, los molinos hoy en añoso edificio testimonial, las ruinas de otro castillo del que apenas quedan cuatro piedras, el de Diempures, término municipal de Cantalojas, y la nueva aportación de aguas que le llegan del poniente con olor y sabor a trucha, son la noticia en la que podríamos llamar segunda escala de su recorrido. Los ríos Lillas, de la Zarza, y Sonsaz poco más abajo, convierten al Sorbe una vez dejada atrás la Junta de los Ríos, en una corriente saludable de agua incontaminada, protagonista en varios momentos de su pasar de espectáculos paisajísticos irrepetibles, de soberbios saltos de agua que llegan abriendo pozas entre la peña oscura y laderas de pinar, una dicha para los ojos y para el corazón que tan sólo está permitido gozar -la Naturaleza tiene esas cosas, tal vez como arma de defensa- a los andarines con buenas piernas que gustan saborear, con sano placer, el néctar que en los parajes todavía no profanados por la presencia masiva del hombre, rezuma el campo.
La Huerce, Valdepinillos y Umbralejo -veinte habitantes en total, o quizás treinta-, el último de ellos rehabilitado para que jóvenes de toda España se formen durante ciertas temporadas a lo largo del año, son tres de los pequeños lugares que el sorbe por aquellas alturas va dejando a un lado y al otro de su cauce. Cubres cercanas a los 2000 metros de altura sobre el nivel del mar, y algunas más elevadas aún como el mítico Ocejón, se asoman a las claras corrientes del río todavía impoluto. Los corzos, los jabalíes y el zorro ladino bajan a beber a sus orillas, mientras que las aves rapaces merodean en el azul, ojo avizor, en busca de algo con qué alimentarse. Notas, entre algunas más, que dan carácter a las riberas de montaña, y estas lo son.
El arroyo Seco es otra de las aportaciones que por aquellos valles desaguan en el Sorbe ya cerca de Almiruete, y que al decir de su nombre el caudal más bien cuenta en temporadas de lluvia abundante o de deshielo en las umbrías de los montes. Siguiendo su curso por tramos de remanso, por barranqueras y por angostos según la superficie del terreno tan variada en aquellos lugares, el río va cambiando de paisaje paulatinamente, el terreno se suaviza y van apareciendo en el llano las sementeras de cereal y las solanas en vertiente plantadas de olivos. Las riberas del Sorbe cambian la estampa serrana que traía desde su nacimiento por la campiñesa, y las temperaturas se tornan más benignas. Muriel, uno de los pueblos menos conocidos y más interesantes de su recorrido, podría servirnos como principal referencia de la mocedad del Sorbe.
Y luego Beleña. Por Beleña de Sorbe el río se remansa ante la presa y reserva sus aguas para el servicio de la Capital y de las principales villas y ciudades del Corredor del Henares. Resulta pequeño como depósito de reserva el embalse de Beleña para servir a tantos miles de habitantes, a tantos centenares de industrias para cuyo correcto funcionamiento el agua es elemento fundamental. Se impone solucionar ese problema, para que un largo sesenta por ciento de la población de esta Provincia pueda vivir con arreglo a los tiempos. En tanto, quienes llegan a Beleña se encuentran con un pueblo que ha evolucionado en su favor durante los últimos quince años, con unos alrededores sorprendentes, y con una iglesia románica por añadidura que fue, y lo sigue siendo después de su restauración con mayor motivo, una importante estrella de nuestro patrimonio artístico, con un mensario medieval en relieve único en su especie.
Un poco al rescoldo histórico de Beleña, la que en tiempo pasado debió de ser la villa madre, subsisten en aquellos parajes campiñeses con vocación serrana los pueblos de Torrebeleña y Beleña de Sorbe con el río entre uno y otro. Campos de labor que aguas abajo nos llevan hasta la vega del Henares, donde el Sorbe deja de ser quien es una vez que haya entregado su caudal al Henares muy cerca de Humanes, la villa que por su importancia y mérito ejerce como capitalidad de la comarca campiñesa, teniendo por testigo al cerro de la Muela, el altiplano de Alarilla donde a veces el hombre sueña con ser pájaro.
Sorbe, Henares, Jarama, Tajo, toda una aventura viajera lamiendo paisajes, la que el agua de nuestras sierras ha de vivir hasta llegar al mar, al Mare Tenebrosum de los antiguos, con toda la saudade de un fado en la señorial Lisboa.
(En la fotografía: Puente sobre el río Sorbe bajo la presa del pantano de Beleña)

martes, 10 de agosto de 2010

DE PASO POR MIEDES DE ATIENZA



Otro día mañana pienssan de cavalgar;
es día a de plazo, sepades que non más.
A la sierra de Miedes ellos ivan posar,
de diestro Atiença, las torres que moros las han.
(Cantar de Mio Cid)

Aquello de quien tuvo retuvo y guardo para la vejez se cumple meticulosamente en esta villa de Miedes. Ajusta si miramos atrás en las páginas de la Historia y de la Literatura, que nos llevan, unidos a la villa de Miedes, hasta la entraña misma de la Edad Media; si bien considerando al pueblo en la actualidad, tanto en su urbanismo como en el estado de conservación de la mayor parte de las viviendas que vemos en sus calles y plazas, diríamos que se trata de un pueblo joven, impecable, con una nota característica además que no todos poseen, y es la de la elegancia y el señorío que se desprende de la piedra rojiza en algunos de los palacetes que se alinean en sus calles, subiendo hasta los límites de lo sublime la sorprendente estampa de la Plaza Mayor, con sus esquinas de piedra labrada, su farola capitalina en mitad y sus escudos en altorrelieve que dan fe de todo lo dicho. Los escudos son los de la familia Beladíez, una de las sagas más ilustres que pasaron por aquí y que participaron de manera eficiente en la buena imagen que, al cabo de los siglos, conserva este pueblo de la Alta Serranía.
Desde Atienza se llega hasta Miedes tomando un ramal de carretera que parte de Tordelloso y pasa por Alpedroches. También se puede ir tomando otro desvío que aparece poco más adelante y pasa por Ujados y por Hijes, en un estado infernal, por cierto, en el último tramo. Quienes opten por este camino pasarán justo al pie de la serrezuela árida por la que anduvo el Cid camino del destierro, en cuyos bajos se produce el cereal a pesar de las bajas temperaturas de aquella sierra en sus largos inviernos.

La mañana amaneció despejada. Estamos en verano. Hasta la plaza de Miedes llega una brisa fresquita que sube a lo largo del valle. Sobre los altos peñascosos de poniente merodea una bandada de buitres en busca de alimento. Los tiempos modernos se han convertido en la época más dura de su existir para las aves rapaces. En los estercoleros de los pueblos no se tiran despojos, ni hay restos de animales muertos en las barranqueras. Ocupan su lugar electrodomésticos de desecho y otros cachivaches que en ningún caso podrían servir de alimento a los animales de presa.
Me he encontrado con parejas de veraneantes y grupitos de personas paseando por el arcén de la carretera. En las calles del pueblo se ven señoras que cuelgan al sol la colada en los balcones, y miran y cometan al paso del recién llegado.
- Buenos días tengan ustedes.
- Y buenos que están; sí señor. Aquí da gusto vivir.
Tienen razón las señoras de Miedes; pero cuando pasa el verano todos huimos a la ciudad como alma que lleva el diablo, y los pueblos vuelven a quedarse solos.
La fuente del XVIII, redonda, inmensa, arroja por los cuatro caños sobre el pilón unos chorros que nadie aprovecha. Uno de los caños conserva el canalillo de madera que en tiempos no tan lejanos sirvió para alcanzar el agua hasta los cántaros. El agua ha sido elemento fundamental no sólo en la vida de Miedes, sino también en la de sus pueblos vecinos: Ujados, Hijes y Bañuelos, reconocidos en la comarca por la abundancia y la excelente calidad de las verduras y de las frutas de sus huertas, que los lugareños suelen cuidar como auténticos expertos.
En el reloj del Ayuntamiento acaban de sonar las campanadas de las once. Con los modernos sistemas por medios electrónicos, los relojes municipales de los pueblos dan las campanadas con acento inglés, con el mismo sonido del famoso carillón de la Torre de Londres. Oír para creer.
La Barliguera es la más larga de las calles de Miedes. Hace esquina en la Plaza Mayor con la casa de los Beladíez, al decir de los dos escudos que luce sobre la fachada, y sigue recta hasta llegar al campo. La Calle Real coincide con la carretera y cruza a todo lo largo por la plazuela en donde está la fuente. La Calle de la Iglesia hace ángulo en la esquina del Ayuntamiento y sube hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad. El pórtico de la iglesia, a modo de jardín, se adorna con árboles y flores, y en medio hay una columna de piedra que sirve de sostén a una placa-homenaje, donde se recuerda que en Miedes de Atienza nació en 1837 don Eladio Mozas Santamera, fundador del Instituto de Josefinas de la Santísima Trinidad, muerto en olor de santidad y cuyo proceso de beatificación se encuentra, al parecer, bastante adelantado.
Dentro de la iglesia pueden verse al pie del altar las lápidas mortuorias de los Beladíez y de los Somolinos con sus correspondientes escudos de armas, la primera de ellas fechada en 1774, y la segunda en 1601. En la capilla de la Concepción está enterrado un miembro de los Recacha, otra más de las familias distinguidas en el pasado de esta villa serrana.

La antigua villa ha sufrido de manera impía el azote de la despoblación durante los últimos cuarenta años. Su número de habitantes es exiguo. No obstante, intenta sobrevivir haciendo frente a las circunstancias. La agricultura, y en menor escala la ganadería, continúan siendo su principal fuente de riqueza. La población ha envejecido, como en todo el medio rural, pero la maquinaria de la labor y el buen orden procuran sustituir a la falta de manos jóvenes para el trabajo.
En Miedes veneran como patrón a San Antonio de Padua, y rezan como patrona a la Virgen del Puente. El primer domingo del mes de mayo tiene lugar la tradicional romería de Nuestra Señora del Puente, donde, aparte de la función religiosa, se come, se bebe, se baila, y la gente se divierte. El gasto en vino que se consume durante la romería -pienso que seguirá siendo válida la costumbre- corre por cuenta del Ayuntamiento; detalle bastante al uso no sólo en éste, sino en algunos pueblos más de aquellas sierras.
Desde la Plaza Mayor se contempla con diafanidad en la media mañana el morro que dicen del Castillo, donde se alza la cruz de bendecir los campos y los restos de un viejo palomar a manera de torre, otros signos más de esta hermosa villa que, cuando menos, merece una visita como complemento a las muchas que a lo largo del año se hacen a la realenga Atienza que tiene por vecina.


(En la fotgerafía: "Detalle de la plaza de Miedes")